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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
AMLO en Puebla
28 de agosto del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
AMLO EN PUEBLA    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
para los escritores que sólo son de papel
y que si se mojan se desbaratan. Ja.
   
   
     
     

Mientras el presidente legítimo de México, Andrés Manuel López Obrador, defiende la justicia, la dignidad de las personas, la libertad, la democracia entre otras cosas, también señala que los partidos de izquierda están contaminados por la corrupción. En su reciente visita a Puebla, y bajo tremendos aguaceros, se vio que los de abajo, el pueblo, lo de a pie, aquellos que vuelcan su corazón a una esperanza de cambio social, político y económico, podían soportar las injurias del cielo. Gota a gota el agua los empapaba, pero no se movían. ¡Esto es resistencia!, me comentó una señora de edad avanzada que tiritaba bajó el aguacero, ¡pero de aquí no me muevo! En ese mismo momento, las tribus del PRD hacían sus fogatas para incendiar su partido. En San Pedro Cholula, presentaron a José Juan Espinosa Torres, dirigente estatal de Convergencia, en el templete y la gente congregada lo abucheó: ¡Fuera! ¡Fuera! Después, al minuto para las doce del domingo, un segundo antes que venciera el plazo para el registro oficial de candidatos ante el Instituto Electoral del Estado, la dirigente estatal del PRD, María Elena Cruz Gutiérrez, inscribía su nombre para “apartar lugar” a la alcaldía de Puebla, porque dentro de su organización, la ley del caos impera. En el momento en que escribo estas líneas, subrayo que la utopía está tan lejos de las calles de Puebla, que la reflexión que flota en el aire es que todos los partidos han empobrecido la dialéctica humana y nos hacen regresar al paleolítico, cuando los gobernantes se quitaban o se ponían a punta de pedradas. ¡Qué vergüenza!

TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Cínico: un hombre que sabe el precio de todo y el valor de nada.”
Óscar Wilde
PARTE 14

