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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Las garras del águila mocha
5 de diciembre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
LAS GARRAS DEL ÁGUILA MOCHA    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

“Ante la ignominia fascista
luchar a muerte sólo queda”

Memorial del soldado desconocido
II guerra mundial

a Gaby, por su cumpleaños

   
     

Fecal, el espurio, ha comenzado a mostrar sus garras de águila restaurada: encarcelando a ciudadanos que sólo piden justicia, democracia y libertad y exonerando a sátrapas asesinos y fascistas como Ulises Ruiz, Mario Marín Torres, Sergio Estrada Cajigal, Elba Esther Gordillo, Emilio Gamboa Patrón, Vicente Fox y su camarilla de ladrones y tantos otros vende patrias que ahora son ungidos en semidioses como Luis Téllez, Agustín Carstens o Josefina Vázquez Mota.  Al fin, dime con quién andas y te diré quién eres.  Así lo hizo Hitler cuando sus huestes incendiaron el parlamento alemán del Reichtag y acusó a sus opositores de ese atentado. Esto le sirvió para promulgar leyes de excepción, eliminando a todo aquel que avizoraba como enemigo político. La detención de los líderes de la APPO es el primer golpe de las manos limpias de Fecal (él lo dijo claramente como lo hiciera Hitler en Mein Kampf: Mano firme, mano dura). Luego vendrán por nosotros para quemarnos en leña verde frente al paredón de la vergüenza histórica. Aguardemos.

 
(PARTE 8)
FRANK WATSON
Frank Watson estaba llegando a la ciudad de México en el vuelo 528 procedente de la ciudad de Nueva York. Su traje gris oxford hacía juego con sus grandes ojos azules que sepultaba la mayoría de las veces detrás de unas gafas oscuras. No había querido dormir durante las horas que había durado el vuelo. Y no es que le preocupara el encuentro que sostendría con el mexicano en la embajada, pero, metódico como era, Frank estaba barajando casi todos los escenarios posibles que se pudieran dar durante la negociación —incluso ni siquiera se enteró cuando el avión de American Airlines había entrado en una bolsa de aire y se había sentido una perceptible sacudida—.  Sólo salió de su ensoñación racional cuando el avión ya se iba aproximado a la ciudad de México y vio a través de la ventanilla una densa capa gris que se extendía sobre la capital mexicana.  Entonces giró el rostro sólo para ver el semblante abotagado de su enorme asistente Robert Green, quien dormía en el asiento de junto sin el menor asomo de preocupación. Atrás de ellos estaban distribuidos en diferentes lugares los otros cuatro hombres que lo ayudarían en el plan que le habían encargado los mexicanos para merecer lealtad: vestidos de turistas Jim Evans, Carl Rodgers, y John  St. John. Vestido de paisano sólo Bryan López. Frank regresó la mirada hacia la ventanilla justo en el momento en que el avión ya iba enfilando hacia el aeropuerto internacional de la ciudad, se acomodó la corbata y sólo en ese momento cerró los ojos para no pensar en nada. Por una negociación de mil doscientos millones de dólares bien valía la pena descansar unos minutos.

En la sala de espera del aeropuerto se encontraba bastante aburrida miss Clairol —cuyo apodo se debía a su obsesiva compulsión por cambiarse el color del cabello—. Ya había leído todos los horóscopos de la revista Cosmopólitan que había comprado en el puesto de revistas para no aburrirse e iba por la segunda lectura: leídos ahora a su manera: Virgo: Hoy te levantaste de la chingada. Los problemas familiares te darán infinidad de madrazos. En el trabajo habrá puras mamadas. Número de la suerte: 69.  Planetas: El monte de venus y los hoyos negros. Miss Clairol cerró de golpe la revista y la tiró hastiada a un lado. La espera era lo que menos le gustaba hacer, sobre todo cuando se trataba de complacer a ejecutivos de alto nivel. Ella prefería  tratar con gente de menor importancia porque había aprendido que entre más alto el rango, más sufrían sus chicas con las perversiones de los hombres del dinero. Pero ahora la orden había sido tan clara que incluso ella misma era la encargada de recoger el paquete como le llamaban a los clientes. Aunque no sabía a ciencia cierta a qué corporación pertenecía ni cuáles eran los motivos de su visita, intuía que era de primer nivel pues la importancia se media en el número y la calidad del servicio, y esta vez tenía cheque en blanco.
Junto a ella estaba su hombre de seguridad: el Negro, quien le había preguntado hacía rato el por qué este sujeto venía en un vuelo comercial y no en un avión privado como se acostumbraba en estos casos. Miss Clairol se encogió de hombros, giró la cabeza y se quedó observando un enorme anuncio luminoso de una tienda de souvenirs.
 Media hora después se escuchó por los altavoces que el vuelo 528 de American Airlines procedente de Nueva York acababa de tomar pista. Miss Clairol se levantó y con una mano se alisó la parte delantera de su falda. El Negro la siguió mientras llamaba por un celular para que el vehículo con las chicas los esperara en la salida.

