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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Mediocracia vs. sociedad
25 de septiembre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
MEDIOCRACIA VS. SOCIEDAD    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

para Álvaro Solís y Balthus

   
     
     

Cuando los medios de comunicación electrónicos toman el estandarte ficticio: “defender la libertad de expresión” empiezan a tomar cartas en el asunto para agrietar lo mismo que dicen proteger.  La reciente aprobación en el Congreso de la Unión de la reforma electoral ha llevado a los dos grandes monopolios a lanzar una andanada de descalificaciones a los legisladores y un atropello a la inteligencia ciudadana. Cuando Javier Alatorre, conductor de TV Azteca, impreca una amenaza al señalar que te quitarán tu televisión, tu telenovela, tu partido de fútbol, tu película, se convierten en defensores de la estulticia y el marasmo. Los medios electrónicos, dentro de su plutocracia, sólo defienden intereses mezquinos que destruyen con sus gorjeos toda democracia y el trabajo legislativo de la máxima tribuna del país. Ahora sólo falta que los congresos locales ratifiquen dicha reforma y que la ley del spot sea sustituida por la ley de la inteligencia.  Otra cosa es el gasolinazo cuyas consecuencias comenzaron a sentirse en el PAN y en la tortilla.

 

TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Para descender en nosotros mismos,
no es necesario elevarnos primero.”
Petrus Jacobus Joubert

PARTE 18
49.

¿Quién querría secuestrar al Perlotas? ¿Eh? ¿Quién? La “o” es la letra perfecta: cierra todos los caminos posibles a la desviación. Tiene dos lados perfectos, el de afuera y el de adentro. Su pronunciación es marina, acuática, como los peces que la engullen para poder respirar. Es un anillo que forja el principio y el fin del precipicio. ¿Dónde termina? ¿Dónde comienza? La “o” es una paradoja en las manos equivocadas, dirían los que nunca se han casado y lo confirman los que sí lo están: Porque el matrimonio es la destrucción de la persona que se ama a través de la imposición de una dictadura de besos acostumbrados. Porque nadie es feliz en un matrimonio al que no se le ve fin. Rebeca Galindo, la esposa del Perlotas, parecía que se había quedado congelada con esa letra redonda atorada entre los labios pero sin el sonido. Su marido estaba desaparecido desde la noche del partido de béisbol junto con el Barcelona y ella creía que había sido secuestrado. Con las manos entrecruzadas Rebeca comenzó a jugar con su anillo de matrimonio. Las lágrimas le hacían trastabillar los ojos de la pata de la mesa de centro hacia sus propios zapatos en un ir y venir constante. Jamás la había visto así, derrumbada, indefensa. Ella era la imagen del poder bestial de la piel, siempre con la seguridad de la mujer hermosa, soberana de todas las pupilas masculinas, poderosa en el reino de las curvas, inabarcable, además con todo el dinero del mundo para hacer y deshacer imperios completos. Y ahora estaba en la pequeña salita de mi casa hecha un guiñapo. Compungida hasta la médula por un gargajo triste que no sabía ni siquiera hablar algo que se le entendiera. Che Perlotas hulero, x lo – dbria mdar ches msjes pa no tner p2 con su vieja: ¿Y tu suegro dónde anda?, le  pregunté para ver si así cambiábamos de tema y ella dejaba de gotear mocos aristocráticos sobre mi humilde piso. Se se se fue fue a a a Hus Huston y no no no es es ta ta ta, me contestó al tiempo que limpiaba sus secreciones nasales con el dorso de su mano, entonces, casi como una iluminación pude intuir que en verdad ella no se había casado con el Perlotas por su dinero, sino porque ambos se entendían en su tartamudez y dios, como siempre, no entendía un carajo eso de hacerlos iguales y que se juntaran distintos para no hacer porquerías. Como Sofía, años antes, cuando utilizaba su belleza como arma de conquista, no hacia los de afuera, sino a los de adentro, como una “o” anudada al cuello. Yo había llegado con un pants verde y con grasa para bolear zapatos color negro, así nos lo había pedido con anterioridad. La casa de estudiantes guerrilleros ya estaba atiborrada de escuincles enamorados y bastante pendejos.  Firmes, dijo Sofía una vez que apareció tras la puerta, enfundada en una casaca verde pistache y con una boina que tenía la imagen del Che.  Todos nos pusimos de pie e intentamos hacer lo que Sofía nos había ordenado, sólo un gordito, que llevaba un pants más aguado que el mío, se mantuvo sube y baja durante la primera parte de la sesión de entrenamiento que era intentar hacer una fila derecha.  Su pants parecía la carpa de un circo cada vez que Sofía pasaba a su lado. Che marrano lujurioso y pervertido. Unos minutos después, cuando logramos hacer una fila más o menos decorosa, Sofía volvió al mando: Abran sus latas de grasa, ¡ya!, dijo con tanta seguridad, que en verdad yo creí que había nacido para ser sometido y ultrajado por una mujer de ese calibre. Tomen una poco con los dedos, ¡ya! Yo embarré grasa negra en mi dedo índice. Ahora, píntense los ojos, ¡ya! Aaaaaaaay, gritó el marranito que se había picado un ojo y ahora todo: córnea, iris, pupila, lagrimal, pestañas y cejas estaban completamente untados de grasa negra para zapatos. Oink, ay, oink, ay, oink, ay, seguía brincando el marranito mientras Sofía le daba de boinazos en el cuerpo por ser tan estúpido: Si serás imbécil, mi estimado, dije pintarse los ojos pero por afuera, no por dentro. ¿Qué idiota se pinta los ojos por dentro? Pero entonces, como si fuera una reacción en cadena, todos los que estábamos ahí mirando los desfiguros del gordo y los amorosos golpes de Sofía, comenzamos a gritar Ay, ay, ay, para que ella nos diera de sombrerazos y así poder estar un poco más cerca de la luz aunque quedáramos ciegos.
 
