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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
5 de mayo
7 de mayo del 2008
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
5 de MAYO
   
     
Gerardo Oviedo    
     
a Carlos Monsiváis,
por 70 años de culta ironía
y sarcasmo popular
   
     
TERCETOS ENCADENADOS
Lóbrego país de mañanas solas
todas tus historias son una sola
transa y martirio alumbran tus farolas
fechas grabadas en una consola
que sólo son argüendes mitoteros
al asir de mentiras tu pistola
como enjambre de zombis patrioteros
desfile que me llena de vergüenza
dignidad que inclinas ante rateros
rezas ante el altar de un sinvergüenza
callas de rodillas las injusticias
porque has perdido toda tu vergüenza
al ver sólo en televisión noticias
pobre de mi pueblo robotizado
jamás te informarán de las primicias
México está siendo martirizado
mientras desfilas sin pena ni gloria
en fila como pollo rostizado.
   
   

EXTRA 1: El olvido no debe ser materia prima donde se nutre la política contemporánea. Habría que inaugurar una nueva época: Político que no cumpla, que se le exilie. Político que sea corrupto, que se le juzgue. Político que se le encuentre culpable, que se le encarcele. Pero jamás se olvide y se le perdone. Porque los ciudadanos ya estamos cansados de tanta pinche transa. Así pasó este 5 de mayo cuando ciudadanos memoriosos exhibieron carteles históricos contra la impunidad de dos personajes que viajan en sus burbujas de cristal porque nada los toca: Felipe Marín. EXTRA 2: Pareciera que en Estados Unidos los más y mejores informados están votando por Barack Obama. Las encuestas señalan que a menor índice educativo mayor propensión a Billary Clinton y John MacCain. Y aunque son millones, es de esperarse que millones más entren en razón y hagan lo que Tom Hanks hizo al respaldar al senador por Illinois: No temblar ante la historia. EXTRA 3: El premio Nóbel Derek Walcott desde Santo Domingo, La Jornada 1° de mayo: “Me altera mucho que todos los estudiantes que he tenido no han escrito poesía política, pocos escriben sobre la responsabilidad del imperio y eso me preocupa, porque no sé si ese silencio sea un aislamiento (...) Una de las cosas que hacen los tiranos y los dictadores es eliminar a los poetas porque alteran el status quo; la injusticia genera una gran exaltación de los poetas y por eso a medida que avanza la revolución los poetas van siendo eliminados, porque siguen criticando (...) Por ello, no creo que un hombre pueda ser un gran poeta y un fascista al mismo tiempo.” ¿Y los poetas de estas latitudes brillan, literariamente, por su ausencia o avalan con su silencio su propia insignificancia?
 

TODA LA RABIA DEL MUNDO
PARTE 44
 “En los momentos de crisis,
sólo la imaginación es más importante
que el conocimiento.”
 Albert Einstein
100.

