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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
El imperio de las sombras
19 de diciembre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
EL IMPERIO DE LAS SOMBRAS    
     
Gerardo Oviedo    
     
“La democracia no existe
todo es un montaje de los tres reyes malos:
Foxy, Ugaldi y Fecali”

Cartulina anónima
   
     
     

Hoy el fascismo mexicano está de fiesta desde su burbuja de cristal presidencial, tienen todo: gobierno, dinero y, como artículo de temporada, la navidad. Dueños y señores del olimpo mexicano bajan para reclamar la tierra prometida por Fecal el Espurio. En breve las reformas estructurales serán planteadas ante el poder legislativo. Entonces el sector energético, educativo y de seguridad social pasarán a formar parte de la columna vertebral del neoliberalismo caníbal y una nueva crisis pauperizará más al pueblo de México. Al fin, por el bien de ellos, primero los ricos.

 
(PARTE 10)
ELENA
Elena despertó pasadas las doce del día con una cruda fenomenal. Poco acostumbrada al alcohol, supuso que su estómago se lo había mandado directo a la cabeza sin pasar por el hígado o los riñones. Lo supuso por: “las tantas pendejadas que había hecho en el Guateque”. Uy, ya se acordaba, la cruda moral era casi igual o peor que la cruda física. Se había estado besando con Carlos Orozco antes de que éste adoptara el papel de Thalía y se pusiera a cantar con el salero en la mano parado sobre una silla.  Y lo peor de todo, era que le habían gustado tanto los besos como las canciones. ¡Qué horror! Elena se incorporó de la cama y bajó tropezándose con un montón de periódicos del Imparcial. Caminó tres pasos y llegó a la cocina donde abrió el grifo de agua y llenó un vaso. Lo bebió. Volvió a llenarlo y se dirigió al boiler para prenderlo pues necesitaba darse un baño con urgencia.  En ese momento sonó el teléfono celular que José Bretón le había prestado para comunicarse con ella:
                —Ganamos la de ocho en todas partes, niña —dijo José Bretón cuando Elena contestó con la voz menos rasposa que tenía—. Estamos en todos los medios. En todas partes.  Hoy hablé con el senador Romero y parece que se va a echar para atrás toda la iniciativa de reforma. Jamás había sucedido esto, es inédito. Elena, Elenita, eres un amor —y colgó sin darle tiempo a Elena que dijera ni pío.
                Ella quedó con el celular en la mano toda desconcertada. ¿Se había perdido acaso de algo? ¿Qué era todo ese barullo? ¿Por qué un hombre tan serio como el señor José Bretón ahora hasta le decía que era un amor?  ¿Seguía borracha o era tal vez que su jefe de redacción se le habían caído todos los tornillos de la cabeza? El teléfono celular volvió a sonar, sobresaltándola:
                —¿Qué pasó? —preguntó Elena intuyendo que su interlocutor era el mismo.
                —¿Señorita Elena? —preguntó una voz al otro lado de la línea.
                Elena corrigió en el instante su tono de voz:
                —Sí, ¿dígame? ¿Quién habla?
                —Buenas tardes. Espero no molestarla. Habla el secretario del senador Xavier Beltrán. Me pidió de favor que la contactara para saber si usted tendría tiempo para una cita a comer a eso de las dos y media de la tarde de hoy.
                —¿Me está invitando el senador o usted?
                El hombre se contrarió por algo que parecía obvio:
                —El senador, claro.
                —¿Es muy urgente? —preguntó casi por reflejo.
                —Tanto como urgente, no. Pero el senador quisiera plantearle algunos temas que son del interés de ambos.
                Elena se extrañó pero, sin perder la calma producto quizás de ese tortuguismo que la cruda produce, replicó:
                —Si quiere... solamente que sea a las siete de la noche, porque a las dos y media tengo cosas que hacer y esto es muy de improviso y se me hace sumamente imposible... —mintió.
                —Espéreme un momento, por favor.
                Elena oyó unos murmullos a través de la línea.
                —¿Señorita Elena?
                —¿Sí?
                —Me dice el senador que está bien, a las siete de la noche en el restaurante Bungalow, ¿Sabe dónde queda?
                Elena se exasperó de pronto, tuvo ganas de cortar la conversación en ese mismo momento, del tortuguismo había pasado a la ira. Elena contestó tan segura de sí misma que el secretario del senador pareció disiparse a través de la línea telefónica.
                —No lo sé, pero no sería una buena reportera si no pudiera averiguar dónde queda un mugroso restaurante. Nos vemos a las siete en punto. Y para la próxima vez que me quiera invitar el senador que me invite él en persona y no sus achichincles.
