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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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De marchas a marchas
27 de marzo del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
DE MARCHAS A MARCHAS    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

a Jessyca Mayo
“CHICHARRA DE MAYO: f. Cigarra.
Se le llama así porque canta durante el mes de mayo,
“pidiendo agua”, según la creencia popular.”
Vocabulario tabasqueño.

   
     

La mediocracia funciona en México como represor máximo del derecho a la información. Mientras miles de ciudadanos marchamos del Ángel de la Independencia al zócalo capitalino del DF, durante la 2da Convención Nacional Democrática, Televisa cubrió de cabo a rabo otra marcha, encabezada por un oscurantista inquisidor y protector de pederastas Norberto Rivera Carrera, dando una idea que en el país de la televisión cientos de miles de ciudadanos pueden ser borrados de las noticias televisivas de un plumazo por unos cuantos rezos. Así funciona la desigualdad entre los que todo lo tienen y los que no tienen nada. Más de quince minutos de tiempo de pantalla ocupó la reportera de larga nariz, Adela Micha en sulfurarse ante la noticia abortiva después de la concepción, sin entender que miles de mujeres mueren a causa de abortos cometidos en la clandestinidad. La estulticia dogmática de la iglesia católica, de grupos inquisidores como Provida bajo la dictadura de sor Jorge Serrano Limón y la derecha fascista de Manuel Espino entre otros, sólo sirve para cometer crímenes de lesa humanidad y eso, como dicen en misa, “no tiene perdón de dios”.  “Al infierno” con todo y chivas, por idiotas.
 

