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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 

publicación del Libro
La transa de los peces
Novela en Editorial Patita
Autor Gerardo Oviedo
martes 19 de febrero de 2008
(Primeros 4 capítulos)
 
 
 
LA TRANSA DE LOS PECES
 
 
Gerardo Oviedo
Constructor de Novelas
 
ELENA
1.
 

Elena había terminado hacía un año la carrera de comunicación y hoy cumplía dos semanas en que estaba trabajando como reportera para el Imparcial. Antes había intentado conseguir empleo en una televisora pero el sujeto de recursos humanos la había rechazado con el contundente argumento que estaba demasiado flaca y, sobre todo, demasiado fea como para salir en televisión a nivel nacional.

            —Pero eres horrible, mija —le había dicho el fulano—. ¿Por qué no mejor buscas trabajo en algún periódico? ¿Eh? ¡Ahí ni siquiera sacan tu foto!

            —Idiota —respondió Elena arrebatándole el fólder con sus papeles y saliendo a toda prisa de esa oficina antes que el sujeto buscara otro adjetivo que dispararle a quemarropa.      

 
Una depresión la absorbió durante los tres meses siguientes a esa entrevista. Días en que se dedicó a comer cosas grasosas para intentar subir de peso, pero al final de aquella temporada, sólo había logrado incrementar el número de espinillas y barros en su cara. Al enésimo grano dio por terminada aquella insana relación entre la comida y su figura. Fue cuando decidió quedarse como estaba y mejor demostrar otras cualidades como... como... ¿cómo cuales?, se preguntó perpleja frente al espejo de su baño mientras exprimía un barro de su frente. Bueno, se dijo, ya tendría tiempo de averiguar si tenía alguna cualidad que mostrar al mundo, mientras tanto, continuaría con su dieta de frutas y verduras para intentar disolver toda la grasa que le quedaba en el rostro.

Varios días después Elena se presentó ante el jefe de redacción del Imparcial y éste la contrató casi de inmediato (la aceptó debido a que su último reportero había desaparecido en el estado de Sinaloa mientras realizaba un reportaje especial sobre el narcotráfico y la política —pero claro que no le dijo nada a Elena para no alarmarla y que ésta saliera huyendo, pues en estos momentos había que echar mano de todos los reporteros posibles).

            —¿Qué sabes de política?  —fue lo primero que le preguntó José Bretón, jefe de redacción del periódico cuando ella estuvo parada frente a él.

            Elena quedó apabullada por esa pregunta tan siniestra. ¿Qué decir? ¿A qué personaje nombrar? ¿Cómo se llamaba aquel tipo que salió ayer en la tele, el barbón que hablaba como si fuera un merolico? La cabeza le comenzó a doler por el esfuerzo.

            —Que estamos mal, muy mal, señor — fue lo único que se le ocurrió contestar entre tanto barullo neuronal.

            El señor Bretón la observó en silencio un par de segundos. Luego regresó la mirada a los papeles que tenía sobre su escritorio para seguir leyéndolos.

            —Está bien, estás contratada, pero hay que estudiarle, ¡eh!

            Elena quedó aturdida sin saber que hacer. El hombre continuó leyendo los papeles como si Elena se hubiera evaporado. Un minuto después José Bretón se dio cuenta que Elena continuaba ahí parada como un espantapájaros:

            —¿Algo más, niña?

            Elena se encogió de hombros:

            —¿Sale nuestra foto en el periódico?

            —¿Qué?

            Elena titubeó:

            —Nada, señor. ¿Cuándo comienzo?

            Sin retirar la vista de los documentos que estaba leyendo, José Bretón respondió con gravedad:

            —Ya estás trabajando. Llévate esos periódicos que están sobre el archivero y léelos. Y no olvides que los reportajes de mañana son para ayer, ¿entendiste?

            Elena se quedó de a seis, no entendió nada. Tomó el fajo de periódicos y salió de la oficina de Bretón. ¿Y ahora qué?

 
Una semana después Elena regresaba a su casa, un modesto departamento de azotea en la colonia Roma. Los pies le dolían como si hubiera corrido el maratón parada de puntas. Abrió la puerta y lo primero que hizo fue descalzarse las zapatillas y arrojarlas sobre un montón de periódicos del Imparcial. Aquello era un desastre. Durante ese tiempo se había dedicado a leer todo lo que el señor Bretón le puso delante para que estuviera más o menos enterada sobre el tema que iba a reportar para el periódico.  Los primeros días le chillaban los ojos frente a la gran cantidad de palabras que tenía que leer. Cuartilla sobre cuartilla Elena moqueaba sobre los periódicos dejando infinidad de lagrimones por el esfuerzo.

            —El trabajo es el trabajo —le había dicho ontológico José Bretón cuando la vio llegar con los ojos rojos e inflamados a su oficina al día siguiente. Luego continuó revisando los papeles de su escritorio—. Y no se te olvide que tu reportaje es para el próximo viernes —finalizó antes de indicarle con su silencio que se tenía que marchar con otro manojo de periódicos bajo el brazo.

            Unos días después Elena ya se había enterado que la cámara de diputados y la cámara de senadores constituían el poder legislativo del país. Además, supo que ahí es donde se hacían y deshacían las leyes, cosa que ya era ganancia para sus inasibles razonamientos. Pero su mayor sorpresa fue enterarse que ahí no se legislaba para todos, sino sólo para unos cuantos. Con razón a ella le iba tan mal, pensó. Y siguió moqueando sobre el montón de diarios que estaba leyendo.

 
2.

El señor Hernández estaba saliendo de la cámara de senadores. Su rostro revelaba una alegría ya prevista. Se acababa de aprobar la nueva ley de radio y televisión y por supuesto él tendría una mejor calidad de vida. A los monopolios televisivos se les había otorgado tantas concesiones que parecía que el estado regalaba todo a manos llenas. Varios sexenios atrás se había nacionalizado la banca a un costo elevado para que años después se les vendiera a los mismos magnates a un costo muy bajo. Te lo compro caro para revendértelo barato. Así funcionaba la mecánica de este país y hoy no era la excepción.

            —¿Cómo se siente, señor? —preguntó una reportera de Televisa cuando vio que el señor Hernández bajaba la escalinata principal junto con su desgarbado secretario Castañeda. Un enjambre de reporteros se arremolinó en torno al entrevistado con grabadoras y micrófonos listos que concentraron a pocos centímetros de su boca.

            —Es un gran logro para el país. Por primera vez estamos a la par de las grandes naciones desarrolladas. No tenemos que pedirle nada a nadie ni nada que ocultar.

            —¿Y adónde se va a ir de vacaciones después de esta exhaustiva sesión parlamentaria? —intervino un reportero que llevaba un logotipo de Radio Cool Efe Eme.

            —Con gusto me iría de vacaciones, señores, pero siempre estoy trabajando por mi país. Por el bien de todos, primero las leyes, ¡qué no quepa duda!—exclamó con una voz sumamente autosuficiente.

            Elena se encontraba con una pequeña grabadora que le había dado José Bretón entre el enjambre de reporteros que se constreñían unos contra otros; dándose de codazos, pisándose y arañándose. Ya había pasado la semana completa y tenía listas las preguntas que con ayuda del mismo Bretón había elaborado para aquel personaje. Pero no sabía a qué hora preguntar. Era como cuando jugaba de niña a la cuerda y no sabía en que momento entrar a brincar: a la una... a las dos... y a las...

            —¿Pero no considera que esta ley beneficie sólo a los grandes monopolios televisivos? —soltó Elena a bocajarro con voz tímida pero audible para todos.

            —¡Que va! —sonrió benevolente el señor Hernández—. Al contrario, el país gana con esta nueva ley. Ley que nos arroja a un futuro prometedor, lleno de certezas jurídicas...

            —Se dice por ahí que usted es beneficiario directo de esta nueva ley... —reviró Elena.

            El señor Hernández la miró y echó una carcajada.

