Literator, literatura contemporánea
Novelas, prosa, cuentos, poemas, ensayos, libros,
artículos periódisticos, columnas, blogs, talleres de literatura

Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Imbecilidad
17 de julio del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
IMBECILIDAD    
     
Gerardo Oviedo    
     
   
     
   
no pienses que el mundo se te derrumba a cada rato
el mundo se derrumba una sola vez y punto
a Gis y Betty
   
     
     
 

Ulises Ruiz Ortiz practica el burdo arte de la imbecilidad. No hay duda de ello. Es un imbécil: Y el último dato que corrobora la afirmación primera es su intento por llevar a cabo el evento cultural de la Guelaguetza pasando por encima de los derechos humanos de los oaxaqueños. El lunes pasado hubo de nueva cuenta represión gubernamental, fascista, poniendo por encima de la razón la violencia (recuérdese que el estado tiene el poder económico, militar y político para aniquilar al adversario, mientras que en este caso, los miles de integrantes de la APPO sólo tiene un discurso: “Fuera Ulises Ruiz” y los puños alzados como banderas). Un hecho es innegable: Cuando todos los canales institucionales se cierran para los grupos que están inconformes, la olla sube su temperatura y dentro de su propia lógica, estalla al no poder contener tanta humillación, violación al estado de derecho y a los derechos humanos de cientos de ciudadanos que ven pasar los días sin cambio, diálogo o tolerancia. Ulises Ruiz se aferra a la fiesta de la Guelaguetza como si en ello se le fuera la vida deteniendo, desapareciendo o torturando a cuanto opositor encuentra en las calles (¿qué turista irá a Oaxaca con tanto policía merodeando por sus calles?). La ecuación sería sencilla para comenzar a solucionar el conflicto oaxaqueño: Sí Ulises Ruiz abandona el cargo de gobernador se desactiva el movimiento: La razón a cambio de la Guelaguetza. Ese debería ser el camino más corto para romper con la imbecilidad de un emperador que no cree en la república., y por ende, en el pueblo que supuestamente gobierna. Pero desgraciadamente Ulises no se irá porque tiene el apoyo del gobierno federal.  Las ratas apoyando a los matones. Por otro lado, las cortinas de humo se entretejen como cuentos chinos para distraer a la opinión pública (auto atentados, anexas o similares): Distrae que nada queda y más rápido se olvida. Calderón está embarrado hasta el cuello por su propia historia. Millones de dólares desaparecidos y una carta explican que el meollo del asunto no está en la tortilla sino en el pan. Pero muchos aún continúan ciegos viviendo a oscuras.
 

TODA LA RABIA DEL MUNDO
"No hay cincuenta maneras de combatir, sólo hay una: vencer.
Ni la revolución ni la guerra consisten en auto compadecerse."
André Malraux
 
PARTE 8
22.
Y miento sin sentir culpa, casi como decir que mañana será un día mejor que hoy, sin entender que es una apuesta para la incertidumbre. El Perlotas continúa sangrando mientras el Barcelona ronca borracho. La chica sonrisas acaba de salir con Heidi en busca de la italiana Francesca para ver si se encuentra bien. El juego de béisbol está en la novena entrada y yo no sé quién está destruyendo a quien. Pareciera que los estadios se llenan para expiar todos los pecados de la realidad al igual que los puños se llena de violencia cuando los oídos se vuelven sordos. Sofía cargaba en su historia un hálito de utopías después de haber leído algunos libros marxistas, leninistas, maoístas y, como base medular de su discurso, los comunicados del subcomandante Marcos escritos desde la selva lacandona: Todo para todos, nada para nosotros. Servir sirviendo desde abajo y a la izquierda. Así me lo dijo al día siguiente cuando la fui a visitar a la facultad de ciencias políticas donde ella estudiaba: Tienes que leer esto para que comiences a dejar tanta estupidez de lado, mi estimado. Yo tomé el fajo de libros que me había preparado en una bolsa de Aurrerá y le entregué lo que yo consideraba el regalo ideal para la conquista de cualquier chica: Un paquete de chocolates y un oso de peluche. En verdad vas a ser un caso muy difícil de arreglar, me dijo mientras rechazaba mis generosos chocolates y al plantígrado peludo: tú no entiendes. En verdad estás perdido. Esto que haces es consumismo puro impuesto por las oligarquías para idiotizar a la gente, y remarcó la palabra consumismo y oligarquía para que mi cerebro se concentrara en el sacrilegio mortal que acababa de cometer y no en sus ojos. ¿Y entonces qué se regala?, le pregunté tan espontáneamente que ella no tuvo tiempo de reír, sólo exclamó: ¡Eres un idiota! Es un idiota, es un idiota, es un idiota, exclamó la italiana Francesca cuando regresó al palco del brazo de Heidi y la chica sonrisas. El Perlotas se levantó del sillón e intentó explicar algo, pero con la nariz sangrando y el labio ya comenzando a hincharse sólo pudo hacer unas burbujitas de saliva y salpicar de rojo el piso. Las tres chicas se fueron a sentar a un lado donde estaba durmiendo el Barcelona. Francesca comenzó a llorar con mayor ahínco en el hombro de Heidi mientras la chica sonrisas le acariciaba el pelo: Che, cabrón, le dije al Perlotas mientras le extendía otra servilleta para que continuara limpiándose la sangre, ¿qué le hiciste, we? El Perlotas me miró desde su cortina roja y sólo atinó a encogerse de hombros. ¡Esto te va a salir muy caro, idiota!, gritó de pronto la italiana despertando por un momento al Barcelona, quien miró amodorrado a las chicas que se abrazaban y sólo pudo articular entre dientes: ¿Ya empezó la orgía?
 