LÁZARO (PARTE 23)
Lázaro rasgó las bolsas de plástico negro que lo envolvían y salió respirando con desesperación. Tenía un orificio que le atravesaba el cráneo de lado a lado. Insólitamente la bala había recorrido el único camino que no podía matarle: entre los dos hemisferios cerebrales sin tocarlos, era como si le hubieran intentado hacer una lobotomía con la pequeña varilla que se empleaba para cortar la comunicación entre el lado izquierdo y el derecho, pero sin conseguirlo. Se sabía de un caso donde un granjero estadounidense cayó de frente sobre una barreta atravesándose la cabeza y éste todavía tuvo la fuerza para levantarse, subirse al auto, conducir hacia el hospital con el fierro incrustado y bromear con una de las enfermeras de turno. El caso de Lázaro fue mucho más sencillo de explicar: Su verdugo apuntó de la única manera en que no pudo asesinarlo. Lázaro se arrastró como una culebra sobre los cuerpos de sus dos hermanos muertos que le habían servido como cama durante toda la madrugada. Tenía las manos esposadas atrás de la espalda y los pantalones y calzones abajo. La garganta la traía rota por la sed. No reconocía el lugar donde se encontraba —al fin y al cabo quién podría reconocer el lugar donde se ha de morir—. Las hierbas sobresalían de la cuneta. Lázaro se arrastró un trecho más y un momento después logró salir hasta el camino de tierra donde reposaban las rocas que empezaron a arañarle la piel del pecho y de los muslos mientras culebreaba. Se giró para quedar boca arriba. El sol laceraba sus pupilas, pero era el sol, el bendito sol y las nubes. El viento invisible, algunos pájaros y la transparencia azul del cielo. Todo junto, anegándole la retina. Lázaro sintió hasta entonces una emoción que jamás había sentido. Tal vez fuera parecido al instante en que nació, cuando su madre lo echó al mundo, pero de aquella vez él no tenía noción ni recuerdo. En cambio, ahí, de espaldas al suelo, con las manos esposadas, Lázaro creyó que este era su verdadero nacimiento. Un volver después de haber sido convertido en nada. Después de formar parte de una montaña de carne y huesos. Era en verdad una resurrección de entre los muertos, una caída vertiginosa hacia las profundidades del abismo y al mismo tiempo era darse cuenta de que allá arriba flotaban los pájaros y se elevaban como fantasmas decantados, ángeles con forma de gaviotas y gorriones. En ese momento Lázaro sonrió, no con una risa loca y desquiciada, sino con una tenue media luna al ver como los pájaros danzaban a la luz del viento. Pero quien ríe al último, decía el refrán, ríe solito. Lázaro dejó de reír cuando comprendió esto. Sus hermanos ya estaban pudriéndose desde el mismo momento en que fueron penetrados por los asesinos, y él estaba solo, solo, solo. Se apoyó en uno de sus costados y logró levantarse con las rodillas en el suelo. Al poner la cabeza en posición vertical, le empezó a escurrir un líquido amarillento por donde la bala había penetrado. Sintió un poco de frío, como si el aire se le colara hasta el cerebro. Miró el cerro de bolsas oscuras donde sus hermanos se estaban echando a perder por ese calor putrefacto y echó a andar por el camino hacia lo que parecía la carretera. Al dar vuelta a uno de los recovecos distinguió a lo lejos lo que parecía ser la ciudad de México. Deslumbrante desde esa altura, Lázaro siguió caminando hasta que se fue haciendo más pequeño en medio del camino de tierra.
*
Unos días después Lázaro encontró el camino a casa como la hormiga que encuentra el hormiguero sólo para enterarse que su madre y todo el servicio de la casa habían sido exterminados sumariamente y sin juicio. ¿Por qué la venganza se extendía a los familiares? ¿Acaso el pecado se heredaba? ¿Era que todos eran culpables por el simple hecho de ser familiares? ¿Qué nadie debía salvarse del omnipotente poder de los asesinos? Lázaro ya no sintió lástima ni rencor. Un tremendo cambió había operado en él. No sentía nada. La venganza, pensó, es para los sucios. Yo estoy limpio. Todos sus pecados habían sido extirpados con su primera muerte, ahora debía empezar de nuevo, bajo otro reinado, un reinado que estuviera más allá del bien y del mal. Recogió algunas cosas que metió en una maleta y salió con rumbo a Tabasco para arreglar sus asuntos emocionales.
*
Tabasco era una tierra de mosquitos y agua verde para la mayoría de los habitantes, menos para Elías Sánchez Gut, alcalde municipal de Xintola, quien vivía en la casona que se encontraba al final de la calle principal. Se acercaba la navidad y había que hacer los preparativos. Las tres calles que convergían en la plaza debían estar adornadas a más tardar el 3 de diciembre con algunos focos rojos y verdes. Sobre los cinco postes de luz que alumbraban las calles ya se habían colgado algunos tramos de escarcha y esferas que era lo único que había dejado la administración anterior. Pero esta navidad era especial, vendría aunque fuera por unas breves horas, el candidato a gobernador por parte del PRI y esto era el motivo principal por el que Elías andaba como loco dando órdenes a diestra y siniestra. 
                —No, no y no —estaba hablando en el palacio municipal con Quiroga, su escolta—. Quiero más gente. No me importa si se quedan parados o no, carajo. Se debe ver lleno...  ¡Muchos! ¿Me entiendes?
—Pero sólo somos mil habitantes, jefe —repuso Quiroga, un hombre moreno, cuadrado, rapado a coco y de voz lenta.
—No me importa si sólo somos dos habitantes, quiero que seamos un chingo, trátelos de donde sea. Escarba bajo la tierra para buscarlos pero quiero mucha gente, porque si no, te voy a poner a hacer muñecos de trapo para que llenes los huecos o te cuelgo de los huevos, ¡cabrón! ¿Me entendiste?
                Quiroga asintió.
—Ah... y quiero que además me compres varios litros de insecticida para los zancudos. No quiero ver ni uno solo, ¿me entendiste? ¡Ni-u-no-so-lo!
—¿Y cómo le hacemos con esos zancudos, jefe?
—Pues no sé... cabrón, úntatelo en la cola o qué sé yo, pero no quiero ningún maldito enjambre rondando cerca del candidato. ¿Me entiendes?
