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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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Carreteras de la injusticia
6 de marzo del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
CARRETERAS DE LA INJUSTICIA    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

a Beatriz J.
“El olvido en la memoria sólo tiene perdón
cuando no se ha cometido ningún crimen”

   
     
     

El intento por privatizar de nueva cuenta las carreteras de México, sólo se puede explicar en un país sumido en la corrupción y en el olvido. El Fobaproa queda como el remanente más oprobioso del PRIAN contra los intereses del pueblo mexicano. ¡Qué decir! Y para colmo, Bimbo, con su dueño Lorenzo Servitje, amenaza con retirar toda su comida chatarra de México si no sale del aire el programa: La verdad sea dicha. ¡No se hable más! Fuera el oso de la desnutrición nacional.
 
FRANK WATSON (PARTE 20)
V&V era un corporativo multinacional establecido en Nueva York. Sus acciones iban desde maquiladoras de sandalias deportivas hasta restaurantes de comida rápida. Importaban y exportaban todo tipo de mercancías de manera rápida, pronta y expedita gracias al neoliberalismo que Estados Unidos profesaba como la única religión del mundo. El lugar de origen de V&V, antes “Marketing Home” se encontraba en la costa oeste, en California, que había sido la primera empresa antes de que Frank Watson decidiera trasladar su centro de operaciones al otro extremo del país, en la costa atlántica hacía 20 años atrás, cuando él había terminado la universidad y se sentía capaz de conquistar el mundo. Pero todo principio se reducía a la vez en que Vladimir le ofreció trabajo a Víctor, la empresa “Marketing Home” era una pequeña importadora de muebles rústicos provenientes de México hacia California, o ésta era la primera apariencia que Víctor descubrió al presentarse al día siguiente aún con la cruda a cuestas.
                —Me alegro que haya venido, Víctor —lo saludó el viejo Vlad en cuanto lo vio aparecer tras uno de los portones de la empresa—. Seguro que no se ha de sentir muy bien.
                Víctor lo miró sin decir nada. El viejo Vlad fue hacia un refrigerador enano y extrajo una soda. La destapó y se la ofreció a Víctor.
                —Siempre es la sed. Aún lo recuerdo. Y más después de aquellas bacanales juveniles, pero déjeme decirle que uno va cambiando con la edad. Supongo que la vida es la gran maestra de todo. Ahora mi cuerpo no soportaría una resaca de ningún tipo.
                —Necesito el empleo —dijo Víctor cuando hubo dado un par de tragos a su bebida.
                —Así me gusta —sonrió el viejo Vlad—. Directo al grano. Ese es un gran atributo que yo admiro de la gente. Sabía que hubo un poeta llamado Constantín Kavafis que escribió, déjeme recordar como iba el che fece... il gran rifiuto, ah, sí: A algunos hombres les llega un día en que deben escoger entre el gran sí o el gran no. De inmediato se revela quién tiene preparado en su interior el sí, y diciéndolo avanza en el honor y en su convicción. Aquél que se negó no se arrepiente. Si otra vez le preguntaran, diría de nuevo no. Y sin embargo, durante toda la vida, lo agobiará aquel no pronunciado.
                Víctor se quedó parado pareciendo no entender ni jota.
                —El poema trata —continuó el viejo Vlad al percibir el estado de incertidumbre de Víctor—, que uno tiene en la vida el no asegurado y que sólo habría que buscar el sí. Y que hay personas que jamás, a pesar de que ese sí les cambiara la vida, jamás renunciarían al no. Claro que esto que le digo es con palabras silvestres y no con la poesía elocuente del griego.
                —¿Y supongo que tengo ya el sí? —preguntó Víctor terminándose el último trago de soda.
                —Con sólo pedirlo digamos que ya tiene un 50% asegurado.
                —¿Y el otro 50?
                —Ese es el más difícil de todos.
                Víctor dio media vuelta. No tenía tiempo para escuchar semejantes patrañas. Se había equivocado al creer que ese anciano le iba a dar trabajo. Había sido tan sólo una charla entre borrachos. Tenía que salir lo más pronto posible si aún quería encontrar a los contratistas que le pudieran dar un empleo temporal en la pizca.
                —Espere —llamó el viejo Vlad—. ¿Qué tanto daría usted por el bienestar de su hijo?
Víctor se detuvo pero no giró.
                —Mi vida.
                El viejo Vlad lo miró al tiempo que sonreía:
                —Eso es un sí, Víctor, eso es un sí.
*
Vladimir Spencer era un inmigrante de origen polaco que había llegado a los Estados Unidos después de la segunda guerra mundial. En ese entonces su cabello era rubio y piel tan blanca que parecía que no llevaba ni una sola gota de sangre en el cuerpo. Había estado en el campo de concentración de Lublin, luego conocido como de Majdanek. Al finalizar la guerra cambió su apellido Grabowski por el de Spencer una vez que desembarcó en América.
Antes de la invasión alemana el 1 de septiembre de 1939, Grabowski era maestro de literatura clásica en el liceo de Varsovia hasta que un bombardero alemán dejó sus libros clásicos deshojados entre los cuerpos calcinados de sus alumnos. Fue ahí cuando comprendió que el arte no servía para nada, quizás tan solo para hacer tumbas de papel chamuscado. Tres meses después su esposa Malke Wislawa y su pequeño hijo Tadeusz fueron arrestados mientras Grabowski trataba de conseguir comida y ropa para pasar el duro invierno polaco. Hizo todo lo que pudo para localizarlos hasta que el 31 de octubre de 1940 él también fue capturado y mandado al este para realizar trabajos forzados en las vías férreas bajo el mando de la S. S. alemana. A mediados de 1941 Grabowski fue conducido a Lublin sobre los mismos rieles que él había ayudado a construir. Ahí pasaría los próximos tres años de trabajos forzados hasta que dos meses antes de que los soviéticos liberaran el campo el 24 de julio de 1944, Graboswki logró escapar después de asistir desnudo a una caminata de la muerte donde oficiales de la S. S. obligaban a los prisioneros a cavar sus propias tumbas para después ser ejecutados con un tiro en la nuca. Cuando tocó el turno a Graboswski, y ya con la pistola sobre la cabeza, fue cuando comprendió que la especie humana no servía para nada, quizás sólo para cavar su tumba y caer para siempre sobre sus  propios despojos, cerró los ojos ya que en ese momento la oscuridad era menos aterradora que la claridad de los árboles moviéndose bajo el viento polaco, pero al oficial alemán se le atoró el percutor de su walther P-38 debido al uso descomunal de tiros de gracia, entonces sólo atinó a darle de cachazos hasta que de la cabeza de Graboswki comenzó a manar tanta sangre que el oficial pensó que el prisionero había muerto. Cuando Graboswski volvió en sí se incorporó en medio del frío y de la noche. Entonces supo que una oportunidad así no se repetía nunca. Echó a correr con tanta furia que la salvación lo hizo desfallecer a la orilla de un puente ya muy cerca de la tierra y lejos del infierno.