            —Y no sólo yo —interrumpió aún con la sonrisa entre los labios—. Sino millones de mexicanos que tendremos la oportunidad de elegir qué es lo que queremos ver o escuchar en nuestras casas, eso es fundamental para poder ser verdaderamente libres. Por primera vez en este país la libertad de expresión será una realidad palpable y no mera retórica gubernamental. Habrá: e-lec-ción —recalcó.

            —Pero esta nueva ley que se acaba de aprobar es para beneficio de algunas de las compañías que usted representa, señor —insistió tercamente Elena. Apoyada quizás en su juventud y en su desconocimiento de las formas tradicionales de preguntas y respuestas.

            —¿Quién le dijo eso? —terció con candidez el señor Hernández—. Eso sólo son chismes de politiquería barata. ¿De que medio es usted, señorita?

            —Del Imparcial.

            —¿Del Impericial?

            —Del IM-PAR-CIAL —corrigió Elena.

—Ah... ya veo. Nada le hace más daño al país que unos periódicos basura que circulan por ahí inventando cada cosa, pero gracias a la libertad de expresión que ahora se convierte en realidad a través de esta nueva ley, usted, señorita, puede decir tantas cosas como quiera y nadie la va a censurar ni a perjudicar por ello. Usted y su periódico deberían entender eso ¿o no? —y le guiñó un ojo a Elena, quien se sonrojó al advertir que todos sus colegas reporteros la miraban como a un bicho raro.

—¿Entonces las televisoras que usted...

—Bueno, señores, siempre es un placer estar con ustedes, pero tengo que retirarme. Buenas tardes.

            Se abrió paso entre la aglomeración de reporteros y salió hacia la calle donde su secretario Castañeda ya lo estaba esperando en una camioneta.  Elena lo siguió con la mirada hasta que se subió y arrancó. En ese momento Elena se creyó una mosca que revoloteaba sin dirección alguna. Se sintió mal y echó a correr hacia el baño donde segundos después vomitaba la ensalada de lechuga que había comido unas horas antes.

 
—¿Te sientes bien? —oyó una voz masculina que preguntaba desde el otro lado de la puerta del sanitario. Elena aún continuaba inclinada sobre el retrete. Los ojos se le habían puesto tan rojos que parecía más haber regresado de una parranda que una reportera de la cámara de senadores. Sacó un pañuelo desechable para limpiarse la comisura de los labios donde aún quedaban restos de lechuga revueltos con jugos gástricos.

            —Hola... hola... —se escuchó ahora una voz femenina que provenía de más cerca—. ¿Te sientes bien, querida?

            —¿No se iría por la taza? —se volvió a escuchar la voz del hombre. Elena terminó de limpiarse con el pañuelo y lo arrojó por el inodoro. Luego se incorporó para fajarse lo mejor posible la vestimenta.

            —¡Qué va! Está flaca, flaca, pero no creo que quepa por el agujero —respondió la voz femenina con una risita irónica que más bien parecían mugidos de vaca. El hombre también echó a reír.  En ese momento Elena abrió de golpe la puerta y se encontró de frente con una mujer obesa y con un hombre joven que llevaba una cazadora, un trípode y una cámara de video. Los dos la miraron al mismo tiempo que echaron una estruendosa carcajada.

            —Estás echa un desmadre —le dijo la gorda a Elena—. Un verdadero desmadre, pero no te preocupes, linda —continuó mientras dejaba pasar a Elena hacia los lavabos—. Te pondrás peor, mu, mu, muaaa, de eso puedes estar segura, ja, ja, ja.

            —No te pases con ella —interrumpió el hombre la risa de la gorda—. ¿No ves que es una novata? —dijo al tiempo que le extendía una toalla de papel a Elena, que ya se estaba echando un poco de agua en el rostro—. Seguro que hasta se sorprenderá de que yo esté en el baño de las damas pasándole una toalla.

            —¿Damas? —preguntó sarcásticamente la gorda—. ¿Cuáles damas? Las únicas damas que aquí existen son las damas chinas y éstas juegan con las pelotas de los senadores oink, oink, oink —y echó un bufido que más parecía el canto de un marrano que la risa loca de una mujer gorda.

            —¡Oh, lo siento! —dijo el muchacho sin prestar atención a lo que acababa de decir la gorda—. No nos hemos presentado. Me llamo Carlos... Carlos Orozco y soy de Telecultura.

            —La única televisora que pasa su programación en el periódico porque nadie la ve—interrumpió la gorda aún con su risa bovina.

            —Y esta vaca que me acompaña —dijo Carlos señalando a su acompañante cortando de tajo los hipidos de la mujer—, se llama Nora Kauffman y es de la zootecnia política del periodicazo oficial.

            Elena los miró aún con el estómago revuelto. ¿Quién demonios eran para interrumpirla en lo más íntimo y sagrado como era el vomitar en el baño público de la cámara de senadores, máximo poder legislativo del país?

            —Algo no me cayó bien —dijo por fin cuando pudo hilvanar unas palabras.

            —Sí, ya nos dimos cuenta, linda, lo bueno es que masticas bien la comida —y se asomó a la taza del baño—. Mi primera vez deberías de haberla visto. Las paredes, el piso, incluso hasta el techo, todo quedó embarrado, uff. Si te contara de aquella tarde no me creerías cuantas cosas se pueden llevar en el estómago.

            —Hasta encontró un dinosaurio muerto que creía haber desechado hace varios años, ¿o no es así, vaquita? —ironizó Carlos.

            —Muy gracioso, imbecilito —repuso Nora con semblante entre divertido y ofendido. Tal vez no le afectaba que Carlos la llamara vaca loca, sino que él sabía que ella se había acostado con tres o cuatro dinosaurios priístas y por eso ese chiste era bastante local al quedar sólo entre ellos lo que todo el mundo sabía: a los dinosaurios les gustaba que se las chuparan. Por otra parte, Elena no entendía qué cuernos era todo aquello, estaba pálida, temblorosa y cansada, como si no hubiera comido proteínas durante toda su dieta ecológica. Sentía una fuerte punzada en la sien.

            —Lo siento —se disculpó—. No fue mi intención...

            —Oh, no te disculpes, linda. Este lugar está más deshonrado que los calzones de una...

            —Aguas, W. C. —interrumpió Carlos cuando escucharon que se acercaban unos pasos a los baños. De repente apareció una mujer pelirroja que los miró de soslayo casi sin inmutarse y fue a los espejos del lavabo donde comenzó a retocarse el maquillaje. Elena la observó aún con el dolor de cabeza, parecía que en sus buenas épocas esa señora había sido una mujer de mírame y no me toques, aunque ahora conservaba una elegancia un poco pasada de moda. Cuando ya se estaba dando el último retoque con el lápiz labial dijo con una voz pausada de contralto:

            —Un día de estos, Carlitos, en verdad te vas a convertir en “toda una dama” por tanto tiempo que pasas aquí —terminó de pintarse los labios, guardó su maquillaje en un estuche de piel, se acomodó el pelo esponjándoselo un poco, luego dio media vuelta y antes de salir, concluyó—: Por cierto, muchachos, aquí huele divino: ¿qué perfume usan? ¿Chanel? —y de inmediato salió dando grandes zancadas.

            —¡Pendeja! ¡Maldita bruja! —explotó Carlos cuando los pasos se perdieron a lo lejos—. Ella debería pasar más tiempo aquí para que se le quitara esa voz de marimacha y no con los senadores chupándoles el pito.

            —Ya, Carlos, compórtate —terció Nora—. Algún día, ya verás, algún día.

            Elena estaba atontada, entre el dolor de cabeza, el olor a vómito y todo este espectáculo la hicieron marearse otra vez. Un segundo después, Elena se desplomaba sobre las mayólicas frías del baño.