                El secretario respondió con voz temblorosa:
                —Está bien. Muchas gracias de parte del senador...
                —Adiós —finalizó Elena. Luego arrojó el celular sobre la cama y se dirigió hacia el calentador de agua. Tomó un cerillo y lo intentó prender pero nada sucedió: “uta, ya no hay gas”. Se apartó y fue a sentarse a una sillita que tenía como única compañía para la mesa. ¿Qué voy a hacer? En ese momento volvió a sonar el celular. Elena se abalanzó sobre la cama, carajo, no la podían dejar tranquila aliviar su cruda en santa paz:
                —¿Y ahora qué? —contestó con hartazgo.
                —No sabía que eras una mosquita muerta, ¡eeeh! —era la voz de Carlos Orozco. A Elena le pareció que le subieron y le bajaron los calzones en un dos por tres; que toda la sangre se le agolpaba en los cachetes y que se le evaporaba toda su inteligencia para contestar como debía, empezó a balbucear:
                —¿E-en serio...? ¿e-e-eso te par-parece? —estaba monstruosamente nerviosa.
                —Y no sólo eso, sino también que eres una perversa, me cai.
                Elena comenzó a moquear: tan alto que había llegado anoche y ahora, el mismo tipo que la había elevado con sus besos, en este momento la dejaba caer en picada, sin paracaídas, directo al precipicio:
                —Es que estaba yo... yo... un poco... bueno, yo... perdón... ¿me perdonas? —ya casi afloraban sus chillidos.
                —Y bien guardadito que te lo tenías, ¿verdad, canija? —contestó Carlos como si estuviera torturando a una margarita al ser desflorada.
                —Es que no me pude resistir, estaba borra... me gus... y estabas tan cer... —lo expresó súbita para no ponerse a pensar en lo que decía y que el dolor fuera más agudo y prolongado.
                —¿Qué, qué? —preguntó Carlos al creer que no había escuchado bien.
                —Que estaba borracha, lo siento. Por eso pasó todo —dijo Elena ya con los mocos de fuera echándole la culpa a la bebida por toda la lujuria desatada en ella el día anterior.
                —Más lo siento yo. Imagínate, canija: fue más fácil besarnos y darnos un fajezote a que tú soltaras la sopa de toda la investigación que estabas haciendo para tu periódico. Y nosotros tan ingenuos. Pero con esto, te has ganado todo mi respeto. Y yo que te creía medio tonta. Ya me doy cuenta que en verdad eres una chica muy especial.
                Elena dejó de moquear en el acto: ¿A qué cuernos se refería Carlos? ¿De que sopa estaba hablando? ¿Qué investigación? Guardó silencio un momento para reflexionar con profundidad todo lo que acababa de escuchar de Carlos, y luego preguntó con la voz más dulce que tenía:
                —¿En serio crees que soy especial?
                —Claro, nena. Aunque jamás lo hubiera sospechado.
Después de colgar, Elena estaba radiante. Ya no le pesaba la cruda. No le importaba nada, quizás tan sólo quería repetir mentalmente la conversación con Carlos una y otra vez. Ni siquiera le importaba que se hubiera acabado el gas —al fin que se daría un baño de avioncito como los que se daba en el orfanato hacía varios años atrás: sólo las alitas y el motor—.  Mientras se estaba tallando las axilas con un trapo húmedo, volvió a sonar el teléfono, era Nora:
                —¿Ya te enteraste, Linda? —sonó particularmente excitada.
                Elena aún estaba viajando por las nubes y no había gravedad que la bajara a tierra.
                —Sííííííííííí —respondió alelada mientras continuaba tallándose el sobaco izquierdo.
                —¿Entonces vas a ir?
                —¿Ir a dónde? —preguntó entre ensueños.
                —¿Pues a dónde va a ser, querida? —exclamó Nora aún más perturbada que antes-. A la conferencia de prensa que convocó la senadora Consuelo Palacios por lo que escribiste.
                —¿Quién? ¿Yo?
                —Ni modo que la vecina, ja, ja, ja —mugió Nora—. Bueno te veo al ratito en el salón de conferencias, preciosa lin...
—¿Va a ir Carlos?—interrumpió arrebatada Elena.
—Claro. Y no faltes tú, esto es genial —y cortó la comunicación.
                Dicen que el amor transforma a las personas, que a los cuerdos los vuelve locos y a los locos los vuelve tontos: Elena creyó que se estaba volviendo loca o tonta porque no entendía nada de nada de lo que estaba pasando, entonces pensó que en verdad le estaba pasando algo grave. Arrojó a un lado la toallita con que se había restregado las axilas y comenzó a vestirse, sólo hasta ese momento reparó en que tenía tanta hambre como para dejar de comer sus coles y lechugas.

