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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
La época del rencor
14 de noviembre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
LA ÉPOCA DEL RENCOR    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

“Podrán asesinarnos el cuerpo
pero jamás matarán nuestra idea”

Cartel oaxaqueño de la APPO
 
 

A partir del 20 de noviembre comenzará una etapa inédita en la historia reciente de México. Andrés Manuel López Obrador tomará posesión del cargo como presidente legítimo de México. Y, según todo indica, para el 1° de diciembre habrá dos presidentes en un mismo territorio: Uno legítimo, otro espurio.  Habrá dos naciones dentro de un mismo país: El de la vergüenza, tiranía, corrupción y el otro democrático, libre y justo.

 
La derecha encabezada por Fecal enfrentada contra el pueblo, contra la democracia: jamás quisieron contar voto por voto, casilla por casilla para tener la certeza histórica del triunfador (en pocos meses esas boletas serán incineradas tal y como ordenara Diego Fernández de Cevallos y compañía en 1988. Entonces la indignación permanecerá en la memoria colectiva como el 2 de octubre de 1968). Andrés Manuel López Obrador ha propuesto la firma de una carta compromiso para ser representante de su gobierno. Adhesión que implica la defensa de los bienes de la nación, como es la no privatización del sector energético; del sector social. El combate a la corrupción y al tráfico de influencias. El combate a la pobreza y la marginación, así como detener cualquier iniciativa derechista que vaya en detrimento de la población como sería el cobro del IVA a medicinas y alimentos. Además existe el compromiso con la defensa de la libertad de expresión: En su reciente visita a Puebla, López Obrador remarcó la hipocresía que Fecal lleva implícita: Cuando salieron a la luz pública las grabaciones del Góber Precioso Mario Marín Torres y Kamel Nacif, el rey de la mezclilla, Calderón le sacó una tarjeta roja en una analogía con un árbitro de fútbol, diciendo que en su gobierno privaría el estado de derecho. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica: Marín Torres negoció su permanencia en el cargo a cambio de privilegiar al candidato de la derecha.  Y ahora se toman la foto juntos y Calderón desconoce su propia voz. Una voz llena de mentiras, cizaña y rencor, como son los gobiernos dictatoriales de derecha. Sólo cabe esperar que los ciudadanos libres y soberanos podamos detener todas sus insolencias y mostrar un verdadero compromiso con México: Sufragio efectivo, no imposición. Y no permitir que Calderón el espurio asesine por enésima vez la mancillada democracia mexicana.