 
3.
Elena despertó y no reconoció el cuarto del hospital, pero sí el rostro tonsurado de su jefe que estaba inclinado sobre ella de tal manera que bien podría haberle visto la nuca a través de las pupilas. Estaba acostada en una cama con un catéter donde le pasaban suero por el brazo. La habitación era silenciosa.
            —Escuincla mensa —fue lo primero que dijo José Bretón con una voz que retumbó en todas las paredes del cuarto cuando la vio entreabrir los párpados—. Me hubieras dicho que no tenías ni para el desayuno —acto seguido le acercó un poco de pan como si se lo estuviera ofreciendo a un rumiante—. Ten, come.
            Elena abrió la boca y comenzó a masticar el pan. La garganta la tenía seca, rasposa. De lo último que se acordaba era de cómo el suelo se le iba acercando hacia los ojos. Pero como en un sueño, creyó adivinar que alguien la detuvo y no llegó a caer del todo.
            —Lo siento... —intentó disculparse pero el pan lo traía atorado en la garganta. Al ver esto, José Bretón le ofreció un sorbo de un jugo de naranja que estaba sobre una mesita de aluminio.
            —No hables. Bebe —ordenó inflexible su jefe. Elena siguió al pie de la letra las instrucciones, pero sus ojos buscaban las respuestas en los rincones de esa habitación que no conocía. José Bretón se dio cuenta de su insistencia visual y comenzó a explicarle:
            —Me habló Nora Kauffman. Todos pensaron que te desmayaste porque de seguro estabas embarazada. Pero luego llegó la ambulancia. Te hicieron una prueba... tenías un muy bajo nivel de glucosa... rayando en la anemia. Pareciera que sólo te alimentas con puras plantas... ¿Es cierto? ¿Te alimentas de puras hierbas!
            Elena quería contestarle que se equivocaba, que su alimentación era una dieta baja en proteínas y con mucha fibra, pero mejor se quedó rumiando el pan en silencio.
            —A pesar de todo... —continuó José Bretón al entender que no iba a recibir ninguna respuesta por parte de ella—, lograste una entrevista digamos que decorosa... —y sacó del bolsillo de su saco la pequeña grabadora que colocó en la mesita de aluminio. La encendió y dejó que corriera.
            —Bueno, niña... tengo cosas que hacer... no te preocupes, el seguro del periódico paga la cuenta del hospital—sacó un par de billetes de 500 pesos que depositó a un lado de la grabadora—. No es mucho pero creo que alcanzará para un poco de proteína. Espero tu reportaje escrito para mañana. Por ahora descansa.
            José Bretón se incorporó después de darle una intangible caricia en la mejilla y salió apresurado. La grabadora seguía sonando. La voz de Elena parecía como la de un pelícano hambriento frente a las olas del mar. Cerró los ojos mientras pasaba el último bocado de pan. Luego entró a un sueño profundo.
 
Elena fue dada de alta a las siete cuando la noche ya casi cerraba. Hacia un viento que movía unas mantas que estaban colocadas en la reja del hospital. Se leía: “No a la privatización del IMSS”, “No a la privatización de PEMEX” “Educación gratuita en todos los niveles escolares. No a la privatización de la educación” y una más que estaba toda desgarrada, de la cual sólo se alcanzaba a leer partes del texto: “nido... jamás será... ido, ...uera la globalización, ...iva la nación”. Elena empujó la puerta y salió a la explanada del hospital. Sintió frío. Llevaba colgando en el hombro su pequeña bolsa con la grabadora dentro. Cruzó los brazos y echó a caminar en dirección hacia lo que le pareció la parada de autobuses. Algo en su interior la hacia sentirse incómoda. ¿Había fallado en algo? ¿Por qué se sentía tan molesta? ¿Era demasiado débil como para merecer algo mejor? El viento le seguía afilando la cara. La última claridad de la tarde se esfumó y la noche se apoderó de las calles. La luz neón atestiguaba el viejo dicho que decía: en las grandes urbes las estrellas han sido exterminadas para siempre de los ojos.
Elena llegó a la parada. Había mucha gente esperando el transporte. No se dio cuenta que todo el trayecto había estado llorando. Quizás era también la transición entre la tarde y la noche lo que la ponían melancólica, con una tristeza azul, insoluble ante la realidad de encontrarse sola, sin novio, sin amigos, sin nada desde que se quedó sin su familia que murió quemada en la explosión de San Juanico Ixhuatepec. O es lo poco de lo que se acordaba y de lo que había podido averiguar que le había sucedido a su familia cuando ella tenía dos años apenas y por un azaroso milagro era la única sobreviviente entre puros cuerpos carbonizados.
Sin pasado, sin fotografías de sus padres y hermanos, sin ninguna historia que contar, sin rastro histórico que seguir. Sólo el orfanato y su deseo de estudiar para ser famosa, para salir en televisión, porque ella pensaba que la fama era lo único que tal vez la podía salvar de la soledad. La miraba como un vehículo en el cual subirse para avanzar acompañada y no como ahora, en que esperaba el autobús hacia el metro insurgentes bajo un viento frío que le astillaba la piel. Quizá tuviera razón o no, pero mientras tanto, Elena tendría que trabajar muy duro para disolver todos sus demonios.
 
 
CASTAÑEDA
1.
“El poder siempre tiene sus ventajas: Te abren la puerta y todo el mundo se dirige a ti con el: sí, señor, lo que usted diga, señor, lo que mande y ordene, señor, estamos para servirle, señor, ¿le limpio la cola, señor? ¿Cómo usted quiera, señor, con la mano o con la lengua, señor? ¡Señooooooor!”
            Esto era lo que estaba pensando Castañeda, operador político y secretario particular del señor Hernández mientras hacía del baño en su oficina dentro de la sede del partido. Tenía una grave indigestión provocada por el atasque con que se celebró el fin de los cabildeos en la cámara de senadores. Noche de manjares: langostinos al vino tinto, trufas y lasaña. Taquitos de cochinita pibil con berenjenas rellenas de queso con champiñones, o eso fue lo que creyó que eran esas bolas moradas que estaban en la mesa del ministro Jensen. A punto de cumplir 28 años aún se consideraba bastante silvestre en los avatares culinarios de la política y de la buena mesa. Pero estaba aprendiendo, al fin y al cabo, tenía al mejor maestro en las artes oscuras de la negociación: El señor Hernández y su voz de merolico. Otro cantar era la panza y el estar poco acostumbrado a las cosas raras. Eso era lo que le dolía hasta el tuétano mientras pujaba para dar a luz pequeños trocitos de caca licuada.
            —La junta ya está empezando, licenciado —oyó la voz de la secretaria al otro lado de la puerta mientras tocaba con los nudillos. Al oír esto, Castañeda intentó detener el chorrillo pero parecía que se estaba desangrando por dentro.
            —Ya voy —gimió con la mandíbula apretada y el culo suelto.
 
