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Escritor - Literato
   
Gerardo Oviedo  
   
   
   
 
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Cuento de Gerardo Oviedo ¡El Milagro! publicación
     
¡EL MILAGRO!    
     
Para Laura García    
     
Gerardo Oviedo    
     
     

Amor inacabado de tu cuerpo sobre el mío, en el horizonte despejado de aleteos pero con el ruido de tus alas voluptuosas, Ángel de mi guarda, diosa del Olimpo, plegaria de un necesitado de tu sexo, de tus manos, de la piel que muerde mis poros y se adhiere a mí con todas tus uñas; campanas que timbras mis sonidos, mis temblores, mis besos al contacto de tus pechos sobre mis labios, diáfana, como la luna, bajaste un día en que del suelo no levantaba yo la mirada, cabizbajo, sintiéndome Werther, quizás el Cuervo de Allan Poe, Never more! Sobre la tumba y el recuerdo de la amada ida, muerta, ausente. Sobre Sofía que murió de amor en mis brazos un día Domingo y al día siguiente la enterramos en el panteón municipal con sólo los trinos de algunas Urracas en el fondo de ese abismo de criptas y sepulturas. ¿Te acuerdas, Ángel de mi guarda? ¡Como no debes de acordarte! Ahí, yo sentado, esperando y esperando que el tiempo matara el recuerdo de mi amada, sintiéndome también muerto, ido, ausente en medio de mi desolación. Escurriéndome lágrimas una tras otra hasta formar lagunas de donde emergían caimanes y enredaderas con el nombre de Sofía, la que murió de amor en mis brazos. La que yo amaba más que nada en el mundo, la que sin ella no podría vivir ni un instante más; la mujer que me endulzaba el café a la orilla de la cama y me despertaba con una sonrisa. Pero entonces tu llegada cambió el sonido de mis lágrimas sobre la tumba fresca de mi amada Sofía. Bajaste envuelta en un manto de guirnaldas y flores bellas, coronada con una peana áurea sobre la cabeza y los cabellos dorados. Dos alas te sostenían en el aire, en esa distancia que hay entre el cielo y la tierra. Yo te miré asombrado, incrédulo, yo, el ateo iconoclasta, destructor de imágenes sagradas, sin ningún dios que mediara entre mi alma y mi razón, me tallé los ojos suponiendo que las malditas lágrimas me hacían ver visones, que mis ojos turbios estaban anegados de fantasmas y de muertos, pero no, tú te mantenías flotando con la ligera túnica de flores sobre mi. ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mi? ¿Acaso ya perdí la razón y yo también estoy condenado a morir de amor como mi amada Sofía? Sonreíste, fue el primer recuerdo que se me tatuó en la retina, luego con tu voz, perecida a la suma de todos los silencios del mundo, me dijiste quien eras, Soy tu ángel de la guarda, la protectora de tu alma, de tu vida, la que te cuida de noche y de día, el bien y la bondad que en tu corazón se encuentra, lo dijiste con la claridad del alba, No es cierto, te contesté con la apabullante certeza de que mentías, de que tú eras una alucinación dentro de mi mente, dentro de mi atormentado cerebro, Mientes, te grité con coraje, si fueras mi protectora, mi guardiana, mi ángel y todo lo que tú dices, ¿por qué me haces sufrir tanto con la muerte de mi amada Sofía? ¿Por qué tu bondad se alejó de mi? Mientes, yo no te creo nada, vete de aquí, ¡Lárgate maldita! Yo estaba colérico, tremendamente rabioso, pero entonces, como los sueños que toda la vida esperamos, sucedió el milagro, ¡El milagro!: Mientras las flores y guirnaldas de tu túnica se desfloraban de tu cuerpo dejándote desnuda, con tus pechos descubiertos y tu sexo enmarañado con cabellos de oro, me dijiste, Yo soy tu ángel guardián y vengo a cuidarte. Tus alas me arroparon mientras con tus manos desabotonabas mi ropa, mi camisa, mi pantalón. No supe la velocidad de tus manos, pero en un tris quedé completamente desnudo bajo tus alas; tomaste mi cuello con tus labios y comenzaste a besarme mientras tus manos me tejían sobre piel pequeños estertores que me dejaban sin aliento. Luego me besaste en la boca mientras hundías mi pene humano en tu vagina divina. Y empezamos a navegar amorosamente sobre la tumba de mi recién fallecida amada Sofía. No te miento, tú que conoces mi alma lo sabes, nunca había sentido jamás nada ni remotamente parecido. Mi cuerpo fue traspasado por ti de lado a lado; mi alma se fundió hasta adquirir la temperatura del fuego. Yo estaba enloquecido, demente, tomé tus pechos y dibujé círculos con mi manos mientras gritaba tu nombre, imprecaba con gemidos para que me ayudaras a no morir de amor en ese instante. Tomé tus nalgas, tu cintura, tus manos y tus codos; tomé tu aliento, tus curvas y el movimiento. No supe cuanto tiempo estuvimos ahí, derramando sudor sobre la tumba de mi amada Sofía, haciendo viento con nuestros cuerpos desnudos, robándole al aire suspiros entrecortados. Y entonces, por un instante, creí en dios cuando mi sexo expulsó el génesis de la humanidad. Mi semen te inundó, lo sé, porque tus ojos se entrecerraron y pude ver también un poco de tu alma divina; pude ver el calor de tu ansia y de tu deseo. Tus pestañas revolotearon y las plumas de tus alas aletearon. Luego vino la calma. ¡Te amo!, te dije al oído mientras descansabas tu cuerpo agitado sobre el mío, ¡Te amo como nunca he amado a nadie, Ángel de mi guarda!, repetí. ¡Te amo, Te amo, Te amo! Pero tú sabías algo que yo no; tú sabías el secreto que te hacía ser ángel guardián. Me lo dijiste cuando te estabas acomodando la túnica de guirnaldas y flores y tus alas se abrieron para marcharte, Sólo cuando tu dolor sea tan grande como para que te sientas morir, yo bajaré para reconfortarte, lo dijiste claro, pero vi que ahora tu voz temblaba, tal vez un poco triste. La condición estaba dada. Entonces maldije mi suerte cuando te fuiste elevando hacia el cielo y te perdiste detrás de una nube, allá a lo lejos, en el cielo de aquella tarde en que enterramos a Sofía. ¿Te acuerdas? Y hoy, más de diez años después, sigo esperando enamorarme de una mujer cualquiera y esperar que ella muera para así, por última vez quizás, hacer el amor de nueva cuenta contigo, ángel de mi guarda. Pero sé que es imposible, porque a ti es a quien amo y tendría que matarte, amada mía, para que bajaras a la tierra conmigo.

   
     
     


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