40.
No tenía idea en donde pudieran estar, en tiempo presente, el Perlotas y el Barcelona y, en tiempo pasado, el fotógrafo desaparecido. Sofía me había echado a la calle con la consigna de encontrar al Sangrías, mientras que en casa, años después, la esposa del Perlotas me dejaba un recado en la contestadora preguntando si sabía donde estaba su esposo junto con la esposa del Barcelona que nos insultaba a todos por igual. La llamada de mi novia Karla era tan cursi y llena de moléculas amorosas que opté por devolver sólo la cuarta llamada: ¿Qué onda, tú?, me contestó Goliath, fui al bar y no estaban. Joana y Brenda se enojaron conmigo porque dijeron que nada más las hice perder el tiempo. Y todo por tu culpa. ¿Para eso querías que te llamara, idiota?, le increpé, pensando que habría sido mejor llamarle a la esposa enojada del Barcelona: No, wey, sino para decirte que... hizo una pausa tan aguda que me lastimó el tímpano del oído. ¿Para decirme qué? ¿Qué? Nada, contestó después de unos segundos, mejor te veo mañana y nos tomamos un café. Pero si tú no tomas café, idiota, ¡pura agua con cloro!, le dije a punto de colgarle. Goliath obvió mi comentario y continuó como si yo no hubiera hablado: Te veo mañana en el café de la 17 a las 2 de la tarde. En ese momento iba a decirle que a esa hora no podía, porque tenía que entrar a mi trabajo de fantasía, pero el imbécil me colgó. No quise meterme a pensar en lo misterioso que había sido su llamada. Después de conocer por siglos a Goliath, sabía que le gustaba hacerle al teatro cada vez que podía.  Así que con el auricular todavía en la mano le grité: ¡No me chingues, marica! y colgué encabronado. Como lo estuve en la delegación cuando pregunté por el Sangrías: Perdone, ¿me puede decir sí trajeron aquí a un fotógrafo hace una semana? La señora de información que atendía se calzó unos lentes de armazón grueso y me señaló con voz de tienda de autoservicio al promocionar el departamento de embutidos y lácteos: La siguiente puerta a mano derecha está la oficina de personas extraviadas, gracias. No, señorita, no me ha entendido, le dije tratando de controlar mi boca y que de ella no salieran toda clase de improperios, busco a un fotógrafo que trajeron la semana pasada cuando los apañaron los granaderos en el centro. La señorita cambió su actitud de salchichonería y endureció el rostro a secretaria de oficina pública: La siguiente puerta a mano derecha está la oficina de personas extraviadas, gracias. Puta. ¿Qué? Bruja. ¿Qué? Nada, muchas gracias, señorita. Caminé hacia donde me había indicado y entré: ¿Se le ofrece algo?, me preguntó un chavo vestido de traje y con el pelo envaselinado. Busco a mi hermano, le dije. ¿Trabaja aquí? No, se extravió y ahí afuera dice que aquí encuentran personas extraviadas, me ensañé con el párvulo de corbata. Ah, se ruborizó. Bien, siéntese por favor, ahorita lo atiendo. Me senté frente a un escritorio lleno de papeles metidos en folders. El chavo sacó un bloc con un formulario: ¿Cómo se llama la persona extraviada? Los calzones se me cayeron al piso: Este... este... El Sangrías. Aja, continuó el chavo, así le dicen, ¿pero cómo se llama? Ummm, ahora era yo el que me ruborizaba. ¿Cómo era posible ir a buscar a alguien que sólo había visto un par de ocasiones? No sé, admití. ¿Es su hermano y no sabe cómo se llama? Pinche chamaco sulfuroso, me acababa de dar un descontón. Entonces me levanté y golpee con la mano sobre el escritorio: Vamos a ser claros, no es mi hermano, ni lo conozco ni sé nada de él, sólo que está chimuelo y ya ¿entendido? El chavo se me quedó mirando con ojos tan grandes que parecía que iba a chillar, pero con el gañote preguntó: ¿Y entonces para qué lo busca? Me volví a sentar, con calma, tomé un respiro y contesté con toda la sabiduría del mundo: No tengo ni idea.
 
