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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Ley del revólver
7 de agosto del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
LEY DEL REVÓLVER    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

a los amig@s y familiares de Marko Castillo
que son los que verdaderamente sufren ahora

Dentro de literatura, pocos son los muertos que sobreviven,
tal y como la muerte es una palabra llena de huesos.

   
     
     

Utilizar la violencia como herramienta de convencimiento es el peor de los caminos. Ni la pena de muerte detienen la inseguridad, ni los golpes solucionan conflictos. Me pregunto, después de los acontecimientos sucedidos el pasado 4 de agosto, durante el encuentro perredista entre bandoleros y banderolas para elegir candidatos para la próxima elección de noviembre 11: ¿AMLO estará enterado de cómo se utiliza la izquierda para desprestigiar a la propia izquierda? Personas que ven el beneficio en función de sus interese mezquinos.

Siempre he sido un hombre congruente con lo que pienso y digo, ahora me pregunto: Aquellos que se masacran y que al mismo tiempo dicen defender la democracia, la justicia y la libertad, ¿están de mi lado? ¿Cómo confiar en el PRD poblano cuando quienes lo integran destruyen todo lo que pienso? Sé que afuera están los adversarios listos con sus colmillos para erradicar toda propuesta de vanguardia, progresista, de igualdad social y equilibrio económico. Pero los que están dentro de ese instituto político, superan con creces los exabruptos con balas y piedras en contra de lo que sostiene mi humanidad, desbaratando toda inteligencia. Estaré siempre en contra de la corrupción en cualquier parte del mundo, de la violación al estado de derecho. En contra del hambre y de las injusticias. Siempre a favor del que no tiene voz, del que ha sido injuriado por ser pobre. En contra del racismo en cualquiera de sus expresiones. Estaré a favor de la libertad y la democracia, jamás del lado del bandido poderoso, del político que vende su alma a cambio de migajas históricas. ¿Cómo confiar en los políticos poblanos que lanzan discursos llenos de florituras y con los dientes desgarran sus propias palabras? Por eso desde esta columna también exclamó fuerte y claro: ¡Ya basta! No conviertan este país en un páramo de miserias y abandono.
 

TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Una revolución jamás prosperará
 si no es movida por la fuerza del amor”
Ernesto “Che” Guevara


PARTE 11

31.
El miedo siempre es un instrumento para sobrevivir. ¿Pero sobrevivir a costa de qué? Había corrido como loco para salvarme el día de la marcha, pero dentro de mi salvación también estaba mi condena. Sofía quería que le ayudara a buscar al fotógrafo desaparecido fuera donde fuera. Habíamos cambiado de táctica tanto ella como yo. Mis fotos anteriores ya no serían utilizadas por el momento, aquellas donde aparecía ensangrentado tirado en el suelo y con la lengua de fuera. Ahora ella quería que declarara ante una comisión especial de derechos humanos o, primero, ante su consejo estudiantil guerrillero de la facultad de ciencias políticas para ver que medidas iban a tomar y qué es lo que se iba a decir. Así que de pronto me vi rodeado de una bola de chavos de todos colores que me miraban con ojos inquisidores mientras me ordenaban sentarme, solo, en una silla de plástico que sudaba a la altura de las posaderas: ¿Nombre?: Pío. ¿Apellidos?: Pío pío. ¿Tú fuiste el último que vio ese día al Sangrías?, me preguntó Sofía al centro de su mesa en la casa de estudiantes. No lo sé, contesté con la certeza que el último en verlo ese día probablemente era el granadero que había sido mordido por el fotógrafo chimuelo. ¡Contesta más fuerte, cabrón!, ordenó un chavito que estaba a su izquierda y que para mayores señas, se había dejado crecer la barba hasta casi la altura del pecho y no debía pasar de los 18 años de edad y como 4 de no bañarse. No, no fui yo, grité en ese momento al sentir una exasperación interna. Sofía me había convocado a verla y yo, precisamente como lo que criticaba, como un cordero masoquista, volvía manso al rebaño dándome de topes contra las paredes de su indiferencia. Días antes había intentado deshacerme de los libros que me había prestado en su bolsa aurrerá para que los leyera. Quizá era una especie de catarsis para exorcizar su influencia sobre mis neuronas, como si yo fuera un poseso de un diablo llamado Sofía. Pero irónicamente regresé a terminar el segundo libro que me había prestado, uno de un wey llamado Michel Foucault. Carajo, pensé cuando llegué a la última página, en verdad seré demasiado pendejo o qué, porque no entiendo nada. Así que para comprobar la hipótesis sobre mi falta de comprensión acerca de cuestiones sociorevolucinariapolíticaeconómicaydemáschingaderas, comencé a leer el tercer libro tal y como Anaís leía todo lo que llegaba a sus manos, desde libros de cuentos, novelas, poemas, ensayos, revistas, comics hasta folletos de cremas que quitaban las arrugas en los ojos de pescado, de bancos que ponían el mundo a tus pies a cambio de tu vida, hasta anuncios de masajistas y eventos culturales y todo lo que tuviera palabras escritas. Anaís era como una máquina traga todo por la vista. Mi madre le llegó a tener miedo como cuando ya fuera, viviendo en el departamento con su amiga pictotabernera, llegó un día a casa y puso sus argumentos de liberación filial sobre la mesa mientras mi madre le ordenaba a regañadientes que pusiera los platos para la sopa: No, dijo Anaís, no los voy a poner. Yo no puedo asegurarlo, pero supongo que a mi madre le temblaron las rodillas con esa negativa y su papada, que en ese entonces ya se precipitaba hacia el suelo como preámbulo del buche de una rana, osciló en forma amenazante como una gelatina yelou. Anaís jamás había osado contradecir a mi madre en ningún sentido, ni para arriba ni para abajo, ni para adelante ni para atrás. Era como sí los hombres primitivos se arriesgaran a enfrentarse al dios del trueno sin salir sordos o electrocutados. Mi madre se acercó con el cucharón de la sopa caliente en la mano, y, con un miedo terrible ante la rebelión de la progenie, intentó darle un batazo a Anaís en plena cabeza. Debo deducir que Anaís había practicado mucho tiempo, años y felices días, para ese encuentro decisivo con su liberación, ya que con increíble rapidez se dobló por mitad y el cucharón pasó a milímetros de su espalda sólo salpicándola con pequeñas gotas de sopa de verduras. Mi madre quedó bailando como un trompo por ese strike: ¡No quiero que vuelvas a esta casa hasta que me pidas perdón!, gritó cuando dejó de girar, ¡y ahora lárgate de aquí! Anaís tomó su pequeña bolsa cargada de libros y salió por la puerta sin decir ya nada. ¿Y entonces quien fue el último que vio a nuestro camarada?, me preguntó otro chavo que estaba sentado a la derecha de Sofía. No lo sé, porque me eché a correr.
 
