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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
El sonido y la furia
24 de julio del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
   
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

a mi apá por su cumpleaños
a David por otro más
y a Páramo que también es de este mes

   
     
     

“A AMLO si le importamos, por eso nos acompaña, por eso lo acompañamos. ¿Es cierto que el poder está en la gente y no en las instituciones como nos lo dice él? Queremos creerlo. Quiero creerle, necesito creerlo.” Elena Poniatowska. Amanecer en el Zócalo.  Quien se considera apolítico es de derecha. Quien asume un papel de indiferencia ante sus semejantes se convierte en el mejor postor para que la intolerancia, la injusticia y el dolor florezcan. Escritores van y vienen, unos atorados en sus castillos de pureza, otros solapados por sus torres de cristal. Algunos más se sienten dioses olímpicos que nada los toca, ni la realidad ni el hambre. Imbricados en el compadrazgo y leales a un sistema corrupto del que maman sus ubres y se hinchan como sapos para querer parecer grandes. Escritores que se creen, con su patética inteligencia, superiores al de junto. Otros, desde su púlpito sacrosanto del arte por el arte, engalanan tertulias de inocuas digresiones etílicas. Es cierto, no hay escritores ni arte comprometidos, pero si hay ciudadanos y animales. El arte no es panfletario, no debe jamás ser expositor de un marketing ideológico. Sólo puede mostrar las preguntas para que cada quien elija las respuestas. Pero una cosa es el arte y otra el artista. El escritor falso es aquel que en su nube dibuja aves de plomo que no se sostienen en el aire. Sólo la historia decidirá quien queda y quien se va. Por lo pronto Elena se convierte en paloma y, con sus plumaje blanco y su vuelo histórico, alcanza ya alturas que otros escritores jamás podrían imaginar. Bienvenida a mi corazón, Elenita y bravo por tu humildad que me alienta a no perder la esperanza de algún día aprender a volar.


 
TODA LA RABIA DEL MUNDO


"Un ideal fijo es condición para toda clase de revoluciones."
Gilbert K. Chesterton
PARTE 9
 
25.
Te invito a una marcha, me dijo Sofía cuando apenas estaba asimilando su juicio sumario sobre mis palabras amorosas. Es para el sábado que entra y va a ser para protestar por la madriza que nos pusieron los polis en la marcha de hace una semana. Van a estar todos los compañeros y compañeras de diferentes organizaciones. ¿Te late? Yo seguía alelado por el comentario estético que había hecho cuando le declaré mi amor y ella, sin pelos en la lengua y en una banca del parque 21, me había tildado de poeta maleta y cursi, situación que a la postre me daría risa al recordar ese episodio, pues yo no era poeta y por ende no podía ser ni cursi ni maleta. ¿A qué hora es? A las 12 del día. Pero vas a tener que usar este pasamontañas, porque tú ya estás muerto y no deben reconocerte los malditos. Me extendió la prenda que había sacado de su morralito de lana. Oye, ¡pero esto está lleno de sangre! Le dije horrorizado al tomar el pasamontañas negro todo ensangrentado por donde debían ir las orejas. No es sangre, tonto, es pintura que resalta el poder brutal del gobierno. Es como una metáfora del fascismo. Tú ya lo viviste en carne propia con esa alcancía que te hicieron en la cabeza.  Ah..., quedé mirando los brochazos rojos dados a diestra y siniestra, ¿de veras? ¿y en dónde va a ser?, le pregunté todavía perplejo al tratar de racionalizar que me acababa de batear como años después los Cangrejos del Pacífico batearon al equipo del padre del Perlotas por 6 carreras contra 1, o como la italiana Francesca había bateado al Perlotas con un uppercut sumario a la nariz. Será en el parque central y marcharemos hacia la plaza de armas. Exigiremos todas las compañeras y los compañeros la liberación inmediata de todos los detenidos y las detenidas. Sofía tenía una extrañísima manera de utilizar el lenguaje, casi a todo quería encontrarle el lado femenino para equilibrar el machismo recalcitrante que creía ver en todos los que fuéramos hombres, así por ejemplo, siempre se refería a amigos y amigas, compañeros y compañeras, vecinos y vecinas, ciudadanos y ciudadanas, decía el género humano y humana en vez de el hombre. Incluso algunas veces la descubrí hablando de pepinos y pepinas, pero jamás la oí hablar de zanahorios, o de lechugos. ¿Entonces qué, sí vas a la marcha, maestro? ¿Me van a golpear de nuevo?, pensé en ese instante, pero no quise decírselo, no podía caer ante sus ojos a la condición de gallino que era el término más apropiado para mí. Claro, ahí estaré sin falta, le dije. En ese momento Sofía tomó el pasamontañas que sostenía entre mis manos y lo volvió a guardar en su morralito. Ok, te lo entrego allá, ¿vale? Claro, ahí estaré sin falta. Ahí estaré sin falta era mi frase preferida para evitar el futuro. Para no llegar a las citas. Muchas veces había prometido estar sin falta en algún lugar y, simplemente, la abulia o la apatía me desconectaban de mis promesas, mi madre me decía que yo era el hombre del mañana: Mañana lo hago, mañana lo intento, mañana. Bueno, nos vemos ahí, adiós. Sofía se levantó de la banca del parque y echó a andar hacia la parada del autobús. ¿La sigo o no la sigo? ¿Hoy o mañana? Pero antes de decidir, Sofía se volvió hacia mí: Ah, y no se te olvide que me vas a escribir algo, ¡eh!
 
