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Escritor - Literato
Gerardo Oviedo
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Cuento de Gerardo Oviedo Histeria de la risa y el olvido
publicación, 22 de febrero del 2005
     
Histeria de la risa y el olvido    
     
     
Mi chava se fue con una manada de lobos y la hicieron polvo    
     
     
Acerca de    
     

Soy los cuernos de la luna; un rinoceronte hipocondriaco, un toro vestido de nada que transita desmañanado en medio del desierto; soy el peor de mis enemigos que comprende que todos los ratos libres los he de pasar, irremediablemente, conmigo mismo. Soy una gota de humo esparcida en mi retina cuando me veo al espejo; soy tan idiota que hasta me siento Dios, mensajero y artífice de esta histeria de azar, destino y caos generado por mí.

 

TODOS QUIEREN CON MI NOVIA

Cuando tienes una novia hermosa, el primer error son los celos, porque ahí empiezas a mirar a todos como una bola de barbajanes que lo único que quieren es darte baje con tu chava. Llegas por ejemplo a un café restaurante, y en vez de mirar el menú para ordenar, de soslayo observas si no hay moros en la costa que le estén fisgoneando la figura, las piernas o esos pechos que te vuelven loco cuando los bebes desnudos, no pides un café americano, sino que mas bien quieres un tren expreso para salir corriendo cuando constatas que el vecino de la mesa de junto barre con la mirada de punta a punta a tu chica, desde la punta de las zapatillas de tacón pronunciado hasta la punta del pelo. Entonces vuelves la cabeza hacia el otro lado tratando de concentrarte en que no pasa nada y que sólo el vecino está husmeando como un sabueso una presa que está a dos sillas de distancia, pero ahí comprendes que el mesero, el barman e incluso la señora solitaria que está sentada hasta el fondo la están mirando y entonces crees ver que en todos esos pares de ojos hay llamaradas de deseo, de lujuria por poseer algo que no les pertenece, regresas al menú y sin verlo le ordenas al fisgón mesero, aún con ese escozor en la punta del estómago, un agua mineral y una aspirina para que inmediatamente tu chica salte con, Te duele algo, mi amor. Ahí comprendes que acabas de perder una nueva batalla y que si no haces algo pronto, perderás irremediablemente la guerra, que en este caso es tu novia junto con sus piernas largas, sus escotes ligeros y sus minifaldas; su sonrisa perfecta, su pelo y sus ojos que te marean cuando los miras tan cerca al hacerle el amor, No, le contestas, sólo me duele un poco la cabeza, ya sabes el trabajo. Ella acerca su mano hacia la tuya y con una sonrisa que la hace aún más hermosa, te dice casi con un suspiro, Ay, mi vida, no deberías de trabajar tanto, mira que en verdad no te lo mereces. Tú dibujas una ligera mueca para tratar de esconder que con un ojo miras al gato y con el otro al garabato, o sea, con uno miras lo radiante que luce tu novia enfrente de ti y con el otro, camaleónicamente observas que el vecino, el mesero, el barman y la señora no han quitado el dedo del renglón y aún siguen alelados mirándola, No te preocupes, alcanzas a decirle a tu chica, ya se me pasará, ya lo verás. Ella jala tu mano y roza con sus labios tus nudillos, luego les estampa un beso mientras te dice algo parecido a un, Ay, mi vida, te amo, te amo mucho, nada más que lo dice entrecortado por sus siguientes besos y tus mismos nudillos, Y yo a ti te amo como a nadie en el mundo, en todo el universo y con todo su tiempo, con su eternidad entera, te amo más que a mi vida y más que a dios o al diablo, al cielo o al infierno, es lo único que se te ocurre pensar en esa fracción de segundos en que el vecino se distrae con su cigarrillo, el barman con un par de vasos que acomoda en una vitrina, la vieja solitaria dando una cucharada a su sopa y el mesero con tu agua mineral y tu aspirina en el interior de lo que parece ser la cocina, Te amo tanto, sigues pensando y quieres decírselo pero no se lo dices, no le dices nada, sino que mientras ella continúa dándole besos a tu mano tú le preguntas a bocajarro, ¿Qué vas a ordenar, chiquita? Ella te da un último beso y retira sus manos hacia el menú, No se me antoja nada, dice mientras hojea entre cremas de verduras, bizcochos de chocolate, espaguetis a la bolognesa, filetes de res y rarezas como lomo de jabalí a la plancha asperjado de vino tinto y guarnición de papa rellena con trufas, ¿Entonces?, le preguntas con el insólito deseo de que repita que no quiere nada y que salgan en el acto de esa cueva de lobos, donde el barman ya ha terminado de acomodar los vasos y está mirando para este lado, al igual que la vieja solitaria ha dejado de lado la cuchara y el mesero viene con tu agua mineral y un vaso en una charola, Ay, no sé, pide algo por mí, te dice cuando sus ojos van llegando al final del menú y no hay nada visual que le abra el apetito, en ese mismo instante ya sabes que el vecino de junto acaba de pedir otro café al momento de apagar y encender su enésimo cigarro, Ni modo, piensas y entonces buscas entre los más de treinta platillos a escoger, no el más barato, ni el más rico, sino el más rápido de comer, ¿Cuántas ancas de rana vienen en este platillo?, le preguntas al fisgón mesero que lleva ya varios segundos tratando de atisbar por el hueco que deja el escote de tu novia al momento de servir tu agua mineral en el vaso. El mesero sale de su ensoñación y te contesta que sólo es un par de ranas las que se sirven o sea cuatro ancas, señor, ¿Y están gordas?, preguntas para tratar de sacar un aproximado de tiempo de masticación, degustación y tragamiento de las extremidades del susodicho batracio, Son ranas, señor, contesta el mesero, ¿Pero son gordas o flacas?, insistes e incluso te quieres hacer el gracioso y le preguntas que si les dan de comer esteroides anabólicos, porque ya sabes, con todo eso de los transgénicos uno nunca sabe. El mesero se queda perplejo un momento, deja el vaso con el agua mineral y la aspirina delante de ti, quiere comprender el sentido de toda esa charla, por demás innecesaria para él, No sé, señor, no sé como alimentan a la ranas, te dice, pero si quiere se lo puedo averiguar en su próxima visita, No, está bien, respondes, tráeme dos órdenes, Vivas o muertas, finaliza el mesero con tal seriedad que empiezas a creer que en verdad estás perdiendo la cabeza y lo único que se te ocurre es echarte a reír nerviosamente mientras el mesero se aleja hacia la cocina, Que chistoso, dices por fin cuando terminas de reír, que chistoso mesero y das un fuerte respiro en derredor para saber cuantos pares de ojos se están clavando como espinas sobre tu novia, y ahí, como un relámpago ves que tu novia está mirándote de manera extraña, ¿Te sientes bien, amor? ¿Qué si me siento bien?, te preguntas tan pronto los labios de tu novia acaban de pronunciar su pregunta, Claro que me siento bien, piensas, sólo desearía para sentirme mejor que el mundo desapareciera y sólo quedáramos tú y yo sobre él, ¿Me entiendes?, pero no dices nada, ni pío, ¿Qué tienes, amor?, repite ella para tratar de dilucidar el por que has llevado durante todo este tiempo un carácter extraño y sombrío, por que esas ojeras se han hecho cada vez más mapachezcas, por que has bajado de peso y sobre todo, por que pareciera que has adquirido un estrabismo en los ojos cada vez que salen juntos, como si quisieras mirar todo el espacio que te rodea de un solo golpe, de una sola vez, Ya se me pasará, le dices y tomas la aspirina que el mesero había dejado junto con el vaso de agua mineral, Ya lo verás.

