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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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El Poeta
Hoy miércoles 16 de Julio
24 de julio del 2008
Columna del escritor Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
Gerardo Oviedo    
     
EL POETA
   
     

a Jorge Gómez Naredo
por su inteligencia

   

La literatura mundial sólo se salvará con humor,
lo demás sólo son tragedias nacionales

 

 
El Poeta quería comprender por qué escribía poesía. La incertidumbre le había matado durante cuarenta años las noches mientras el insomnio pululaba como gotas de arena sobre sus ojos. Un terror le hacía temblar el pulso. Había leído y releído a sus filósofos preferidos —no así a los poetas, que sólo los leía una vez para luego olvidarlos por completo.

 
El Poeta jamás había besado nadie. Su condición de depositario de las musas olímpicas se lo había impedido toda la vida, o, para ser más exacto, él creía ser el recipiente de Kukulkán y Quetzalcóatl, pues era un férreo defensor de un pasado que su cultura occidental intentaba rescatar del ostracismo milenario después de la conquista, aunque conociera más a escritores franceses, ingleses y alemanes que a sus coterráneos: bufones parlanchines que se desgarraban las vestiduras cuando escribían versitos cortándose las venas en un suburbio llamado Puebla.

 
El Poeta veneraba la sintaxis, la praxis rítmica con que, asolado por las estrellas, comparaba su existencia con la nada, y suspiraba en lo alto de su torre de cristal y, por increíble que parezca, el Poeta también lloraba —no queda claro si de gozo o de tristeza.

 
El Poeta era un ser antisocial por dentro, pero exegeta de una vida bohemia que salía a flote cuando le invitaban a presentar libros que no leía (sus presentaciones parecían más un catálogo de artículos de tocador y sus precios: Citaba con ineludible exactitud el tipo de letra, el índice completo, el número de páginas y, para no caer en disparates, el título de la obra perfectamente bien pronunciado. Y por esto, cosa más rara aún, sus coetáneos le querían, ya que no era ni de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario).

 
El Poeta vivía en una casa como de cuento de hadas, hechizados los cimientos por un salario que no era por ser Poeta, sino terrateniente, porque en Puebla no hay poetas vivos ni muertos que vivan de su poesía. El Poeta seguía preguntándose, noche a noche, que era poesía, y, cuando se le pasaban las copas, ¿qué era un beso?

 
El Poeta era el más serio de su clase. Todo lo fumaba con solemnidad, porque pensaba que sólo así los otros lo fumarían en serio. El Poeta no reía jamás. Su genética estaba temperada a congelar los labios hacia abajo y fruncir el entrecejo cuando se concentraba. Alguna vez había intentado escribir un Soneto sobre la risa y le había quedado un Nocturno sobre la amargura. Y hay que aclararlo desde el principio, el Poeta era un mal poeta, pero seguía escribiendo empecinado en una idea: ser un gran poeta y esto, baste decirlo, era por sí mismo el gran mérito que exaltaba su filosofía de la necedad (Pensamiento cumbre que había elaborado a lo largo de todos los años en que no había ganado un solo premio de poesía, y que, como todo escritor mediocre, rechazaba los concursos literarios como sinónimos de insulsa petulancia —aunque por debajo del agua mandaba sus textos a los peores concursos de la lírica, como eran los juegos florales—, y catalogaba a los que los recibían como “arrogants d'une merde”, porque el Poeta hablaba francés y se le hacía más refinando el insulto escatológico en esa diplomática lengua, para que el mundo viera su cultura).

 
Porque el Poeta era necio, soberbio y, además, ciego. No de una ceguera fisiológica, que tal vez le hubiera permitido ver más que su oído de artillero, así lo dijo alguna vez: “Tengo oído de artillero”. Sino de una invidencia profunda de lo emocional. Parecía comprender la superficie, pero cuando intentaba sumergirse, el agua, metafóricamente literal, se volvía de piedra. Y las flores quedaban a ras de suelo, pisoteadas, y aunque jamás había besado a nadie, suspiraba, de vez en cuando, enamorado. Pero éste era su secreto, porque de dientes para afuera él lo llamaba cursilería, y de dientes para adentro: “la suma de todos mis latidos”.

 
Esa noche en que el Poeta se preguntaba por qué escribía poesía, los autos habían dejado de circular por la ciudad y la noche llovía como un ramo de farolas amenazadas con extinguirse a la mañana siguiente. Se acercó de nuevo al jovencito. El pulso le sudaba.

            —¿Entonces qué, papito, vas a brincar conmigo, sí o no?
            El Poeta clavó su pupila en las nalgas del sujeto y preguntó:
            —¿Poesía eres tú?
            —Sí, mi rey, lo que tú quieras.
           
 

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