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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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Ley de la selva
07 de noviembre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
LEY DE LA SELVA    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

¿Y cómo ves la situación aquí en Oaxaca?,
le pregunté a Bradley Will el camarógrafo de
Indymedia una semana antes que fuera asesinado
por los sicarios del gobernador Ulises Ruiz.
“Grave. Muy Grave”, me dijo.
Luego lo mataron.  1970-2006

 
Para Verónica Sanabria Villalvazo


Después del enfrentamiento de la PFP contra el pueblo oaxaqueño en las inmediaciones de la Universidad Autónoma de Oaxaca, Ulises Ruiz no puede seguir gobernando. No tiene más capital político que el uso de la fuerza para negociar. Por eso,  su renuncia debe ser inminente antes que vuelvan a desbordarse los ríos de sangre, y para dejar atrás la ley de la selva que parece ser el refugio donde el tirano hace su morada. Ulises Ruiz es la punta del iceberg donde los sátrapas y espurios se esconden: Mario Marín Torres (el Gober Precioso), Felipe Calderón Hinojosa (Fecal el espurio) y Chente y Martita (La pareja presidencial). Si cae Ulises, pueden caer todos y ese es su miedo. Pero a fin de cuentas, el pueblo propone y, con todos sus hombres y mujeres libres dispuestos a velar por la justicia, la dignidad y la democracia, deben disponer del gobierno que quieran y merezcan. Si no, más Atencos y Oaxacas incendiarán un país llevado al extremo por estos personajes incendiarios. “Ulises ya cayó”, fue la consigna en la mega marcha de este domingo pasado en Oaxaca.  “Ulises, Marín,  Fecal y Fox váyanse al basurero de la historia”, dictaba la premonición de un cartel colectivo.

(Parte 4)
CASTAÑEDA
“El poder siempre tiene sus ventajas: Te abren la puerta y todo el mundo se dirige a ti con el: sí, señor, lo que usted diga, señor, lo que mande y ordene, señor, estamos para servirle, señor, ¿le limpio la cola, señor? ¿Cómo usted quiera, señor, con la mano o con la lengua, señor? ¡Señooooooor!”
                Esto era lo que estaba pensando Castañeda, operador político y secretario particular del señor Hernández mientras hacía del baño en su oficina dentro de la sede del partido. Tenía una grave indigestión provocada por el atasque con que se celebró el fin de los cabildeos en la cámara de senadores. Noche de manjares: langostinos al vino tinto, trufas y lasaña. Taquitos de cochinita pibil con berenjenas rellenas de queso con champiñones, o eso fue lo que creyó que eran esas bolas moradas que estaban en la mesa del ministro Jensen. A punto de cumplir 28 años aún se consideraba bastante silvestre en los avatares culinarios de la política y de la buena mesa. Pero estaba aprendiendo, al fin y al cabo, tenía al mejor maestro en las artes oscuras de la negociación: El señor Hernández y su voz de merolico. Otro cantar era la panza y el estar poco acostumbrado a las cosas raras. Eso era lo que le dolía hasta el tuétano mientras pujaba para dar a luz pequeños trocitos de caca licuada.
                —La junta ya está empezando, licenciado —oyó la voz de la secretaria al otro lado de la puerta mientras tocaba con los nudillos. Al oír esto, Castañeda intentó detener el chorrillo pero parecía que se estaba desangrando por dentro.
                —Ya voy —gimió con la mandíbula apretada y el culo suelto.
La sesión estaba programada para las diez y media de la mañana.  Uno a uno habían llegado los políticos convocados para esa junta. El señor Hernández siempre era de los primeros, tal vez por eso llevaba tanto tiempo haciendo política, una de sus máximas era: a quién madruga, el partido lo ayuda, que era lo contrario a otra que solía decir con frecuencia: político que se duerme se lo lleva la oposición. Cuando ya hubo el quórum suficiente pasaron al salón Forjadores y se fueron sentando en las butacas alineadas frente a una mesa de paño verde que serviría como panel de los oradores.
                —¿Dónde está Castañeda? —preguntó el señor Hernández a una de las señoritas de ojos verdosos que atendían el acceso de entrada. La muchacha tembló, sabía por experiencia que el señor Hernández sólo preguntaba una sola vez antes de tronar.
                —Dijo que ya no tardaba, señor —repuso la otra chica que se encontraba al otro extremo de la puerta, quizás tratando de aligerar un poco la situación para que el señor Hernández no se alterara.
                —Lo quiero aquí de inmediato—dijo ásperamente.
                —Sí, señor —contestó la misma chica saliendo a toda prisa en busca del licenciado Castañeda.
                El señor Hernández se dirigió hacia la mesa de paño verde y ocupó el asiento central donde ya se encontraban los otros cuatro panelistas sentados. Los micrófonos se prendieron. Con una voz afable empezó:
                —Bienvenidos sean todos ustedes a esta mesa de trabajo de la cual elaboraremos iniciativas que transformarán para bien el rumbo de nuestra nación. Bienvenido señor ministro Octavio Del Rincón. Bienvenido señor senador Olivar  Martínez, Señor secretario Jaime Jueventino González, bienvenido sea usted también. Señora diputada Olga Vaca de Benítez, la más cordial de las bienvenidas.  Señores panelistas, gracias por acompañarnos. A todos ustedes, señoras y señores. Damas y caballeros, se abre esta mesa de trabajo bajo el siguiente título: “Reforma fiscal y su impacto en las finanzas públicas”. Como introducción, tiene la palabra hasta por diez minutos el señor senador, licenciado  Olivar Martínez. Adelante senador. Muchas gracias.
                Un corto aplauso fue el preámbulo para que comenzara el debate sobre hacia donde deberían destinarse los recursos públicos de la federación. El senador Olivar expuso una introducción del problema  en la recaudación hacendaría, sugiriendo al final de su disertación hacer una reforma fiscal a fondo para intentar paliar el déficit en las finanzas públicas. Después tocó el turno al secretario Jaime Juventino González, quien sugirió que para que el gobierno tuviera mayores recursos, se deberían gravar con impuestos a medicinas y alimentos. Propuesta que fue recibida entre ovaciones y aplausos. Cinco minutos después la diputada Olga Vaca de Benítez defendía la posición de que se podía implementar un sistema tributario donde hubiera coches de hacienda circulando por las calles para cobrarles impuestos a los vendedores ambulantes. Idea que fue atacada más tarde por el subsecretario Rodolfo Loera al hacer un cálculo y explicar que casi el cincuenta por ciento de la población era ambulante y no pagaban impuestos.
                —Se necesitarían miles de autos, millones de pesos en recursos en gasto para recaudar a lo mucho el 40 ó 50% .
                Entonces el señor Hernández reviró con voz grandilocuente hacia el subsecretario:
                —Bueno, señor subsecretario, si la secretaría está un poco limitada de recursos para la adquisición de tantas unidades recaudadoras... se podría hacer lo siguiente: Que se utilizara otra secretaría para el cobro de impuestos, ¿no le parece?
                —No entiendo... —apuntó el subsecretario.
                —Sencillo, que por ejemplo la secretaría de seguridad pública o los de tránsito, ayudaran a los de hacienda para la recaudación fiscal, al fin, andan en las calles y tienen motos y hasta coches. ¿No, caballero?
                Casi todos, incluyendo a la diputada Olga, echaron una carcajada. El señor Hernández miró de un lado a otro observando como celebraban su ocurrencia.
                —P... pp... ppero... —tartamudeó el subsecretario—, el presupuesto.
                —Pero nada, señor, si los hombres de la secretaría de hacienda no pueden hacer su trabajo... ¿Quién lo hará por ustedes? —finalizó el señor Hernández con un tono de voz más elevado que el anterior.
                El subsecretario se puso rojo ante el regaño público. Su jefe lo miraba desde la tercera butaca de los panelistas, sólo movió la cabeza. Luego continuaron con más argumentaciones en pro y en contra.