La sesión estaba programada para las diez y media de la mañana.  Uno a uno habían llegado los políticos convocados para esa junta. El señor Hernández siempre era de los primeros, tal vez por eso llevaba tanto tiempo haciendo política, una de sus máximas era: a quién madruga, el partido lo ayuda, que era lo contrario a otra que solía decir con frecuencia: político que se duerme se lo lleva la oposición. Cuando ya hubo el quórum suficiente pasaron al salón Forjadores y se fueron sentando en las butacas alineadas frente a una mesa de paño verde que serviría como panel de los oradores.
            —¿Dónde está Castañeda? —preguntó el señor Hernández a una de las señoritas de ojos verdosos que atendían el acceso de entrada. La muchacha tembló, sabía por experiencia que el señor Hernández sólo preguntaba una sola vez antes de tronar.
            —Dijo que ya no tardaba, señor —repuso la otra chica que se encontraba al otro extremo de la puerta, quizás tratando de aligerar un poco la situación para que el señor Hernández no se alterara.
            —Lo quiero aquí de inmediato—dijo ásperamente.
            —Sí, señor —contestó la misma chica saliendo a toda prisa en busca del licenciado Castañeda.
            El señor Hernández se dirigió hacia la mesa de paño verde y ocupó el asiento central donde ya se encontraban los otros cuatro panelistas sentados. Los micrófonos se prendieron. Con una voz afable empezó:
            —Bienvenidos sean todos ustedes a esta mesa de trabajo de la cual elaboraremos iniciativas que transformarán para bien el rumbo de nuestra nación. Bienvenido señor ministro Octavio Del Rincón. Bienvenido señor senador Olivar  Martínez, Señor secretario Jaime Jueventino González, bienvenido sea usted también. Señora diputada Olga Vaca de Benítez, la más cordial de las bienvenidas.  Señores panelistas, gracias por acompañarnos. A todos ustedes, señoras y señores. Damas y caballeros, se abre esta mesa de trabajo bajo el siguiente título: “Reforma fiscal y su impacto en las finanzas públicas”. Como introducción, tiene la palabra hasta por diez minutos el señor senador, licenciado  Olivar Martínez. Adelante senador. Muchas gracias.
            Un corto aplauso fue el preámbulo para que comenzara el debate sobre hacia donde deberían destinarse los recursos públicos de la federación. El senador Olivar expuso una introducción del problema  en la recaudación hacendaría, sugiriendo al final de su disertación hacer una reforma fiscal a fondo para intentar paliar el déficit en las finanzas públicas. Después tocó el turno al secretario Jaime Juventino González, quien sugirió que para que el gobierno tuviera mayores recursos, se deberían gravar con impuestos a medicinas y alimentos. Propuesta que fue recibida entre ovaciones y aplausos. Cinco minutos después la diputada Olga Vaca de Benítez defendía la posición de que se podía implementar un sistema tributario donde hubiera coches de hacienda circulando por las calles para cobrarles impuestos a los vendedores ambulantes. Idea que fue atacada más tarde por el subsecretario Rodolfo Loera al hacer un cálculo y explicar que casi el cincuenta por ciento de la población era ambulante y no pagaban impuestos.
            —Se necesitarían miles de autos, millones de pesos en recursos en gasto para recaudar a lo mucho el 40 ó 50% .
            Entonces el señor Hernández reviró con voz grandilocuente hacia el subsecretario:
            —Bueno, señor subsecretario, si la secretaría está un poco limitada de recursos para la adquisición de tantas unidades recaudadoras... se podría hacer lo siguiente: Que se utilizara otra secretaría para el cobro de impuestos, ¿no le parece?
            —No entiendo... —apuntó el subsecretario.
            —Sencillo, que por ejemplo la secretaría de seguridad pública o los de tránsito, ayudaran a los de hacienda para la recaudación fiscal, al fin, andan en las calles y tienen motos y hasta coches. ¿No, caballero?
            Casi todos, incluyendo a la diputada Olga, echaron una carcajada. El señor Hernández miró de un lado a otro observando como celebraban su ocurrencia.
            —P... pp... ppero... —tartamudeó el subsecretario—, el presupuesto.
            —Pero nada, señor, si los hombres de la secretaría de hacienda no pueden hacer su trabajo... ¿Quién lo hará por ustedes? —finalizó el señor Hernández con un tono de voz más elevado que el anterior.
            El subsecretario se puso rojo ante el regaño público. Su jefe lo miraba desde la tercera butaca de los panelistas, sólo movió la cabeza. Luego continuaron con más argumentaciones en pro y en contra.
 
Cuando el antepenúltimo orador iba a la mitad de su discurso, Castañeda entró al salón Forjadores con  la mano derecha sobre el estómago y la otra cargando un portafolio negro. Estaba sudando, lo sentía, porque una gota había resbalado desde donde le nacía el cabello hacia la barbilla. Aún sentía los calambres en la punta del estómago, parecía como si estuviera enamorado y miles de mariposas le revolotearan por dentro, entre las tripas, mordiéndole las entrañas. Ya se había tomado cuatro o cinco tragos de peptobismol, pero ni lo estaba cubriendo, ni lo estaba protegiendo ni lo aliviaba. El señor Hernández clavó una mirada inquisitorial sobre él cuando cruzó por un extremo. Le hizo una señal con la mano que él muy bien conocía. De inmediato Castañeda, a pesar de los fuertes retortijones, abrió el portafolio y sacó un estuche un poco más pequeño. Lo abrió y desenfundó una pipa oscura. Cargó un poco de tabaco en el orificio y se escabulló por un costado llevando la pipa y el portafolio hasta llegar a la espalda del señor Hernández. El otro panelista seguía hablando sobre números y porcentajes.
            —Carajo —le espetó en corto el señor Hernández mientras arrebataba la pipa de sus manos—. ¿Dónde chingados andabas?
            —Los camarones de ayer... —comenzó a disculparse Castañeda llevándose una mano al abdomen.
            —Camarones mis huevos... ¿Trajiste el documento?
            —Sí, señor.
            —¿Y dónde está que no lo veo?
            Castañeda se inclinó y sacó de un costado del portafolio un sobre y se lo extendió a su jefe.
            —¿Está completo?
            —Sí, señor.
            El señor Hernández le hizo un ademán de que se retirara. Castañeda volvió a hurtadillas y se colocó en uno de los costados del salón. No había sillas y tendría que esperar de pie a que acabara la reunión. El sudor le estaba empapando desde la corbata hasta los calcetines. Castañeda observó como su jefe abría el sobre y sacaba unos papeles para hojearlos mientras el panelista seguía hablando. Luego se llevó la mano a su cinturón y desprendió el teléfono celular. Marcó un número y sólo dijo al mismo tiempo que el panelista finalizaba su discurso:
            —Lo tengo —y colgó.
            Castañeda sintió un nuevo retortijón mientras todos aplaudían por la exposición del orador, pero esta vez el calambre era una extraña mezcla de una abundante admiración por su jefe y un chorrillo galopante: El señor Hernández haciendo una cosa y pensando en otra. Por un lado la política y por el otro lado la pandilla. Esa era la clave de los grandes, sí, señor, de los verdaderamente grandes, señor. Luego Castañeda, con una profunda admiración y un insólito respeto por su jefe, salió corriendo con una mano en el estómago y la otra en el trasero hacia una nueva cita con el escusado.

 
2.

Cuando Castañeda salió del sanitario la junta ya había terminado y el señor Hernández lo andaba buscando como loco, según vino a informarle la señorita de los ojos verdes.

—Qué lo espera en su oficina de inmediato, licenciado.

 Castañeda apuró el paso a través de los pasillos hasta llegar al ascensor principal. Presionó el botón.

            —¿Qué andas malito, corazón?

            Castañeda giró la cabeza y se encontró de frente con Cecilia Macías. Su antigua amiga y ex compañera de ciencias políticas, ahora ya un poco distanciados debido a que Castañeda había ascendido de puesto más rápido que su colega, pero de todas maneras ella era la única que lo llamaba corazón en ese mundo de lics del partido.

            —Sólo un pequeño ardor, no es nada —repuso Castañeda enderezándose lo más que pudo para que su metro ochenta y cinco sobresaliera del metro setenta y ocho de Cecilia y ella no se diera cuenta de su endeble estado.

            —Pues eso no es lo que se murmura por ahí —sonrió con malicia Cecilia.

            —¡Tsssssssss! —masculló Castañeda.

            —No es lo que se dice... sino lo que se huele —esta vez Cecilia dejó escapar una carcajada que molestó a Castañeda aún más.

            —No me jodas.

            —No te molestes, corazón. Es una broma.

            —Es una chingadera.

            Cecilia volvió a echarse otra carcajada.

            —Te ves terrible —dijo cuando por fin se pudo serenar un poco—. Deberías tomarte aunque sea un litro de pepto o de a perdida el día libre.

            En ese momento se abrieron las puertas del ascensor. Un grupo de personas salió. Castañeda se hizo a un lado para dejarlos pasar y luego entró dejando a Cecilia parada afuera y presionó el botón del piso 13 para que las puertas se cerraran. En ese momento Cecilia metió la mano y las puertas se volvieron a abrir.

            —En verdad te ves muy mal —dijo con aire serio y preocupado—. Ve al doctor, Luis.

            —No me pasa nada —refutó Castañeda con insolencia.

