Literator, literatura contemporánea
Novelas, prosa, cuentos, poemas, ensayos, libros,
artículos periódisticos, columnas, blogs, talleres de literatura

Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Amenaza de los cruzados
23 de enero del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
AMENAZA DE LOS CRUZADOS    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

A la memoria de mis maestros
Arrigo Cohen y Alejandro Céssar Rendón
 
“Se dice financia, no financía”
Arrigo Cohen 

   
     
     

Según la última hipótesis lanzada por esta columna se establece que: en esta cruzada nacional de Fecal el Espurio contra el narcotráfico, cualquiera que le sea incómodo al sistema puede ser objeto de investigación por parte del Centro de Investigación y Seguridad Nacional, CISEN (a cargo de Guillermo Valdés y su grupo proveniente de GEA-ISA). Con imputaciones como terrorismo, motín, sedición, rebeldía; fabricando pruebas, los que alcen la voz pueden acabar recluidos en algún penal de máxima seguridad con el cargo de sujetos sumamente peligrosos y no aptos para la convivencia social. Fecal Corazón de León ha iniciado su peregrinaje hacia sus peregrinas ideas. Con mano dura se puede comer tortilla dura. Con eso México avanza. 4 mil policías velando por su seguridad dan una muestra clara del amor que los mexicanos le tienen a su persona.
 
CASTAÑEDA (PARTE 14)
¿Cuánto tiempo había pasado? El agua aún corría sobre su cuerpo y ya pasaba de la media noche. Castañeda estaba temblando. Entonces supo que era mentira que los desmayados se pueden despertar con un balde de agua. Se arrastró hacia la salida del baño dejando una estela acuosa hasta llegar a su habitación. Tomó el teléfono y marcó, tardaron en contestarle:
                —¿Diga? —escuchó una voz adormilada al otro lado de la bocina.
                —Soy yo. Me siento muy mal.
                Hubo una pausa:
                —Te dije que no quiero hablar contigo.
                —En verdad, me siento muy mal.
                —No me interesa. ¿Tengo que repetírtelo?
                —Lo siento, pero es que...
                —Es que nada... ¿ya no te acuerdas que terminamos?
                —Me duele todo. Tengo retortijones.
                —Pues llama a un médico y déjame de molestar.
                —Por favor.
                —Te voy a colgar.
                —No, espera.
                —No. No te voy a esperar —y colgó.
                Castañeda quedó con el teléfono temblándole en la mano. ¿Sentía rabia? Tal vez. Pero aparte del dolor estomacal, sentía una fuerte opresión en el pecho que le desgarraba mucho más las entrañas. Se incorporó como pudo y se tendió sobre la cama.  Estaba transpirando de tal manera que parecía que no hubiera salido de la regadera. Tomó de nueva cuenta el teléfono y marcó otro número, timbró cinco veces hasta que le contestó una señorita de voz afresada:
                —Hospital Ángeles. Le atiende Verónica Vázquez. ¿En que podemos servirle?
                —Con Federico Núñez.
                —Un momento, por favor. No cuelgue.
                Esperó un momento mientras sonaba Balada para Adelina.
                —¿Si, quién habla?
                —Castañeda.
                —¿Qué pasó? ¿Cómo sigues?
                —Mal. Ya me tomé el peptobismol y las patillas que me recetaste hace rato.
                —¿El  lomotil?
                —Sí. Pero ahorita estoy que no me aguanto.
                —¿Tienes todavía diarrea?
                —No. Ya se me quitó.
                —Entonces tienes una infección estomacal aguda. ¿Tienes quién te vaya a comprar medicina?
                —No.
                —Está bien, te voy a mandar a alguien.
                Media hora después sonaba el timbre del interfono. Un paramédico subió por el ascensor después de que Castañeda abriera la puerta automática del edificio con sólo apretar un botón. Minutos después, ya con las nalgas al aire, el paramédico inyectaba un analgésico junto con un antibiótico a Castañeda. Entonces por fin pudo dormir tranquilo.