23.
¿Qué le podré regalar a Sofía?, fue lo que estaba pensando mientras volvía a casa. ¿Qué se le puede regalar a una chica revolucionaria? Seguía pensando cuando ya estaba sentado en mi cama mordisqueando las orejas del oso de peluche. Los chocolates y los muñecos estaban descartados, eran una mala estrategia de conquista aunque siempre funcionaban con mi hermana mayor Clara. Ella, cuando era adolescente, tenía tapizada su pared de todo tipo de peluches que sus admiradores le regalaban para conquistar su corazón, aunque en realidad querían conquistar sus labios, sus caderas y sus pechos. Clara salía los 14 de febrero con una bolsa grande de plástico para recaudar todos sus regalos y regresaba a casa convertida en santa. En cambio, Anaís llegaba en esa misma fecha sólo con una rosa que el director regalaba a todas las niñas de la escuela. A Clara le obsequiaban pensamientos escritos y probados en tarjetitas que vendían en centros comerciales, esos que doblegaban incluso a la mujer más fría: Quiero decirte un secretito... ¡ssssh!, cambio de hoja: ¡Eres maravillosa! Anaís no esperaba nada, que nadie le regalara nada, al contrario, ella hacía sus propias tarjetas para obsequiar. Las flores que se encontraba en el camino las recogía y las acomodaba entre las páginas de algunos de los libros más grandes que teníamos en casa. Así por ejemplo, a veces buscábamos en el diccionario el significado de alguna palabra rara y salía, literalmente, deshojada alguna margarita, algún helecho o cualquier otra planta. Anaís doblaba un cartoncillo y con sumo cuidado, como si estuviera desactivando una bomba, las iba pegando una a una hasta que formaba sus desquiciados dibujos. Después agregaba de su puño algunos versos. Y así lo hacía para todas las ocasiones que ella consideraba importantes. Un día en que hacía mucho frío y no había nada en especial que celebrar, Anaís llegó a mi cuarto con una de sus creaciones y me la entregó: ¡Ten, por ser el mejor hermano del mundo!, me dijo. Yo estaba estudiando para uno de mis exámenes semestrales y las cuentas no me salían, así que lo único que se me ocurrió para no perder la concentración fue gritarle: ¡Lárgate de aquí estúpida! Anaís dio media vuelta y desapareció tras la puerta. Su mejor hermano, carajo, soy su único hermano, che vieja loca. Pero jamás supe que decía esa tarjetita, porque en ese mismo momento la hice pedazos arrojándola al cesto de basura. Clara era mucho más práctica: No regalaba nada. Si acaso un abrazo. Ahora podría llamarle que ella era una economista graduada en materia amorosa, sacando siempre diez. Con el paso de los años, y cuando ya estaba casada con el magnate Filadelfo Ramírez, senador de la república, Clara cambió sus abrazos por licuadoras, planchas, cubiertos, vajillas y, en última instancia, cuadros comunes con paisajes de montañas y lagos y bodegones de naturalezas muertas. ¿Pero qué le regalo?, fue lo que le pregunté a Goliath esa misma noche cuando le hablé por teléfono ya que mi cerebro sufría un golpe de estado que acallaba toda neurona revolucionaria, ¿se te ocurre algo? Goliath replicó: Me dices que te gusta esta niña pero está chiflada, ¿no? ¿Por qué no le regalas un libro?, Eso siempre funciona con cuerdos o con locos, me dices que le gusta leer, ¿no? ¿Alguna sugerencia?, le pregunté al ver que me había puesto en un verdadero predicamento. Ni idea, contestó, pero por qué no pruebas con ese extraordinario libro... como se llama... Jumentud en éxtasis, sí, Jumentud en éxtasis. ¿Ya lo leíste, Goliath...?, le pregunté con toda la inocencia del inculto. ¡Ni muerto!, y se echó una carcajada para luego agregar: ¡Estás frito, mano, jajajajaj! y colgó el muy cretino. Ahí fue cuando recordé la bolsa con los libros que me había prestado Sofía para que yo los leyera. Abrí la bolsa Aurrerá y saqué cinco libros desgastados por las orillas y sucios, como si hubieran pasado por muchas manos o, en su defecto, que hubieran barrido el suelo con ellos: Tres eran de política, economía y ciencias sociales: Althusser, Foucault, Ardent, gente que en mi vida había oído nombrar. Los dos últimos me parecieron más conocidos, pero no estaba muy seguro: Cien años de soledad y uno de un wey que creí haber oído nombrar alguna vez y me parecía que era corredor de autos de carreras: Mario Benedetti.
 