32.
Mi novia Karla tiene el don de ubicuidad cuando uno menos se lo espera. Al día siguiente del partido de béisbol se presentó en dos lugares distintos al mismo tiempo. Por un lado supuestamente debía estar trabajando en su oficina y por el otro estaba en la entrada de mi casa. Yo había pasado una noche de perros. Después del partido de béisbol, el chubasco de la chica sonrisas sobre mi sexo, los litros de cerveza y el Perlotas sangrando y el Barcelona buscando orgías, sólo me quedaba un dolor de cabeza que se me fue apaciguando mientras entrecerraba los ojos tumbado en cama observando la oscuridad extrema. Cuando sonó con insistencia el timbre abrí los ojos para mirar el reloj: Carajo, son las 11 de la mañana, pensé mientras me levantaba y me dirigía hacia la puerta. Mi madre ya debía estar afuera trabajando para mantenernos a flote y, por supuesto, el único que podía abrir la jaula era el propio preso. Karla llevaba un ramito de flores y su bolso de piel de lagarto rosa: ¡Felicidades!, gritó al tiempo que se me abalanzó tan repentinamente que lo único que pude hace fue abrazarla y sostenerla por un par de segundos en el aire. ¡Tú madre me dijo que ya habías conseguido empleo!, continuó al oído mientras me besaba la oreja. ¡En verdad no podía creerlo cuando hablé esta mañana por teléfono! ¡Eres increíble! Luego se desprendió de mi abrazo y me extendió las flores: Las traje para ti. Yo quedé mirando el manojo de ramas, espinas y hojas. Karla entendió mi código lingüístico y de inmediato entró hacia la cocina donde buscó un jarrón. ¿No debías estar trabajando?, le dije al cerrar la puerta. Karla llenó el jarrón con agua y metió las flores. Después llevó el arreglo hacia la mesa del comedor. ¡Esta noche hay que celebrar! ¿no? Karla usualmente tenía tres maneras de enfrentar una pregunta que le incomodaba: 1) Cambiando de tema 2) Fingiendo no escuchar ó 3) Cambiarla por otra pregunta. En este caso había elegido la opción dos, así que volví a preguntar: ¿No debías estar trabajando ahorita?, entonces contestó con la opción uno y tres: ¿No son hermosas las flores? ¿No son bellas? Yo quedé anonadado, sin estrategia, así que fui directo al grano: ¿Qué fregados haces aquí, Karla? ¿No debes estar en el trabajo? Ella dejó de acomodar las flores y se me acercó: Vine porque te amo y hoy es un gran día para celebrar. Y para continuar con su argumento me rodeó con sus brazos, tomó mis labios con los suyos y succionó con fuerza. Su lengua parecía un cincel que quería esculpir en mi paladar lo que acababa de pronunciar, pero más parecía una barredora para mi aliento de centavo, acabado de despertar. Hice un movimiento brusco para despegar su ventosa de mi boca: ¡Pero te van a descontar el día!, dije: ¡No me importa! Tú eres mucho más importante que todo el dinero del mundo. Y volvió a la carga con su boca llena de dientes afilados. ¿Y por qué corriste, mi estimado?, me preguntó Sofía. Yo quedé sumido en la silla de plástico sudándome las nalgas. Iba a contestar: ¡Porque ese wey me ordenó que corriera!, pero en vez de eso, saqué mi cartita amorosa que ya estaba empapada por mi sudor de cochino, aquella obra maestra en el difícil arte de la conquista que había copiado de todas las cartas de mi hermana mayor Clara y sólo pregunté: ¿Puedo leer?
 