41.
El Perlotas era un chavo pendejo pero con mucho varo. El Barcelona sólo era un chavo pendejo y bravucón.  A Sofía nunca le cayeron bien. Y creo que fue recíproca su animadversión.  Ta rebuena esa vieja, pero es bien pendeja, me dijo algún día el Barcelona. No sé ni por qué andas con ella. En cambio, el Perlotas sólo mascullaba: rólala pacá.  Pero esto último no lo tomaba en cuenta, pues hasta mi hermana Anaís le parecía atractiva y alguna vez quiso conquistarla. Salieron un par de veces y fue cuando mi hermana empezó a escribir todavía más raro que de costumbre y el Perlotas a hablar con palabras que no conocía: ai ches prafsas que andan porai. Porque parecía que el Perlotas no hilaba las ideas con lo que salía de su garganta. A media noche volvió a sonar el teléfono. Mi madre debía estar en el quinto sueño y yo, como de costumbre, mirando la oscuridad con los ojos abiertos. Me levanté y fui a contestar: Espero que no sea tan noche, pero estoy preocupada, era Rebeca Galindo, ¿no está por ahí mi marido? No lo he visto, le contesté. Es que estoy muy preocupada, nunca ha hecho esto. Siempre hay una primera vez, Rebeca, no te preocupes, ya aparecerá, le dije bostezando, y no porque tuviera sueño, sino porque quería cortar la comunicación lo más pronto posible y que ella se diera cuenta que su llamada había importunado mis sueños sobre la inmortalidad del cangrejo. ¿Crees que le haya pasado algo? ¿Crees que esté malherido? De seguro se fue con el Barcelona. Ya hablé allá, y tampoco está. Raquel está furiosa. No te preocupes, recuerda que dicen que no estaba muerto sino andaba de parranda, y me eché a reír. Clic. Colgó. Che vieja loca. Al día siguiente, mientras mi madre se levantaba tempranísimo para irse a trabajar, volvió a sonar el teléfono. ¡Te llaman, webón!, me gritó al otro lado de la puerta. Pero como tengo entendido que uno no escucha las cosas que no quiere oír, me hice guaje y seguí durmiendo. Pasado el mediodía, cuando las pulgas han dejado de chupar sangre y los leucocitos comienzan a llevar oxígeno al cerebro, sonó el timbre de la casa. Abrí y encontré una maleta negra. Salí y no vi a nadie. Carajo. Sobre la maleta había una notita doblada y pegada con cinta. La arranqué: “No quiero volverte a ver en mi vida. Estoy harta de ti y de todos tus amigotes. Aquí tienes tus cosas hijo de puta. El jabón y la pasta dental te los dejé en el cierre lateral. Te odio. Raquel.”. Entonces, en vez de molestarme por haberme hecho levantar de la cama, me eché a reír. ¿Cómo era posible que dentro de su enojo todavía detallara el lugar de la pasta y del jabón? ¿Así funcionaba el amor cuando se harta? ¿Esto era una provocación, un alarde de Raquel en contra del Barcelona? Recuerdo que muchas veces ella lo había corrido de su casa y él había pedido posada al Perlotas o a mí. Jamás con Goliath. Pero Raquel siempre lo perdonaba porque él llegaba con el argumento que esta vez iba a cambiar. Que esta vez todo sería diferente. Que él haría todo lo posible por hacerla feliz. Que no volvería a gritarle, ni a propasarse. Que ahora todo su amor era sólo para ella. Que ahora sí, el paraíso los esperaba al final del arco iris si ella lo perdonaba. ¡Y lo perdonaba! Y meses después el Barcelona volvía a las andadas. A crucificar su amor en aras del deseo por otros cuerpos. Sin compasión. Sólo por sentirse poderoso. Ahí era cuando yo recordaba algo que me había dado a leer Sofía en alguna ocasión: “La mujer se pasa toda la vida tratando de cambiar a su hombre, y cuando lo logra, ya no le gusta”.  Cuando lo leí y le pregunté a Sofía si era de aquella clase de mujeres, me contestó: Nel, maestro, yo no intento cambiar a nadie.  Solitos cambian y ni así la hacen. Porque Sofía decía las cosas de manera fría. Sin alma ni corazón. Sólo con los dientes apretados y sus pupilas dilatadas volando en el contorno azul del mar. En la delegación me enteré que los desaparecidos no son gente extraviada, sino que son almas que no están ni vivas ni muertas. En un decretado limbo. Ni con dios ni con el diablo. Sino que debía ir a buscar al fotógrafo desaparecido a los separos de la procuraduría o las penitenciarías donde se remiten todos los revoltosos que alzan la voz. El chavo de traje me recomendó que primero averiguara el nombre del cuate que andaba buscando y que dejara de hacerme wey para no hacerle perder el tiempo a la inmaculada justicia pronta y expedita.
 
