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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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Pena de Muerte
02 de enero del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
Pena de muerte    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

“La pena de muerte es signo peculiar de la barbarie.”
Víctor Hugo
 
a Xilonen por su cumpleaños
y a Orlando por su descumpleaños

   
     
El mundo no puede ser un lugar seguro mientras existan personajes como George W. Bush dominando el planeta. Llevando a la práctica guerras preventivas cuando sus intereses económicos no son fielmente correspondidos por sus esclavos —guerras hilvanadas por la mentira, la calumnia y el odio. Invadiendo y masacrando países para costear los privilegios de sus allegados; de ese círculo íntimo de poder y fastuosidad como el que envuelve a su vicepresidente Dick Cheney (ex presidente de la Halliburton y máximo contratista en Irak y Afganistán). Así, con esa tendencia mundial hacia la derecha omnipotente, avasalladora y asesina (Véase la pena de muerte), tal vez en breve Venezuela sea invadida por estos dictadores dipsómanos (o cualquier otro país que contravenga los intereses norteamericanos en busca de su propia soberanía como el caso de Irak). Y el presidente de esta nación sudamericana, Hugo Chávez, tal vez sea colgado desde el capitolio norteamericano con una bandera gringa alrededor del cuello y su ejecución pase en horario triple AAA por la cadena estadounidense CNN entre comerciales de Bimbo, Jumex y Sabritas. Pero más allá de estas digresiones coyunturales, el verdadero eje del mal de la humanidad está representado no por sus pueblos, sino por sus gobiernos: EU, su fiel lacayo del Reino Unido y los intereses económicos más poderosos de la Tierra junto con presidencias de tercer grado como la encabezada por Fecal el Espurio. Así celebraremos el principio del año nuevo como si estuviéramos en 1184, cuando fue fundada la primera inquisición medieval y miles comenzarán a ser ejecutados en la pira bajo el cargo de sedición, terrorismo, motín y rebeldía.
 