*

 —Y si le pasa algo, Víctor —retomó la palabra el viejo Vlad—, tenga la seguridad de que a su hijo no le faltará nunca nada. En este papel se establece un fideicomiso de cien mil dólares hasta que sea mayor de edad. Necesito hombres leales. Gente en la que pueda confiar. Gente decente conmigo, honrada. Pero si no —hizo una pausa larga como para causar mayor impacto en sus palabras— tenga la seguridad de que su hijo y usted conocerán el infierno en esta vida y créame, querrán morirse para poder alcanzar la paz. ¿Entendió?
                Víctor sabía que su alma siempre había estado vendida a los demás. Al gobierno y sus impuros burócratas; a la empresa metalúrgica donde trabajó por más de veinte años; a sus amigos que se esfumaron cuando todo pareció irse al carajo. Al recuerdo de una esposa muerta en un maldito accidente de autopista. Incluso a su hijo al que quería tanto. Ahora ya no tenía más alma que vender, así que a conciencia contestó que sí. Que sí aceptaba el trato aunque Vlad fuera el mismísimo diablo. Y al diablo había que cumplirle siempre porque si no, tal vez éste devolviese el alma para que otros carniceros se encargaran de descuartizarla. Víctor se convirtió de inmediato en otro hombre del viejo Vlad. Sólo necesitaba un garrote como único instrumento de trabajo. Él le preguntó el por qué no era mejor llevar un revólver. El viejo Vlad le explicó que para sobrevivir había que mantener un perfil bajo. Y una pistola podía herir a cualquiera y eso no era bueno para los negocios porque atraería demasiada publicidad en algo que en teoría debería pasar inadvertido. Las armas de fuego sólo se llevan cuando se van a usar, si no, sólo son un estorbo. Pero Víctor resultaba ya demasiado grande como para comprender tales argumentos, pero quien si los entendía era el pequeño Frankie que acompañaba al viejo Vlad después de salir del colegio y éste lo entretenía con viejas historias de atracos a bancos neoyorquinos por parte de modernos Robin Hood, quizás idealizando un pasado ya lejano. Entonces el viejo Vlad comenzó a ver al pequeño Frankie como la extensión de su malogrado Tadeusz Grabowski. A tal grado que meses después Frankie lo llamaba el abuelo Vlady, y éste, hijo. Quizás ahí el viejo Vlad entendió que lo único capaz de asesinar el alma de un padre era la muerte de un hijo. Pero una cosa eran los sentimientos y otra el trabajo. Víctor entendía bien de que se trataba el negocio: transportar camiones que cargaban muebles rústicos repletos de marihuana desde Tijuana en la frontera de México hasta los Ángeles, California. Con estas ausencias prolongadas y extenuantes para Víctor, hacían que el pequeño Frankie comenzara a crecer mucho más cerca del abuelo Vlady que de su padre, quien un año más tarde ya había subido de categoría y había pasado de ser un chofer de “Marketing Home” a director de cargamentos —que en realidad seguía siendo lo mismo nada más que con distinto nombre, es decir, con una mano asía el volante y con la otra el garrote, y que ahora él subía los cargamentos y eso le ocupaba la mayor parte del día, situación que lo obligaba a ir a casa sólo para dormir y al día siguiente levantarse temprano para acomodar la mercancía en el fondo de los trailers.
*

