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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
¡Año Nuevo, vida Nueva!
9 de enero del 2008
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
¡AÑO NUEVO, VIDA NUEVA!
   
a Xilonen, por su cumpleaños
   
     
     
Gerardo Oviedo    
     
     

El plazo de COFETEL ya venció y estamos a la espera, como los condenados al patíbulo, a nuestra suerte: Firmes, valientes. Sin miedo y, sobre todo, con toda la dignidad del mundo por delante, porque no tenemos nada por qué pedir perdón ni nada de qué avergonzarnos. La patria es primero. Porque cuando vemos que todo sube menos los sueldos, que millones de mexicanos padecen hambre, condiciones infrahumanas de vida, que subsisten con migajas día a día, que la pobreza extrema es borrada por las cifras alegres de la macroeconomía, que el campo está condenado a muerte por el TLACAN, que la democracia sólo es una ilusión que venden los políticos entre comerciales de productos chatarra, desechables, cuando nos enteramos que Carmen Aristegui deja una estación por no seguir una línea editorial de sometimiento, cuando la ley mordaza funciona para la mayoría de los comunicadores como un vestido hecho a  la medida, cuando sabemos que los derechos humanos no se respetan en ninguna parte y casos como el de Lydia Cacho aparecen y desaparecen por la magia del poder supremo de la plutocracia, cuando México es un importante productor de Petróleo y sin embargo tenemos que importar más del 30% de gasolina.  Cuando sabemos que no tenemos libertad y que la justicia sólo sirve para hacer discursos políticos que intentan paliar las conciencias corruptas. Cuando el país vive en un permanente golpe de estado desde el 2 de julio de 2006, cuando las instituciones están podridas desde sus cimientos y jerarcas religiosos y políticos se solazan con la indefensión del pueblo, cuando hay curas pederastas y el narcotráfico es ya un estilo de vida en el país y los decapitados ya no causan escozor en la retina, lo único que nos queda es la resistencia, la rebeldía, la desobediencia civil y, como a lo largo de la historia utópica de la humanidad y fin último para cambiar las cosas, la revolución. Por el bien de México: ¡Qué así sea!
 
TODA LA RABIA DEL MUNDO
“El comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen.”
Johann Wolfgang von Goethe
PARTE 29