24.
¡Les va a salir muy caro, idiotas!, gritó de nuevo la italiana Francesca pero ahora incluyéndonos a todos. Era como una democratización de la culpa y su futuro pago. Nos cortaba a todos con la misma tijera. Intenté decirle que no todos éramos iguales, sino que existíamos unos peores. Pero mejor opté por quedarme callado y destapar otra cerveza. Afuera el ampayer dio por finalizado el juego de béisbol. Miré el marcador y vi que los locales habían perdido ante los Cangrejos del Pacífico por seis carreras contra uno. Pero eso no importaba, el mundo externo era lo de menos. ¿A mí en qué me afectaba si ganaban o perdían? ¿Qué me importaba quién era campeón de qué en el mundo? ¿Qué si la sangre del Perlotas era azul o roja? ¿O que la selección jugara como nunca y perdiera como siempre? ¡Qué me importaba el maldito deporte! Di un trago a la cerveza para que coagulara ese sabor amargo que me empezaba en la boca del estómago y me escalaba hasta la lengua. Sofía solía decir que ese dolor que me apretaba las vísceras era la transformación de mi pensamiento, y ponía un ejemplo sencillo para que lo entendiera más rápido: Eres como un gusano que está a punto de transformarse en ser humano. Karla, por otra parte, me decía que ese dolor era principio de gastritis y que debía tener siempre a la mano pastillas de leche de magnesia para cualquier emergencia. Mi madre, cuando yo era pequeño, simplemente decía que de seguro tendría lombrices y necesitaba un buen trago de aceite de ricino para que por fin dejara de dar lata. Pero el dolor en vez de menguar crecía, era como estar enamorado pero sin amor, sólo las mariposas desgarrando con sus alas las paredes del estómago. El fin de semana siguiente volví a ver a Sofía en el parque 21: Ya leí uno de los libros que me prestaste, le dije con elocuencia. ¿Y...? me preguntó más con sus ojos que con la voz, su nariz respingada parecía querer adivinar mi respuesta, olerla. Nada, le dije, no entendí nada de nada, pero ya lo leí y eso es bueno, ¿no? Sofía se sentó en una de las banquitas por donde estábamos caminando. La tarde bordeaba los pocos árboles de ese parque en el centro de la ciudad: ¿Te gusta la poesía?, me dijo por fin cuando sus ojos se volvieron a encontrar con los mis ojos. ¿Que qué? ¿Qué si te gusta la poesía, tonto? ¿Qué si me gusta la poesía?, repetí su pregunta alelado para confirmar que había escuchado bien, qué contestar, que decirle, que hermosos ojos de gata tiene: Claro que sí me gusta la poesía, es más... me encanta. Sofía se echó el cabello hacia atrás, luego cruzó las piernas para sonreírme: ¿De verdad? ¿Qué poesía conoces?, me disparo a bocajarro, sin aviso ni amenaza. Mi cerebro empezó a hurgar en el archivo muerto y encontró, ahí, apelmazado, el brindis del bohemio, pero de él sólo recordaba la vergüenza ante el micrófono de la escuela y mi castigo: Estímulo—respuesta, eructo—dolor de muñeca, así que sin pensarlo le dije: No recuerdo ahorita ninguno, pero a veces escribo cosas. A ver dime una que hayas escrito y que te acuerdes. Quedé un rato en silencio contemplando las botas negras de Sofía, tiempo en el cual, como un chispazo, por primera vez en mi vida me volví loco, tomé impulso y salté al vacío, después de todo por amor se cometen las peores tonterías del mundo: ¿Quieres ser mi novia? Porque me gustas tanto y haces que me derrita por ti... Pero antes de continuar, Sofía me paró en seco: Eres muy mal poeta, puros lugares comunes, mi estimado. A ver si escribes algo que valga la pena y me lo regalas, eso es lo que se debe regalar, poesía buena y no barata. ¡Les va a salir muy caro!, finalizó con un grito la italiana Francesca antes de largarse apresurada del palco acompañada de Heidi y de la chica sonrisas mientras el Barcelona lanzaba al aire sus brazos y mascullaba: ¡Orgía, orgía! Uta madre, pensé ahí sentado junto a Sofía en aquel parque de árboles rasurados, me lleva la chingada. En el estadio de béisbol, me daba igual lo que había pasado entre el Perlotas y la italiana Francesca, entre el Barcelona y Heidi, entre la chica sonrisas y yo y entre el equipo del padre del Perlotas y los Cangrejos del Pacífico. Entonces de un trago terminé la cerveza para eructar por enésima vez todas las mariposas que me revoloteaban dentro.
 
(Continuará el próximo miércoles)
www.radioamlo.org En “El arte científico de la política”. Lunes a viernes de 11 am a 1 pm. No faltes.  

   
     
     


   
   
© Todos los derechos inclusive los de autor recaen en los autores
   


Literator http://www.literator.de
Literatura contemporánea Sugerencias, comentarios...a:
http://literator.de contacto-literat@literator.de
   
  © 2004-2010 Literator.
Todos los derechos reservados. All rights reserved