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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Mario Benedetti
30 de enero del 2008
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
MARIO BENEDETTI
   
     
para Mario Benedetti
   
porque el mundo sería un lugar muy triste sin su presencia
   
     
Gerardo Oviedo    
     
     

¿Qué pasaría si un día despertamos dándonos cuenta de que somos mayoría? ¿Qué pasaría si de pronto una injusticia, sólo una, es repudiada por todos, todos los que somos, todos, no unos, no algunos, sino todos? ¿Qué pasaría si en vez de seguir divididos nos multiplicamos, nos sumamos y restamos al enemigo que interrumpe nuestro paso? ¿Qué pasaría si nos organizáramos y al mismo tiempo enfrentáramos sin armas, en silencio, en multitudes, en millones de miradas la cara de los opresores, sin vivas, sin aplausos, sin sonrisas, sin palmadas en los hombros, sin cánticos partidistas, sin cánticos? ¿Qué pasaría si yo pidiese por ti que estás tan lejos, y tú por mí que estoy tan lejos, y ambos por los otros que están muy lejos y los otros por nosotros aunque estemos lejos? ¿Qué pasaría si el grito de un continente fuese el grito de todos los continentes? ¿Qué pasaría si pusiésemos el cuerpo en vez de lamentarnos? ¿Qué pasaría si rompemos las fronteras y avanzamos y avanzamos y avanzamos y avanzamos? ¿Qué pasaría si quemamos todas las banderas para tener sólo una, la nuestra, la de todos, o mejor ninguna porque no la necesitamos? ¿Qué pasaría si de pronto dejamos de ser patriotas para ser humanos? No sé... me pregunto yo: ¿Qué pasaría...? Mario Benedetti.

 
TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Es peligroso tener razón
cuando el gobierno está equivocado.”
François-Marie Arouet Voltaire
PARTE 31
75.

Después del arresto de mis compañeros guerrilleros pasaron algunos días en los que yo me escondía a cada rato dentro del clóset de mi cuarto. Esperaba que en cualquier momento llegaran los granaderos con sus fusiles asesinos y derrumbaran la puerta de la casa para ir directo tras de mí y apresarme por ser un revoltoso bueno para nada. Así que cualquier ruido era motivo para lanzarme un clavado bajo el montón de ropa que ya había preparado con antelación como camuflaje. Así que en la noche del tercer o cuarto día, cuando el sueño me empezaba a ganar más que el deseo de mantenerme alerta, oí un chirrido como si alguien intentara abrir la ventana del baño. Con todo mi valor encima y, debido al entrenamiento a conciencia que había realizado durante meses en la casa de guerrilleros estudiantes, pegué un brinco de mi cama al closet que hubiera roto todas las plusmarcas mundiales en salto de longitud y con dificultad de clavado de 11.0. Ya adentro, y bajo el montón de ropa, cerré la puerta con cuidado y agudicé el oído. Un momento después se escuchó el picaporte del baño. Luego un pequeño crujido de la madera de la puerta. Por la rendija que tenía en el clóset pude ver una sombra que se acercaba despacio hacia mi cama. Revolvió las cobijas con lo que me pareció era un cuchillo largo o un machete. Luego se quedó parada como aquellas estatuas de marfil, 1, 2 y 3 el que se mueva baila el twist, completamente inmóvil, esperando, como yo lo estaría años después, mientras el vehículo se detenía y yo permanecía amordazado y atado en el secuestro del que acababa de ser objeto.  Mis brazos y mis piernas ya estaban completamente entumidos. Así que aunque me quitaran las ligaduras no podría ni siquiera arrastrarme como un gusano para escapar de mis captores. ¿Qué es lo que había hecho yo para estar en una situación semejante? Con el cerebro ya más frío comenzaba a darme cuenta que tal vez yo había sido parte de la negociación para que el Perlotas y el Barcelona fueran liberados. ¿Si no, por qué todo esto? ¿Para que molestarse en darme de cachiporrazos en la cabeza hasta hacerme ver estrellitas? ¿Y por qué a mí? Porque algo que me parecía aberrante era cambiar a un wey como yo, que no tenía ni trabajo, ni dinero, ni casa propia, ni ahorros en el banco, por alguien como el Perlotas, hijo del hombre más rico de la ciudad, dueño del equipo de béisbol, dueño de la cadena de almacenes y tiendas Súper Cool, de restaurantes y discotecas, dueño de líneas de transporte público y privado, de fabricas de plásticos, de metales, de madera, dueño del grupo Copromex. Inc. encargado de telecomunicaciones, como lo era estaciones de radio, televisión, periódicos y revistas, internet, así como de telefonía inalámbrica, radio transmisión satelital, centros avanzados de códigos trinarios (casi como la santísima Trinidad: El Padre, el hilo y el espíritu digital, amén) y presidente de la Fundación Filantrópica Oasis  y de no sé que más cosas, pero que aparecían en todas partes, porque todos tarde o temprano necesitábamos divertirnos, transportarnos, comer o, en el último de los casos,  donar o recibir cosas. El vehículo dio una última sacudida al momento en el que el motor fue apagado y oí como abrían de golpe la puerta. ¡Sáquenlo!, fue una orden seca. Alguien me tomó de los sobacos y otro de las piernas y, por una fracción de segundos, me sentí liviano como un pájaro al momento de emprender el vuelo, hasta que di contra el suelo y se me salió el aire, me habían arrojado como un bulto de papas fuera del camión. ¡Sin moretones, pendejos!, dijo de nueva cuenta la voz que había ordenado sacarme. Aún con el dolor en las costillas y faltándome el aire, empecé a arrastrarme como una lombriz, parecía que el golpe y el miedo me había regresado la sangre a las extremidades. ¿Adónde crees que vas, gusano?, oí la voz de mando y después sentí como me cargaron de nuevo. Esperé que me volvieran a arrojar con fuerza pero esta vez me depositaron con suavidad sobre algo que parecía acolchonado pero que de repente se movió.  Aggggg kbron, lele panza, oí. Y en ese momento supe que era el Perlotas quien estaba debajo de mí y, por supuesto, no le habían amordazado la boca ya que nadie jamás le entendía nada de lo que decía. ¡Leeele paaaanzaaaa!
76.