Yo lo saco a pasear, grité cuando vi que los ojos del Perlotas estaban como ausentes y sacaba la lengua. Si mi hermana menor Anaís lo hubiera visto en ese momento, tal vez hubiera escrito: “Ojos de trompo/lengua de perro/sudor de marrano/olor a pollo.”, pero como no estaba, yo sólo me dediqué a hacer esta observación basándome en una suposición de lo que ella habría dicho (con el lógico craso error, ya que siempre que se pone algo en boca ajena, lo más común es fallar en consecuencia). Años antes había leído, en una traducción del francés, su horrible libro “Toda la prafsa del mundo” que había comprado por orden de mi madre en una librería del centro, y, por supuesto, yo no había entendido nada y mi madre mucho menos ya que lo abrió, lo hojeó y acto seguido lo depositó en la alacena donde se llenaría de telarañas meses después. Parecía como si el carácter de poeta loca de Anaís le diera la insolente necedad de reírse a costillas de nosotros. Casi como todos esos poetas anacoretas que escriben lo primero que les pasa por la cabeza y le llaman arte. ¡Arte mis webos! Son sus locuras que escriben porque son tan pobres que no tienen para pagarse un psicólogo y por eso nos echan sus neurosis en forma de libros y, para colmo, no se curan ellos y enloquecen a los demás. Alguna vez platiqué con Goliath y, caso raro, estuvimos de acuerdo en que, por el bien de la humanidad, se debía exterminar a todos los poetas del mundo. Claro, yo andaba borracho y el Goliath sólo asentía como asienten los que están sobrios: Lo que tu digas, manito, pero o te comportas y caminas derechito o te extermino de un madrazo, manito.  De todas maneras, aún con el ojo morado por esa ocasión, yo quedé con la inconfundible idea que los poetas no servían ni siquiera para hacerse de comer o lavarse y plancharse, mucho menos para hacer libre al mundo con sus palabras rebuscadas, sino todo lo contrario, para hacer más cerrado y caótico el universo. Recuerdo que Anaís había escrito en la tercera o cuarta página a modo de epígrafe lo siguiente: “¿Para qué escribir fácil si los sencillos nunca nos leen? ¡Mejor escribamos imposible para que nunca nos lean!”. ¡Qué soberbia! Y tenía mucha razón: su libro adolecía de tantas faltas de ortografía, tantas palabras sin sentido, inventadas en lugar de otras que cada vez que leía un poema suyo sabía a qué se refería pero, caso curioso, no tenía esa palabra escrita. Ahí me encabronaba. Yo quería que las cosas se nombraran por su nombre, no sólo entre líneas. Nada de esa estupidez insípida de: “hacer el amor sin ningún cuerpo” ¿para qué?, ¿o acaso era una chaqueta mental que uno debía hacerse? ¿Y con qué manos? ¿Invisibles?, amar sin decir amor, ¡bah! Besar sin labios. ¡Que le pasa! Por eso los poetas jamás son felices, porque adjetivan palabras en lugares donde no deben y luego ni ellos mismos se entienden. Recuerdo el final de un poema al que mi hermana había titulado: Prafsa minimus: “turulá, turuló, y yo yo/la, la oh, lalalalal allá/sí mí-litar rata tatá tooooo, naaaaa/y el 1 versoooooo/Ay, ay , ay...” Con razón el crítico neoyorquino se la quería ponchar. Le vio cara de enferma y le quiso recetar cama (y eso que ya estaba traducido el Poema, no quería siquiera imaginarme como sonaba en francés o en inglés, aunque para su descargo salió una reseña que decía: “en todo el libro no se menciona una sola vez las palabras: estrellas, tus ojos, la muerte, tus labios, nada del campo como hojas o hierbitas, ni nubes ni sol bailando como ovejas, nada de entrar al tiempo y sus abreviaturas, no menciona ni una sola vez la palabra amor, lo cual es extraordinario, ya que todos los poetas menores empiezan por lo que más abunda: poemas de amor, y sin embargo, todo está condensado ahí”).  ¿Quién en sus cinco sentidos podía entender eso? Pero lo más raro es que después que su libro salió a la venta se le denominó como la máxima expresión del arte vanguardista de nuestro país (no sin la oposición encarnizada de unos venerables poetas que eran maestros en el arte del soneto, la rima y la floritura, quienes pegaron el grito al cielo cuando vieron como cucarachas los escritos de mi hermana e intentaron aplastar sus poemas neuróticos con más sonetos al “amor, que es lo único verdadero, hemos dicho”). Y meses después empezaron a salir seguidores imbéciles que publicaban esperpentos similares en diversos suplementos culturales que lo único que hacían era darle más fama a una loca que no merecía tener más que una camisa de fuerza amarrada por la espalda. Así cualquiera, hasta yo podía escribir mamadas como la del tren cada vez que llegaba a la estación: “: viene el tururú/bajan y suben/ y se vaaaaaaa el tururú”. ¡Eh! ¡Y no soy famoso!
 
