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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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Petróleo o la comunidad del fracaso I
5 de diciembre del 2008
Columna del escritor Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
 
Gerardo Oviedo
 
PETRÓLEO O LA COMUNIDAD DEL FRACASO
 
 
para Gabriela Teutli, por su cumpleaños
 
(I de IV)
1
 

Sin saber si lo conseguiría Bernardote se acercó al matraz y miró dentro. Ya lo había calentado demasiado. Ahora tendría que seguir otro procedimiento. Lo sacó del fuego y lo llevó hacia la mesa con unas tenazas. Tornó a mirar dentro para cerciorarse por enésima vez de que no aparecía lo que buscaba. Después de tantos intentos otro fracaso más. Con enojo empujó el recipiente con el líquido amarillo, el cual derramó su contenido y empezó a originar ese olor nauseabundo que siempre producía. Bernardote lo miró absorto ¿qué es lo que fallaba siempre? Se fue a sentar a donde tenía el tintero y la puntilla y comenzó a releer el manuscrito antiguo. De vez en cuando levantaba la mirada como tratando de ver por encima de la candela que medio alumbraba el cuarto. ¿Dónde estaba el error? ¿Dónde? La luz se despeñaba frágil sobre su rostro. No mayor de cincuenta, las arrugas lo hacían parecer de setenta. Era una época muy difícil. De repente escuchó algunos ruidos que subían por el camino. Quedó quieto. Expectante. Luego ya no oyó nada, pestañeó intuyendo que su imaginación le había jugado otra mala pasada. Entonces volvió a concentrarse. Necesitaba lograr su objetivo para que todo regresara como en la antigüedad. Como en esos días gloriosos en que todo se movía por sí mismo, como lo contaba la leyenda. La vela empezó a titilar cuando una pequeña ráfaga se coló por una rendija. Bernardote se levantó y puso el matraz otra vez al fuego.
 

2
Apenas se levantó, Carlos fue en busca de su cepillo dental. Había pasado una noche de perros con sus amigos escritores y tenía aún el sabor del tabaco en la garganta. No le molestaba tanto la cruda alcohólica como la cruda de cigarrillo. Detestaba ese aliento al día siguiente. La boca pastosa y sin saliva. Sabía que sus dientes comenzaban a pudrirse por todas las tardes y noches que pasaba en el Breve Espacio, un Bar cultural de la 7 norte. Pero tampoco podía separar la cerveza de ese instrumento infernal como le decía Mariana al cigarro. Y todos sus amigos fumaban hasta que no les quedaba oxígeno vivo en los pulmones ni madrugada que desvelar. Ellos eran el club de los literatonautas, como se hacían llamar desde que estudiaban en la facultad de filosofía y letras de la Universidad Autónoma de Puebla. Cada martes se reunían para discutir el trabajo de cada uno y ver si habían avanzado en algo y, por supuesto, beber con singular alegría.

—¿Y cómo vas con tu cuento? —le preguntó Mariana.

—Pues todavía no tengo ni idea —contestó Carlos con muy poco humor sobre los hombros. Él creía que era el menos talentoso de todos los que le rodeaban. A veces sólo se pasaba mirando los vasos vacíos y restregándose su inutilidad de hacer algo que valiera la pena. Otras nada más compartía la cuenta y se iba cabizbajo hacia el baño a orinar y tratar de pensar en alguna idea brillante. Cuando llegaba, sabía que sus amigos estaría discutiendo sobre Marcel Proust o Joyce, Kafka o Faulkner, sobre Murakami o Baricco, sobre José Saramago o Milán Kundera. Pero por sus conversaciones todos los meseros pensaban que ellos eran el grupo de los mamilas, pues cuando se acercaban, entre sus bocas se escuchaban conceptos de carácter literario.

—¿Ya leíste la última obra de Fuentes?

—Todavía no, pero ya leí la crítica y dice que está buenísima.

o

—¿Y supiste que acaba de morir Enriqueta Ochoa?

—¿No me digas? ¿La cantante?

Y así planeaban las noches como cuervos sobre sus cabezas etílicas.

Lo peor para Carlos siempre era el día siguiente. Incorporarse y ponerse frente al espejo para mirar sus ojeras. Tomar el tubo del dentífrico y empezar una maniobra pesada con el cepillo, mecánica, abrumada por el movimiento del brazo y de la muñeca. Después no le daban ganas de desayunar y usualmente se iba con el estómago vacío hacia su trabajo en la librería. Así lo hizo esta vez. Abordó un microbús y en tres cuartos de hora, mientras cabeceaba sobre el asiento de junto, se le ocurrió la Gran Idea.



   
   
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