            Cecilia sacó la mano. Las puertas del ascensor se cerraron. Lo último que Castañeda vio de Cecilia fue que ella le decía adiós con la misma mano con que había detenido el ascensor.

  —Espérame tantito —dijo el señor Hernández mientras hablaba por teléfono, luego cubrió la bocina con una mano y se dirigió a Castañeda que acababa de entrar a la oficina—: ¿Dónde chingados andas?

            Castañeda estaba resignado a recibir con estoicismo todos los insultos que le propinara su jefe, así que esperó la cargada lingüística de improperios, tales como los que usualmente empleaba con medio mundo: “Y no sólo por tu linda cara te di el puesto, imbécil”, “güevón de mierda”, “por pendejos como tú estamos como estamos”. Pero esta vez lo único que recibió fue un corto y seco:

            —¿Ya tienes la lista de los senadores? —y continuó hablando por teléfono. Castañeda fue directamente a una computadora que se encontraba en una de las esquinas del espacioso despacho del señor Hernández. Tecleó hasta que apareció ante su vista lo que buscaba: El sistema de archivos sobre los cuales estaba trabajando para la votación que se llevaría por la tarde en la cámara de senadores.

            —Te mando un abrazo... sí, igualmente. Adiós —terminó de hablar el señor Hernández y colgó el auricular. En ese momento se oyó el pitido del intercomunicador de la secretaria:

            —Señor, tiene una llamada de presidencia de la republica, ¿lo comunico?

            Rápidamente el señor Hernández contestó al tiempo que apretaba el switch del aparato:

            —No, Denise. Que se comuniquen más tarde.

            Castañeda se encogió más en su asiento. El dolor no aminoraba. Intentó concentrarse en las tareas que tenía que realizar mientras el señor Hernández marcaba un número desde su línea privada. Esperó unos segundos a que le contestaran.

            —Ok. Dile que mañana por la tarde. ¿Hoy? Hoy no puedo... así es... ya sabes. Hasta luego —colgó de nueva cuenta. Quedó pensativo un momento y luego marcó otro número telefónico, esperó:

            —Hola, señor —saludo con amabilidad cuando le contestaron al otro lado de la línea—. Sí... sí... no está fácil pero ahí la llevamos... sí, sí... no, para hoy... sí... nada más falta... así es... bueno... yo te aviso... adiós.

            El intercomunicador volvió a sonar:

            —Señor, llamada del secretario de gobernación, ¿lo comunico?

            —Pásamela.

            El señor Hernández descolgó el teléfono:

            —Hola, cabrón, ¿qué milagro que te acuerdas de nosotros los pobres? —y se echó a reír con una risa aparatosa, feliz—. Sí, hoy sale la reforma... no, no te preocupes...

 
Castañeda llegó a su condominio en Polanco pasadas las 11 de la noche después de una sesión parlamentaria extenuante. Olía a excremento a pesar que durante todo el día casi se acaba medio frasco de su loción preferida: gío de armani y tres de peptobismol junto con unas pastillas que le había recetado por teléfono su amigo Federico Nuñez. Ahora lo único que quería era tumbarse en la cama y no pensar en nada más. Subió por el ascensor hasta el piso 8. El departamento era moderno y estaba amueblado con una geometría tal que podía sacarse las cuadraturas de los espacios desde cualquier rincón. Clavados en dos de las paredes que daban hacia el recibidor habían cuatro copias del arte que a él le gustaba: un Braque, dos Tamayos y un Juan Soriano. Arrojó el portafolio sobre el sillón y fue directamente a su cama. Se echó con todo y traje intentando quedarse dormido en el acto, pero pasados quince minutos se dio cuenta que no iba a poder dormir a pesar del cansancio que le había producido durante toda la mañana el dolor de estómago. Dolor que había aminorado en el transcurso de la tarde pero que de vez en cuando aparecía en forma de un retortijón. Se sentía sucio, así que se incorporó y fue directamente a la ducha dejando regadas por el suelo el saco, la camisa, la corbata y el pantalón. Abrió las llaves y se metió bajo el chorro de agua. Esto está mucho mejor, pensó cuando comenzó a masajearse el vientre. Hacía por lo menos dos años en que no se sentía así, pareciera como si después de un gran dolor, no sentir absolutamente nada se transformara en placer. Dos años habían pasado desde que entró a las filas del partido más por herencia de sus padres que por convicción propia. Su padre había sido un arquitecto prominente dentro de las filas del propio partido. De pequeño Castañeda siempre pensó que sería un gran pintor pero tomar ese tipo de decisiones no era tan fácil dentro de su círculo familiar. La herencia política siempre era más fuerte que los anhelos personales. Así que estudió economía en la facultad de ciencias políticas de la UNAM y dejó la pintura relegada para cuando estuviera viejo y tuviera todo el tiempo del mundo para pintar. De repente, en medio del masaje que se estaba dando, un fuerte retortijón lo dobló por mitad; Castañeda se agarró de una de las llaves para no caer del todo, pero su peso le ganó y fue a dar al suelo haciéndose un ovillo mientras el agua de la regadera le caía rítmicamente sobre el cuerpo.

 
LÁZARO
1.

La ciudad más grande del mundo era un monstruo de más de 20 millones de cabezas. Competida en todos los sentidos, sus habitantes generalmente caminaban mirando hacia el suelo o volteando de vez en cuando hacia atrás para asegurarse que nadie los seguía. Con sus multitudes arremolinadas en el metro, en el microbús, en los puestos de comida callejera, en las banquetas, en los cruceros, en el zócalo, en Coyoacán, en Indios Verdes, en San Cristóbal, en Coacalco, en Tultitlán, Villa de las flores, en Álvaro Obregón, en Benito Juárez, en Miguel Hidalgo, en la Cuauthémoc, en la del Valle, en la Nápoles, en la Zona Rosa, en la Agrícola Oriental, en la Portales, en San Antonio Abad, en Xochimilco, en Tepito, en Insurgentes, en la Lagunilla, en Izazaga, en Ciudad Universitaria, en San Cosme, en Tlatelolco, en Martín Carrera, en Plaza de Santo Domingo, en el Monumento a la Revolución, en División del Norte, en Bellas Artes, en el Pedregal, en la Merced, en Lomas de Chapultepec, en la Ignacio Zaragoza, en Mixcoac, en Patriotismo, en la Condesa, en todas partes, a todas horas. En el cine, en la oficina, en los restaurantes, en el mercado, museos, en el parque hundido, en el España y en el México, en los puentes, debajo de la tierra, en los aeropuertos, en la central camionera, por decreto oficial, por violación a las leyes, en la televisión, en la radio, en los periódicos, en las revistas, en libros y almanaques, en los autos, a sol y a sombra, callados o con ruidos, con asaltos, sin ellos, con vendedores ambulantes, con negocios millonarios de trasnacionales, con droga, con muertos a diario, con prostitutas, con niños, niñas, jóvenes, adultos, ancianos, viejas, viejos, feos, hermosas, con sus choques y sus barreras, con topes y semáforos, en los ojos, en el alma, porque dios así lo quiso, porque el diablo estaba en todas partes, en fin, para siempre, eternamente, en la ciudad de México, águila que nunca vuela y está como muerta, sólo bulléndole los gusanos por dentro, que están vivos, en movimiento.

 
Los tres hermanos permanecían sentados sobre unos plásticos negros. Esposados por la espalda parecía que rezaban sin decir nada. Tenían los ojos vidriosos debido a los trancazos. Sangre seca manchando sus camisas. Uno de ellos tenía un ojo hinchado y casi no lo podía abrir. El otro masticaba un pedazo de su lengua que había sido parcialmente cortada por sus propios dientes a la hora de recibir un puñetazo. El tercer hermano traía un tajo en la cabeza cuando le dieron un cachazo con la pistola para que se metiera en la cajuela del automóvil cuando fueron levantados. Entre ellos se conocían bien, habían visto tantas cosas desde pequeños. Su madre los quería y abrazaba tanto. Incluso hasta se habían vuelto compadres cuando les tocó el turno de tener hijos y se habían convertido en mucho más que hermanos en alguna boda donde terminaron borrachísimos trenzados los tres con la mismísima novia. Pero ahora era distinto, sentían vergüenza de mirarse a la cara, de mirarse a los ojos porque cada uno de ellos sabía que en esa circunstancia no habría clemencia alguna. No existía el perdón. Ya no habría mañana.