 
71.
Es cierto: habían secuestrado al Perlotas y al Barcelona. Dos mujeres energúmenas me habían dado la noticia con una zarandeada afuera de mi casa. Con la respiración entrecortada y con trozos aún de mis cabellos y mi piel entre sus dedos, sus respectivas esposas, Rebeca Galindo y Raquel Braile me lo repitieron por enésima vez y la situación se tornó de la siguiente manera: Primero: Me ardía la cabeza donde me habían arrancado los folículos capilar (sobre todo en la coronilla y un escozor más profundo cerca de las patillas), segundo: Tenía un cardenal en el cuello que semejaba un chupetón marca mi novia Karla, los cuales odiaba porque se parecían a esos tatuajes con hierro al rojo vivo que le ponen al ganado como símbolo de propiedad. Y tercero: Los secuestradores querían expresamente que yo, con nombre y apellido, fuera el intermediario en las negociaciones para su posible liberación o, si todo fallaba, la posible ejecución de mis amigos de parranda a manos de sus captores (aquí imaginé un video del Perlotas intentando explicar algo que nadie entendía y al Barcelona gruñendo antes de ser ajusticiados por hombres encapuchados). El multimillonario padre del Perlotas todavía no estaba enterado del secuestro, según había contado Rebeca, porque se encontraba fuera del país y, por supuesto, no habían llamado a nadie más por órdenes literalmente asesinas de los secuestradores en contra de los secuestrados.  La esposa del Barcelona rumiaba su furia tratando de armar el rompecabezas de lo que yo había revelado de lo sucedido hacía un par de días en el estadio de béisbol con la chica sonrisas, la italiana Francesca y Heidi, la gallinita ponedora según las palabras de su propio esposo en el palco del estadio. Cuando su furia se fue apaciguando y ya habíamos entrado al vehículo todo terreno de Rebeca, lo primero que les pregunté fue algo inevitable: ¿Y yo por qué? Pero no supieron darme una sola respuesta, sino que Raquel encendió el auto de Rebeca y salimos disparados sobre la avenida rumbo a la zona más lujosa y exclusiva de la ciudad donde vivía el Perlotas. Durante el trayecto intenté armar también mi propia historia para comprender que es lo que estaba sucediendo, pero parecía que me encontraba en un trance donde una capa fina de irracionalidad me cubría la cordura. ¿Había sido ayer, antier, hacia dos, tres o cuatro días que los había visto por última vez? ¿Habíamos bebido mucho esa noche? ¿Me habían ido a dejar o me había venido solo? A ver, hagamos cuentas de los días, seguía pensando: Ellos me habían dejado en mi casa, sí, así es. El Perlotas tenía rota la nariz por el derechazo de la italiana Francesca al no dejarse tocar y quien nos había amenazado con que nos acordaríamos de ella y de sus amigas por el ultraje cometido. Durante el camino de regreso, luego de abandonar el estadio de beis, ¿habíamos discutido sobre la necesidad de llevar al Perlotas a un hospital o el Barcelona estaba de necio en seguir la parranda en un table dance? ¿Esa noche yo me había quedado dormido en la sala o en mi recámara? Creo que en mi recámara porque al día siguiente había ido a mi trabajo ficticio y después me había reunido con Goliath por su anuncio de matrimonio y después, al siguiente día, había corrido mediante un engaño como era su suicidio ficticio a su fiesta de despedida de soltera donde me había encontrado con mi novia Karla de la cual esta mañana venía huyendo así como de su embarazo equidistante a mis frustraciones.  Creo que así iba mi historia de estos últimos días pero no estaba muy seguro. El semáforo se puso en luz roja y Raquel detuvo el todo terreno. Las manos de Rebeca se retorcían nerviosas con esas uñas tan largas y tan perfectamente cuidadas mientras que Raquel apretaba demasiado el volante de la camioneta, logrando palidecer aún más sus finos dedos blancos. ¿Por qué no van con las autoridades para que ellos se encarguen? Volví a parlotear al aire. Ninguna de las dos me miró ni dijeron nada. Parecía como si me hubiera vuelto ahora sí de verdad invisible, entonces cambié sintomáticamente mi estrategia discursiva: Raquel, tú odias a tu esposo por todas sus infidelidades y todas sus aventuras con otras viejas y tú, Rebeca, sólo quieres al Perlotas porque tiene lana aunque no le entiendas ni madres lo que te dice y si pagas cualquier rescate a los secuestradores te van a dejar pobre, en la calle de la amargura y serás más infeliz de lo que ya eres. ¿Por que no dejan las cosas así tal como están y mañana estarán libres y contentas, eh? Viudas, eso sí, pero felices. E intenté echarme una carcajada sincera, pero la luz del semáforo cambió a verde y en ese momento se escuchó como la todo terreno arrancó con un chirriar de llantas. Parecía que Raquel acababa de enojarse de nuevo y la única forma de demostrarlo era pisando el acelerador hasta el fondo. Como el fondo del vaso que miraba cuando finalizó la corte marcial que le impusimos a los narcotizados guerrilleros webones por dejarse robar el cañón en medio de la madrugada y Sofía y yo bebíamos unos tragos de alcohol en su comandancia suprema (gracias a que yo insistí con bastante empeño: Necesita un trago, mi comandanta, para que duela menos... Ándele, un traguito nada más... Aunque sea uno chiquito, mi comandanta... Porfis, mi comandanta, ¿sí?). Pero después de casi media botella Sofía comenzó a repetir sentada en un pequeño escalón que daba a su cuarto en la casa de estudiantes guerrilleros: ¿Qué hice mal, qué hice mal? Sin contestarle yo sólo atinaba a llenarle el vaso una y otra vez y a pronunciar: ¡Saluuuu, mi comandanta, usted es bien chingona! Porque en alguna parte había escuchado que con alcohol todas las guerras se pierden o se ganan, y yo quería poner borracha a mi comandanta para poder ganar mi primera gran guerra: Besarla en la boca y tal vez, con tres o cuatro tragos de más, tocarle todas sus curvas y hacerle el amor por primera vez como nunca en mi vida lo había hecho con nadie. ¿Hic, qué hice mal para merecer esto, hic?, dijo por fin Sofía antes de cerrar sus tremendos ojos azules y quedarse dormida entre mis amorosos brazos protectores.
 
