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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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Ley de la tortilla
09 de enero del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
Ley de la tortilla    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

“Subieron la mota, también el alcohol”
Molotov

   
     

El aumento en el precio de la tortilla es signo indiscutible de los tiempos que corren y de los que se avecinan. Hambre y genocidio para las clases más desprotegidas; aquellas que apenas sobreviven con menos de un salario mínimo por día. Y como el Pelele confirma que el fin justifica los medios se establece el siguiente programa gubernamental: Muerto el pobre se acaba la pobreza, que es una forma derechista para erradicar la miseria o, en caso de miseria extrema que manche el paisaje urbano, llamarlos a misa y prenderle fuego a la iglesia. Porque los pobres son un peligro para México.
 
ELENA (PARTE 12)
Al entrar al Imparcial se encontró de frente a José Bretón bajando la escalera que daba hacia la oficina de información. Los pies la estaban matando y tenía unas ganas terribles de sacarse las zapatillas y arrojarlas a una de las imprentas para que fueran trituradas y así poder librarse de ellas para siempre.
                —¿Dónde andabas, niña?  ¿Por qué no te has comunicado?
                —Ya no tengo crédito —fue la respuesta espontánea de Elena mientras echaba un ojo a las imprentas que estaban empezando a carburar metros más abajo. Y ya iba a empezar a relatarle a su jefe sobre la llamada de amenaza que había recibido por la mañana y el sobre que le había sido entregado, pero de pronto se sintió estúpida. Cualquiera se reiría al saber que había sido objeto de una broma.
                —¿Fuiste a la conferencia de prensa de la senadora Consuelo Palacios? —preguntó Bretón sin prestar atención a la respuesta de Elena. Ella regresó la mirada a su jefe y se quedó con cara de mensa. Claro que había ido, pero sólo por la invitación de Nora. Asintió con la cabeza.
                        —Bien, así se hace, tienes buen olfato. Necesito que me entregues no un reportaje sino un artículo de fondo sobre eso en menos de una hora para esta edición —hizo una pausa mientras perforaba con una mirada entusiasta las pupilas de Elena, luego continuó—: Y espero que sea igual o mejor que el anterior.
                Bretón continuó bajando las escaleras pero se detuvo tres escalones más abajo, miró a Elena y le extendió un par de billetes de cien pesos.
                —No quiero que te me pierdas tanto tiempo, ¿eh? Compra una tarjeta telefónica.
                Elena quedó pasmada con los billetes en la mano mientras Bretón se perdía escaleras abajo. ¿Qué era todo aquello? ¿Acaso el mundo se estaba volviendo loco? ¿Por que las cosas parecían que estaban de cabeza? ¿Por qué no entendía nada? ¿Por qué le pedían un artículo? Y sobre todo: ¿qué es lo que se acordaba de aquella conferencia de prensa? Nada, entonces comprendió que se encontraba en un verdadero aprieto. Recordaba claramente no haber visto por ningún lado a Carlos ni a Nora. Recordó haber pisado a un camarógrafo y encontrarse frente a una valla infranqueable de fotógrafos. Recordó que un maldito le había dado mal la dirección de un restaurante (y pensar que hasta le había caído bien el imbécil).  Y lo único que recordaba de la senadora Consuelo era que llevaba un vestido rosa y el cabello recogido en un chongo. Todo eso entraba en el campo de la neblina. Y ahora tenía que entregar un texto del cual no tenía la menor idea de cómo empezar ni mucho menos como acabarlo. ¿Qué debía hacer? ¿Cuáles eran las opciones que tenía a la mano? Ni siquiera podía hablarle a Nora y a Carlos porque ellos no habían estado presentes ese día. Se le ocurrió ir a la sala de comunicación para pedir información, pero luego se acordó que para ese tipo de conferencias no había boletines de prensa, después de todo, para eso el conferenciante convocaba a los medios. Elena terminó de subir las escaleras y se sentó frente a una de las computadoras que utilizaba para escribir sus reportajes y comenzó a teclear como loca lo primero que se le iba ocurriendo, algo en su interior le indicaba que la responsabilidad era la única arma con la que contaba en momentos difíciles. Una hora después bajaba con el artículo o lo que suponía debía ser un artículo de fondo esperando que por un milagro no se lo rechazara su jefe de redacción y se quedara sin la paga que tanta falta le hacía.
—¡Excepcional! —volvió a exclamar José Bretón cuando terminó de leer el texto que Elena le había entregado no hacía menos de cinco minutos en su oficina—. Hasta el título es maravilloso con todo lo que está pasando.
