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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
¡Asesinato de la república!
17 de octubre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
¡ASESINATO DE LA REPÚBLICA!    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

“Es mas fácil agredir a la izquierda que a la derecha,
porque los primeros lanzan discursos y proyectos
 y los segundos chayotes o balas”
Un periodista afín al sistema
 

 
El sistema político mexicano se ha caído a pedazos. Cuando uno ve que los panistas poblanos salutan al Góber Precioso después que daban su vida dentro del Frente Cívico Poblano exigiendo su irrevocable separación del cargo de manera inmediata por violentar el estado de derecho. Después de observar como Fecal contamina el futuro con un proyecto transexenal para soliviantar el primer maximato del siglo XXI. Después de ver que Ulises Ruiz convierte en Troya al estado de Oaxaca exterminando a inconformes a través de la ley del garrote. Después de las irregularidades electorales de este domingo 15 en el estado de Tabasco. ¿En verdad México no será exterminado para uso y beneficio de los mismos de siempre?
 
(PARTE 2)
ELENA
El señor Hernández estaba saliendo de la cámara de senadores. Su rostro revelaba una alegría ya prevista. Se acababa de aprobar la nueva ley de radio y televisión y por supuesto él tendría una mejor calidad de vida. A los monopolios televisivos se les había otorgado tantas concesiones que parecía que el estado regalaba todo a manos llenas. Varios sexenios atrás se había nacionalizado la banca a un costo elevado para que años después se les vendiera a los mismos magnates a un costo muy bajo. Te lo compro caro para revendértelo barato. Así funcionaba la mecánica de este país y hoy no era la excepción.
                —¿Cómo se siente, señor? —preguntó una reportera de Televisa cuando vio que el señor Hernández bajaba la escalinata principal junto con su desgarbado secretario Castañeda. Un enjambre de reporteros se arremolinó en torno al entrevistado con grabadoras y micrófonos listos que concentraron a pocos centímetros de su boca.
                —Es un gran logro para el país. Por primera vez estamos a la par de las grandes naciones desarrolladas. No tenemos que pedirle nada a nadie ni nada que ocultar.
                —¿Y adónde se va a ir de vacaciones después de esta exhaustiva sesión parlamentaria? —intervino un reportero que llevaba un logotipo de Radio Cool Efe Eme.
                —Con gusto me iría de vacaciones, señores, pero siempre estoy trabajando por mi país. Por el bien de todos, primero las leyes, ¡qué no quepa duda!—exclamó con una voz sumamente autosuficiente.
                Elena se encontraba con una pequeña grabadora que le había dado José Bretón entre el enjambre de reporteros que se constreñían unos contra otros; dándose de codazos, pisándose y arañándose. Ya había pasado la semana completa y tenía listas las preguntas que con ayuda del mismo Bretón había elaborado para aquel personaje. Pero no sabía a qué hora preguntar. Era como cuando jugaba de niña a la cuerda y no sabía en que momento entrar a brincar: a la una... a las dos... y a las...
                —¿Pero no considera que esta ley beneficie sólo a los grandes monopolios televisivos? —soltó Elena a bocajarro con voz tímida pero audible para todos.
                —¡Que va! —sonrió benevolente el señor Hernández—. Al contrario, el país gana con esta nueva ley. Ley que nos arroja a un futuro prometedor, lleno de certezas jurídicas...
                —Se dice por ahí que usted es beneficiario directo de esta nueva ley... —reviró Elena.
                El señor Hernández la miró y echó una carcajada.
                —Y no sólo yo —interrumpió aún con la sonrisa entre los labios—. Sino millones de mexicanos que tendremos la oportunidad de elegir qué es lo que queremos ver o escuchar en nuestras casas, eso es fundamental para poder ser verdaderamente libres. Por primera vez en este país la libertad de expresión será una realidad palpable y no mera retórica gubernamental. Habrá: e-lec-ción —recalcó.
                —Pero esta nueva ley que se acaba de aprobar es para beneficio de algunas de las compañías que usted representa, señor —insistió tercamente Elena. Apoyada quizás en su juventud y en su desconocimiento de las formas tradicionales de preguntas y respuestas.
                —¿Quién le dijo eso? —terció con candidez el señor Hernández—. Eso sólo son chismes de politiquería barata. ¿De que medio es usted, señorita?
                —Del Imparcial.
                —¿Del Impericial?
                —Del IM-PAR-CIAL —corrigió Elena.
—Ah... ya veo. Nada le hace más daño al país que unos periódicos basura que circulan por ahí inventando cada cosa, pero gracias a la libertad de expresión que ahora se convierte en realidad a través de esta nueva ley, usted, señorita, puede decir tantas cosas como quiera y nadie la va a censurar ni a perjudicar por ello. Usted y su periódico deberían entender eso ¿o no? —y le guiñó un ojo a Elena, quien se sonrojó al advertir que todos sus colegas reporteros la miraban como a un bicho raro.
—¿Entonces las televisoras que usted...
—Bueno, señores, siempre es un placer estar con ustedes, pero tengo que retirarme. Buenas tardes.
                Se abrió paso entre la aglomeración de reporteros y salió hacia la calle donde su secretario Castañeda ya lo estaba esperando en una camioneta.  Elena lo siguió con la mirada hasta que se subió y arrancó. En ese momento Elena se creyó una mosca que revoloteaba sin dirección alguna. Se sintió mal y echó a correr hacia el baño donde segundos después vomitaba la ensalada de lechuga que había comido unas horas antes.