La coordinación de la conferencia de prensa fue regulada por la licenciada Raquel  Weisman Centeno, mejor conocida como W. C. ya que así la habían bautizado por debajo del agua la mayoría de los reporteros de prensa escrita. Raquel era la mujer pelirroja que Elena había conocido en el baño de las damas el día en que se desmayó. Desde un primer momento se cayeron mal. Tanto que cuando había algo importante primero dejaba pasar a los medios electrónicos grandes, como eran las televisoras y la radio para dejar al último a Elena junto con otros colegas que tampoco eran del agrado de la licenciada. Ella esgrimía el argumento de que ellos eran medios de bajo impacto siempre que le reclamaban esa discriminación. Entonces procedía a autorizar la acreditación de prensa para Elena y los demás que casi siempre se quedaban hasta atrás perdiéndose los mejores ángulos. Y todo esto se agravó para Elena debido a la insolencia con que la nueva reportera atacaba a sus entrevistados (algunos de los políticos se habían ido a quejar ante la licenciada Raquel diciéndole que era necesario que mandaran a esa jovenzuela a tomar unas clases de buenos modales). La licenciada la llamó un día a su oficina en el tercer piso:
                —Me han comentado señorita Elena que ha habido una serie de incidentes con respecto a su comportamiento en las entrevistas que usted realiza en las escalinatas de esta honorable cámara de senadores importunando a los distinguidos entrevistados como son los senadores—lo dijo todo de corrido y sin respirar—. ¿Es cierto lo que...?
                —¿Quién le comentó qué? —interrumpió Elena a la licenciada.
                —Ese no es el punto —intentó retomar la licenciada el hilo de la conversación.
                —El punto es que primero quiero saber quién le dijo qué para saber si le respondo o no.
                —Eso no le interesa, señorita —espetó la licenciada al mismo tiempo que pasaba un buche de bilis.
                —Claro que me interesa, si ya no estamos en ninguna escuelita donde me puedan venir a regañar, ya bastante tuve como para que...
                —Está bien —cortó la licenciada, sabedora que la diplomacia siempre era la diplomacia y que en política el mejor ataque era ceder un poco para después tomarlo todo—. Discúlpeme si la ofendí en algo, señorita Elena. Aquí no ha pasado nada.
                Elena salió de la oficina de la licenciada Raquel sintiéndose un poco más segura de sí misma intentando olvidar esa charla de inmediato, pero lo que era cierto es que ninguna de las dos olvidó esa conversación. Con el tiempo Elena se daría cuenta que las palabras no eran malas, no había palabras malas o buenas, sino todo radicaba en la forma de decirlas.
Elena entró a la conferencia de prensa de la senadora Consuelo Palacios veinte minutos tarde debido a que por un extraño motivo se había retrasado su acreditación un poco más de lo normal.  El salón estaba colmado de cámaras y micrófonos. No había forma de pasar hacia el frente. Se fue hacia un lado caminando de puntitas intentando ganar un lugar para poder observar algo. No, tampoco podía ver mucho desde aquel ángulo. Se fue hacia el otro lado.
                —¡Cuidado! —le espetó en voz baja un camarógrafo al que había pisado.
                —¡Oh, lo siento!
                Elena siguió caminando hasta que se topó con un muro infranqueable de fotógrafos, quienes apuntaban sus objetivos como armas hacia la única oradora: la senadora Consuelo Palacios vestida de rosa y con un gran chongo en la cabeza. Se quedó ahí, intentando encontrar con la mirada a Carlos Orozco o de a perdida a Nora “la vaca” Kauffman.
                —Además quiero denunciar públicamente que sí ha habido cohecho en los cabildeos para lograr esta reforma y aquí tengo las pruebas, como dijera mi abuela: con los pelos de la burra en la mano.
                —¿Y por qué no lo denunció antes, senadora? —preguntó un reportero que estaba cinco filas adelante.
                La senadora meditó un momento su respuesta, luego en tono confesional contestó:
                —Porque no estaba segura de mí misma, ¿no sé si me entiendan? Pero gracias a lo que ha salido en los medios esta mañana, tomé conciencia de que debemos rescatar a México de esta bola de truhanes. De esta bola de corruptos vende patrias. Ya no podemos seguir así. El país necesita gente honrada.  Por eso ¡ya basta!
                En ese momento Elena se preguntó que cosa tan importante había salido en los medios.
                —Y no sólo en esta reforma ha habido tráfico de influencia, cohecho, corrupción —contestó la senadora a una pregunta que no escucharon los que estaban atrás—. Pero aquí esta la documentación correspondiente.
                —¿Va a denunciar los hechos ante el ministerio público, ante alguna instancia legal? —preguntó ahora un reportero de gabardina beige.
                —Estoy viendo la posibilidad de que algunos legisladores y yo levantemos un acta conjunta. Eso le daría mayor fuerza a nuestra denuncia. A nuestra voz.
                —¿Y por qué ellos no están aquí, senadora, acompañándola? —reviró el reportero de la gabardina.
                La senadora respiró profundo, contuvo el aire un instante para luego finalizar con evidente pesar:
                —Porque aún tienen miedo, señores... Aún tienen miedo.

(Continuará)

www.radioamlo.org La Kultura también es Polítika. Lunes a Viernes a partir de las 10 de la mañana. Gerardo Oviedo, Don Renato e invitados le esperamos. Y a pesar de todo: Feliz Navidad.  

   
     
     
     


   
   
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