26.
Una promesa es un mal augurio sobre nuestras capacidades, sobre nuestras deficiencias para responder ante la palabra empeñada. Las promesas sólo se cumplen cuando no hay nada en juego. Escribir, por ejemplo, es el acto abominable por excelencia para afilar nuestras mentiras y romper todas las promesas. Escribir para uno posiblemente era menos difícil que escribir para los demás, aunque jamás lo hubiera hecho. A mí qué me importaba la poesía, o la literatura, o que el mundo se estuviera cayendo a pedazos o que la historia pasara ante mis ojos sin que yo la viera. Sofía regresó a su guarida de estudiantes guerrilleros mientras que yo lo hice hacia mi casa como una polilla que revolotea muchas veces ante el fuego para después caer calcinada por su propio deseo, en su búsqueda de luz: Tenía que escribir algo que no fuera como ella había juzgado y condenado: palabras amorosas, cursis, baratas. Sofía estudiaba ciencias políticas y estaba a mitad del tercer semestre. Había migrado a la ciudad después que en su aldea sólo encontrara para progresar macramé y bordado al concluir la escuela secundaria. Alguna vez me dijo que su estúpido pueblo sólo servía para exportar hormigas e importar polvo. Pero aquella noche en que rondaba por mi cabeza la idea de seducirla con palabras propias sólo atinaba a tamborilear los dedos sobre una maldita hoja en blanco y pensaba que no entendía nada de marchas ni de lucha y que sólo entendía el abismo de sus ojos. Cuando mis dedos se cansaron de bailar sobre el escritorio, deseché la idea de continuar papando moscas y mejor tomé otro de los libros que me había prestado y comencé a leer sin entender absolutamente nada. Cuando iba en la página 89, donde hablaba de una conciencia violenta que afloraba cuando los movimientos sociales no encontraban salida para sus demandas y otras mamadas ininteligibles que citaban a otro wey llamado Nietzche, me vino una idea que podía echar a andar: Mi hermana Anaís estaba en su cuarto cavilando sus pendejadas. Oye, le dije con todo el cariño del mundo para que me indicara el camino a seguir, la dirección que debía encontrar: ¿no sabes donde está la caja que dejó Clara antes de irse? Anaís despegó la mirada de lo que estaba escribiendo: ¿Qué caja? La caja esa donde guarda todas sus cosas personales. ¿La rosa? Esa. No sé, creo que está en el cuarto de mamá. Se llevó sus cosas porque no quería que yo las esculcara. Luego bajó la mirada y continuó garabateando palabra tras palabras sus locuras.  Fui al cuarto de mi madre y empecé a revolotear los cajones de su armario. Nada por aquí, nada por allá.  Abrí el closet y nada, sólo cajas que contenían las pertenencias de mi hermana Clara. Parecía que mi madre era la hormiga que importaba a su recámara todo lo que le recordaba a su hija fugada con quién sabe quién y que se echaba todos los polvos posibles antes de convertirse en polvo. Pero no encontré nada. Regresé a mi habitación para rumiar mi plan frustrado. Unos minutos después entró Anaís con la caja rosa de mi hermana mayor Clara: ¡Ten, estaba en uno de los cajones de hasta arriba! Sin darle las gracias la tomé y vacié su contenido sobre mi cama. Anaís quedó parada un momento, pero supongo que comprendió que su función había terminado así que se escabulló como una lagartija tras el hueco de una grieta. Entre los papeles doblados había unos que estaban reunidos con ligas. Entonces comencé a leer una por una todas sus cartitas de amor que le mandaban sus enamorados desde que teníamos memoria. Unas malas, y otras, verdaderamente horrendas, pero que funcionaban a la perfección con ella: “Quiero lenguetiarte los pezones para luego penetrarte y hacerte gritar como loca de placer, mi reina.”
 
