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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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Desastre en la Corte
5 de diciembre del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicación impresa en el periódico El Cambio
     
     
     
     
DE SASTRE EN LA CORTE
   
     
Gerardo Oviedo    
     
a Gaby, de nuevo por su cumpleaños
   
y a Tatiana y Marco Polo por su enlace
   
     

Es tan fácil desaparecer en México que se está convirtiendo igual de peligroso ser cantante que periodista. Lo primero por los asesinatos de fin de semana y lo segundo, con referencia al caso Marín-Cacho, donde, a vox populi, hubo una negociación entre Fecal y el Góber Precioso. Que la Suprema Corte de Justicia de la Nación haya dictaminado que no se violento de manera grave el estado de  derecho, y los derechos de la periodista Lydia Cacho Ribeiro, parece un retroceso hacia la edad media o peor aún, hacia una ficción de Kafka. Ahora, con este fallo que le da impunidad a políticos encumbrados, ¿qué esperanzas quedan que en México la libertad de expresión y, sobre todo, los derechos humanos, sean respetados a cabalidad?  Los políticos parece que se estuvieran convirtiendo en virus que permean todas las capas sociales para alimentarse de los que no pueden defenderse a través del máximo órgano de justicia de la nación. Dentro de poco, con la gorra de cinco estrellas que porta Calderón, el sujeto que sea catalogado como indeseable podrá ser eliminado bajo el cargo sumario de: Aplíquese la ley hasta las últimas consecuencias pero de manera discrecional. Javier Palou lo dijo bien en su columna del viernes 29 de noviembre: “El poder nunca pierde... el rasero para juzgar a unos y a otros es diferente, se reprime en Guerrero a los normalistas de Ayotzinapa, los ministros del Tribunal Electoral siguen riéndose de las aberraciones jurídicas que hicieron, los empresarios siguen explotando y aumentando sus ganancias, los medios de comunicación se preocupan por ellos mismos, la herida sangra y está infectada, con enrojecimiento crónico, hinchazón, olor, pus, ardor y provoca fiebre, nadie la atiende, la infección se convierte en una gangrena, las muertas de Juárez exigen justicia, la educación por los suelos, una maestra tortura, ata, y amordaza a una niña de 11 años, Calderón gasta millonadas en mensajes publicitarios en una semana mientras Tabasco está inundado, los sueldos no alcanzan para nada, los alimentos suben todos los días, los impuestos y la gasolina para arriba...” ¿Qué esperanza queda para le pueblo de México? ¿Los periodistas, al ver este precedente jurídico, doblarán las manos en beneficio de su integridad? ¿Estaremos expuestos, como lo señalara el libro de George Orwell, al ojo supremo del Bigbrother? Que lástima que México, por sus políticos, siga siendo de tercer mundo. EXTRA: Ya dictó sentencia y condena la COFETEL en relación a la estación Radioamlo. Próxima semana, más detalles.

 
TODA LA RABIA DEL MUNDO
“El mayor castigo para quienes no se interesan por la política
es que serán gobernadas por personas que si se interesan.”
Arnold Joseph Toynbee
PARTE 27

