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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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¡Oh, Ah, X aca vive!
24 de octubre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
¡Oh,  Ah, X ACA VIVE!    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

“Los hombres no son nada
 Los principios lo son todo”

Benito Juárez

a Javier Palou García por su generosidad
 


Antes de entrar a Oaxaca se nota la barbarie de Ulises Ruiz Ortiz, gobernador constitucional del estado. Las calles pintadas con una frase que se repite a lo largo de la carretera: “URO asesino”. Cadáver político que se viste de rojo: “No a la represión” “No más muertes”, porque 10 asesinatos en su cuenta personal lo confirman desde que inició el conflicto aquel 22 de mayo. La primera ciudad colonial del graffiti postmoderno. Pintas y barricadas para protegerse del avasallamiento de la intolerancia y la represión ejercida desde el poder gubernamental.

La gente transita en medio de carteles que explotan ante la retina: “Ulises enemigo del pueblo”, “Rata asesina”. Y como respuesta de la ultra derecha, de las posiciones más radicales del salvajismo: “Haz patria mata un APPO”.  Porque el fin último de este conflicto social es el exterminio de los inconformes, de los olvidados de siempre, de aquellos que nunca han tenido nada y que no tienen nada más que perder que la propia miseria, la sed de justicia. De posiciones encontradas en que se utiliza la ley del más fuerte, del garrote que da el autoritarismo de Ulises Ruiz y la hostilidad se presenta como un preludio de la ingobernabilidad que se respira calle a calle. 

Centro histórico oaxaqueño que se viste de lonas, de mantas, sillas ocupadas por maestros, por campesinos, por sindicalistas, por gente del pueblo llano, madres y padres de familia y de cientos de personas que tratan de elevar su voz para ser oídas por esas autoridades ensordecidas en su propia megalomanía. Y es que Oaxaca es el referente más próximo de lo que pudiera suceder en la República Mexicana a partir del 1 de diciembre cuando el candidato espurio de la derecha, Fecal, intente tomar posesión del cargo como presidente de México y la voz cantante de millones se levanten tal vez como una leyenda escrita en el zócalo de la APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca”: “Patria o muerte pero no pasará!” Y por el bien de todos, Ulises debe renunciar a Troya.


(Parte 3)
ELENA
Elena despertó y no reconoció el cuarto del hospital, pero sí el rostro tonsurado de su jefe que estaba inclinado sobre ella de tal manera que bien podría haberle visto la nuca a través de las pupilas. Estaba acostada en una cama con un catéter donde le pasaban suero por el brazo. La habitación era silenciosa.
                —Escuincla mensa —fue lo primero que dijo José Bretón con una voz que retumbó en todas las paredes del cuarto cuando la vio entreabrir los párpados—. Me hubieras dicho que no tenías ni para el desayuno —acto seguido le acercó un poco de pan como si se lo estuviera ofreciendo a un rumiante—. Ten, come.
                Elena abrió la boca y comenzó a masticar el pan. La garganta la tenía seca, rasposa. De lo último que se acordaba era de cómo el suelo se le iba acercando hacia los ojos. Pero como en un sueño, creyó adivinar que alguien la detuvo y no llegó a caer del todo.
                —Lo siento... —intentó disculparse pero el pan lo traía atorado en la garganta. Al ver esto, José Bretón le ofreció un sorbo de un jugo de naranja que estaba sobre una mesita de aluminio.
                —No hables. Bebe —ordenó inflexible su jefe. Elena siguió al pie de la letra las instrucciones, pero sus ojos buscaban las respuestas en los rincones de esa habitación que no conocía. José Bretón se dio cuenta de su insistencia visual y comenzó a explicarle:
                —Me habló Nora Kauffman. Todos pensaron que te desmayaste porque de seguro estabas embarazada. Pero luego llegó la ambulancia. Te hicieron una prueba... tenías un muy bajo nivel de glucosa... rayando en la anemia. Pareciera que sólo te alimentas con puras plantas... ¿Es cierto? ¿Te alimentas de puras hierbas!
                Elena quería contestarle que se equivocaba, que su alimentación era una dieta baja en proteínas y con mucha fibra, pero mejor se quedó rumiando el pan en silencio.
                —A pesar de todo... —continuó José Bretón al entender que no iba a recibir ninguna respuesta por parte de ella—, lograste una entrevista digamos que decorosa... —y sacó del bolsillo de su saco la pequeña grabadora que colocó en la mesita de aluminio. La encendió y dejó que corriera.
                —Bueno, niña... tengo cosas que hacer... no te preocupes, el seguro del periódico paga la cuenta del hospital—sacó un par de billetes de 500 pesos que depositó a un lado de la grabadora—. No es mucho pero creo que alcanzará para un poco de proteína. Espero tu reportaje escrito para mañana. Por ahora descansa.
                José Bretón se incorporó después de darle una intangible caricia en la mejilla y salió apresurado. La grabadora seguía sonando. La voz de Elena parecía como la de un pelícano hambriento frente a las olas del mar. Cerró los ojos mientras pasaba el último bocado de pan. Luego entró a un sueño profundo.
Elena fue dada de alta a las siete cuando la noche ya casi cerraba. Hacia un viento que movía unas mantas que estaban colocadas en la reja del hospital. Se leía: “No a la privatización del IMSS”, “No a la privatización de PEMEX” “Educación gratuita en todos los niveles escolares. No a la privatización de la educación” y una más que estaba toda desgarrada, de la cual sólo se alcanzaba a leer partes del texto: “nido... jamás será... ido, ...uera la globalización, ...iva la nación”. Elena empujó la puerta y salió a la explanada del hospital. Sintió frío. Llevaba colgando en el hombro su pequeña bolsa con la grabadora dentro. Cruzó los brazos y echó a caminar en dirección hacia lo que le pareció la parada de autobuses. Algo en su interior la hacia sentirse incómoda. ¿Había fallado en algo? ¿Por qué se sentía tan molesta? ¿Era demasiado débil como para merecer algo mejor? El viento le seguía afilando la cara. La última claridad de la tarde se esfumó y la noche se apoderó de las calles. La luz neón atestiguaba el viejo dicho que decía: en las grandes urbes las estrellas han sido exterminadas para siempre de los ojos.

Elena llegó a la parada. Había mucha gente esperando el transporte. No se dio cuenta que todo el trayecto había estado llorando. Quizás era también la transición entre la tarde y la noche lo que la ponían melancólica, con una tristeza azul, insoluble ante la realidad de encontrarse sola, sin novio, sin amigos, sin nada desde que se quedó sin su familia que murió quemada en la explosión de San Juanico Ixhuatepec. O es lo poco de lo que se acordaba y de lo que había podido averiguar que le había sucedido a su familia cuando ella tenía dos años apenas y por un azaroso milagro era la única sobreviviente entre puros cuerpos carbonizados.

Sin pasado, sin fotografías de sus padres y hermanos, sin ninguna historia que contar, sin rastro histórico que seguir. Sólo el orfanato y su deseo de estudiar para ser famosa, para salir en televisión, porque ella pensaba que la fama era lo único que tal vez la podía salvar de la soledad. La miraba como un vehículo en el cual subirse para avanzar acompañada y no como ahora, en que esperaba el autobús hacia el metro insurgentes bajo un viento frío que le astillaba la piel. Quizá tuviera razón o no, pero mientras tanto, Elena tendría que trabajar muy duro para disolver todos sus demonios.
(continuará)
 
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