27.
Oye, wey, te invito a una marcha para mañana, le dije a Goliath. ¿Qué van a dar? No tengo la menor idea. Entonces ni madres, finalizó Goliath el tema por teléfono. Cuando íbamos en secundaria, Goliath era afeminado pero era un ropero. Siempre ganaba en las competencias escolares en carrera de velocidad. Y cuando alguien intentaba burlarse de su amaneramiento, terminaba con la cara contra el suelo o con los mocos llenos de sangre. Tiempo después se le quitaría la costumbre de golpear con el puño cerrado y sólo se quedaría con las cachetadas guajoloteras, que de todas formas hacían estragos en el oponente. Se me había ocurrido la idea que en caso de trifulca durante la marcha, Goliath podía quedarse a entretener a los gorilas mientras nosotros salíamos por piernas, pero el coyón no quiso. Che Goliath gacho. La semana había transcurrido y yo estaba perfectamente pertrechado con una verdadera obra maestra para la seducción. Después de leer todo el material amoroso, sexual, pornográfico de mi hermana Clara, tomando una palabra de aquí, otra de allá como supuse hacen los escritores para escribir tanta locura, había logrado construir una increíble carta de amor. Sólo así había logrado convencerme que el ahí estaré sin falta, debía aplicarse y no dejarme vencer por esa apatía hacia el futuro. Total, Sofía ya me había catalogado como el poeta más cursi y barato de la historia y no podía haber otra cosa peor. Así que llegué el sábado al parque central con un poco de anticipación, porque quería reconocer el campo de batalla antes de iniciarse la guerra. ¿Qué bueno que llegaste?, oí a mi espalda, ¡creí que no vendrías! Sofía iba enfundada en un overol de mezclilla y con una pequeña boina café. Te dije que estaría aquí, remarqué mi afirmación con una mueca que indicaba: No mames, ¿cómo es posible que no me hayas creído? Pero Sofía no se dio por enterada así que continuó: Sí, pero imaginé que no vendrías después de lo que pasó y pensé que ya no te volvería a ver. Y como no te notabas muy convencido, pues pensé que no querías volver a verme ni querías saber nada de nosotros ni de nosotras... Pero en fin, ya estás aquí, ¿estás listo? dijo al tiempo que sacaba el pasamontañas ensangrentado de pintura y me lo entregaba. Póntelo para ver como te queda. Yo hice caso porque ante su mirada sólo quedaba obedecer. Te queda bien ahora vete para allá y fórmate delante de ellos y ellas, me señaló a un grupo de chavos y chavas vestidas de negro. Me cuesta trabajo respirar y aquí adentro hace mucho calor, pensé minutos después cuando ya estábamos alineados bajo el sol para comenzar mi primera marcha hacia quién sabe dónde y donde yo iba a la cabeza enfundado en un pasamontañas ensangrentado de pintura roja lanzando consignas quién sabe por qué. Sólo esperaba que eso se acabara para poder entregarle mi carta amorosa a Sofía y conquistar su corazón rebelde. Pero como dije, las promesas son un mal augurio para todos. Dos calles antes de llegar a la plaza de armas, un contingente de granaderos nos rodeó rociándonos con gas pimienta y hasta sospecho que con ajos, con cebollas y con flatulencias, luego nos dieron de toletazos en todo el cuerpo y, finalmente,  a mí me agarraron todavía con el pasamontañas puesto como calzón sobre la cara, el cual me había evitado huir al no ver absolutamente nada cuando me lo estiraron como un condón sobre mi cuerpo: Ajá, oí una maraña de voces que se confundían con el griterío, otro pinche revoltoso que muerde el polvo.


 
(Continuará el próximo miércoles)


 
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