ELENA (PARTE 11)
La conferencia de la senadora Consuelo Palacios terminó a las seis y cuarto de la tarde. Elena García Fuentes no encontró ni a Carlos Orozco ni a Nora “la vaca loca” Kauffman por ningún lado. ¿Qué raro? Ella quedó que iba a venir, ni modo. Y como no tenía nada que hacer intentó comunicarse con su jefe por el teléfono para saber si tenía que hacer alguna entrevista o un reportaje, pero no pudo porque ya se le había agotado el crédito y no traía dinero para comprar otra tarjeta telefónica (además debía guardar para comprar el tanque de gas). ¿Y ahora qué? Entonces se acordó de la cita a las 7 de la noche que había hecho con el senador Xavier Beltrán en el restaurante... ¿cómo se llamaba? Empezaba con B... de eso estoy segura, Bellows, no... Bellmote, tampoco... Bertín..., no mensa, ese es un cantante pasado de moda, Be... Be... ¡Bungalow!, se acordó de repente, con razón no daba. Empezaba con Bu y tenía menos de una hora para encontrarlo.
Faltaban cinco minutos para las siete y Elena continuaba perdida. Le había dicho un estúpido que el famoso restaurante Bungalow estaba en Polanco sobre la calle de Homero, pero al único Homero que ella conocía era a Homero Simpson. Elena no creía que una calle se llamara así en honor a una caricatura amarilla, intuyó entonces que debía haber otro Homero por ahí mucho más famoso.
                —¿No sabe dónde queda el restaurante Bungalow? —preguntó Elena a un transeúnte cuando dieron las siete de la noche.
                —Ni idea —respondió el aludido y siguió caminando de frente.
                —¿Sabe dónde queda el Bungalow? —preguntó a otro.
                —No, señorita.
                —¿Sabe a...?
                —No, señorita.
                —¿Me podría...?
                —No, señorita.
                Sólo hasta las siete treinta y ocho le dijo un hombre mayor que llevaba una bolsa de pan en el brazo que el Bungalow estaba no en Polanco sino en la zona rosa. Había seguido la pista errónea. Entonces Elena tomó un microbús que la dejó a una calle del ángel de la independencia, cruzó reforma y llegó al Bungalow a las ocho diez de la noche, cuando el senador Xavier Beltrán ya se había marchado.
Sin nada que hacer se dirigió hacia las oficinas del Imparcial a recoger su bonche de periódicos para martirizar sus ojos.
Llegó al periódico y tampoco encontró a José Bretón, su jefe de redacción. Sólo estaba el corrector y dos reporteros de la sección de deportes que jugaban básquetbol con una hoja toda arrugada encestando en una taza vacía de café. Abrió la oficina de su jefe y tomó de encima del archivero un fajo bastante grueso de ejemplares del Imparcial. Conocer la historia era una labor bastante pesada. Elena salió hacia su casa a eso de las diez de la noche y se quedó profundamente dormida pasada la una de la mañana cuando ya no pudo leer más periódicos.
Elena soñó que Thalía la besaba mientras Carlos mugía como vaca al ser ordeñado por un gato rosa que se parecía a Nora Kauffman. Se despertó sobresaltada tirando todos los periódicos del Imparcial al suelo. Se había quedado dormida babeando sobre algunas notas que se relacionaban con los espectáculos y ahora la boca la tenía pastosa. De repente se acordó que no había comprado el gas. Maldición, masculló entre dientes y se levantó de volada. Bajó las escaleras sólo con unos pantalones de mezclilla y una blusa. Caminó dos calles hacia avenida Chapultepec donde normalmente pasaba el camión de gas. Eran exactamente las 7:32 de la mañana y el camión no se veía por ninguna parte. Giró sobre sus talones y se encontró de improviso frente a un sujeto que llevaba gafas oscuras y tenía mal aliento:
                —¿Elena García Fuentes?
                Elena se sobresaltó. Jamás hubiera esperado encontrarse con nadie a esa hora de la mañana, y mucho menos en el estado en que se encontraba: toda despeinada y con chanclas. Se alisó un poco el cabello hacia atrás donde un momento antes se le erizaran los cabellos de la nuca.
                —No —respondió con la sensación de que era lo mejor que podía hacer.
                El sujeto se quitó las gafas y la miró detrás de unas ojeras inmensas.
                —¿Puede darle un recado? —preguntó el hombre aún con la vista clavada en los ojos de ella.
                —No. No sé quien sea ni la conozco —contestó Elena lo más indiferente que pudo—. Además yo no soy mandadera de nadie.
                El sujeto se volvió a poner las gafas. Giró sobre sus puntas para alejarse. En ese momento se detuvo y le extendió un sobre que había sacado de entre sus ropas.
                —Dígale que hay muchas trampas —el sujeto dio media vuelta y se alejó cruzando la calle mientras Elena se quedaba con el paquete entre las manos. Sin saber que hacer, decidió terminar lo que había comenzado, caminó otra cuadra más hasta que por fin localizó el camión del gas. Pidió un cilindro para inmediatamente después regresar a su azotea.
Al llegar lo primero que quiso hacer fue marcar el número de José Bretón mientras el gasero instalaba el tanque pero no tenía ni un maldito peso. Las compañías telefónicas se hinchaban de dinero y uno nunca sabe a dónde van a parar todas esas llamadas, pensó. Dejó el celular sobre la mesa al tiempo que buscaba en su bolsa un billete para pagarle al hombre del gas. Pagó. Fue hacia la cocina y encendió el piloto del boiler. El teléfono sonó.
                —Te vas a morir —oyó una voz ronca que jamás había escuchado, o si lo había hecho no era capaz de recordarla pero parecía sacada de cualquier telenovela.
                —¿Quién habla?
                —Te vas a morir, pendeja —repitió la voz con el mismo tono amenazante—. Te vas a morir, pendeja, si no le bajas de güevos.
                Sin pensarlo Elena contestó lo primero que le vino a la mente:
                —Es un hecho que tarde o temprano a todos nos tocará, hasta a ti, mi estimado barbaján —lo dijo segurísima de que acababa de darle una lección filosófica al mismo tiempo que correspondía con un insulto apropiado a su altura—. Además la muerte nos tocará a todos por igual y es lo único cierto que todos tenemos, estúpido —aumentó el nivel del insulto.
                El sujeto de la voz tragó saliva pero todavía se mantuvo unos segundos con la línea abierta. Luego colgó. Dicen que la curiosidad mató al gato. Elena creía sin embargo que la curiosidad había sido la madre de todos los chismes importantes. Así que sin esperar a que su cerebro procesara toda la información, se dirigió hacia el paquete. Lo observó, no parecía una bomba ni nada por el estilo, era delgado y amarillo. ¿Qué podía ser? ¿Quién era el hombre que se lo entregó? ¿Por qué desde ayer le estaban sucediendo cosas bastante raras? ¿Por qué la amenazaban de esa forma tan burda y poco sofisticada?  ¿Dónde estaba Carlos? ¿Dónde se había metido Nora? ¿O José Bretón? Elena intentaba poner en claro la serie de acontecimientos que le estaban pasando, pero no pudo. Apenas podía sacar la conclusión de que extrañaba a Carlos y qué él la creía una chica muy especial.
                Tomó el paquete y lo abrió por un extremo. En su interior había un sólo papel en blanco. Lo revisó por delante y por detrás. No había nada escrito. Entonces Elena sacó la más obvia de todas las conclusiones y era que todo se trataba de una broma. Pensó en Nora y supuso que por eso no la había encontrado en la cámara de senadores el día de ayer. ¿Acaso se habría querido vengar de todo lo que había pasado en el Guateque? Recordó que ella también quiso besar a Carlos, pero esté la rechazó dándole un empujón que la hizo trastabillar y caer al suelo donde comenzó a maullar como gato. Recordó que ella se había reído como loca de Nora y que al final la dejó ronroneado bajo la mesa del bar mientras ella sembraba su lengua entre los labios de Carlos.
                Volvió a meter la hoja dentro del sobre y lo dejó sobre la mesa.  ¿Qué hacer mientras no tenía nada que hacer? No tenía crédito y, sobre todo, no había tenido noticias de su jefe. Revisó su bolso para ver cuanto dinero le quedaba: Salvo los ciento cuarenta pesos que había gastado para comprar el gas, ahora tenía la exorbitante cantidad de 7 pesos. “Casi llego a la séptima parte de un salario mínimo”, pensó con un poco de amargura. Esa cantidad no le alcanzaría ni para los camiones de ida al trabajo. Tendrás que regresar a tus viejas costumbres de largas caminatas y densos viajes a través de una ciudad congestionada de todo, Elena, se dijo a sí misma. Desayunó un par de bolillos duros que aún quedaban de hacía un par de días. Al finalizar la última ración de pan, Elena se metió a bañar saliendo quince minutos después con otro semblante. Se vistió y salió hacia el Imparcial con suficiente tiempo para recorrer las dos horas que supuso debía de durar la caminata entre su casa y el periódico en medio del tráfico de la ciudad.
(continuará)
 
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