            —Los plásticos son porque al jefe no le gusta que dejemos un reguero, ¿verdad, Loco? —volvió a hablar el hombre que tenía un tatuaje de una cobra en el brazo derecho y jugaba distraídamente con una pistola 9 milímetros—. Pero ahora que sabe que los tenemos, yo creo que hasta podríamos embarrar las paredes con ustedes y no se enojaría, ja, ja, ja.

            El Loco sólo esbozó una tenue mueca a modo de sonrisa. Al principio le había parecido gracioso ese chiste, incluso con un humor bastante ácido e inteligente, pero escucharlo a cada rato en que tenían que ejecutar a alguien ya se le hacía monótono y aburrido, pero bien sabía que tenía que fingir que le gustaba para no terminar él mismo esposado sobre los plásticos negros escuchando ese mal chiste por última vez.

            —Bueno, niños... —dijo de repente con aire solemne el Tatuado—, ¿quién quiere ser el primero en cantar?

            Los hermanos no se movieron. La mirada la tenían clavada en el suelo. Ya ni siquiera sudaban agua; sudaban aceite. Estaban fritos y lo sabían.

            El Tatuado continuó:

            —No soy loquero, nenes, pero sé que el dolor de adentro es más duro que el de afuera, ¿me entienden? ¿No? Así que cómo ustedes quieran quiero. A ver tú, Mochilas, ¿Cuál te gusta?

            El Mochilas, un hombre flaco y ojeroso,  dio unos pasos delante de los hermanos y clavó su mirada en el hombre que tenía la lengua mordida.

            —Pues pa’ comenzar este, ¿no?

            —Ta bueno. ¿Cómo lo quieres tomar: frío o caliente?

            —Como usted quiera, comandante.

            —Veamos... son un trío, tsssssss... pero de un trío se puede sacar un dueto, ja, ja, ja —celebró su ocurrencia el Tatuado.

            El Mochilas no dijo ni si ni no, sólo se quedó parado con la mente en blanco repitiendo automáticamente:

            —Como usted quiera, comandante.

            —Bueno, conste que te di a escoger: que sea frío pa’ que no le duela, ja, ja, ja. Vas Loco —le ordenó al otro hombre mientras le extendía la pistola con la que jugaba. El Loco, un hombre rapado y con casaca azul marino tomó el arma y se acercó para apuntar en medio de los ojos al hombre que había seleccionado el Mochilas.

            —En la cara no, pendejo —interrumpió el Tatuado—. No ves que si no luego no los podremos reconocer. Dale de ladito, por la nuca.

            Los tres hermanos tragaron saliva al mismo tiempo. Sabían desde el principio que el poder tenía todas las ventajas del mundo y que solamente tenía una desventaja y ésta era precisamente perderlo.

            El Loco dio un paso hacia atrás y buscó un lugar en la cabeza del hombre donde poder dispararle para que no se le fuera a desfigurar el rostro.

            —¿Aquí está bien, comandante? —preguntó indeciso el Loco.

            —Un poquito más atrás de la oreja —corrigió el Tatuado—. Porque ahí le va a salir el tiro por los ojos.

            El Loco siguió la orden del Tatuado. Cargó cartucho. En ese momento el hermano que iba a ser ejecutado dijo con su lengua mordida:

            —Nos vemos luego, carnales.

            El Loco disparó y la bala entró por un costado de la cabeza haciendo un agujero del tamaño de una moneda. El hermano inmediatamente cayó de bruces, un flujo de sangre empezó a empapar las bolsas de plástico negro.

            Los dos hermanos restantes estaban pálidos, uno de ellos se había orinado. El Loco se acercó al cuerpo del hermano muerto y comenzó a bajarle los pantalones:

            —Este no se cagó como el güero del otro día —dijo el Loco al ver los calzones limpios del muerto.

—Pues como vas, Mochilas —ordenó el Tatuado—, ahorita que no está tan frío.

Entre el Mochilas y el Loco acomodaron el cuerpo semidesnudo del muerto enfrente de los otros dos hermanos.

—Órale, sostenlo —ordenó el Mochilas al Loco.

El Loco cargó al muerto por la cadera y lo empinó mientras el Mochilas se bajaba los pantalones. Un momento después sodomizaba el cuerpo aún tibio del hombre muerto ante los ojos estupefactos de sus hermanos.

—Hijos de la chingada, putos, culeros —reaccionó el hermano que tenía el ojo hinchado—. Ya está muerto, déjenlo, déjenlo en paz. ¡Cabrones!

El Tatuado interrumpió lacónicamente los gritos del hombre:

—¿Vas a cantar, gallo? Si vas a cantar lo dejamos en paz ¿Qué dices?

—Muérete hijo de tu recontra chingada puta madre.

—Como quieras quiero, gallito: frío o caliente te va a tocar a ti también, mejor cántale y te prometo que sólo te vamos a matar sin hacerte daño. Lo juro.

—Chinga tu madre, chinga tu madre, chinga tu madre... —comenzó a repetir el hermano como tarabilla.

El Tatuado con evidente desesperación ordenó a sus sicarios:

—Ya párenle, muchachos.

—Pero todavía no acabo... —replicó el Mochilas con un gemido y los ojos en blanco.

—Chinga, te dije que le pares, cabrón, Párale porque quiero que a este otro le corten los tenates en caliente y se lo cojan frío.

2.

Se es tan fácil morir que la muerte es lo de menos, el problema es el cómo se muere. La muerte del segundo hermano fue más lenta y dolorosa que la del primero. Le bajaron los pantalones a pesar que se resistió con todas sus fuerzas; lo abrieron de piernas y, con tres navajazos de cirujano, le cortaron los genitales. Después lo obligaron a comerse sus testículos para finalmente sodomizarlo. Luego le cortaron la cabeza y la pusieron frente al último hermano:

            —¿Tú si vas a cantar? ¿Verdad, gallito? —dijo el Tatuado.

            El último hermano hizo de tripas corazón y sólo hasta ese momento asintió con un gemido:

            —Pero sin dolor... sin dolor, señor.

            El Tatuado sonrió y comenzó con el interrogatorio:

            —¿Quién es tu contacto?

—Diego...

—Eso ya lo sé —interrumpió casi amablemente el Tatuado—. Quiero otros nombres... de más arriba.

—Hay un hombre... no lo conozco... se hace llamar el Tigre.

—¿Y de dónde es?

—No sé, pero es de arriba.

—¿Dónde está su “oficina”?

—No sé... Sinaloa... creo.

—¿Y cuándo es la cita?

—El 28 en Nuevo Laredo.

—¿De este mes?

—Sí.

—¿Dónde?

—En el bar Las Callejeras.

—¿A qué hora?

—1:30 de la tarde.

—¿Tienen que confirmar el encuentro?

—No, ya está hecho.

El Tatuado se alisó el cabello hacia atrás. Después le ordenó al Loco:

—Que se persigne y luego le das un tiro sin que le duela, ¿eh?

—Sí, mi comandante —respondió con firmeza el Loco.

El Tatuado se fue hacia la puerta y la abrió. Antes de salir miró por última vez al hermano menor que estaba temblando sobre los plásticos negros y le dijo:

—Lo prometido es deuda, hijo, sin dolor —y salió cerrando la puerta tras de sí.

 
Pero las promesas se cumplen en la otra vida y no en ésta, como le dijo el Mochilas al Loco una vez que el Tatuado salió.

            —Nomás déjame echarme a este, no que los otros estaban rete guangos.