Cuando mi madre regresó de Venecia intenté saber qué es lo que le había pasado allá para que olvidara a su familia, y, en la medida de lo posible, no se volviera a repetir nunca más. Pero un silencio profundo me habría de enseñar que las madres no cuentan sus secretos a sus hijos. Así que, aprovechando que ella había retornado al trabajo, me deslicé a su habitación y me puse a esculcar todas sus cosas. Necesitaba información y, sobre todo, pistas del fulano que me había robado a mi madre por unos meses. Pero ya casi, cuando ella estaba a punto de volver a casa y yo no había encontrado nada más que una borrosa fotografía de ella con los que parecía ser un anciano de sombrero y traje blanco en medio de una góndola en algún canal de Venecia, encontré una pequeña libreta que semejaba a esos cuadernillos que utilizan los viajeros para ir anotando su diario de viaje. Este cuadernillo era más pequeño que uno de forma italiana y estaba amarrado con una liga de color negro. Lo abrí de inmediato. Adentro se encontraba la pulcra letra de mi madre, con las vocales mucho mejor hechas que las consonantes, debido a que estas se practicaban en la infancia más que otras letras, comencé a leer. “El señor Bento me ha ido a dejar a la casa de huéspedes luego de recogerme en la estación. Le he preguntado por mi hija y me ha contestado que salió en un viaje a Milán, pero que regresa en una semana. Quise ir tras ella, pero me ha dicho el señor Bento que es mejor que la espere aquí para ahorrar dinero.”, páginas más adelante: “El señor Bento me ha invitado a salir esta tarde. Dice que es una herejía, así lo dijo, aunque yo no le pregunté más, el estar en Venecia y no recorrer sus calles de agua. A mí el olor me parece insoportable, pero creo que aceptaré salir con él, una no puede ser mal educada después que me trajo una canasta de frutas y unas latas de chiles jalapeños que por aquí no hay. Parece que los italianos no conocen el chile.”, otras páginas más adelante: “El señor Bento es un hombre muy educado. Muy, muy amable (aquí aparecía subrayada la palabra amable). Muy agradable. Hoy volvimos a pasear por la plaza de San Marcos. Las palomas que hay aquí están un poco más gordas que las que hay en mi país, tanto que parecen más guajolotes que palomas. El señor Bento me ha hecho tomarle del brazo. Yo me resistí al principio, pero en un lugar donde no conozco a nadie es mucho mejor ir del brazo de alguien que ir sola. Una nunca sabe en que esquina la puedan asaltar los malhechores.”, luego venían unas páginas donde mi madre había dibujado unas pequeñas flores cuadradas y algunos garabatos que podrían ser estrellas o cruces. Una página en blanco donde había una flor amarilla aplastada y una platita de algún chocolate: “Bento tiene un maravilloso sentido del humor, me la pasé riendo como loca con él. Espero que Bento no piense que en verdad estoy loca. Me moriría de vergüenza si así pensara él de mí (este pasaje particularmente me dio coraje su lectura. Primero, mi madre había dejado de llamarle “señor Bento” demostrando que había una confianza que no debía existir y segundo, ¿quién se creía ese wey para hacer reír a mi madre como una loca?). Páginas después: “Bento me confesó algo de su pasado que lo avergonzaba y que yo no sé qué pensar, dijo que cuando él era joven había pertenecido al “machismo” durante la segunda guerra mundial, que se había afiliado a ese partido porque todos sus conocidos lo habían hecho (aquí creo que mi madre se confundió con la palabra fachismo o fascismo, pero no estoy seguro). Yo