Quiroga salió llevando las órdenes de Elías en la cabeza perdiéndose tras la puerta.
                —¿Qué más falta? —preguntó a sus espaldas su hermano Augusto.
                —Gente —respondió en automático Elías—. Somos muy poquitos y así no se puede. Necesito un chingadal de gentes para que me tome en cuenta el pendejo del candidato. Una hombrada.
                —¿Quieres que le diga a los muchachos para que traigan a algunos a la fuerza?
                Elías quedó pensativo un momento.
                —Pero sin tantos madrazos. ¿Eh, wey! No quiero que salgan destolinchados en las fotos con chichones y todos pachichos.
                —Está bien —dijo visiblemente entristecido Augusto—. Nomás una calentadita en el cuerpo pero no en la cara —se puso de pie y se dirigió hacia la puerta, pero fue detenido por Elías, quien preguntó:
                —Oye, ¿ya llegó Lázaro?
                —Quién sabe. Creo que no. Ha de andar de pirujo haraganeando.
                —Bueno, si lo ves, le dices que se vaya para la casa. Ma lo necesita.
*
Lázaro estaba acostado mirando el cuerpo desnudo de la Polla. Ya no le avergonzaba su propia desnudez. Ahora disfrutaba acariciarle la punta de los pechos como si modelara un pedazo de plastilina. Ella abrió los ojos al sentir los dedos de Lázaro sólo para contemplar un par de telarañas que se columpiaban en el techo. No tenían palabras que decirse, sólo esperaban que el sudor de la piel se les secara o fuera diluido por el calor sofocante y húmedo del trópico. Lázaro dejó de amasarle los pezones morenos a la Polla y bajó la mano hacia donde terminaba el vientre. Con un dedo rizó algunos vellos y luego los jaló.
                —Ora, güey —imprecó la Polla girando la cabeza hacia Lázaro. Sus grandes ojos café se dilataron hasta adquirir esa profundidad que tanto le gustaba a Lázaro. Éste enrolló otro rizo y lo volvió a jalar—. ¡Vas a ver, eh! —amenazó.
                —¿Y si no paro de rajuñar? ¿Qué? ¿Qué me vas a hacer?
                La Polla echó una ligera carcajada.        
                —Te voy a coger, maldito.
                —A ver. Quiero ver —amenazó entre chanza y risa.
                —No —y le dio la espalda dejando sus nalgas a la altura de sus caderas. Entonces Lázaro le acarició el borde del cuerpo con dos dedos perfilándole el talle—. Ya no quiero —dijo casi en un susurro—... Tengo sueño.
                —¿Estás segura? —y repegó más sus caderas hacia la esponjosidad de ella.
                —Tate quieto.
                —No.
                Lázaro terminó de dibujar el contorno trasero de la Polla ahora con su pelvis. Pero un momento después se quedó callado, pensativo. Parecía que no sólo el calor lo estaba sofocando.
                —¿Te quieres casar conmigo? —soltó con nerviosidad esperando que la Polla se diera vuelta y cayera obnubilada a sus pies por aquella propuesta tan fuerte, tan personal, tan íntima, o que por lo menos dijera algo, pero pareció que ella no había escuchado nada. Su espalda morena se alzaba como un gran tronco caído bajo el hacha de un leñador. Una montaña.
                —Polla —llamó quedito Lázaro—. Polla. ¿Me escuchaste?
                La Polla no se movió, parecía como atropellada por aquellas palabras tan graves.
                —Pendejo —dijo categórica la Polla.
Entonces Lázaro escaló su cuerpo y vio que a ella le escurrían unos lagrimones como de telenovela.
                Lázaro tragó saliva. Tal vez esperaba esa respuesta, pero no de forma tan contundente y cerrada. Pero aquellas lágrimas ¿qué significaban? Así que arremetió con el único argumento que le quedaba ante la negativa:
                —¿Por qué? ¿Por qué no? Si estamos hechos el uno para el otro.
                La Polla empujó con tanta fuerza a Lázaro que fue a dar hasta el suelo.
                —Porque NO —gritó la Polla—. Porque soy una puta. Soy una puta. ¿Lo entiendes? ¿LO ENTIENDES?  Soy la puta de todos.
                Lázaro la miró desde el suelo como los pechos de la Polla se bamboleaban de un lado para otro con frenesí. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? Largarse de ahí propinándole todos los insultos que se le pudieran ocurrir o darle de golpes para que viera quien era él. De repente Lázaro sintió lástima por ella y lo único que logró articular fue un tierno y valiente:
                —No me importa.
*
La boda se llevó a cabo tres meses después que el candidato a gobernador fuera picado por decenas de zancudos en la plaza principal de Xintola. Quiroga había comprado repelente para mosquitos en vez de insecticida para zancudos, y lo único que se le ocurrió para alejarlos de donde estaba el templete principal para la comitiva, fue mandar a unos muchachos a untar con repelente los árboles cercanos un día antes de la aparición del candidato.  También untó las sillas y la mesa, y todo objeto que estuviera cerca, situación que llevó a los zancudos a no pararse en otra cosa que no fuera en las personas. Al día siguiente se documentó entre los pobladores como un pasaje chusco que sólo los trajeados hubieran quedado todos picoteados, y que la mayoría de los habitantes no, pero cosa curiosa, muchos manifestantes parecían haber sido picados por bichos mucho más grandes que los zancudos, porque algunos aparecían en las fotos con pequeños cardenales en las mejillas y el cuello producto del arraste que el candidato ejercía sobre la población, es decir, a madrazo limpio. Incluso uno sonreía con tres dientes menos y un ligero moretón en la frente al lado del candidato. Pero de esto no se habló en la prensa estatal, sino de la magnificencia del periplo proselitista del candidato oficial.
                Durante la boda, Lázaro prometió amarla y respetarla hasta que la muerte los separara. Bailó y se emborrachó junto con sus hermanos hasta que los tres terminaron trenzados con la novia. Por los viejos tiempos, Polla, dijo Elías, el hermano mayor. Por última vez, Polla, prorrumpió Augusto, el segundo hermano. ¿Y por qué no?, murmuró Lázaro, el último hermano completamente borracho antes de quedarse dormido.
 
(Continuará)

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