                Elena se quedó de a seis. Realmente el mundo se estaba volviendo loco. En todo el tiempo que llevaba de conocer a José Bretón, éste no exteriorizaba emociones casi de ningún tipo. Ella lo veía invariablemente tras su escritorio leyendo los artículos y reportajes, diseñando las páginas del periódico, catalogando el valor de cada texto sumido en una infinita reflexión. Pero de dos días para acá, su comportamiento parecía haber sido trastocado por la locura.
                —COMPLOT hasta podría ser el título de una columna semanal —continuó con la mirada sobre el texto de Elena—. Que digo, mejor una columna diaria sobre la realidad política del país. “Complot”, ¡excelente!
                Elena intentó salir de puntitas de la ofician de Bretón, no fuera a contagiarse de aquella epidemia y al rato ella misma estuviera viendo las cosas patas para arriba, pero fue detenida por la voz de su jefe:
                —Necesito que le hagas una entrevista al señor Hernández.
                Elena apoyó una mano en el marco de la puerta, giró la cabeza hacia su jefe:
                —¿Entrevista, señor?
                —No te será fácil, así que ingéniatelas. Yo sé que puedes.
                Elena salió de la oficina y subió de nueva cuenta por las escaleras hacia las computadoras. Lo primero que pensó para realizar esa tarea era investigar en internet lo que hubiera sobre el señor Hernández. Ella pensaba que la red era la quinta maravilla del mundo. Ahí se podía encontrar de todo. Todo lo que ella quisiera saber sobre cualquier tema: Desde astrología y signos zodiacales hasta consejos de cómo elegir el maquillaje correcto para su cutis lleno de escamas. Pasadas un par de horas lo único que había encontrado novedoso sobre el señor Hernández era que no encontraba nada nuevo que no conociera la opinión pública, entonces cerró el navegador y salió hacia las oficinas del partido donde quizás podría localizarlo para concretar su entrevista.
Después de un viaje en metro y dos transbordos donde ocupó parte del dinero para la tarjeta telefónica, Elena vio a Nora que venía bajando las grandes escaleras de la explanada donde se ubicaba el edificio principal del partido.
                —¿Qué haces aquí, linda? —recibió Nora a Elena con un fuerte abrazo y un beso en la mejilla.
                Elena se acordó de pronto de la broma que le habían gastado por la mañana y antes de contestar sintió una oleada de celos que le empezaban a carcomer el tuétano.
                —¿Te gusta Carlos? —disparó a bocajarro.
                Nora echó un bufido y empezó a mugir con su risa loca que bien podía escucharse hasta donde estaba instalada el asta bandera.
                —Noooooooo. Pero creo que ya sé a quién le gusta —lo dijo con un tonito casi infantil y entre risotadas que hizo que a Elena se le volviera al revés y al derecho el estómago—. Pero no te preocupes, linda, de mi boca no sale nada. Soy una tumba —y se echó a reír de nuevo con sus mugidos.
                Elena comprendió que había abordado mal ese asunto, así que intentó minimizar los daños colaterales y preguntó con otro aire:
                —Vas a ver, no fuiste a la conferencia que me dijiste que ibas a ir.
                Nora seguía riendo a pesar de que de un tiempo para acá ya traía un dolor crónico en la mandíbula.
                —Perdón, linda, preciosa, pero tuve otras cosas que hacer. Ya sabes.
                Elena creyó que eso del ya sabes se refería al sujeto que le había entregado el sobre y después a la llamada telefónica.
                —Sí, como gastar bromitas.
                Nora detuvo un poco su risa sin hacerle caso a Elena:
                —Oye, y que onda con tu reportaje de ayer. De dónde sacaste tanta información. ¿Quién es tu fuente?
                —¿Fuente?
                —Sí, tu fuente de información, tu informante. No podías haber tenido una de ocho sin una fuente confiable y bien informada. Vamos, entre amigas: ¿Dime quién fue?
                Por primera vez Elena reparó en su poco profesionalismo y su completa falta de ética periodística, pero sin alterar los músculos de su cara contestó:
                —Eso es confidencial.
                Nora endureció la mirada y paró en seco de reír.
                —Creí que éramos amigas.
                Con esas palabras Elena se sintió de pronto culpable e indefensa. ¿Por qué no decir la verdad y ya? ¿Por que no aceptar que la mentira la había salvado dos veces de no cobrar su cheque? ¿Nora le hablaba en serio o le estaba bromeando de nuevo? Claro, era una nueva broma de ella y pronto estallaría con su característica risa bovina, así que decidió seguirle el juego, continuar con la broma:
                —El trabajo es una cosa y la amistad es otra —contestó conciliadoramente Elena.
                —Y yo que te creí buena onda —dijo Nora sin una pizca de su característico humor—. Pero ya veo que eres igual que todos. Una bola de patanes. Nada más hacen algo y el ego se les trepa hasta la cabeza. Imbéciles.
                Nora quedó helada, parecía que no se trataba de una broma. No sabía que hacer o que contestar, pero algo que siempre había tenido era un orgullo que la levantaba como tantas veces la había levantado cuando era niña en la casa de la señora Carranza y sus interminables tinas de ropa que tenía que lavar.
                —Cómo digas —repuso fríamente Elena.
                Nora la miró con el ceño fruncido y sin decirle nada más, enfiló hacia la salida de la explanada dejando a Elena con la boca abierta donde bien podían entrar y salir moscas. ¿Qué había pasado? ¿En qué se había equivocado? Sin tiempo para una meditación profunda, Elena echó a andar hacia la entrada del edificio del partido en el poder. El trabajo era le trabajo. Luego tendría tiempo para remendar la amistad con Nora. Nada que no tuviera solución.
El edificio del partido era suntuoso por dentro y por fuera. Parecía que la democracia alteraba los índices de bienestar de los demócratas. La democracia había llegado para quedarse. Elena entró y lo primero que vio fue a una jovencita edecán vestida de azul que llevaba una bandeja plateada con bocadillos. Elena la miró y se sintió chinche. Aquella jovencita, con su belleza y su juventud, tenía todo el futuro del mundo para triunfar. Elena creía que la belleza era una herramienta muy poderosa para lograr algunos objetivos que no se podrían conseguir por otros medios, como por ejemplo salir en tele, pero ella era demasiado fea y flaca que lo único que podría hacer era echarse a llorar y contemplar como todas las guapas triunfaban a su alrededor. Y para colmo, hace un momento había sido derrotada por Nora, la vaca loca. ¿Sería que ella tenía algo en la sangre que no le permitía establecer ningún tipo de vínculo emocional con la gente? Sabía que existía el solipsismo pero ella no se consideraba ninguna esquizofrénica o al menos no conscientemente. Siempre sonreía cuando había que hacerlo y se ponía seria cuando la ocasión lo ameritaba o eso creía ella.
                —¿Buscas a alguien?
                Elena giró rápido la cabeza para identificar de donde provenía la voz que acababa de escuchar y la encontró recargado en penumbra.
                —Sí, pero no te lo pregunto porque me vas a mandar quizás al polo norte a buscar camellos.
                —¿Qué?
—O al desierto a buscar pingüinos.
                El hombre se echó a reír. Su risa parecía tan franca que Elena casi olvida que por su culpa había llegado tardísimo al restaurante Bungalow donde debía encontrase con el senador Beltrán.
                —Eso no tiene nada de gracioso —dijo irritada —. Perdí mi cita y casi pierdo el trabajo —mintió.
                El hombre dejó de reír con la boca pero parecía que sus ojos aún estaban embarcados en una sonrisa afable.
                —Oh, lo siento, pero es que creo que hubo una confusión de mi parte. ¿Qué puedo hacer para remediarlo?
                Elena barajó varias respuestas. Sabía que siempre tenía asegurado el no, así que sin importancia contestó:
                —Invítame a cenar y todo quedará olvidado.
                El hombre se acercó hasta casi estar a medio metro de la cara de Elena.
                —Está bien, ¿para cuándo?
                —Para hoy.
                —¿Hoy?
                —¡Hoy, hoy, hoy! —afirmó Elena sabedora que en casa no tenía nada que comer.
                —Bueno, pero antes contéstame una pregunta.
                —Dime.
                —¿No te da miedo salir con un extraño?
                —No eres un extraño —reviró Elena—. Eres un mentiroso y ya te conozco y sé quién eres.
                De pronto el hombre se llevó una mano al abdomen y se encovó hacia delante.
                —¿Te sientes bien?
                El hombre respiró profundo:
                —No es nada. Sólo un pequeño calambre.
                —Deberías ir al médico, que tal que tengas bichos en la panza.
(Continuará)

www.radioamlo.org y para todos los que me ha escrito sobre dónde encontrar los textos anteriores de esta historia por entregas: www.laquintacolumna.com.mx y muchas gracias por sus generosos comentarios.

   
     


   
   
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