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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Algo acerca de la muerte
12 de marzo del 2008
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
ALGO ACERCA DE LA MUERTE
   
   
     
a Josefina Rodríguez Hernández, in memoriam
1914-2008
   
     
     
     
Gerardo Oviedo    
     
     

¿Cómo saber en lo que se va a convertir uno cuando muere? ¿Un montón de tierra apilada encima con ramos de flores? ¿Trabajar tanto para qué? ¿Intentar ser feliz a costa de qué? ¿Luchar? ¿Volverse ceniza al ser cremado y luego? ¿Nada? ¿Algo? ¿Polvo? Ayer mi abuelita falleció y acabó tan triste como todos los muertos en el fondo de una sepultura. Yo escribí en mi diario en el año de 2006 precisamente esto: “10 de marzo. Habló mi prima Chepina para decir que mi abuela se salió a la calle y ya no supo cómo regresar. La fueron a buscar mis tíos y apareció en una esquina muchas calles más tarde. Abuela evocada, vieja, acabada, delirante, paso marino en la tierra, ¿dónde estabas cuando eras joven?, ¿dónde estás ahora en ke ya no reconoces nada?, ¿dónde estarás cuando mueras?, ¿harás ese viaje ke siempre soñaste?, ay, abuela, yo soy tu nieto, y tú no lo sabes”. Ayer en el entierro mi papá, don José Luis Oviedo, leyó un texto que había escrito en la madrugada después de enterarse de la noticia mientras mi mamá, doña Noemí, lloraba a su lado: “A Josefina Rodríguez Hernández, mi madre/Recibí la mala noticia/cuando hacía muchas reflexiones/respecto a la vida y a la muerte./Sumaba mis muertos, en un sueño/y alguien, cuyo rostro no veía,/decía, como en un quejido:/“pero faltan otros”/y tú morías, ¡madre!/Morías porque ya estabas/hasta el gorro de la vida;/con casi noventa y cuatro,/que cumplirías este 19 de marzo./Te fuiste porque también/ya estabas cansada, tus fuerzas/las reinventabas cada día, pero/deseando que ya no pasara este año/que se abría esplendoroso, como la primavera./Bien está. La muerte siempre está lista/y al llamado y a tu queja/ acudió presurosa, porque esto/le conviene a la vida. /Descansa ahora; y te has alojado mejor/ en mi recuerdo: los días bonitos, /las cosas aprovechables, /los momentos de las alegrías, /las risas y las carcajadas. /Sólo deseo que a donde fueres/-si es que hay otro rincón que valga la pena-/sigas con esos tamaños de trabajadora/y madre que fuiste de tantos hijos. Escrito entre el domingo 9 y la madrugada del 10 de marzo de 2008. Don Renato Purafacha y anexas.” EXTRA: Con la muerte, todo lo demás es lo de menos. Descansa en paz, querida abuelita.

TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Un acto de justicia permite cerrar un capítulo,
un acto de venganza abre uno nuevo.”
Marilyn Servant 
PARTE 37

 
89.
Pero frente al amor, Freud fue apenas un aprendiz de guerrillero, insolentando las buenas conciencias y volviendo el cuerpo en arma mortal. Yo no estaba dentro de la guerrilla. No había sido secuestrado por la comandanta Sofía como cualquiera podría suponer (como me enteré después que el Sangrías desprendiera mis manos de su solapa militar, no sin mucha dificultad), sino por el lado opuesto, la antiguerrilla. Un grupo paramilitar precisamente comandado por el Sangrías y encargado de exterminar uno a uno guerrilleros pasados, presentes o futuros. Pero, ¿cómo habíamos llegado hasta este punto? ¿Acaso todo acontecimiento tiene una lógica? ¿Debe serlo? ¿La naranja mecánica era sólo un cuento de hadas? ¡O todo es tan sencillo de comprender! El Sangrías era un caso típico de tortura, sumisión y pérdida total de la voluntad, como le había sucedido a tantos compañeros y compañeras a lo largo de los años de represión policial que terminábamos dándonos por vencidos. Una especie de estímulo respuesta: Garrote-chichón. Comercial de televisión-muerte cerebral. Después que el Sangrías hubiera sido apresado aquella mañana de la marcha por el enjambre de granaderos y donde me ayudara a escapar, fue llevado a un campo militar clandestino donde fue encarcelado durante varios años. Lugar donde fue sometido a las torturas más aberrantes. Vejado hasta romperle el alma y el cuerpo. Sodomizado por todas partes y a cualquier hora y luego castrado y obligado a engullir sus partes privadas con todo el dolor del mundo. Y después vuelto a reconstruir a partir de los pedazos desmoronados. Un nuevo hombre, al cabo de los años, salió de ahí. Abducido por una sola creencia: la venganza práctica es mejor que guardar rencor y un lema fundamentalista: Todos son malos, menos yo. Pareciera que el síndrome de Estocolmo había surtido un efecto mucho más profundo en él que en la nieta de William Randolph Hearst. Además, había sido obligado y convencido a punta de palos en la cabeza y tratamiento psicológico en la neurona a entregar a todos sus antiguos camaradas. Me he de suponer que su transformación de crisálida revolucionaria a mariposa vengadora le costó trabajo. El fotógrafo era un activista consumado, promotor de la revolución y del cambió obligado en la sociedad para beneficio del colectivo. Crítico con sus fotografías crudas de la realidad y el atropello. Una especie de Robin Hood de la lente, como se le recordaba a menudo dentro de la comandancia suprema de guerrilleros ambulantes en la casa de estudiantes. Incluso se conservaban las fotos que me había tomado con la lengua de fuera y la cortada en la cabeza el primer día en que conocí a Sofía y que eran las últimas. Aquellas que iban a servir para denunciar a las fuerzas del orden, al mal gobierno y su séquito de lacayos. Demostrarle al mundo que la sangre corre por las calles y ningún medio de comunicación se daba cuenta de ello. Pero también he de suponer que Winston Churchill tenía razón al afirmar que “quien no era revolucionario a los 20 no tenía corazón, pero quien no era conservador a los 40 no tenía cabeza”.  Y el Sangrías volaba hacia los focos -y no hacia el sol- donde se pierde el corazón por estrellarse de cabeza. Ahí comprendí que yo estaba perdido. Sofía no tenía ya nada que ver con el Sangrías y que éste, la andaba buscando también. Porque para mayores datos, Sofía ahora ya no comandaba a guerrilleros aficionados en escuelas universitarias, ahora, después de algunos años, ya era una líder exitosa en las montañas y una hábil guerrillera con sus planisferios a todo color y no con mapamundis escolares en blanco y negro. También me enteraría que los paramilitares habían dejado de recibir recursos del gobierno por una investigación sobre partidas secretas que senadores y diputados de la oposición estaban realizando en el congreso y que el fotógrafo, para lograr recaudar fondos y la financiación de su cruzada, había decidido entrar al negocio del secuestro. Al fin y al cabo, ¿qué militar cuando deja de serlo no se pasa al bando contrario?, y ésta, definitivamente, no era la excepción.

