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Escritor - Literato  
   
Gerardo Oviedo  
   
Bajo el peso de nuestro propio fuego del escritor Gerardo Oviedo
 
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Cuento de Gerardo Oviedo El hijo del conde publicación
     
EL HIJO DEL CONDE    
     
para Gerardo Horacio Porcayo    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
"Somos cuentos de cuentos
contando cuentos"
José Saramago
Nueva Geografía de la Novela
Colegio Nacional
   
     

La primera impresión que tuvieron cuando nací, fue que yo sería un asesino serial igual de famoso y sanguinario que ellos y que muchos años después, frente a los reporteros de la fuente policíaca, saldría en primera página de los periódicos con una foto a plana completa que delataría mis cuatro grandes colmillos de vampiro; mis orejas puntiagudas y estas malditas ojeras de mapache que siempre traía en los ojos por tantas desveladas, además de un encabezado parecido a esto: "Drácula Vive. El más grande y feroz Vampiro de todos lo tiempos ha vuelto". Pero algo en el perverso destino me remató de una manera muy cruel y absurda, convirtiéndome en un vampirillo de poca monta, es más, en apenas un chupador de sangre de medio pelo que se desmayaba al primer contacto de la sangre con la lengua ¡guácala, sangre! Y mi padre tan bueno conmigo, que a diario me hacía morderle las patas a los muebles de la casa en la colonia Doctores de la ciudad de México, ¡Bravo!, me decía Don Luferino, Conde de Moldavia y siglos después Conde de la Colonia Condesa, ¡Bravo!, repetía mientras mis mandíbulas masticaban las patas de la mesa de roble o las puertas de encino de mi sarcofaguito, Es para que tus dientes crezcan fuertes y sanos, hijo, Pero que no muerda la silla estilo Luis XVI, respingaba mi santa vampira madre, Doña Lucrecia, que esa silla fue donde se sentó el rey por última vez antes de ser guillotinado, ¿Te acuerdas, Luferino? ¿Te acuerdas de aquellos viejos tiempos?, y suspiraban con la mirada obnubilada y llena de añoranzas por tantos banquetes que se dieron en aquellos días de cabezas cortadas, o a veces se cogían de las manos para luego arrebatarse a puras mordidas amorosas, en señal de una inconmensurable pasión extraterrenal.

El primer problema surgió cuando descubrí los dulces de menta que mi padre utilizaba para darle buen aliento a su boca después de una rica cena de sangre, sudor y lágrimas con alguna muchachita virgen del rumbo. Don Luferino llegaba convertido en un deslumbrante murciélago negro y, acto seguido, se transformaba en el majestuoso Conde Luferino, un poco viejo y encorvado, pero aún con la presencia omnipotente de sentirse más sabio que el mismísimo diablo. Tomaba una de sus pastillas de menta del dulcero y se iba silbando su tonada favorita hacia su féretro, la cantata 147 "Jesús, alegría de los hombres" de Bach. Yo entonces, a escondidas descubrí el maravilloso sabor del dulce, en contraposición al desagradable y espeso resabio de la sangre. Fue entonces cuando empezó mi temible decadencia: Un vampirillo que se salía a escondidas de su sarcófago para robarle a la cocina montones de azúcar y chocolates, patillas de menta, de hierbabuena, de anís, paletas, pan de dulce, chicles de todos los sabores, refrescos, rosquillas, miel de abeja, miel de maple, miel de higo, palanquetas, camotes, tamales de dulce. Un vampirillo que a los cinco años ya comenzaba a presentar unas horribles caries en sus colmillos y que no le decía a nadie por temor a la reprimenda y al castigo. Un vampirillo que tiraba la sangre por el fregadero y que llenaba el vaso con leche y galletas de animalitos remojadas. Un vampiro que en lugar de sangre llevaba atole azucarado en las venas. ¡Oh, Dios, así era!

El segundo problema fue cuando mi padre me dijo cuando cumplí la mayoría de edad, Ya estás en edad de aprender a volar, hijo. Yo en verdad quería hacerlo, lo juro, pero tiempo atrás había descubierto que las alturas era un infierno para mí, como la vez en que subí al techo para tender la capa de mi padre que mi madre había lavado con Ariel y cloro para desmancharle las gotitas de sangre de su última cena, fue una catástrofe, el vampirillo tambaleándose y con la vista nublada por el terror de acercarse siquiera al borde de la azotea donde quedaban los tendederos. De ahí aprendí que lo mejor era desaparecer bajo la cama cuando escuchara la lavadora en movimiento. ¡Ya estás en edad de aprender a volar!, escuché de nueva cuenta a mi padre, sólo tienes que hacer este movimiento y ya. Acto seguido movió los brazos hacia los lados y luego hacia arriba y se transformó en murciélago. Un segundo después regresó a su forma original, ¿Me entendiste?, preguntó con la certeza de que todos somos listos a la hora en que nos explican las cosas, pero yo no pude hacer otra cosa que asentir con la cabeza sabedor de mi fobia a las alturas. Alcé los brazos y cerré los ojos implorando a los mil demonios no desmayarme del susto y avergonzar aún más a mi padre. En un santiamén sentí como todo mi cuerpo se contrajo, como si mi piel se empezara a arrugar por dentro y como mis huesos hacían una especie de chirrido al desbaratarse para la transformación final. Mis piernas se fueron haciendo diminutas hasta que sin darme tiempo para la reflexión, me encontré suspendido en el aire en medio de la sala: ¡Oh, maravilla!, ¡Puedo volar! ¡PUEDO VOLAR! ¡SÍ! ¡Vuelo! Vi a mi padre que se había quedado con cara de muerto, quizás por el asombro, no creyendo tal vez que su hijo lo lograría desde el primer momento de enseñanza, entonces me sentí orgulloso, libre, poderoso. Di un par de vueltas por la habitación y alrededor de mi padre quien permanecía anonadado, embargado por la tremenda emoción de ver a su hijo volar por primera vez. Ese momento habría sido el más feliz de toda mi vida si no hubiera sido porque mi madre Lucrecia entró de improviso desde la cocina llevando un par de tazas hacia la vitrina del comedor, Ya te he dicho Luferino que no dejes la ventana abierta de la sala, recriminó en tono agreste a mi padre, ¿No ves que se meten las moscas? Inmediatamente tomó un periódico, lo enrolló y comenzó a perseguirme por todo el cuarto hasta que sin tiempo para mi última oración, quedé apachurrado sobre la misma silla Luis XVI que tanto le gustaba a ella.

   
     
     


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