50.
Fue una tarde de noviembre cuando recibí la primera postal. Era inconfundible la letra de mi hermana menor Anaís. El sello correspondía a Cuba y, para mayor veracidad, traía un horrible poema escrito por ella en el reverso de una fotografía de una calle de la Habana: “Dios no puede ser hombre/ni mujer tampoco/no tiene patria/nada tiene/dios ni siquiera sabe andar de pie/aún no ha aprendido a sostenerse sin el vértigo de su estatura/dios es un payaso de alcurnia/cuenta chistes a oídos de damas furibundas/frivoliza el alma, ¡dios mío!/y la vuelve oración para su soberbia/dios no tiene a dios cuando está de buenas/ni cuando está de malas/porque dios es un pedazo de espanto cuando se mira por dentro/vacío en el universo/dios es una vanidad de espinas y rosas/que mira su rostro en las aguas de la Tierra/y su orgullo infinito es que me arrodille ante ÉL/como la flor muerta se arrodilla ante la amada/sólo para deshojarse. Te quiero mucho, hermanito. Anaís.” Por supuesto que esta postal no se la enseñé a mi madre. Y no lo hice por dos razones que en ese momento consideré de suma importancia: 1) Para que no supiera que Anaís estaba bien y ella dejara de llorar por su ausencia, ya que, dentro del dolor, las personas se vuelven más débiles, y mi madre andaba todo el día como sedita preguntándome si me hacía falta algo. He de suponer que la perdida de Anaís la hizo enfrentarse ante el abandono y yo, como el único que quedaba bajo su ala protectora, aún podía emprender la huida y dejarla, literalmente, trinando de desconsuelo. Y 2) Que me avergonzaba el poema de esa vieja loca y, sobre todo, de que me dijera hermanito, quien se creía para ponerme un diminutivo y empequeñecerme. Tampoco se la enseñé a mi hermana mayor Clara, hubiera ido con el chisme y mi madre hubiera regresado a su calaña de siempre. Ahí comencé a entender que la familia feliz no es la que está cerca, sino la que está lejos, el hijo prodigo siempre es el ausente. Lo que se tiene cerca es lo que se humilla y se golpea todos los días hasta que ya no queda fragmento que romper. Por ese entonces Clara seguía con su ritual de mujer sofisticada y cada vez se aparecía con menos frecuencia en casa. De repente la dejábamos de ver un mes. Decía que tenía que acompañar a su esposo en algunas de sus giras, ya que como presidente del club de industriales, era una persona al que le debía toda su atención, comprensión y aprehensión. Como la que sufría en este momento Rebeca Galindo y su extenso muestrario de chillidos, hipidos y tartamudeos: ¿Q-qué que que vo-voy a-a ha-acer?, ¿q-qué que que vo-voy a-a ha-acer? Tuve la intención de acercármele y empezar a consolarla, ella era muy hermosa, y tal vez con un poco de suerte, lágrimas y desesperación, hiciéramos el amor tumbados en el piso, así podría olvidar a mi novia Karla que no le bajaba la regla, también olvidaría los malditos soldaditos de plástico en que Sofía nos quería convertir en aquellos años revolucionarios. Ni siquiera intentaría recordar la che boda de Goliath con sus dos cuates donde yo sería padrino de no sé que cosa. Pero cuando estaba a punto de proceder en consecuencia de mis instintos sexuales, Rebeca Galindo levantó el rostro hacia la lámpara y tartamudeó tan claro que tuve la impresión de haberme quedado imbécil para siempre: ¡Y si, si me pi-piden to-todo el di-dinero q-que te-tengo! ¡Q-qué vo-voy a ha-acer! ¡E-eso n-no e-es ju-justo! ¡N-no e-es ju-justo!
 
(Continuará el próximo miércoles)
 

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