 
(PARTE 5)
CASTAÑEDA
Cuando Castañeda salió del sanitario la junta ya había terminado y el señor Hernández lo andaba buscando como loco, según vino a informarle la señorita de los ojos verdes.
—Qué lo espera en su oficina de inmediato, licenciado.
 Castañeda apuró el paso a través de los pasillos hasta llegar al ascensor principal. Presionó el botón.
                —¿Qué andas malito, corazón?
                Castañeda giró la cabeza y se encontró de frente con Cecilia Macías. Su antigua amiga y ex compañera de ciencias políticas, ahora ya un poco distanciados debido a que Castañeda había ascendido de puesto más rápido que su colega, pero de todas maneras ella era la única que lo llamaba corazón en ese mundo de lics del partido.
                —Sólo un pequeño ardor, no es nada —repuso Castañeda enderezándose lo más que pudo para que su metro ochenta y cinco sobresaliera del metro setenta y ocho de Cecilia y ella no se diera cuenta de su endeble estado.
                —Pues eso no es lo que se murmura por ahí —sonrió con malicia Cecilia.
                —¡Tsssssssss! —masculló Castañeda.
                —No es lo que se dice... sino lo que se huele —esta vez Cecilia dejó escapar una carcajada que molestó a Castañeda aún más.
                —No me jodas.
                —No te molestes, corazón. Es una broma.
                —Es una chingadera.
                Cecilia volvió a echarse otra carcajada.
                —Te ves terrible —dijo cuando por fin se pudo serenar un poco—. Deberías tomarte aunque sea un litro de pepto o de a perdida el día libre.
                En ese momento se abrieron las puertas del ascensor. Un grupo de personas salió. Castañeda se hizo a un lado para dejarlos pasar y luego entró dejando a Cecilia parada afuera y presionó el botón del piso 13 para que las puertas se cerraran. En ese momento Cecilia metió la mano y las puertas se volvieron a abrir.
                —En verdad te ves muy mal —dijo con aire serio y preocupado—. Ve al doctor, Luis.
                —No me pasa nada —refutó Castañeda con insolencia.
                Cecilia sacó la mano. Las puertas del ascensor se cerraron. Lo último que Castañeda vio de Cecilia fue que ella le decía adiós con la misma mano con que había detenido el ascensor.
—Espérame tantito —dijo el señor Hernández mientras hablaba por teléfono, luego cubrió la bocina con una mano y se dirigió a Castañeda que acababa de entrar a la oficina—: ¿Dónde chingados andas?
                Castañeda estaba resignado a recibir con estoicismo todos los insultos que le propinara su jefe, así que esperó la cargada lingüística de improperios, tales como los que usualmente empleaba con medio mundo: “Y no sólo por tu linda cara te di el puesto, imbécil”, “güevón de mierda”, “por pendejos como tú estamos como estamos”. Pero esta vez lo único que recibió fue un corto y seco:
                —¿Ya tienes la lista de los senadores? —y continuó hablando por teléfono. Castañeda fue directamente a una computadora que se encontraba en una de las esquinas del espacioso despacho del señor Hernández. Tecleó hasta que apareció ante su vista lo que buscaba: El sistema de archivos sobre los cuales estaba trabajando para la votación que se llevaría por la tarde en la cámara de senadores.
                —Te mando un abrazo... sí, igualmente. Adiós —terminó de hablar el señor Hernández y colgó el auricular. En ese momento se oyó el pitido del intercomunicador de la secretaria:
                —Señor, tiene una llamada de presidencia de la republica, ¿lo comunico?
                Rápidamente el señor Hernández contestó al tiempo que apretaba el switch del aparato:
                —No, Denise. Que se comuniquen más tarde.
                Castañeda se encogió más en su asiento. El dolor no aminoraba. Intentó concentrarse en las tareas que tenía que realizar mientras el señor Hernández marcaba un número desde su línea privada. Esperó unos segundos a que le contestaran.
                —Ok. Dile que mañana por la tarde. ¿Hoy? Hoy no puedo... así es... ya sabes. Hasta luego —colgó de nueva cuenta. Quedó pensativo un momento y luego marcó otro número telefónico, esperó:
                —Hola, señor —saludo con amabilidad cuando le contestaron al otro lado de la línea—. Sí... sí... no está fácil pero ahí la llevamos... sí, sí... no, para hoy... sí... nada más falta... así es... bueno... yo te aviso... adiós.
                El intercomunicador volvió a sonar:
                —Señor, llamada del secretario de gobernación, ¿lo comunico?
                —Pásamela.
                El señor Hernández descolgó el teléfono:
                —Hola, cabrón, ¿qué milagro que te acuerdas de nosotros los pobres? —y se echó a reír con una risa aparatosa, feliz—. Sí, hoy sale la reforma... no, no te preocupes...

Castañeda llegó a su condominio en Polanco pasadas las 11 de la noche después de una sesión parlamentaria extenuante. Olía a excremento a pesar que durante todo el día casi se acaba medio frasco de su loción preferida: gío de armani y tres de peptobismol junto con unas pastillas que le había recetado por teléfono su amigo Federico Nuñez. Ahora lo único que quería era tumbarse en la cama y no pensar en nada más. Subió por el ascensor hasta el piso 8. El departamento era moderno y estaba amueblado con una geometría tal que podía sacarse las cuadraturas de los espacios desde cualquier rincón. Clavados en dos de las paredes que daban hacia el recibidor habían cuatro copias del arte que a él le gustaba: un Braque, dos Tamayos y un Juan Soriano. Arrojó el portafolio sobre el sillón y fue directamente a su cama. Se echó con todo y traje intentando quedarse dormido en el acto, pero pasados quince minutos se dio cuenta que no iba a poder dormir a pesar del cansancio que le había producido durante toda la mañana el dolor de estómago. Dolor que había aminorado en el transcurso de la tarde pero que de vez en cuando aparecía en forma de un retortijón. Se sentía sucio, así que se incorporó y fue directamente a la ducha dejando regadas por el suelo el saco, la camisa, la corbata y el pantalón. Abrió las llaves y se metió bajo el chorro de agua. Esto está mucho mejor, pensó cuando comenzó a masajearse el vientre. Hacía por lo menos dos años en que no se sentía así, pareciera como si después de un gran dolor, no sentir absolutamente nada se transformara en placer. Dos años habían pasado desde que entró a las filas del partido más por herencia de sus padres que por convicción propia. Su padre había sido un arquitecto prominente dentro de las filas del propio partido. De pequeño Castañeda siempre pensó que sería un gran pintor pero tomar ese tipo de decisiones no era tan fácil dentro de su círculo familiar. La herencia política siempre era más fuerte que los anhelos personales. Así que estudió economía en la facultad de ciencias políticas de la UNAM y dejó la pintura relegada para cuando estuviera viejo y tuviera todo el tiempo del mundo para pintar. De repente, en medio del masaje que se estaba dando, un fuerte retortijón lo dobló por mitad; Castañeda se agarró de una de las llaves para no caer del todo, pero su peso le ganó y fue a dar al suelo haciéndose un ovillo mientras el agua de la regadera le caía rítmicamente sobre el cuerpo.
 
(Continuará)
 
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