le contesté que en mi país eso era tan común el machismo que no tenía por qué avergonzarse. Que había machos por todas partes. Y que además los pecados de juventud en la vejez se debían olvidar. Además Bento no parece tan macho como los hombres que conocí a lo largo de mi vida, él cocina y lava los trastes. Es más, no parece tan machista ya que me invitó a que nos hiciéramos juntos un manicure y una exfoliación de la cara. En mi tierra a eso en vez de macho se le llamaría de otra manera mucho más grosera. Después de confesarme su “gran secreto”, se le mojaron los ojos y dijo que lo perdonara por favor. Que si hubiera sabido de que se trataba el machismo que jamás hubiera seguido a su líder, un tal Macholini. Yo sólo lo abracé y así nos quedamos durante mucho rato, hasta que se quedó dormido”. Unas páginas después: “Bento me contó que enviudó hace quince años. Que su mujer era maravillosa, pero que la vida debía continuar. Yo lo escuché con toda serenidad. Hasta le pregunté algunos detalles de su vida pasada, pero no sé qué me pasó pero sentí un leve enrojecimiento en las mejillas que hacía tanto tiempo no sentía. Ojalá hubiera conocido a Bento desde hace mucho tiempo. Es una maravillosa persona.  Haber amado a alguien así, vivir con ella y después de tanto tiempo tenerle el mismo respeto, eso no se da todos los días.” Y otra más que me sacó de mis casillas: “Bento dice que es cierto que amó a su mujer toda la vida, pero que mis ojos son tan distintos que le gustaría quedárselos mirando toda una noche entera. Me tomó de la mano mientras salíamos del restaurante donde vamos a veces. Luego la apoyó sobre su corazón y me dijo que detuviéramos la caminata. Me pidió que le sostuviera el bastón y que lo ayudara a ponerse de rodillas. Cuando ya estuvo arrodillado sacó una cajita y la abrió. Era un anillo. No supe que decir, sólo que yo tenía hijos y que ellos me necesitaban. Bento dijo que casarse no significaba dejar de querer a las demás personas. Que podíamos compartir e incluso que él podía irse a vivir al fin del mundo con tal de estar cerca de mí. Me probó el anillo y me quedó a la perfección. Brilla tanto que su brillo creo que me dejó loca por un momento y le dije que sí. Y lo abracé para ayudarlo a ponerse de pie. Luego seguimos caminando mientras él me platicaba y yo sólo lo escuchaba y sin querer creo que hasta volví a suspirar.” Líneas más abajo: “Mi hija Anaís no aparece por ningún lado, Bento dice que la podemos alcanzar para que sea junto con el tal Jacques, el hombre con el que anda, padrinos de nuestra boda. Yo estoy indecisa. Ayer creía que sí lo haría, hoy ya no estoy tan segura. Bento lo ha notado a la hora de comer. Me dio ánimos y me pidió un postre que hizo derretirme la boca. Ya no tengo dudas. Debo ser feliz no a pesar de todo, sino con todos. Gracias a dios que me ha permitido tener una segunda oportunidad. Estoy tan feliz que quisiera gritar por la ventana para que toda Venecia se entere... Bento dice que me mude con él, que no hay tiempo que perder. Pero yo le digo que todo a su tiempo. Que no apresure las cosas. Que lo que se va a dar, se dará tarde o temprano si no, pues es que dios no lo quiso. Bento me dijo que en esto es en lo único que no tengo razón.” Pero lo que me dejó tranquilo fue la última anotación de la libreta, con la letra descompuesta, temblorosa y con pequeñas arrugas sobre el papel como si lo hubieran salpicado de agua, mi madre escribió: “Ayer murió Bento”.
 

(Continuará la próxima semana)

 
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