Si quieres ser grande, pero verdaderamente grande, debes mantenerte sumergido como los tiburones. Porque llegará el tiempo en que la ostentación será la perdición del hombre, se les descubrirá con solo mirarles a los ojos. Veme a mí. Nunca me han levantado una infracción de tránsito. Lleno de ojos, ese será el nuevo mundo donde te moverás, casi estoy seguro. Habrá ojos por todas partes observándote y no tendrás lugar donde esconderte. Y créeme, que el mejor escondite es bajo la apariencia de la normalidad. Hombre de la calle. Mundano. Sencillo. No como ese italiano, que no sale sin sus cadenas y sus anillos. La sospecha siempre está a la vista. Yo llevo casi treinta años haciendo negocios y he visto pasar a tantos. Recuerdo a José el Cubano. No era muy listo, pero tenía bastante valor en la sangre. Lo ejecutaron mientras estaba con su amante en un hotel de lujo. Esto lo aprenderás con el tiempo, quizás en la escuela. Porque el mundo siempre está en transformación, y todo ello siempre conduce a la guerra. Todo en esta vida es una guerra. Tú te debes preparar. El mundo del futuro no esperará a los mediocres. Sé que eres inteligente. Lo he visto y casi nunca me equivoco. Tal vez hace muchos años lo hice, me equivoqué, nunca debí dejar sola a Malke y a Tadeusz ese día. Pero quien iba a imaginárselo. Claro que Alejandro Magno preveía el futuro. Sabía leerlo como los astrónomos leen las estrellas. Estoy seguro que lo comprenderás. Uno es la consecuencia de sus actos, de su tiempo, de las decisiones que toma o deja de tomar. No quiero ser pesimista, pero se nos avecinan tiempos negros en que estaremos de rodillas. Sólo algunos cuantos alcanzarán a tocar el cielo. Por eso, te debes preparar. Te debes preparar porque va a llegar un día en que no tendrás a nadie en quien apoyarte ni en quien confiar ¿Me entiendes, hijo?
                —Sí, abuelo.
*

Frank Watson abrió la puerta donde estaba su asistente Robert Green. Llevaba un traje de etiqueta y un pequeño pañuelo blanco bordado con sus iniciales. En dos horas tenía que encontrarse en la embajada norteamericana para establecer contacto con el aliado que trabajaba desde dentro. Hoy habría una recepción en la embajada norteamericana y estarían varios personajes con los cuales empezarían sus negociaciones.
                —¿Listo, Bob?
                —Sí, jefe —respondió su asistente Robert Green.
                El trayecto del hotel Four Season duró menos de diez minutos. La embajada Norteamericana estaba sobre paseo de la Reforma y, cosa normal a los ojos de Frank, grandes rejas antimotines la custodiaban explicando con su presencia que la mayoría de las decisiones tomadas por Washington acababan en repudio frente a sus embajadas. Esto lo había visto Frank en sus múltiples viajes a lo largo y ancho del mundo. En Tailandia le tocó presenciar una serie de disturbios de los globalifóbicos cuando se llevó a cabo una reunión de la Organización Mundial de Comercio. No recordaba el número de muertos de aquella ocasión pero sí el número de millones que le generaron la exportación e importación de sus industrias. Esa ocasión las ganancias por 200 millones de dólares hicieron de Frank un workaholic empedernido.

La embajada norteamericana era una fortaleza aderezada por fuera con rejas, tubos y alambres de puas mientras que por dentro el relleno era todo crema y nata. Frank Watson se apeó del taxi y se dirigió hacia una de las entradas donde unos guardias perfectamente marciales revisaban los pases de invitación. Le costó un poco de trabajo llegar, ya que algunas mujeres emperifolladas hasta el tuétano discutían con los agentes que estaban apostados a los lados haciendo valla.
                —Mi marido es el secretario técnico de la subsecretaría de relaciones exteriores —cacareaba una mujer emplumada hasta el copete al agente salpicándole saliva sobre sus lentes oscuros—. Yo y mis dos hijas estamos en la lista de invitados. ¿You know? ¿YOU KNOW?
                El agente no decía ni pío. Sólo movía la cabeza de un lado a otro para intentar descubrir si esa mujer era alguna terrorista de Al Qaeda. Frank Watson se acercó a uno que estaba más allá y que acababa de rechazar a un par de hombres trajeados que se fueron mascullando entre dientes lo que seguramente serían maldiciones. Extendió un sobre al guardia. Éste sacó el contenido, lo leyó, miró con desconfianza a Frank, pero después de un momento le devolvió el contenido.
                —Welcome, mister Smith.
                Frank pasó por un arco magnético que detectaba metales, sólo su teléfono portátil hizo que el aparato chillara, pero le fue devuelto sin mayor complicación. Afuera, en otro vehículo, quedaba Robert Green listo para trasmitirle la información en cuanto la recibiera.
 
(Continuará)
 
www.radioamlo.org

   
     


   
   
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