33.
Todo pensamiento que se tiene en la cabeza y que no se usa es un desperdicio de neuronas. Y más: si hay algo que se ha planeado y que por miedo no se ejecuta, es doble desperdicio. El miedo es una forma de perder la vida estando vivo. Los muchachos me miraron desde su estrado inquisitorial y comenzaron a murmurar: ¿Leer? ¿Una declaración? ¿Una denuncia? Sofía se levantó de su silla y ordenó: ¡Silencio...! Fue ahí, con la vehemencia del condenado, el lugar perfecto para meter más el pescuezo en la soga y tirar de la palanca al mismo tiempo para desplumarme por completo. Comencé a leer con toda la emoción del caso: “Sofía: Tus ojos son el cielo azul que me hace explotar el deseo cada vez que los miro. En las profundidades del mar he agotado mi paciencia que me pesa. Te quiero lamer uno a uno todos tus poros. Quiero chuparte las orejas y el rabo. Eres como mi muerte, fría y ausente. Tus pechos hacen zozobrar mis manos cuando no los toco, y quiero hacerte gritar de placer como una loca. Mi corazón se ha parado como lo que llevo entre las piernas. Tengo tantas ganas de ti, que te comería con todo y ropa aunque estuviera un mes haciendo trapo. Porque tus manos, que ejecutan las plegarias de lo que no tocan, me hacen sentir cada vez más solo. Postrado ante tus pies que beso y amo. No sé donde buscarte, porque tu alma no aparece por ninguna parte. Te he buscado debajo de las rocas, atrás de los árboles, encima de ríos o debajo de las estrellas para meterte en mi cama. Para que destiendas mis sábanas con tu sudor ardiente. Eres mi perdición porque no te penetro a cada instante. Te amo y tú no lo sabes. Te deseo como los ríos desean la lluvia alegre de las nubes. Sofía, dime que sí, para poder descansar tranquilo. Con toda la paz que otorgan los sepulcros. Vámonos al infinito y más allá, amor mío.” Hubo un silencio mortal, tétrico. Levanté la vista de mi obra maestra que aún temblaba entre mis manos y pude ver que Sofía también temblaba. Los chavos también me miraban, como si se hubieran vuelto de piedra. Ni uno solo parpadeaba. Literalmente los había dejado fritos, congelados. Como nos congelamos Goliath y yo la primera vez que lo vi con pantaletas y zapatillas un día en que llegué de improviso a su casa y la puerta no tenía seguro. Como las estatuas de marfil, 1, 2 y 3, el que se mueva baila twist, Goliath sólo abrió tremendos ojos y, durante una eternidad no supimos qué hacer, cuando terminó esa pausa de vértigo temporal,  hicimos lo más conveniente para esa situación desesperada de vergüenza propia y ajena: Goliath se echó un clavado hacia el piso quedando pecho tierra y yo regresé corriendo sobre mis pasos, con el ojo cuadrado y con la idea de que en el futuro desarrollaría un tumor cerebral y que, como experiencia, me dejó la enseñanza que siempre debía tocar la puerta antes de entrar a cualquier sitio. O como mi padre quedó petrificado cuando el doctor le dijo que, debido a tanto alcohol, su hígado se haría cada vez más chiquito y en menos de lo que canta un gallo, estaría del otro lado del mundo, convertido en abono. En ese universo terrestre que comprime lo que antes estuvo vivo. O como mi madre que quedó paralizada cuando le enseñaron la cuenta de lo que tenía que pagar en el hospital para mantener a papá con vida. O como se quedó petrificado el Perlotas cuando la italiana le sembró un puñetazo en la nariz en el palco de su padre. O como Karla quedó paralizada al día siguiente cuando me descubrió en el cuello una mordida que no pertenecía a sus dientes. Pero como el amor todo lo salva dicen los que jamás han amado, Karla no dijo ni pío, sólo su inmovilidad fue la única postura que pudo asumir en ese instante. Sofía también estaba petrificada muchos años antes, sólo temblándole el piquito que llevaba por labios. Un segundo después los chavos comenzaron a reaccionar y un murmullo fue creciendo en su guarida: ¿Es poeta? ¡Nel, es un vago! ¡Es buenísimo!, ¡Es una porquería!, ¿Qué le pasa, eso qué es? ¿Es una broma? ¿Está enamorado? ¡Es un imbécil! ¡Es un genio! ¡Está loco! ¿Qué te pasa, cabrón? ¿Juegas con nosotros en estos momentos tan difíciles? Entonces Sofía entró de nuevo en acción, derrumbándose sobre su silla: ¿Y por qué corriste?, pero pude notar que la voz le temblaba como los segundos tiemblan sobre las horas.

(Continuará el próximo miércoles)

   
     
     
     


   
   
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