67.
Es de mañana y no estoy en mi cama, eso lo sé porque las ventanas comienzan a cuajarse de luz y estas sábanas con encajes rosas no son mías. Cierro de nuevo los ojos para intentar sacar claridad dentro del abismo. ¿Ya despertaste, mi amor? Es Karla y sus ínfulas de amor sobre protector. ¿Por qué me haces esto?, le pregunto aún con los ojos cerrados y tapizados por dentro de vacío. ¿Hacerte qué, mi vida? Y deposita sobre la cama una mesita con algo que huele a café recién preparado. ¡Tu embarazo, tu maldito embarazo!, resoplo al tiempo que me coloco una almohada sobre el rostro para tapar el mundo. Si Goliath estuviera aquí diría que tal vez yo estaba tratando de asfixiarme porque era tan cobarde como para encarar mis problemas como se debe: De frente y no de perfil, o afuera y no debajo de una almohada que huele a suavizante para ropa. Karla sólo responde: Te preparé café, un buen jugo de naranja y un par de huevos estrellados, porque te hace falta comer bien, mi vida, para que estés fuerte y sano. Es cierto, mi tripa comienza a chillar con la sola mención de la palabra comida, pero no estoy dispuesto a doblegarme ante un plato de lentejas y ceder mi reino por un caballo. ¡No quiero nada, Karla! ¡Sólo que me dejes en paz, tranquilo, carajo! ¿No lo entiendes? ¿No ves que no te quiero y que nunca te he amado? ¿Acaso eres retrasada mental? ¿No ves que en verdad me asfixias? ¿Qué dices, mi amor? No te entiendo nada, mi vida, quítate la almohada de la cara porque no te entiendo nada, dice Karla cuando he terminado mi exposición de mis sentimientos encontrados como un avestruz. En ese momento aprieto más la almohada sobre mi rostro para intentar perder el conocimiento y diluirme a través de la falta de oxígeno. Percibo que Karla se levanta de la orilla de la cama mientras dice: Ah, se me olvidaba, mi vida, te compré unas vitaminas para que te las tomes, y sale de su recámara hacia su baño. La noche ha sido rotunda en toqueteos lúdicos. Yo buscando el volumen de sus pechos y ella midiéndose el espacio dentro de su vientre con mi carne de cañón. Como los cañones que empezamos a construir en esa temporada, años antes, mientras la comandanta Sofía daba las instrucciones precisas para que nuestro armamento guerrillero fuera diverso, vasto y, sobre todo, efectivo para futuras misiones. Sofía creía que nuestra primera tarea histórica, como había sido intentar derrumbar la estatua del presidente ubicada en la plaza de armas, había sido un éxito total, pero a la tarde siguiente regresamos como turistas para ver con nuestros propios ojos lo que no habían dicho los medios de comunicación y este ataque guerrillero, en vez de los titulares: “nudistas compulsivos” que salieron en todas partes. Pero nuestra sorpresa fue tremenda: No había nada, ni siquiera policías custodiando la efigie de nuestro excelentísimo prócer. La estatua seguía ahí, igual de lustrosa que siempre, intacta. La V de la victoria que Sofía había pintado había sido borrada con tal maestría que ahora la figura refulgía con mayor intensidad que antes como una espada de diamantes clavada en medio de una gran roca de oro. ¡A ver, asómate si se le ve por lo menos que la intentamos cortar!, ordenó Sofía al wey que la había segueteado. El chavo fue, se paro de puntitas para alcanzar a ver sobre el pedestal y, después de unos minutos, regresó cabizbajo: Nada, mi comandanta. Los culeros rellenaron donde habíamos cortado. Sofía comenzó a caminar hacia una de las bancas que estaban en un extremo de la plaza de armas y se sentó. Sí no la tiramos, nunca habremos empezado nuestra lucha verdadera, dijo más para sí que para los que, embelezados, la escuchábamos parir palabras hermosas. Por eso habíamos iniciado la construcción de nuestro primer cañón, para derribarla a como diera lugar.  Con unos tubos galvanizados de 4 pulgadas y unas mechas largas (largas para que no nos sucediera lo mismo de prenderlas a destiempo y fallar en toda la operación), en menos de dos semanas ya teníamos nuestro primer cañón. Un cuate, que había estudiado en secundaria el taller de estructuras metálicas, fue el encargado de soldar todas las piezas de artillería. Se compró pintura con los recursos que se generaban de limpiar parabrisas y de vender tutsi pop y chicles y se pintó de verde olivo con pequeñas motas pardas. A este tanque casero lo bautizamos, según las propias palabras de Sofía, como el “El águila”, porque parecía que sus ruedas eran dos garras y la punta del cañón el pico. En punto de las mil novecientas horas haremos un movimiento de cuarenta y cinco grados hacia el este para que la trayectoria de impacto dé sobre la base del objetivo y así iniciar verdaderamente la batalla por un país para todos, ¿entendieron? Todos estábamos alelados mirándole las piernas a la comandanta, que como algo insólito, esta vez llevaba una faldita escocesa y dejaba entrever unos muslos perfectamente redondos y que se antojaban duros y torneados. Una mano se levantó, era la de un muchacho que acababa de pasar su primera ronda de entrenamiento de descenso y aún tenía los síntomas de haber caído de cabeza de la azotea del edificio de botánica y llevaba vendada la coronilla: ¿Qué son las mil novecientas horas, mi comandanta?
 