Gerardo Oviedo  Viernes, 11 Febrero 2005 22:46

 

Todos quieren con mi novia (II)

El segundo error son todas las teorías y elucubraciones que tu cortex cerebral elabora cuando no estás con ella, o sea, todas las chaquetas mentales que te avientas, como dice tu amigo el Pony, y que de ser ciertas, tu vieja sería la mujer más ladina de todas las ladinas, Pero cálmate, mi hermano, te dice el Pony mientras siguen jugando billar en el Bola Now de Avenida Juárez, nada más te lastimas solito, si ella quisiera andar de cuzca, ¿mira que para que anda contigo? No seas güey, relájate y vive la vida, dice mientras con el taco mete la bola 8 en la buchaca de la esquina, ganándote al hilo los cinco últimos juegos. Tú asientes y crees convencerte de que sus razonamientos son los correctos, que sólo estás así porque la ausencia es la duda perenne del: ¿Dónde estará? ¿Con quién? ¿La estarán besando como tu la besas? ¿Se estará enamorando de otro?, Te va abrir, güey, te dice de pronto el Pony sacándote de nueva cuenta de otra chaqueta mental en la que te has sumergido, ¿Cómo vamos?, preguntas, pues ni siquiera has puesto atención en cuantos juegos llevas perdidos, Vas de la chingada, contesta el Pony y se hecha a reír como caballo, hiiii, hiiii, hiiii, quizás por eso entre todos tus cuates y tú le pusieron el Pony al Pony, por su risa equina y sus dos grandes dientes frontales que sostienen el puro, porque el desgraciado, desde que una vez le regalaron uno, no ha dejado de fumar puros. Dice que así engrandece más su personalidad, una personalidad que se basa en el humo y que se evapora en el aire, piensas en el momento en que apuntas con el taco sobre la bola blanca y calculas la angulación para que ella dé sobre el triángulo equilátero de bolas y tengas la mínima oportunidad de ganar una sola partida, pero tu mente ya esta vagando en otro lado y no en las matemáticas euclidianas que el billar tiene, así que sin pensarlo más tiras y logras que la única bola, la bola blanca para ser más exactos, que no se debe meter en ninguna buchaca se meta, Hiiiiiii, Hiiiiiiii, Hiiiiiiii, oyes a tus espaldas la estrepitosa risa del Pony, ¡Carajo!, exclamas y te das por derrotado desde ese mismo instante, ¡Carajo!, repites, pero es inútil, tu mente esta clavada en los movimientos inexistentes de tu hermosa novia que quién sabe dónde estará y quién sabe con quien, y así, con ese pensamiento que te revolotea por dentro, pierdes el sexto juego de billar.