101.
Yo lo saco a pasear, repetí por el hueco de mi ventana al paramilitar cuando vi los ojos del Perlotas que estaban como ausentes y sacaba la lengua. El idiota miró primero al Perlotas, quien llevaba la cadena alrededor del cuello, y luego hacia mi cabaña. Después jaló la correa y siguió de largo: Arf, arf, arf, oí ya muy lejos. ¡Maldita sea!, ya habían pasado muchos días y no había pasado nada. Yo suponía que unas 4 ó 5 ó 6 semanas, ya que había intentado hacer una muesca en la madera de la pata de mi cama para llevar un calendario como había visto en las películas gringas de secuestrados o tratar de ser igual a Robinson Crusoe, pero después de sangrarme los dedos en el intento, la idea me pareció absurda: ¿Para qué medir el tiempo si no tenía nada que hacer? Y lo peor: ¿Para qué medir ese tiempo si ya lo había perdido para siempre? ¡La ignorancia era mucho mejor que el conocimiento! ¡Como la inmortalidad del cangrejo y su sinónimo divino! Así que me quedé sin hacer muescas y sólo veía como pasaban los días, las tardes y las noches. De vez en cuando aparecía en el horizonte el ruido de un motor que se acercaba. Sonaba una sirena, se oía mucho movimiento y después de un par de minutos, todo volvía a la calma. Otras veces el Sangrías salía de su cabaña, que era el cuartel central de los paramilitares, se arremangaba la camisa, sacaba un cigarrillo delgado con una boquilla de su pantalón militar, empezaba a fumar y se quedaba largas horas mirando el firmamento hacia donde el cadáver del Barcelona se descomponía a la intemperie. Otras veces lo escuchaba gritarle a sus subordinados preguntándoles si el dinero del rescate ya había sido entregado, y maldecía a lo largo y ancho del campamento toda ineptitud: ¡Córtenles un dedo, una oreja o el pito, no me interesa, a ver si así entienden esos cabrones avaros! Pero lo que hacían sus subordinados era ir al lugar donde estaba el Barcelona y cortarle un poquito por aquí, un poquito por allá y meterlo en una caja para enviarlo por mensajería a sus destinatarios. Sospecho que no hacían esas cortadas con nosotros porque no querían gastar en gasas, alcohol y cintas médicas, pero no lo sé de cierto. La mayoría de las veces mi rutina era levantarme cuando me traían el desayuno, que consistía en una rebanada de pan, un huevo duro sin sal y un vaso con agua.  Luego levantarme a la hora de la comida: una rebanada de pan, un huevo duro y otro vaso con agua, y levantarme para la cena, sólo el pan y el agua: ¡No podrán traerme los dos huevos por la mañana de una sola vez, hijos de la chingada, para que me suba el colesterol y los triglicéridos de una buena vez! Pero después que me amordazaron, intuí que el cocinero paramilitar sólo podía cocinar un solo huevo por ocasión. Ya como a la sexta o séptima semana de mi secuestro mi plan de escape estaba terminado en mi cabeza, ahora sólo faltaba ponerlo en práctica y ver si como ladraba mordía, aunque no fuera el Perlotas. El primer paso era juntar todo mi coraje por la muerte del Barcelona y haber perdido mi apuesta, el chingado embarazo de mi novia Karla, juntar todo el amor que no le había podido entregar a Sofía, el matrimonio del Goliath con sus weyes, los ladridos del Perlotas, la chica sonrisas y su sexo ambicioso, el golpe de la italiana Francesca, los gritos de mi madre a todas horas, la ninfomanía hipócrita de mi hermana Clara y sus escapadas nocturnas, los inciensos de Anaís y sus locuras poéticas, juntar el odio a mi cuñado Filadelfo, a mí imbecilidad, el rencor a este país, a sus paramilitares, al gobierno, la furia contra el Sangrías,  contra Dios,  contra todas las estrellas y todos los gusanos, contra la arena del mar y mis ronchas en las nalgas, juntar todos mis recuerdos y clavarme todo esto en las venas hasta que de ellas supurara gota a gota, como una maldita fruta echada a perder, toda la rabia del mundo.
 

(Continuará la próxima semana)
 

Ahora ya tengo un blog literario: http://taller-de-novela-de-gerardo-oviedo.blogspot.com/ Espero recibir tus comentarios y nos vemos en Guanajuato este fin de semana en el encuentro internacional de escritores.

   


   
   
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