Castañeda siempre se levantaba a las 6:30 de la mañana. Prendía la cafetera eléctrica para después, mientras el agua disolvía los granos de café, tomar un baño caliente. Al salir, la cocina ya estaba impregnada con el aroma del brebaje. Abría el refrigerador y sacaba su desayuno envuelto y lo metía al horno de microondas.  Los paquetes los preparaba la señora Miranda, quien visitaba el departamento de 10 de la mañana a 4 de la tarde para hacer el aseo, mandar los trajes a la tintorería, comprar el mandado y envolver los desayunos, que era el único alimento que degustaba Castañeda en su hogar. La comida y la cena siempre eran en restaurantes o por invitación del señor Hernández o alguno de los personajes de menor nivel que querían acercarse a su jefe. En la despensa tenía botellas de vino tinto y algunos enlatados. El refrigerador permanecía inmaculado, salvo los desayunos, todo lo demás estaba vacío. El orden había sido una herencia impuesta desde niño en la vida de Castañeda. Al fondo del pasillo se encontraba el estudio donde Castañeda raras veces trabajaba corrigiendo los discursos técnicos para su jefe y otros trabajitos que le encargaba (por lo general Castañeda trabajaba en la oficina o en una laptop que le había sido obsequiada por el propio Hernández) el estudio tenía una computadora de escritorio y tres libreros de madera y aluminio donde estaban ordenados alfabéticamente los títulos. Saliendo hacia la derecha estaba una mesita de estar donde reposaba una lámpara que graduaba su intensidad con sólo un toque de los dedos. Y hacia la izquierda, en un nicho construido para ello, se alzaba, magnifica e imponente, una pecera con todos sus aditamentos. Este era el único ocio que Castañeda disfrutaba en verdad. La señora Miranda sólo se encargaba de limpiar los cristales por afuera. Castañeda cuidaba de los peces y él, sólo él les daba de comer. Las tardes de algunos domingos que tenía libre le gustaba pasarse observándolos. Sus colores, sus formas, su vida tan singular fuera de toda preocupación, fuera de este mundo seco hacían que a Castañeda se le relajara la mente. Ya en la recámara se distinguían dos esculturas metidas en una vitrina que tenía luz integrada en su techo. Una era una réplica en miniatura de “El Pensador” del  August Rodin, regalo que le obsequió su padre cuando Castañeda acabó la carrera. La otra escultura él la había comprado un domingo en el jardín del arte que se ponía frente al monumento a la madre. La pieza se titulaba: “Narciso Gladiador” y era el torso de un hombre desnudo empuñando una espada en la mano izquierda mientras se miraba en un espejo sostenido con la mano derecha. La idea de comprarla fue precedida por la imagen de que todos luchaban contra sus propios Narcisos, que en este caso, eran los propios demonios de Castañeda, por eso la había comprado.
El piso de todo el departamento era de duela de madera laminada color cedro y siempre estaba en perfecto estado: limpia y sin rayones. La cama era matrimonial y a los costados había dos buroes donde Castañeda depositaba su reloj antes de dormir y donde lo recogía a la mañana siguiente antes de salir al trabajo.  Pero esta vez, Castañeda despertó tarde y el reloj quién sabe donde lo había dejado. El piso por donde se arrastró ya estaba seco pero manchado con rayones de jabón. Se incorporó con suavidad al presentir un ligero piquete en el estómago, pero fue falsa alarma. Parecía que la medicina alopática hacía más milagros que todos los curanderos del mundo. ¿Qué hora es?, se preguntó. Acostumbrado a la mecánica del cronómetro, casi se le saltan los ojos cuando vio que a través de las persianas verticales se colaba una claridad inusual. En ese momento saltó de la cama tan desnudo como estaba y se dirigió hacia la puerta. La abrió y se encontró de frente con la señora Miranda que estaba desempacando las bolsas del mandado. Ella lo miró sorprendida antes de retirar la mirada hacia el suelo.
                —Lo siento —dijo ella cuando sintió que un pequeño rubor comenzaba a reptarle por las mejillas—. No fue mi intención... no quise despertarlo mientras... —pero ya no terminó la frase. Castañeda se había metido de nuevo a su habitación y había cerrado la puerta. Un minuto después Castañeda salió enfundado en un pants y una sudadera hacia el cuarto de baño. La señora Miranda volvió a bajar la mirada y se dedicó a recoger los empaques para llevarlos a la cocina. Eran las once de la mañana y Castañeda debería estar trabajando.

Una hora después Castañeda conducía su bmw como un maniático hacia el despacho del señor Hernández.  Ya le había puesto una regañiza por teléfono cuando éste se comunicó para disculparse.
                —Te necesito aquí ahora —gruñó el señor Hernández antes de colgarle.
                Cuando llegó recibió otra andanada de improperios que hasta la secretaria Denisse tuvo que hacer oídos sordos para no ruborizarse.
                —Me vale madres que te estés muriendo, pendejo. Yo hasta muerto voy a venir a trabajar, me oyes.
                Castañeda aguantó en silencio todo lo demás que tenía que decirle el señor Hernández. Cuando por fin se tranquilizó, le arrojó a las manos un ejemplar del Imparcial. Castañeda lo tomó al vuelo y comenzó a leer.
                —¿Quién es esa reporterilla? —preguntó dándole una fuerte fumada a su pipa.
                Castañeda leyó el nombre. No la reconocía. Jamás la había leído.
                —No la conozco.
                El señor Hernández exhaló el humo:
                —La senadora Palacios convocó a una rueda de prensa para hoy a la cinco.
                —¿Sobre qué? —preguntó Castañeda que creía que por haber llegado tarde se había perdido de cosas importantes.
                —Yo que chingados voy a saber.
                Castañeda pudo mirar por un breve instante que los ojos del señor Hernández se dislocaban de su sitio. Luego continuó leyendo el artículo.
                —Quiero que vayas al CISEN y me averigües todo lo que puedas sobre esta pendeja. Siempre hay un lado chueco para desacreditar a cualquiera —dio otra fumada a su pipa para después tomar su teléfono particular y marcar. Castañeda giró sobre sus talones y salió llevando consigo el periódico. El estómago le dio una ligera sacudida mientras bajaba por el ascensor. Iba en busca de información para cazar a una tal Elena García Fuentes, reportera del Imparcial.

(Continuará)

www.radioamlo.org y www.laquintacolumna.com.mx  

   
     


   
   
© Todos los derechos inclusive los de autor recaen en los autores
   


Literator http://www.literator.de
Literatura contemporánea Sugerencias, comentarios...a:
http://literator.de contacto-literat@literator.de
   
  © 2004-2010 Literator.
Todos los derechos reservados. All rights reserved