42.
Esa noche regresé a casa con los pies de plomo. El concreto parecía que me trepaba por los tobillos y me endurecía las articulaciones. Uno puede encontrar tarde o temprano una aguja en un pajar. Pero si la aguja no existe, por más esfuerzos que se hagan, sólo se encontrará paja y nada más. Intenté leer el cuarto libro que me había dado Sofía, pero, con el ánimo que traía, no entendí nada de un tal Aureliano Buendía y su padre que encontró en el cielo la redondez de la Tierra. Supongo que para leer, hay que tener la mente despejada y no el mundo revoloteando por dentro. ¿Cómo concentrarse estando enamorado? ¿Lo estaba? ¿Cómo pegar la vista a las palabras cuando ellas no tienen significado? Como Anaís, que creía encontrar en una sílaba el poder omnipresente de dios. Cuando la corrió mi madre de casa, ella estuvo viniendo a escondidas. Prendía sus inciensos y luego se marchaba. Mi madre le había dicho que tenía que pedirle perdón para volverla a ver. Pero supongo que la soberbia para los poetas es la herramienta para escribir sus locuras. Porque todos los poetas son egoístas y creen que su universo es único e indivisible, lleno de metáforas que nadie entiende. Una tarde dejó adherida una hoja en el refrigerador para que todos la viéramos: “Mamá: Hoy vine a casa y supe que ya nada de lo que aquí está me pertenece. Ni el aire ni el polvo. Ni el color de las paredes ni el llanto que tanto has derramado por mí. Ni tu odio ni la indiferencia con que siempre me trataste. No me quejo. Por lo menos a mí no me ha sido concedida esa gracia ni la gracia del rencor. Espero que seas muy feliz lo que te resta de vida. Te recordaré siempre con todo mi cariño. Tu hija: Anaís”. Mi madre leyó la nota y después la rompió furiosa. Pero por la noche, mientras discurrían las horas de silencio, pude oír que mugía encerrada en su habitación.  Clara interpretó la nota de Anaís como una carta suicida: Ya ves, te lo dije, por fin esa loca va a terminar con su sufrimiento y el de todos nosotros. Yo lo hice de manera distinta, aunque me extraño que no fuera en verso sino en prosa su escritura, supuse que Anaís estaba alardeando y que pronto regresaría a casa. Pediría perdón a mi madre y ella le ordenaría de nueva cuenta poner los platos sobre la mesa y dejar la cocina bien limpia. Pero pasaron los meses, hasta que un día mi madre se tragó su orgullo en ayunas, tomó un camión y fue a buscarla a su departamento, el cual estaba vacío desde hacía bastante tiempo. Ahí supe que el abandono es más fuerte que el amor. Podíamos amar y que nos amaran, pero jamás ser abandonados, porque entonces las pesadillas se volvían de carne y hueso, como fantasmas en celo. Y todas las notas de despedida tienen ese efecto para embotar los ojos y cuadricular de lágrimas el rostro. Cuando terminé el libro de una soledad inaudita, fui a ver a Sofía a su casa de estudiantes guerrilleros: No lo encontré. Porque ni siquiera sé como se llama el Sangrías. Sofía estaba sentada mirando unos pequeños mapamundis en la mesa de centro que tenían unas banderitas y unos muñequitos de plástico. Levantó la mirada y me dijo: Esta vez vamos a ganar.  Sus ojos se concentraron tanto en mí como una lupa bajo los rayos del sol, que sentí por primera vez un fuego que me empezaba a carcomer la entraña, pero no estaba seguro, así que le pregunté: ¿Ganar qué? Todo. Todo, contestó con la euforia de una posesa. Y Goliath que me esperaba a las 2 de la tarde en el café de la 17 y yo arrastrando la maleta del Barcelona hacia adentro de mi casa con todo y jabón y pasta. Me vestí y salí a buscarlo. Al fin, podía llegar tarde a un trabajo que no me pagaba ni me descontaba nada. Cuando llegué al café, Goliath ya estaba sentado con un botellón de agua pura. ¿Qué pasó, wey? ¿No que ibas a tomar café?, fue mi saludo al momento de sentarme. Goliath giró la cabeza y puso, con todo cuidado, un estuche de terciopelo sobre la mesa. Yo quedé horrorizado, por fin caían los velos de Goliath hacia mí. Las rodillas me temblaron. Tomé el estuche y lo abrí, había dos anillos de compromiso. Con una tartamudez propia del Perlotas y un sudor parecido al de un marrano intenté dilucidar aquello: ¿Me tás tás pidiendo do la la mano? Goliath se echó una carcajada que retumbo en todo el café: No seas pendejo, manito, son para Brenda y Joana. Me voy a casar y quería que tú fueras el primero en saberlo.
 
 
(Continuará el próximo miércoles)    

   
     
     


   
   
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