 

3
Gerardo Oviedo  Domingo, 13 Febrero 2005 01:29
 

 

PARTE 3

El tercer error al que te enfrentas es que junto a tus alucinaciones y tus celos desmedidos, por las noches, cuando estás a solas, descubres que no tienes la capacidad para estar solo, y eso hace que te pases más de cuarenta minutos mirando el reloj de pared que tienes enfrente de ti, La llamo, No la llamo, La llamo, No la llamo, La llamo, No la llamo... pareciera que durante todo ese tiempo te dedicaras a deshojar los segundos como las muchachas deshojan las margaritas con el, Me quiere, No me quiere, a deshojar todo el tiempo en que has mirado como las manecillas del reloj dan una y otra vuelta siempre por el mismo camino circular pero con distinto tiempo, un tiempo irrepetible, efímero, pero ya, cuando tus ansias te carcomen la punta de las uñas de tanto morderlas, y piensas que llegó al límite tu paciencia, la llamas en esa de tantas madrugadas sólo para oír su voz y escuchar que ella es un manantial de palabras claras, límpidas, aunque en realidad su voz esté pastosa, ronca y con aliento a centavo por haber sido despertada en ese momento, ¿Qué hora es, mi vida?, te pregunta con un sobresalto por presentir que algo grave pudo, está o irá a ocurrir, Las 4 de la mañana, respondes casi de memoria, pues llevabas 40 minutos mirando el reloj con la intención de hablarle, y eso había sido más o menos a las 3:20, ¿Pasa algo?, te pregunta aún sobresaltada. Tú quedas en silencio, no sabes qué contestar, quisieras preguntarle como le fue en el trabajo, cómo tuvo que lidiar con los clientes, a qué hora llegó y quién la trajo, si se vino sola en un taxi o alguien la llevó a casa, incluso ya estás elaborando una excusa para justificar el motivo de tu llamada, pero simple y sencillamente le dices que no pasa nada, sólo que no se le olvide que mañana tiene un examen importantísimo en la universidad. Escuchas su bostezo a través de la línea telefónica y un, Ay, mi vida, no te preocupes, gracias, inmediatamente después caes en la cuenta de que mañana es domingo y por obvias razones la universidad solamente estará abierta para que algunas urracas atolondradas entren volando hacia sus árboles universitarios, pero ella está tan semidormida que no se da por enterada de tu garrafal error, entonces mañana, cuando la veas, y ella te pregunte si tu llamada fue en serio o sólo un mal sueño que tuvo, tú podrás excusarte al decirle que clarísimo le dijiste que el examen era para el lunes, entonces ella replicará que por qué no esperaste hasta hoy domingo para recordárselo, y tú simplemente te encogerás de hombros y cambiarás el tema hacia el, Qué linda estás, con lo cual creerás que se olvidará todo el asunto, pues imaginas que potenciarás por breves instantes su vanidad de mujer hermosa y claro, no es lo mismo los piropos de los desconocidos que le lanzan cuando va sola por la calle, esos de, Ay, mamacita, que buenota estás, o el, Me gustan grandotas aunque me peguen, o el famosísimo, ¡Quiero!, con media lengua babeada de fuera, no, el mejor piropo es el del novio que le dice lo hermosa que se ve su novia sin ser empalagoso, sin hacerlo a cada momento, porque tú sabes que todo en la vida debe tener un equilibrio y sobre todo en las cuestiones amorosas, y si a cada rato le estás diciendo que la amas con locura infinita, y que sin ella no puedes vivir, entonces la llegarás a hartar hasta que un buen día te conteste lo que menos quieres, No me digas que me amas, bicho, porque yo ya no te amo y ya no me importas nada, ya me hartaste, pero eso piensas que es en el futuro, en el infinito, en aquel lugar que está tan alejado de estos días, tan alejado de ti y de ella, o eso es lo que piensas por el momento, luego te despides de ella y cuelgas el teléfono, segurísimo de que ahora ya estaá ella en cama, y que... Espera, piensas de repente, que tal que si se hizo la dormida y afuera de su casa la está esperando alguien para llevarla al infinito y más allá, por eso remarcas de nueva cuenta a su casa para estar completamente seguro, y cuando ella vuelve a contestar con la voz más ronca y pastosa que antes producto del recién conciliado sueño, tú, con esa valentía de hombre seguro de si mismo y de lo que quiere, cuelgas el teléfono en el acto, no se vaya a enterar de que el mudito madrugador eres precisamente tú mero.