El grupo de pasajeros ya había descendido del avión y abordado el transporte terrestre hacia los andenes  muy cerca de la aduana internacional.  Frank Watson se detuvo un momento y le extendió su maleta a su asistente Robert Green para que éste la cargara además de las otras dos que llevaba. El pasillo del aeropuerto era como todos los pisos de los aeropuertos: largos y con grandes lámparas de neón y baldosas de mármol que le daban un aire frío e impersonal.  Diez o doce pasos más atrás iban Jim Evans y Carl Rodgers barajados entre los demás pasajeros. Al frente de ellos caminaba John St. John  y cinco o seis metros más adelante Bryan López con su traje de paisano. Una señora gorda se apostó delante de Frank como una gallina al momento de poner un huevo. Frank no le prestó importancia pero Robert Green la empujó hacia un lado para que le dejara libre el camino a su jefe.
                —Tranquilo, Bob. No pasa nada.
                Robert entendió y sólo inclinó la cabeza mientras la gorda se quedaba cacareando metros atrás. El pasillo se fue dividiendo en varias salidas donde los pasajeros formaban filas para pasar la revisión de la aduana.
                —Su pasaporte, por favor —pidió una inspectora aduanal cuando tocó el turno a Frank, quien lo sacó del bolsillo interior del saco y se lo entregó a la señorita quitándose las gafas oscuras—. ¿Nombre, señor? —continuó ella.
                —John Smith —mintió Frank.
                —¿Nacionalidad?
                —Americana.
                —¿Edad?
                —39 años.
                —¿Motivo de su visita?
                Por primera vez Frank sonrió dejando al descubierto unos dientes blancos y alineados.
                —Por placer —y le guiñó un ojo.
La señorita intentó permanecer impasible, pero no pudo y le correspondió con una sonrisa complaciente. Después continuó mirando los papeles de Frank y un momento después  se los devolvió.
                —Señor Smith, que disfrute su estancia en nuestro país.
                —Gracias, así lo haré.

El Negro estaba apoyado sobre la barandilla con un cartel en la mano que decía:  JUAN. Miss Clairol sacó una pequeña polvera y se miró una vez más al espejo. Su maquillaje estaba perfecto, la línea de los labios definida y el rimel hacía que sus ojos verdosos adquirieran las dimensiones de una laguna. A sus 34 años lo único que le preocupaba eran las malditas canas que creía ver en cualquier rincón de su cabeza. Se revisó la frente y el perfil. No, ninguna cana a la vista, lo que la hizo suspirar aliviada y pensara que este colorante todavía le debería durar unos tres o cuatro días más. Guardó la polvera en su saquito color crema y regresó hacia donde estaba el Negro. En ese momento empezaron a salir los primeros pasajeros del vuelo 528. Una pareja con un niño en brazos arrastrando un carrito de equipaje.  Un grupo de ancianos que fotografiaban lo que se les pusieran delante. La señora gallina que regañaba a un joven de cabello rubio. Un hombre moreno que llevaba un morral al hombro y que parecía un paisano. Dos hombres con gabardina color caqui que caminaban muy serios. Una joven que parecía estudiante universitaria con una mochila de los gigantes de Nueva York y una cachucha de los Mets. Un niño con una playera en la que se leía: I Love N. Y. De pronto el grupo de pasajeros se hizo más nutrido y compacto lo que impidió a Miss Clairol y al Negro detenerse a mirarlos uno por uno.
                —¿Le dijeron como viene envuelto el paquete, señora?
                Miss Clairol no hizo caso a la pregunta del Negro. Sólo se concentró en seguir a un grupo de atractivas sobrecargos que también habían cruzado por los accesos y se dirigían a la salida haciendo ruido con sus tacones altos.  Súbitamente escucharon una voz a sus espaldas. Miss Clairol y el Negro giraron la cabeza al mismo tiempo y echaron una desdeñosa mirada hacia el sujeto que tenían atrás. Era el hombre moreno y con un morral  que habían visto pasar un momento antes. Miss Clairol arrugó la nariz. Miró al paisano de arriba abajo. Estaba bien que Miss Clairol no quería a los de primer nivel, pero esto era el colmo, ese hombre no parecía ni siquiera de quinta categoría.  Evidentemente no podía ser el paquete por el que esperaban.
                —¿Tú eres Juan? —preguntó despectiva Miss Clairol olvidando todo protocolo diplomático como era hablarles de usted a los paquetes importantes.
                —¡Tssss... sí, yo soy Juan! —replicó Bryan López con una inquebrantable seguridad.
                Miss Clairol entrecerró los ojos para tratar de dilucidar si esto se trataba de una broma de mal gusto.  No, no parecía que nada estuviera fuera de lugar, la información, el pago, la orden. Todo parecía encajar salvo el paquete que tenía delante, a menos que... a menos que este Juan fuera un multimillonario excéntrico que tenía alguna perversión insólita como hacerse pasar por paisano.
                —Welcome, mister Juan. My name is Clara...
                —En español, please —pidió Bryan López.
—Ok. Voy a ser su scort durante los próximos días. No se preocupe por nada, señor, lo que pida con... con... gusto —dudó un momento—. Bienvenido a México —en ese momento Miss Clairol pensó en Channel y Victoria, las dos jovencitas que esperaban en el vehículo con el chofer y lo incómodo que sería subir a este sujeto que incluso le parecía que olía mal con sólo mirarle la cara y los bigotes de Cantinflas.
                —Gracias —dijo el hombre—. Muchas gracias.
                El Negro dobló la cartulina con el nombre de Juan y la tiró en un cesto de basura.