68.
Cuando Karla se levantó de la orilla de la cama para irme a traer las vitaminas que me había comprado, de inmediato solté la almohada y me incorporé. No aguantaba un segundo más aquella opresión sobre mi cara. Parecía como si mi corazón se hubiera ladeado y estuviera a punto de caer hacía los intestinos. Y lo que más me dolía era una simple pregunta que no dejaba de pulularme por dentro: Si yo era tan infeliz como parecía serlo, y andaba quejándome de todo todo el tiempo, ¿por qué no hacía nada para remediar esta situación? Alguna vez, cuando mis deseos más lúbricos andaban sueltos tras Sofía como perros tras un bistec, había pensado en suicidarme, pero no como un castigo para mí, sino para ella, como todo suicida común y corriente desea, a través del “No se culpe a nadie de mi muerte...”, culpar a todos.  Y esto para que Sofía se diera cuenta de lo mucho que la amaba y lo mucho que me necesitaría en el futuro, de lo que se perdería si no estaba a su lado, e incluso me la imaginaba derramando toneladas de lágrimas frente a mi ataúd repitiendo incesantemente: ¡Por mi culpa! ¡Por mi maldita culpa! ¡Ahora jamás podré volver a ser feliz! Y luego llorando con mi fotografía entre sus manos durante décadas, siglos, milenios repitiendo: ¡Por mi culpa! ¡Por no decirle que sí! Y cuando por fin estuviera a punto de fallecer, no tuviera perdón de dios por haberme obligado al suicidio al decirme siempre que no. Que no quería nada más que mi amistad, que es el peor invento de la mujer para generar suicidas, y que sus últimas palabras en el lecho de muerte fueran: ¡Por mi culpa! ¡Por mi culpaaaagggg! Y ya en el infierno se diera cuanta que por su culpa había dejado de amarla y ahí, entre las llamas que derretían todo, yo fuera un témpano asolado por la indiferencia y ahora, al verme inmaculado entre el fuego, se invirtieran los papeles y ella cayera enamorada tanto de mí, que yo, con el látigo de mi desprecio, la obligara a matarse y sufrir todos mis tormentos, así pensaba sobre mi hipotético suicidio. Pero si en aquella época no lo hice, cuando los suspiros por Sofía me obligaban a detener mi corazón a cada rato, ¿tendría caso hacerlo ahora? ¿El suicidio era el mejor camino para librarse del amor o sólo es una forma de chantaje, que de todas maneras el muerto ya no podrá cobrar? Y el vivo dirá: ¿El muerto al pozo y el vivo al gozo? Así un día recibí una postal de mi madre desde Venecia olvidando el rastro de mi padre y dándome muy mala espina, al comenzarla de la manera menos sutil posible: “Mijito, ¿cómo estás? Espero que estés bien. Te extraño mucho. Te mando muchos besos. Con amor, tu madre.” Chale, dije cuando terminé de leerla, mi madre se ha vuelto loca, primero me llama mijito y luego me manda besos y mucho amor y para finalizar, ya no pregunta por Anaís ni me dice trabaja webón. ¿La habrán golpeado en la cabeza? Pero la locura se deja navegar como me lo explicara mi hermana Anaís tiempo después, cuando recibiera una carta desde la India con un poco de polvo dentro: “El amor es un mensaje cifrado/indescifrable para las bocas que están secas/para almas que están muertas/para personas que no están locas/sólo la lengua correcta abrirá su lenguaje/que los amamantará felices en el abismo. Hola querido hermanito. Ya hemos bordeado el litoral del Golfo de Omán en busca de drávidas, aunque Jacques conoce unos brahmanes de un viaje anterior que son sus amigos. Hicimos una parada en Bombay durante quince días. Luego estuvimos en Krhisna hasta Alappuzha de ahí subimos hasta Chennai y llegamos al golfo de Bengala hace dos días. Jacques tiene amigos por todo el mundo. Que por cierto, uno de ellos, de nombre Bento, anda cuidando a nuestra madre en Venecia. Jacques le escribió y le suplicó se hiciera cargo de ella. Bento le ha escrito a Jacques para darle el reporte de la situación <<Donna bella. Anima dolce. Occhi vivi. Ringraziamenti, Jacques>>. Espero que ella por fin encuentre la paz dentro de las tormentas. También déjame decirte que, sin decirme nada, Jacques mandó mi manuscrito a unos amigos a París y, según le escribieron, les ha gustado tanto la frescura de mis escritos que van a salir publicados en una editorial francesa. Yo me puse tan contenta que besé al marinero que ronca, cosa que no le hizo mucha gracia a Jacques, pero ni modo. Jacques es muy bueno conmigo, pero está demasiado grande para mis sueños. Con amor, tu Anaís. Posdata: Adentro del sobre va un poco de piedra triturada de Sindhu. Bhárat para que veas que los colores son distintos al otro lado del mundo y Jacques tenía razón. ” Entonces eso era, por eso mi madre no me había llamado y me escribía cartas como si le hubieran hecho una lobotomía: ¿quién se creía? ¿Eh? Inmediatamente le escribí un telegrama para que dejara de hacer locuras en Venecia y regresara de inmediato: “Clara moribunda. Deceso próximas horas. Úrgenos tu presencia. Todos tristes.” Pensaba que ninguna madre tenía el derecho de ser feliz sin sus adorados hijos. Cuatro días después recibí su contestación a través de un telegrama urgente: “Clara excelente condición. Madre enferma. No molestar más.” Esta carta me llenó de intranquilidad: En verdad estaba enferma mi madre y ya no nos molestaría más o significaba que ya no debía enviarle cartas para molestarla más. Esa noche no pude pegar pestaña. Cuando Karla regresó con sus vitaminas hacia su recámara yo acababa de cerrar la puerta de entrada y aún, en la calle, pude oír que me llamaba a gritos: “¿Onta, bebé?”
 
(Continuará el próximo miércoles)
 
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