            El hermano menor los miró con estupor. Había hecho un trato ¿y así lo cumplían? Intentó grita; llamar al Tatuado para pedirle que cumpliera su palabra, pero el Loco le tapó la boca mientras el Mochilas terminaba lo que había empezado con el primer cuerpo.  Uno... dos... uno, dos, uno dos, unodos, unodosunodos, unodosunodosunodos... tres.

            —Te debo una —le dijo por fin el Mochilas al Loco limpiándose el semen con una mano mientras que con la otra se subía el pantalón—. ¿Te lo quieres chingar?

            El Loco miró al muchacho que yacía semiinconsciente junto a los cadáveres de sus hermanos.

            —No. Mátalo mientras voy al baño —caminó unos pasos hacia la salida—. Pero apúrale que los tenemos que ir a tirar.

            El Mochilas terminó de fajarse bien el pantalón y la camisa al tiempo que el Loco salía hacia el baño. Tomó su pistola y se acercó al muchacho. Lo giró con un puntapié para que quedara boca arriba. Se acuclilló a un lado, le puso el cañón justo en la mitad de la frente.

            —Nos vemos, corazón —y disparó. La bala entró atravesando milimétricamente entre los dos hemisferios cerebrales del muchacho sin tocarlos y salió yéndose a incrustar en el suelo a través de las bolsas de plástico negro.

            —Como querías, pendejito, que belleza, ni una puta gota de sangre.

            —Vámonos —apuró el Loco cuando salió del baño. Había escuchado la detonación y lo mejor era darse prisa antes que amaneciera.

 
El camino de terracería estaba oscurísimo. La camioneta avanzaba casi a tientas dando tumbos cada vez que saltaban una piedra o se hundían en un bache. Los tres hermanos estaban apilados en la cajuela envueltos como capullos en los plásticos negros. Uno a uno los habían subido. Esta era la parte más engorrosa de todo el trabajo. Matar era fácil, pensaba el Loco mientras conducía, lo difícil era deshacerse de los cadáveres. Y sobre todo en un lugar donde había tanta gente. Por eso habían salido a la carretera y se habían internado por un camino hacia el Ajusco. No podían dejarlos encajuelados en alguna colonia de la ciudad de México porque ahora no contaban con un vehículo robado. Hubiera sido más fácil, sólo se estaciona el auto y se baja uno. Pero esto era más complicado: subirlos, llevarlos y luego bajarlos. Eso si les daba verdadera flojera. Cuando llegaron lo más lejos que la camioneta pudo, el Loco apagó las luces y se bajó seguido del Mochilas. Sin decirse una sola palabra bajaron los cuerpos y los arrojaron a una pequeña cuneta. Luego se volvieron a subir y dieron marcha atrás hasta que el vehículo se perdió a lo lejos entre los vericuetos de la noche.

 
A la mañana siguiente Lázaro intentó abrir los ojos pero no pudo. Le dolía tanto la cabeza que parecía que de un momento a otro le iría a estallar. Se intentó llevar una mano a la sien pero se dio cuenta que tampoco le respondían los brazos. ¿Había tenido un mal sueño? ¿Por qué se sentía tan cansado? ¿Estaría todavía dormido? No, no podía estar dormido. Tenía tantas cosas por hacer. Sabía que ya era de día porque un calor hiriente le pegaba en el cuerpo. Quiso salir de entre las cobijas para respirar pero no podía moverse. Se sentía incapaz de cualquier acto voluntario. Los labios estaban ya resecos. En verdad tenía que levantarse para ir a la cocina por un poco de agua. La sed lo estaba ahogando. Nunca había sido muy listo, pero ahora se sentía extraño. Trató de hacer memoria de que es lo que había pasado la noche anterior. Ah, sí, intentaba recordar, ¿había bebido cantidades industriales de alcohol para celebrar...? ¡Para celebrar...! ¿Para celebrar qué? ¿Alguien había cumplido años? ¿Era el 10 de mayo? ¿Había ido a una fiesta? ¿Estaba todavía borracho y debido a eso no se acordaba? ¿O ya estaría crudo y por eso el dolor de cabeza le golpeaba por dentro? ¿Qué había sucedido en realidad? Intentó respirar normalmente pero se sentía asfixiado en esa cama tan incómoda, tan aguada por un lado y tan dura por otro, ya tendría que haberla cambiado desde hacía mucho tiempo. Retornó la sed, tenía sed, mucha sed, se quemaba como si un fuego se le hubiera disparado hacia todos los rincones del cuerpo. De repente le vino el primer recuerdo en la forma de un fogonazo, luego otro y otro, y otro más. Todas las emociones juntas se le agolparon en un instante en el corazón y, con toda la rabia del mundo, abrió los ojos desgarrando las bolsas negras como una serpiente que muda de piel.

 
FRANK WATSON
1.

Frank Watson estaba llegando a la ciudad de México en el vuelo 528 procedente de la ciudad de Nueva York. Su traje gris oxford hacía juego con sus grandes ojos azules que sepultaba la mayoría de las veces detrás de unas gafas oscuras. No había querido dormir durante las horas que había durado el vuelo. Y no es que le preocupara el encuentro que sostendría con el mexicano en la embajada, pero, metódico como era, Frank estaba barajando casi todos los escenarios posibles que se pudieran dar durante la negociación —incluso ni siquiera se enteró cuando el avión de American Airlines había entrado en una bolsa de aire y se había sentido una perceptible sacudida—.  Sólo salió de su ensoñación racional cuando el avión ya se iba aproximado a la ciudad de México y vio a través de la ventanilla una densa capa gris que se extendía sobre la capital mexicana.  Entonces giró el rostro sólo para ver el semblante abotagado de su enorme asistente Robert Green, quien dormía en el asiento de junto sin el menor asomo de preocupación. Atrás de ellos estaban distribuidos en diferentes lugares los otros cuatro hombres que lo ayudarían en el plan que le habían encargado los mexicanos para merecer lealtad: vestidos de turistas Jim Evans, Carl Rodgers, y John  St. John. Vestido de paisano sólo Bryan López. Frank regresó la mirada hacia la ventanilla justo en el momento en que el avión ya iba enfilando hacia el aeropuerto internacional de la ciudad, se acomodó la corbata y sólo en ese momento cerró los ojos para no pensar en nada. Por una negociación de mil doscientos millones de dólares bien valía la pena descansar unos minutos.

 
En la sala de espera del aeropuerto se encontraba bastante aburrida miss Clairol —cuyo apodo se debía a su obsesiva compulsión por cambiarse el color del cabello—. Ya había leído todos los horóscopos de la revista Cosmopólitan que había comprado en el puesto de revistas para no aburrirse e iba por la segunda lectura: leídos ahora a su manera: Virgo: Hoy te levantaste de la chingada. Los problemas familiares te darán infinidad de madrazos. En el trabajo habrá puras mamadas. Número de la suerte: 69.  Planetas: El monte de venus y los hoyos negros. Miss Clairol cerró de golpe la revista y la tiró hastiada a un lado. La espera era lo que menos le gustaba hacer, sobre todo cuando se trataba de complacer a ejecutivos de alto nivel. Ella prefería  tratar con gente de menor importancia porque había aprendido que entre más alto el rango, más sufrían sus chicas con las perversiones de los hombres del dinero. Pero ahora la orden había sido tan clara que incluso ella misma era la encargada de recoger el paquete como le llamaban a los clientes. Aunque no sabía a ciencia cierta a qué corporación pertenecía ni cuáles eran los motivos de su visita, intuía que era de primer nivel pues la importancia se media en el número y la calidad del servicio, y esta vez tenía cheque en blanco.

Junto a ella estaba su hombre de seguridad: el Negro, quien le había preguntado hacía rato el por qué este sujeto venía en un vuelo comercial y no en un avión privado como se acostumbraba en estos casos. Miss Clairol se encogió de hombros, giró la cabeza y se quedó observando un enorme anuncio luminoso de una tienda de souvenirs.

 Media hora después se escuchó por los altavoces que el vuelo 528 de American Airlines procedente de Nueva York acababa de tomar pista. Miss Clairol se levantó y con una mano se alisó la parte delantera de su falda. El Negro la siguió mientras llamaba por un celular para que el vehículo con las chicas los esperara en la salida.