                —Afuera nos están esperando —ordenó lo menos fría que pudo Miss Clairol para que el hombre los acompañara a la salida.
Al cruzar el último acceso hacia la sala de espera, Frank Watson vio que Bryan López  ya estaba con el enlace mexicano que él mismo había contratado: Una mujer y lo que parecía ser su guardaespaldas. Luego los vio caminar hacia una de las salidas. Atrás de él venía su asistente Robert Green con la maleta al hombro. Frank dio vuelta hacia el lado contrario y enfiló hacia otra de las salidas. John St. John fue en dirección de Bryan para seguirlo.  En cambio Jim Evans y Carl Rodgers siguieron a Frank a media distancia. No querían ser demasiado visibles y debían mantener un bajo perfil en el aeropuerto. Al cruzar la puerta automática hacia el exterior, Frank vio que unos treinta metros más allá ya se encontraba Bryan abordando una camioneta negra junto con la mujer.
                —¿Taxi, señor? —se le acercó un chofer a Frank.
                —No... gracias —dijo en español pero con acento gringo.
                El chofer se fue hacia un lado y le hizo la misma pregunta a Robert Green que acababa de cruzar la puerta, recibiendo la misma respuesta negativa. En la otra puerta salió John St. John, miró un momento hacia donde estaba Frank, luego abordó un taxi en dirección hacia donde la camioneta había arrancado con Bryan López y Miss Clairol.
                —¡Hey! —llamó Frank en español al chofer del taxi que antes le había ofrecido sus servicios—, ¿Tienes algo de los Tigres del Norte?
                El chofer, acostumbrado a casi cualquier cosa, titubeó con lo inesperado de la pregunta.
                —No, señor. Pero si quiere se la puedo conseguir.
                Frank se quitó las gafas.
                —¿Sabes dónde quedan estos lugares?
                El chofer tomó el papel que le extendió Frank y lo leyó.
                —Sí, señor.
Frank se subió en el asiento trasero y cerró la puerta del taxi. Robert Green abordó un segundo taxi. Jim Evans y Carl Rodgers un tercero. Robert pidió ir al Hotel Four Season de Paseo de la Reforma para preparar las cosas mientras que Frank quería darse una idea del territorio que iba a conquistar. Así era el plan que lo hacía poderoso, así debía ser: mil doscientos millones de dólares anuales era una suma nada despreciable.

(Continuará)

www.radioamlo. El próximo viernes 8 de diciembre presento el libro de poemas: “Voces y siluetas” de Adela Rojas en la Casa del Escritor. 5 oriente casi esquina con la 2 sur. Ahí nos vemos.  

   
     


   
   
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