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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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Petróleo o la comunidad del fracaso III
9 de diciembre del 2008
Columna del escritor Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
 
Gerardo Oviedo
 
PETRÓLEO O LA COMUNIDAD DEL FRACASO
 
 
para Xilonen Arroyo, por su cumpleaños
 
(III de IV)
 
 
5

A la mañana siguiente, Bernardote acomodó su pequeña hacha en la bolsa, tomó un sifón de plástico donde llevaría el agua para la sed del medio día y salió hacia el cerro en busca de la leña. El trabajo no era fácil, lo sabían todos los habitantes de aquella extinta ciudad. Buscar el árbol que ardiera más tiempo y no las pequeñas ramas que se desbarataban apenas se habían incendiado. Bernardote tomó el camino hacia el norte. Debía pasar el primer tramo de desolación hasta que viniera un poco de verdor y, más adelante, el primer indicio de árboles. El cielo estaba espeso, gris, afiebrado de una especie de ceniza. Dos horas después Bernardote estaba cortando un árbol de pino. Se secó el sudor con el dorso de la mano y continuó. Los músculos ya no eran tan fuertes como cuando tenía veinte años. Nada es como a los veinte, pensó Bernardote. Ahora el hacha no rompía con la misma facilidad la corteza. Hora y media estuvo golpeando el tronco hasta que por fin, estrepitoso, cayó sobre la maleza. Otra hora le llevó quitarle todas las ramas y descuartizarlo para luego atar los pequeños maderos con una cuerda. Ya tenía suficiente leña para dos o tres días, dependiendo del trabajo en su improvisado laboratorio. Sabía que era complicado conseguir el material. Recordó que unos viajeros le habían cambiado un poco de sal por un mortero, que ellos utilizaban para moler granos. Cuando la gavilla de troncos estuvo bien amarrada, Bernardote se lo echó al hombro y retornó a paso un poco más lento hacia el poblado. Le dolía la espalda pero todo ese trabajo era necesario si quería conseguir la anhelada transmutación de las sustancias.

Cuando divisó las primeras viviendas, bajó su carga y respiró mientras se masajeaba el cuello. ¿Qué es lo que decía el manuscrito que debería buscar para meter en el matraz? Una cucharada de sal, dos de lúpulo, tres de casia amarga, un poco de aceite de girasol, tres granos de cebada, un poco de boj, con tres cuartos de agua.

Luego volvió a cargar el fajo de maderos y avanzó, hasta que unos pobladores se le cruzaron delante y desaparecieron tras un promontorio de rocas. Ya lo conocían desde antes, pero lo consideraban un loco que se la pasaba calentando y recalentando vasijas. Un misántropo que solo bajaba para cambiar lo que no conseguía en la naturaleza y regresar hasta la próxima jornada.

Llegó ante el hombre. Ya no tenía necesidad de hablar. Entregó una taza llena de cristales, quien entró a su vivienda y salió después con la taza rebozada de lúpulo. Bernardote lo tomó y lo echó en su bolsa de plástico. Luego, sin despedirse, dio media vuelta y emprendió el regreso.

 
6
Carlos estuvo toda la noche cavilando. La luz del monitor de la computadora le daba de lleno. Sabía que lo más difícil era luchar contra la página en blanco. Comenzar con esa frase que lo dijera todo sin decirlo. Construir la línea argumental le resultaba menos dolorosa que desarrollarla. Cualquiera podía tener una historia que contar. Carlos sabía eso, pero, ¿cómo ser original en un mundo que ya lo había dicho todo? Mientras veía la página en blanco del monitor, se le ocurrieron muchas formas de comenzar. La idea le daba muchas opciones, Carlos era jugador de ajedrez, tal vez por eso le resultaba tan complicado hacer el primer movimiento de teclas. A su lado estaban abiertos diferentes libros: Mesopotamia y la cebada. Fiestas baquianas y la vid. El vino en la antigua Grecia. ¿Elixir de los dioses?

De repente, como un chubasco, le vino la primera frase: “Cuando se inventó la cerveza, el mundo volvió a tener sentido para el hombre”. Leyó la frase que acababa de escribir. Le parecía un tanto general, pero de ahí tenía diferentes caminos por los que podía transitar. Podía continuar hacia la historia de un hombre que jamás había bebido en su vida, y que una noche, al emborracharse, se convirtió en otro ser, tal vez un asesino.

Después de pensarlo un rato, le pareció que todo mundo lo compararía con la historia de R. L. Stevenson: El doctor Jekyll and mister Hyde, entonces volvió a releer su frase. Sabía qué quería escribir, pero no cómo.

También pensó en la línea argumental de un hombre, en tiempos bárbaros que se dedicaba a buscar la forma de hacer cerveza barata y volverse un comerciante próspero, al que, por una suerte de destino, la amada jamás hacia caso, entonces él buscaba la forma de seducción mediante el engaño y la corrupción, al fin era muy rico, para que al final, como en casi toda obra cursi, conseguía su propósito: Conquistar a la amada.
 
Pero inmediatamente después Carlos pensó que era estúpido ese argumento. La literatura no estaba hecha para tener un final feliz. Vio su historia como una telenovela y le dio asco. Se levantó de la silla y se paseó por la habitación. Tenía la frase, el principio. ¿Qué es lo que seguiría? ¿Debería meditar un poco más para volver a sentarse y escribir? Entonces, en una catarsis, regresó al teclado: “No se necesitaba gran cosa para perder la cabeza, sólo hacia falta la mezcla de los ingredientes correctos”. La frase le sonó un tanto incoherente. Su sintaxis era correcta, pero aún no definía con precisión ninguna situación. Apenas llevaba tres frases y pensó que nunca acabaría, entonces decidió borrar la primera oración y continuó: “Ingredientes: Una cucharada de sal, dos de lúpulo, tres de casia amarga, un poco de aceite de girasol, tres granos de cebada, un poco de boj, con tres cuartos de agua...”. Y así, aunque se desvelara todo un año, escribiría ese cuento de un tirón costara lo que le costara.

 

Continuará mañana  



   
   
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