Gerardo Oviedo  Lunes, 14 Febrero 2005 21:08  

 

PARTE CUATRO

La siguiente preocupación y por ello alucine de tu parte, son sus amigos, en especial Mike, su amigo desde la preparatoria y que ahora, años después, aún sigue perdidamente enamorado de ella, aunque sea un amor más bien platónico que realtónico, pues a pesar de que se llevan de pelos, como alguna vez ella te contó, ella no le ve el menor interés ni químico ni físico a una probable relación amorosa con él. Pero tú no ves eso, ni lo crees a ciencia cierta, reprobando desde el principio las materias de Química, Física y a un tris la de Geografía, pues te metes en territorios extraños sin llevar brújula ni mapas que te guíen por ese laberinto de incertidumbre sobre la fidelidad de tu hermosísima novia, ¿Y qué cuenta el Mike?, le preguntas con el mayor disimulo que puedes, ocultando detrás del sudor de tu frente con que se ha perlado un gran interés por su respuesta, ¿Mike?, responde ella con la voz agitada a tu pregunta, ¿Qué Mike, vida?, su voz y su respiración se hacen cada vez más entrecortadas, como si una agitación externa e interna la estuvieran poniendo de espalda contra la pared, como si olvidara todo de pronto, los nombres, las calles, el mundo, ¡Oh, vida, vida!, ella continúa moviéndose y su voz se vuelve un gemido prolongado, ¿Sí, Mike, tu amigo?, retomas el hilo de la conversación pues no quieres quedarte a medias, pero intuyes que ella no quiere hablar de eso, ¿Algo ocultará? ¿Por qué no se acuerda? ¿Qué le pasa?, entonces recuerdas que hace dos semanas te había dicho que Mike la había invitado a la fiesta de cumpleaños de su abuelita, ¿El Mike te invitó?, le habías preguntado en esa ocasión mientras salían del Cine Lumiére, Sí, pero si quieres no voy, te respondió con la seguridad de que no pondrías ningún reparo ni harías ninguna escena de celos por algo tan nimio como que ella fuera con su amigo de tantos años, su amigo del alma, el chavo que fuera la mugre de sus uñas largas en la preparatoria, ¿Y dónde es?, preguntaste mientras iban bajando las escaleras hacia el estacionamiento, No, sé, parece que por Atlixco, no sé bien, te replicó sólo hasta que ya ibas conduciendo de regreso hacia su casa, pues antes habían pasado dos o tres baches entre tu pregunta y su respuesta, baches tales como lo chafa que estuvo la película, o sobre lo mal actuada que estuvo, o lo inverosímil de la trama y sus cabos sueltos, o sobre el soundtrack que ni siquiera les había gustado de aquella velada cinematográfica, opinión que ambos compartían, amén de las palomitas que tu odiabas que comiera en el cine, pero que a una reina, como lo era ella, cualquier ruido al masticar mientras el héroe de la película se enfrentaba a treinta o cuarenta sicarios, todo se le perdonaba, incluso también se le perdonaba a tu novia el ruido que hacía su gañote mientras bebía un poco de pepsi cola al tiempo que el héroe, que en este caso era un tal Tom Cruise, deshacía con su espada samurai todos los entuertos y daba muerte a todos los malhechores por la justicia y la libertad del mundo entero, aunque bien sabías que el mundo al que se refería dicho actor estuviera en américa, justo arriba del trópico de cáncer, ¿Y que cuenta el Mike?, regresaste al principio cuando notaste que los ojos de tu novia comenzaban a ponerse en blanco y que en un instante más pegaría tremendo grito que te ensordecería el lado derecho, ¿Qué Mike?, gritó por fin al clavarte sus uñas largas en tu espalda y llenarlas no de mugre, sino de tu carne, para luego derrumbarse con todo el peso de tu cuerpo desnudo sobre la desnudez de ella, ¿Que decías, mi vida?, te dijo unos minutos después mientras se vestía para marcharse a casa pues ya era tarde, ¿Que decías que no te presté mucha atención, mi amor?, Nada, nada, nada, no es nada, dices con toda la espalda arañada.

Gerardo Oviedo  Martes, 22 Febrero 2005 12:09

   
     
     


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