Literator, literatura contemporánea
Novelas, prosa, cuentos, poemas, ensayos, libros,
artículos periódisticos, columnas, blogs, talleres de literatura

Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Haroldo
23 de abril del 2007
Parte de la novela Haroldo 321 de Gerardo Oviedo
     
     
HAROLDO    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     
HAROLDO 1 Tres días antes de que Haroldo muriera, su madre lo llevó a misa para que se confesara y así poder estar bien con Dios. A regañadientes se levantó del sillón donde miraba el viejo televisor de bulbos, tomó su abrigo y salió de su brazo. Afuera los sacudió el viento que despeluzaba las hojas de los árboles sembrados a lo largo de la acera. Caminaron las tres calles que separaban su casa de la iglesia y entraron. La madre de Haroldo se persignó e inmediatamente después soltó un pellizco para que su hijo también lo hiciera. El hombre retiró el brazo disgustado, pero la madre volvió a zarandearlo para que le hiciera caso. Haroldo bajó el mentón y, como si estuviera cometiendo un pecado, se persignó. En ese entonces Haroldo tenía 42 años y su madre más de setenta. Luego fueron a sentarse junto al confesionario a la espera del padre Gregorio. Haroldo cruzó las piernas y empezó a tamborilear los dedos sobre sus rodillas —¿Qué te dije de los dedos, Harry? —dijo la madre con un volumen tan alto que retumbó en toda la iglesia. Haroldo hizo una mueca pero no contestó. Siguió con el movimiento de sus dedos. En ese momento se escuchó un griterío y varias niñas pasaron corriendo por enfrente de ellos. Acababan de salir del catecismo y corrían eufóricas hacia la salida. Haroldo las siguió con la mirada hasta que desaparecieron tras el portón de la iglesia. La luz de la tarde empezaba a entrar y sólo era cortada por las sombras de algunas palomas que volaban fuera. Haroldo pasó saliva y se quedó con la mirada ceñuda contemplando una paloma que había regresado a picotear en el marco de la puerta una vez que las niñas se habían esfumado. —¿Me vas a hacer caso o no? —repitió la madre al ver que su hijo continuaba con el movimiento de sus dedos. Haroldo cerró los puños para cesar con ese tamborileo. Inhaló una bocanada grande de aire que luego se convirtió en un bostezo. En ese momento oyeron que se abría de nuevo la puerta del salón donde habían emergido las niñas. Vieron como cruzaba el padre Gregorio hacia un salón con una puerta de madera oscura y luego retornaba con una charola y un cubo para agua. Haroldo cerró los ojos y cuando ya iba a comenzar a dormitar, el padre Gregorio regresó ya con la sotana para la confesión. Hizo un ademán de saludo a la madre de Haroldo, quien correspondió sólo con una leve inclinación de cabeza. —Pásale, Harry —indicó el padre mientras entraba por una cortinita de terciopelo rojo. Haroldo se levantó a disgusto, con pesadez. Volvió a echar un resoplido. Se pasó la mano derecha por la calva y entró por la otra cortina roja. La rejilla confesional se abrió. —¿Lo mismo de siempre? —preguntó el padre Gregorio sin antelación a nada. Haroldo asintió con la cabeza. —¿Y por qué no haces algo? —replicó el padre. Haroldo se quedó mirando los diminutos ojos pardos del padre Gregorio. Luego negó con la cabeza, muy lento, como si le costara trabajo mover los músculos del cuello. —Entonces ve con Dios, Harry y que Dios se apiade de tu alma. Haroldo sacó un papel doblado por mitad del bolsillo de su abrigo y se lo extendió al padre Gregorio. Este lo tomó por entre los huecos de las rejillas. Lo leyó. —Hoy no, Harry. Tú madre esta afuera y no puedo irme y dejarte solo aquí dentro. La próxima semana, quizás. ¿Me entiendes? ¿verdad? Haroldo cerró los ojos y empezó a testerear los dedos sobre la madera del confesionario. —¿Alguna otra cosa más? —preguntó el padre Gregorio. Haroldo se levantó. Torció la boca y negó de nuevo con la cabeza. —Entonces, que Dios te bendiga, Harry —y le echó la bendición. Cuando terminó, él y Haroldo salieron al mismo tiempo. Su madre se había quedado dormida junto al posa brazos de la banca. El padre Gregorio se encogió de hombros y se despidió de Haroldo con un ademán. Se fue hacia el salón donde se daba el catecismo y cerró la puerta tras de sí. Haroldo tuvo la intención de irse y dejar que su madre durmiera. La observó un segundo, pero luego reaccionó. La movió por el hombro. Luego otra vez un poco más fuerte. La mamá de Haroldo se despertó sobresaltada sólo hasta la sexta sacudida. Abrió los párpados y miró por encima de sus anteojos. —¿Ya, Harry? —preguntó con la voz amodorrada y fuerte. Haroldo asintió con la cabeza La madre de Haroldo se levantó con la misma dificultad que su hijo, quien la tuvo que sostener para que no se fuera hacia atrás por falta de fuerzas en sus piernas. Luego la tomó por el codo y echaron a andar hacia la salida espantando con sus pasos otro ramillete de palomas que echaron a volar presurosas. Recorrieron las tres calles que los separaban y llegaron con algunas hojas que el viento les había echado en los hombros. Haroldo se quitó el abrigo para arrojarlo sobre un pequeño taburete y luego prendió el viejo televisor de bulbos que tardó unos segundos en mostrar alguna imagen y se sentó en el sillón. El programa que estaba viendo ya había terminado y ahora empezaba otro. La madre de Haroldo se fue a la cocina y puso una tetera en la lumbre, sacó un pedazo de pan que acomodó en una cesta de madera y lo cubrió con una servilleta bordada. Se sentó para un minuto después quedarse dormida con los brazos cruzados sobre la mesa. Cuando la tetera comenzó a pitar, Haroldo tuvo que levantarse. No había manera que su madre lo hiciera. Estaba completamente sorda de un oído y el otro estaba a punto de quedar igual. Haroldo llegó a la cocina con la misma pesadez. Apagó la lumbre, echó una mirada a su madre y tomó un pedazo de pan de la cesta. Luego regresó hacia el sillón. Pasadas las 9 de la noche, Haroldo regresó a la cocina con un cobertor y se lo echó por encima a su madre, quien aún permanecía dormida en la misma posición. Era 1977 y faltaban dos semanas para que la última estación del año se comenzara a congelar con al invierno.    
     
     


   
   
© Todos los derechos inclusive los de autor recaen en los autores
   


Literator http://www.literator.de
Literatura contemporánea Sugerencias, comentarios...a:
http://literator.de contacto-literat@literator.de
   
  © 2004-2010 Literator.
Todos los derechos reservados. All rights reserved