—¿Te sientes bien? —oyó una voz masculina que preguntaba desde el otro lado de la puerta del sanitario. Elena aún continuaba inclinada sobre el retrete. Los ojos se le habían puesto tan rojos que parecía más haber regresado de una parranda que una reportera de la cámara de senadores. Sacó un pañuelo desechable para limpiarse la comisura de los labios donde aún quedaban restos de lechuga revueltos con jugos gástricos.
                —Hola... hola... —se escuchó ahora una voz femenina que provenía de más cerca—. ¿Te sientes bien, querida?
                —¿No se iría por la taza? —se volvió a escuchar la voz del hombre. Elena terminó de limpiarse con el pañuelo y lo arrojó por el inodoro. Luego se incorporó para fajarse lo mejor posible la vestimenta.
                —¡Qué va! Está flaca, flaca, pero no creo que quepa por el agujero —respondió la voz femenina con una risita irónica que más bien parecían mugidos de vaca. El hombre también echó a reír.  En ese momento Elena abrió de golpe la puerta y se encontró de frente con una mujer obesa y con un hombre joven que llevaba una cazadora, un trípode y una cámara de video. Los dos la miraron al mismo tiempo que echaron una estruendosa carcajada.
                —Estás echa un desmadre —le dijo la gorda a Elena—. Un verdadero desmadre, pero no te preocupes, linda —continuó mientras dejaba pasar a Elena hacia los lavabos—. Te pondrás peor, mu, mu, muaaa, de eso puedes estar segura, ja, ja, ja.
                —No te pases con ella —interrumpió el hombre la risa de la gorda—. ¿No ves que es una novata? —dijo al tiempo que le extendía una toalla de papel a Elena, que ya se estaba echando un poco de agua en el rostro—. Seguro que hasta se sorprenderá de que yo esté en el baño de las damas pasándole una toalla.
                —¿Damas? —preguntó sarcásticamente la gorda—. ¿Cuáles damas? Las únicas damas que aquí existen son las damas chinas y éstas juegan con las pelotas de los senadores oink, oink, oink —y echó un bufido que más parecía el canto de un marrano que la risa loca de una mujer gorda.
                —¡Oh, lo siento! —dijo el muchacho sin prestar atención a lo que acababa de decir la gorda—. No nos hemos presentado. Me llamo Carlos... Carlos Orozco y soy de Telecultura.
                —La única televisora que pasa su programación en el periódico porque nadie la ve—interrumpió la gorda aún con su risa bovina.
                —Y esta vaca que me acompaña —dijo Carlos señalando a su acompañante cortando de tajo los hipidos de la mujer—, se llama Nora Kauffman y es de la zootecnia política del periodicazo oficial.
                Elena los miró aún con el estómago revuelto. ¿Quién demonios eran para interrumpirla en lo más íntimo y sagrado como era el vomitar en el baño público de la cámara de senadores, máximo poder legislativo del país?
                —Algo no me cayó bien —dijo por fin cuando pudo hilvanar unas palabras.
                —Sí, ya nos dimos cuenta, linda, lo bueno es que masticas bien la comida —y se asomó a la taza del baño—. Mi primera vez deberías de haberla visto. Las paredes, el piso, incluso hasta el techo, todo quedó embarrado, uff. Si te contara de aquella tarde no me creerías cuantas cosas se pueden llevar en el estómago.
                —Hasta encontró un dinosaurio muerto que creía haber desechado hace varios años, ¿o no es así, vaquita? —ironizó Carlos.
                —Muy gracioso, imbecilito —repuso Nora con semblante entre divertido y ofendido. Tal vez no le afectaba que Carlos la llamara vaca loca, sino que él sabía que ella se había acostado con tres o cuatro dinosaurios priístas y por eso ese chiste era bastante local al quedar sólo entre ellos lo que todo el mundo sabía: a los dinosaurios les gustaba que se las chuparan. Por otra parte, Elena no entendía qué cuernos era todo aquello, estaba pálida, temblorosa y cansada, como si no hubiera comido proteínas durante toda su dieta ecológica. Sentía una fuerte punzada en la sien.
                —Lo siento —se disculpó—. No fue mi intención...
                —Oh, no te disculpes, linda. Este lugar está más deshonrado que los calzones de una...
                —Aguas, W. C. —interrumpió Carlos cuando escucharon que se acercaban unos pasos a los baños. De repente apareció una mujer pelirroja que los miró de soslayo casi sin inmutarse y fue a los espejos del lavabo donde comenzó a retocarse el maquillaje. Elena la observó aún con el dolor de cabeza, parecía que en sus buenas épocas esa señora había sido una mujer de mírame y no me toques, aunque ahora conservaba una elegancia un poco pasada de moda. Cuando ya se estaba dando el último retoque con el lápiz labial dijo con una voz pausada de contralto:
                —Un día de estos, Carlitos, en verdad te vas a convertir en “toda una dama” por tanto tiempo que pasas aquí —terminó de pintarse los labios, guardó su maquillaje en un estuche de piel, se acomodó el pelo esponjándoselo un poco, luego dio media vuelta y antes de salir, concluyó—: Por cierto, muchachos, aquí huele divino: ¿qué perfume usan? ¿Chanel? —y de inmediato salió dando grandes zancadas.
                —¡Pendeja! ¡Maldita bruja! —explotó Carlos cuando los pasos se perdieron a lo lejos—. Ella debería pasar más tiempo aquí para que se le quitara esa voz de marimacha y no con los senadores chupándoles el pito.
                —Ya, Carlos, compórtate —terció Nora—. Algún día, ya verás, algún día.
                Elena estaba atontada, entre el dolor de cabeza, el olor a vómito y todo este espectáculo la hicieron marearse otra vez. Un segundo después, Elena se desplomaba sobre las mayólicas frías del baño.
(Continuará)
 
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