Cuando el antepenúltimo orador iba a la mitad de su discurso, Castañeda entró al salón Forjadores con  la mano derecha sobre el estómago y la otra cargando un portafolio negro. Estaba sudando, lo sentía, porque una gota había resbalado desde donde le nacía el cabello hacia la barbilla. Aún sentía los calambres en la punta del estómago, parecía como si estuviera enamorado y miles de mariposas le revolotearan por dentro, entre las tripas, mordiéndole las entrañas. Ya se había tomado cuatro o cinco tragos de peptobismol, pero ni lo estaba cubriendo, ni lo estaba protegiendo ni lo aliviaba. El señor Hernández clavó una mirada inquisitorial sobre él cuando cruzó por un extremo. Le hizo una señal con la mano que él muy bien conocía. De inmediato Castañeda, a pesar de los fuertes retortijones, abrió el portafolio y sacó un estuche un poco más pequeño. Lo abrió y desenfundó una pipa oscura. Cargó un poco de tabaco en el orificio y se escabulló por un costado llevando la pipa y el portafolio hasta llegar a la espalda del señor Hernández. El otro panelista seguía hablando sobre números y porcentajes.
                —Carajo —le espetó en corto el señor Hernández mientras arrebataba la pipa de sus manos—. ¿Dónde chingados andabas?
                —Los camarones de ayer... —comenzó a disculparse Castañeda llevándose una mano al abdomen.
                —Camarones mis huevos... ¿Trajiste el documento?
                —Sí, señor.
                —¿Y dónde está que no lo veo?
                Castañeda se inclinó y sacó de un costado del portafolio un sobre y se lo extendió a su jefe.
                —¿Está completo?
                —Sí, señor.
                El señor Hernández le hizo un ademán de que se retirara. Castañeda volvió a hurtadillas y se colocó en uno de los costados del salón. No había sillas y tendría que esperar de pie a que acabara la reunión. El sudor le estaba empapando desde la corbata hasta los calcetines. Castañeda observó como su jefe abría el sobre y sacaba unos papeles para hojearlos mientras el panelista seguía hablando. Luego se llevó la mano a su cinturón y desprendió el teléfono celular. Marcó un número y sólo dijo al mismo tiempo que el panelista finalizaba su discurso:
                —Lo tengo —y colgó.
                Castañeda sintió un nuevo retortijón mientras todos aplaudían por la exposición del orador, pero esta vez el calambre era una extraña mezcla de una abundante admiración por su jefe y un chorrillo galopante: El señor Hernández haciendo una cosa y pensando en otra. Por un lado la política y por el otro lado la pandilla. Esa era la clave de los grandes, sí, señor, de los verdaderamente grandes, señor. Luego Castañeda, con una profunda admiración y un insólito respeto por su jefe, salió corriendo con una mano en el estómago y la otra en el trasero hacia una nueva cita con el escusado.

(Continuará)

 
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