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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
¡Asesinato!
10 de octubre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
¡ASESINATO!    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     


"aceptamos al punto los mitos que nos alimentan,
y confundimos la vida real con el mundo virtual
de los noticieros de la televisión,
esas fábricas de intrigas públicas
al servicio del régimen".

Anna Politkovskaya (1958-2006)
Asesinada hace 4 días.
 

 
Los asesinatos de periodistas y reporteros por motivos políticos parecen elevarse en la misma proporción en que no pueden ser compradas sus conciencias. Fecal “el Espurio” va a presentar su proyecto político, económico y social para los próximos 25 años y con eso una dictadura comienza a ensombrecer nuestra nación. Se está configurando el estado perfecto: Sublimación del poder fáctico de la ultraderecha (ese yunque reconfirmado por Luis Paredes Moctezuma) y el control absoluto de los medios de comunicación (incluido el asesinato). Por ello, hoy escribo desde la política ficción que siempre es rebasada por la realidad política (y por la extrema derecha). Va un humilde homenaje a los cientos de periodistas ejecutados en México y que, en todos los casos, aún esperamos que se haga justicia.

(PARTE 1)

ELENA
Elena había terminado hacía un año la carrera de comunicación y hoy cumplía dos semanas en que estaba trabajando como reportera para el Imparcial. Antes había intentado conseguir empleo en una televisora pero el sujeto de recursos humanos la había rechazado con el contundente argumento que estaba demasiado flaca y, sobre todo, demasiado fea como para salir en televisión a nivel nacional.
            —Pero eres horrible, mija —le había dicho el fulano—. ¿Por qué no mejor buscas trabajo en algún periódico? ¿Eh? ¡Ahí ni siquiera sacan tu foto!
            —Idiota —respondió Elena arrebatándole el fólder con sus papeles y saliendo a toda prisa de esa oficina antes que el sujeto buscara otro adjetivo que dispararle a quemarropa.         
Una depresión la absorbió durante los tres meses siguientes a esa entrevista. Días en que se dedicó a comer cosas grasosas para intentar subir de peso, pero al final de aquella temporada, sólo había logrado incrementar el número de espinillas y barros en su cara. Al enésimo grano dio por terminada aquella insana relación entre la comida y su figura. Fue cuando decidió quedarse como estaba y mejor demostrar otras cualidades como... como... ¿cómo cuales?, se preguntó perpleja frente al espejo de su baño mientras exprimía un barro de su frente. Bueno, se dijo, ya tendría tiempo de averiguar si tenía alguna cualidad que mostrar al mundo, mientras tanto, continuaría con su dieta de frutas y verduras para intentar disolver toda la grasa que le quedaba en el rostro.
Varios días después Elena se presentó ante el jefe de redacción del Imparcial y éste la contrató casi de inmediato (la aceptó debido a que su último reportero había desaparecido en el estado de Sinaloa mientras realizaba un reportaje especial sobre el narcotráfico y la política —pero claro que no le dijo nada a Elena para no alarmarla y que ésta saliera huyendo, pues en estos momentos había que echar mano de todos los reporteros posibles).
            —¿Qué sabes de política?  —fue lo primero que le preguntó José Bretón, jefe de redacción del periódico cuando ella estuvo parada frente a él.
            Elena quedó apabullada por esa pregunta tan siniestra. ¿Qué decir? ¿A qué personaje nombrar? ¿Cómo se llamaba aquel tipo que salió ayer en la tele, el barbón que hablaba como si fuera un merolico? La cabeza le comenzó a doler por el esfuerzo.
            —Que estamos mal, muy mal, señor — fue lo único que se le ocurrió contestar entre tanto barullo neuronal.
            El señor Bretón la observó en silencio un par de segundos. Luego regresó la mirada a los papeles que tenía sobre su escritorio para seguir leyéndolos.
            —Está bien, estás contratada, pero hay que estudiarle, ¡eh!
            Elena quedó aturdida sin saber que hacer. El hombre continuó leyendo los papeles como si Elena se hubiera evaporado. Un minuto después José Bretón se dio cuenta que Elena continuaba ahí parada como un espantapájaros:
            —¿Algo más, niña?
            Elena se encogió de hombros:
            —¿Sale nuestra foto en el periódico?
            —¿Qué?
            Elena titubeó:
            —Nada, señor. ¿Cuándo comienzo?
            Sin retirar la vista de los documentos que estaba leyendo, José Bretón respondió con gravedad:
            —Ya estás trabajando. Llévate esos periódicos que están sobre el archivero y léelos. Y no olvides que los reportajes de mañana son para ayer, ¿entendiste?
            Elena se quedó de a seis, no entendió nada. Tomó el fajo de periódicos y salió de la oficina de Bretón. ¿Y ahora qué?
Una semana después Elena regresaba a su casa, un modesto departamento de azotea en la colonia Roma. Los pies le dolían como si hubiera corrido el maratón parada de puntas. Abrió la puerta y lo primero que hizo fue descalzarse las zapatillas y arrojarlas sobre un montón de periódicos del Imparcial. Aquello era un desastre. Durante ese tiempo se había dedicado a leer todo lo que el señor Bretón le puso delante para que estuviera más o menos enterada sobre el tema que iba a reportar para el periódico.  Los primeros días le chillaban los ojos frente a la gran cantidad de palabras que tenía que leer. Cuartilla sobre cuartilla Elena moqueaba sobre los periódicos dejando infinidad de lagrimones por el esfuerzo.
            —El trabajo es el trabajo —le había dicho ontológico José Bretón cuando la vio llegar con los ojos rojos e inflamados a su oficina al día siguiente. Luego continuó revisando los papeles de su escritorio—. Y no se te olvide que tu reportaje es para el próximo viernes —finalizó antes de indicarle con su silencio que se tenía que marchar con otro manojo de periódicos bajo el brazo.
            Unos días después Elena ya se había enterado que la cámara de diputados y la cámara de senadores constituían el poder legislativo del país. Además, supo que ahí es donde se hacían y deshacían las leyes, cosa que ya era ganancia para sus inasibles razonamientos. Pero su mayor sorpresa fue enterarse que ahí no se legislaba para todos, sino sólo para unos cuantos. Con razón a ella le iba tan mal, pensó. Y siguió moqueando sobre el montón de diarios que estaba leyendo.
(Continuará)

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