72.
Al día siguiente, porque todo sucede al día siguiente, Sofía se levantó de mi lado y se fue toda la mañana. Yo tenía aún los vestigios de haber bebido más de la cuenta y apenas comenzaba a punzarme la cabeza y a temblarme todo el cuerpo. He de suponer que después del placer extremo, la naturaleza es vengativa y nos manda su castigo como advertencia de que lo que más nos gusta nos puede causar la muerte, tal vez porque no estamos hechos para divertirnos sino para comer frutas y verduras con toda la seriedad y responsabilidad del mundo, hasta reírnos en exceso nos produce más arrugas en el rostro. Me levanté cubriéndome tan solo con el zarape que había utilizado como espacio vital para liberar todos mis impulsos amorosos sobre el cuerpo desnudo de mi amada Sofía. Sus besos estaban tatuados en la punta de mis labios (Besos que por supuesto yo sólo le daba y que ella sólo respondió con un vómito a mitad de la noche, pero a mí no me importaba nada. Sólo la besaba una y otra vez y le intentaba abrir los párpados para que me mirara con sus ojos azules, pero sus pupilas se iban de ladito y echaba baba por la comisura de los labios: Cállate y bésame, le decía cada vez que ella eructaba un hipo).  Con el corazón en la mano le fui quitando cada una de sus prendas: La casaca verde militar y los jeans de mezclilla. Las botas negras me costaron trabajo por el nudo marinero que no logré desatar de primera intención, y, que después de un rato, se convirtió en un nudo gordiano que tuve que cortar con mi navajita guerrillera. Luego le bajé los calzones mientras que el brassier lo obvié porque Sofía, además de guerrillera, era feminista y no usaba. Por otro lado, mi desnudez fue tan rápida que no supe ni como en un abrir y cerrar de ojos ya estaba sobre el cuerpo laxo de Sofía. Su piel, hermosa, contrastaba con la mía, plañida de gotitas de sudor aceitunado. Mis manos por primera vez recorrieron el talle de Sofía hasta subir a sus pechos y descubrir la cima rosada de sus pezones y un instante después bajar hacia la fina madeja de pelos enredados de su pubis. Te amo, Sofía, te amo desde el primer momento en que te vi en aquella marcha donde me descalabraron. Te amo con todas mis fibras musculares y neuronales. Te amo desde mi occipucio hasta el occipital, de oriente a poniente, te amo con el norte y el sur de mi cuerpo, de adentro hacia fuera, arriba y abajo. Con todas las galaxias del universo en tu espalda. Te amo por tus ojos y este cuerpo que estoy acariciando. Te amo porque me tienes embrujado y porque para el amor no hay explicación. Te amo porque contigo estoy vivo y, dentro de mi cursilería, eres el aire que te respiro. Y como aquel Sabines que te gustaba: Muero de ti. Porque para la levedad amorosa sólo hay aire y espuma. Sofía, Sofía, Sofía, te amo, aaaaaaggggg. Y me derrumbé con el corazón palpitando tan fuerte que hasta se me fueron los ojos chuecos. Como el corazón de mi hermana Anaís se le fue al otro lado del planeta donde ella había sido abandonada a su suerte en algún país tan lejano que resultaba inverosímil su historia. El hombre conocido como Jacques la había acusado de haberle sido infiel. Por dos o tres meses después de haberle enviado mi última correspondencia no tuve noticias de ella. Ni siquiera me la podía imaginar siendo secuestrada por unos brahmanes o algún exótico malhechor pirata. Simple y sencillamente yo estaba aturdido por la desaparición de mi madre en el viejo continente y su bestial indiferencia hacia su hijito adorado. Las provisiones en casa ya estaban a punto de acabarse y me paseaba de un lado al otro, elucubrando que cuando se acabara el gas, tendría que hacer fogatas en medio de la sala para mantenerme caliente. Y en una rápida sucesión de ideas absurdas me vi intentando prender fuego con dos palitos vestido como un cavernícola o persiguiendo ratones con una lanza para cazarlos. Ahí comencé a sospechar que la locura puede llegar en cualquier momento y desatar su furia como un terremoto desata sus ondas sobre la tierra.  Sofía llegó hasta entrada la tarde y no me miró ni dijo nada, pasó de largo hasta su comandancia general suprema y cerró la puerta con llave. Yo aún llevaba la cobija como una capa y me sentía el hombre más feliz de la tierra. Me sentía poderoso y sumamente enamorado. El dolor de cabeza había pasado y ahora solo me quedaba el aroma del sexo de Sofía entre mis dedos y sus besos alrededor de mi lengua. Pero nada es eterno. Eso lo sé. Horas más tarde, a media noche, cuando Sofía convocó a una urgente junta militar extraordinaria, el cuerpo me empezó a temblar con violencia y pensé de nuevo en que la naturaleza no perdona nuestros excesos: La traición es el peor pecado del mundo, abrió su discurso la comandanta Sofía, no tiene perdón de nadie. Hay un traidor en nuestras filas y por eso nuestra revolución no puede avanzar y ni triunfar. Años después, cuando iba en la todo terreno junto a Rebeca y Raquel me acordaría de este suceso, pero sólo de refilón. A sus esposas les había propuesto teóricamente que dejaran todo tal como estaban y se dedicaran a ser felices mientras sus esposos morían.  Ahí junté dos ideas que a simple vista parecían incompatibles: A toda acción hay una reacción. Sólo quedaba clarificar una duda: ¿Qué habían hecho el Perlotas y el Barcelona para merecer ese secuestro?

 
(Continuará la próxima semana)
 
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