 
90.
El campamento paramilitar en el que me encontraba secuestrado era un pedazo de bosque en medio de una serranía. Lugar donde se entrenaba y guarecía este comando del sector 3: “Mata un guerrillero y has patria”, se leía en una de las empalizadas. Había árboles por todas partes y en verdad se percibía un olor a naturaleza salvaje: a pino, a madera y a tierra. Un círculo de cabañitas formaban el centro del comando. A los laterales había dos o tres cobertizos y un pequeño sitio de entrenamiento. Más allá, a unos veinte o treinta metros se levantaban a todo alrededor enredaderas de alambre de púas sostenidas por estacas de madera. En el centro de todo el complejo un asta con nuestra bandera ondeando (cosa que me parecía curiosamente ridícula, porque desde todos los frentes, de izquierda, de derecha, de centro, de arriba, de abajo, de adelante, de atrás, siempre se luchaba por el honor y la dignidad del lábaro patrio y que a fin de cuentas, como cualquier objeto inanimado, nunca se diera cuenta de tantas masacres en su nombre, casi como cualquier religión mata en nombre de la fe en dios). Las cabañas estaban camufladas de un color verde-café militar. La corriente eléctrica provenía de una planta que sonaba en una de las cabañitas al extremo sur del cuartel. En seguida estaba el cuarto de radiocomunicación, y esto lo deduje en la primera ojeada porque a un lado había una antena de transmisión y afuera de este siempre había un sujeto parado con un rifle. Yendo hacia el otro extremo había una entrada cubierta con unos matorrales y muy cerca de ahí estaba lo que parecía una bodega y algunos vehículos todo terreno.  Un jeep y algunas motocicletas completaban el cuadro de ese lado.  Además del Sangrías, conté la primera vez que me asomé por la ventana, un aproximado de 30 hombres y ninguna mujer.  Supuse en un primer análisis, que las mujeres eran mucho más inteligentes para andar metidas en la antiguerrilla. Pero después, en una segunda lectura, me di cuenta que había tres o cuatro tipas que parecían hombres y que también competían por ver quien parecía más masculina. Fumaban y escupían gallos. Jugaban vencidas en unas mesas que acomodaban cerca de las fogatas donde preparaban los alimentos y, sobre todo, ellas se acostaban con mujeres. El Sangrías tenía su dormitorio-oficina-comandancia junto a la bodega de víveres y desde donde planificaba la pacificación de ese territorio a punta de balazos. Y yo tenía la culpa por no haberlo encontrado a tiempo y rescatado de las fuerzas del mal. ¿Oye, y te duelen tus dientes postizos al morder cosas duras? Le dije cuando me quitó las manos de su solapa militar. El Sangrías me miró con odio, dio media vuelta y salió azotando la puerta mientras ordenaba a sus hombres: ¡Prepárenlo para el fusilamiento! ¡Muérdeme el pito, cabrón!, le grité, como le gritaría años antes a mi novia Karla cuando afuera del restaurante después de ver derruida la casa de estudiantes, le dije que ya no tenía hambre. Que me llevara a casa y que sus celebraciones me parecían completamente estúpidas e infantiles. Que fuera una mujer sensata y comprendiera que el amor no se daba en macetas. Y que las flores y los chocolates eran consumismo puro impuesto por las oligarquías para idiotizar a la gente, y remarqué la palabra consumismo y oligarquía para que su cerebro se concentrara en el sacrilegio mortal que acababa de cometer, como años antes Sofía me lo dijera cuando le había intentado regalar un oso de peluche y una caja de chocolates. ¡Madura! ¡Madura!, le repetía. Ella por supuesto lloró como todos los niños lloran al enterarse que Santa Claus no existe más que en los centros comerciales. Pero aún así, un par de días me llegó un paquete de chocolates con una tarjetita: “Ya no estés estresado, bebé. Sé fuerte, prométemelo. Te amo mucho. Karla.” Esa tarde me comí refunfuñando todos sus chocolates en un acceso de furia y hambre.

 
(Continuará la próxima semana)

 
www.radioamlo.org, además visita mi blog http://gerardo-oviedo-novelista.blogspot.com. Ahí nos vemos y muchas gracias a todos por su solidaridad y cariño con mi familia. Y para finalizar hasta París: Feliz cumpleaños, Lore. Me saludas a Anaís y compras su libro

   


   
   
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