 
El grupo de pasajeros ya había descendido del avión y abordado el transporte terrestre hacia los andenes  muy cerca de la aduana internacional.  Frank Watson se detuvo un momento y le extendió su maleta a su asistente Robert Green para que éste la cargara además de las otras dos que llevaba. El pasillo del aeropuerto era como todos los pisos de los aeropuertos: largos y con grandes lámparas de neón y baldosas de mármol que le daban un aire frío e impersonal.  Diez o doce pasos más atrás iban Jim Evans y Carl Rodgers barajados entre los demás pasajeros. Al frente de ellos caminaba John St. John  y cinco o seis metros más adelante Bryan López con su traje de paisano. Una señora gorda se apostó delante de Frank como una gallina al momento de poner un huevo. Frank no le prestó importancia pero Robert Green la empujó hacia un lado para que le dejara libre el camino a su jefe.

            —Tranquilo, Bob. No pasa nada.

            Robert entendió y sólo inclinó la cabeza mientras la gorda se quedaba cacareando metros atrás. El pasillo se fue dividiendo en varias salidas donde los pasajeros formaban filas para pasar la revisión de la aduana.

            —Su pasaporte, por favor —pidió una inspectora aduanal cuando tocó el turno a Frank, quien lo sacó del bolsillo interior del saco y se lo entregó a la señorita quitándose las gafas oscuras—. ¿Nombre, señor? —continuó ella.

            —John Smith —mintió Frank.

            —¿Nacionalidad?

            —Americana.

            —¿Edad?

            —39 años.

            —¿Motivo de su visita?

            Por primera vez Frank sonrió dejando al descubierto unos dientes blancos y alineados.

            —Por placer —y le guiñó un ojo.

La señorita intentó permanecer impasible, pero no pudo y le correspondió con una sonrisa complaciente. Después continuó mirando los papeles de Frank y un momento después  se los devolvió.

            —Señor Smith, que disfrute su estancia en nuestro país.

            —Gracias, así lo haré.

 
El Negro estaba apoyado sobre la barandilla con un cartel en la mano que decía:  JUAN. Miss Clairol sacó una pequeña polvera y se miró una vez más al espejo. Su maquillaje estaba perfecto, la línea de los labios definida y el rimel hacía que sus ojos verdosos adquirieran las dimensiones de una laguna. A sus 34 años lo único que le preocupaba eran las malditas canas que creía ver en cualquier rincón de su cabeza. Se revisó la frente y el perfil. No, ninguna cana a la vista, lo que la hizo suspirar aliviada y pensara que este colorante todavía le debería durar unos tres o cuatro días más. Guardó la polvera en su saquito color crema y regresó hacia donde estaba el Negro. En ese momento empezaron a salir los primeros pasajeros del vuelo 528. Una pareja con un niño en brazos arrastrando un carrito de equipaje.  Un grupo de ancianos que fotografiaban lo que se les pusieran delante. La señora gallina que regañaba a un joven de cabello rubio. Un hombre moreno que llevaba un morral al hombro y que parecía un paisano. Dos hombres con gabardina color caqui que caminaban muy serios. Una joven que parecía estudiante universitaria con una mochila de los gigantes de Nueva York y una cachucha de los Mets. Un niño con una playera en la que se leía: I Love N. Y. De pronto el grupo de pasajeros se hizo más nutrido y compacto lo que impidió a Miss Clairol y al Negro detenerse a mirarlos uno por uno.

            —¿Le dijeron como viene envuelto el paquete, señora?

            Miss Clairol no hizo caso a la pregunta del Negro. Sólo se concentró en seguir a un grupo de atractivas sobrecargos que también habían cruzado por los accesos y se dirigían a la salida haciendo ruido con sus tacones altos.  Súbitamente escucharon una voz a sus espaldas. Miss Clairol y el Negro giraron la cabeza al mismo tiempo y echaron una desdeñosa mirada hacia el sujeto que tenían atrás. Era el hombre moreno y con un morral  que habían visto pasar un momento antes. Miss Clairol arrugó la nariz. Miró al paisano de arriba abajo. Estaba bien que Miss Clairol no quería a los de primer nivel, pero esto era el colmo, ese hombre no parecía ni siquiera de quinta categoría.  Evidentemente no podía ser el paquete por el que esperaban.

            —¿Tú eres Juan? —preguntó despectiva Miss Clairol olvidando todo protocolo diplomático como era hablarles de usted a los paquetes importantes.

            —¡Tssss... sí, yo soy Juan! —replicó Bryan López con una inquebrantable seguridad.

            Miss Clairol entrecerró los ojos para tratar de dilucidar si esto se trataba de una broma de mal gusto.  No, no parecía que nada estuviera fuera de lugar, la información, el pago, la orden. Todo parecía encajar salvo el paquete que tenía delante, a menos que... a menos que este Juan fuera un multimillonario excéntrico que tenía alguna perversión insólita como hacerse pasar por paisano.

            —Welcome, mister Juan. My name is Clara...

            —En español, please —pidió Bryan López.

—Ok. Voy a ser su scort durante los próximos días. No se preocupe por nada, señor, lo que pida con... con... gusto —dudó un momento—. Bienvenido a México —en ese momento Miss Clairol pensó en Channel y Victoria, las dos jovencitas que esperaban en el vehículo con el chofer y lo incómodo que sería subir a este sujeto que incluso le parecía que olía mal con sólo mirarle la cara y los bigotes de Cantinflas.

            —Gracias —dijo el hombre—. Muchas gracias.

            El Negro dobló la cartulina con el nombre de Juan y la tiró en un cesto de basura.

            —Afuera nos están esperando —ordenó lo menos fría que pudo Miss Clairol para que el hombre los acompañara a la salida.

 
Al cruzar el último acceso hacia la sala de espera, Frank Watson vio que Bryan López  ya estaba con el enlace mexicano que él mismo había contratado: Una mujer y lo que parecía ser su guardaespaldas. Luego los vio caminar hacia una de las salidas. Atrás de él venía su asistente Robert Green con la maleta al hombro. Frank dio vuelta hacia el lado contrario y enfiló hacia otra de las salidas. John St. John fue en dirección de Bryan para seguirlo.  En cambio Jim Evans y Carl Rodgers siguieron a Frank a media distancia. No querían ser demasiado visibles y debían mantener un bajo perfil en el aeropuerto. Al cruzar la puerta automática hacia el exterior, Frank vio que unos treinta metros más allá ya se encontraba Bryan abordando una camioneta negra junto con la mujer.

            —¿Taxi, señor? —se le acercó un chofer a Frank.

            —No... gracias —dijo en español pero con acento gringo.

            El chofer se fue hacia un lado y le hizo la misma pregunta a Robert Green que acababa de cruzar la puerta, recibiendo la misma respuesta negativa. En la otra puerta salió John St. John, miró un momento hacia donde estaba Frank, luego abordó un taxi en dirección hacia donde la camioneta había arrancado con Bryan López y Miss Clairol.

            —¡Hey! —llamó Frank en español al chofer del taxi que antes le había ofrecido sus servicios—, ¿Tienes algo de los Tigres del Norte?

            El chofer, acostumbrado a casi cualquier cosa, titubeó con lo inesperado de la pregunta.

            —No, señor. Pero si quiere se la puedo conseguir.

            Frank se quitó las gafas.

            —¿Sabes dónde quedan estos lugares?

            El chofer tomó el papel que le extendió Frank y lo leyó.

            —Sí, señor.

Frank se subió en el asiento trasero y cerró la puerta del taxi. Robert Green abordó un segundo taxi. Jim Evans y Carl Rodgers un tercero. Robert pidió ir al Hotel Four Season de Paseo de la Reforma para preparar las cosas mientras que Frank quería darse una idea del territorio que iba a conquistar. Así era el plan que lo hacía poderoso, así debía ser: mil doscientos millones de dólares anuales era una suma nada despreciable.

     
     


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