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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Primer Aniversario de Radioamlo
31 de julio del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
     
Gerardo Oviedo    
     
Felicidades a tod@s los que hacemos
posible radioamlo en el mundo virtual.
   
     
     

“Radioamlo surge el 30 de julio como una estación ciudadana para romper el cerco informativo impuesto por los grandes medios de comunicación en contra del ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador. Transmite 24 horas continuas desde diversos estados de la república: Baja California, Sonora, Nuevo León, Sinaloa, Zacatecas, Torreón, San Luis Potosí, Jalisco, Guanajuato, Hidalgo, Morelos, Puebla, Veracruz, Distrito Federal, Estado de México, Tabasco, Oaxaca Así como en Estados Unidos: Chicago y Nueva York. En Centroamérica desde Costa Rica y en Europa desde: Alemania, Italia y Gran Bretaña. Historia: Durante los plantones en el zócalo del Distrito Federal, Radioamlo transmitió en vivo todas las asambleas convocadas por AMLO. Además de todo lo referente al movimiento de resistencia civil pacífica orquestado por el Frente Amplio Progresista. Cubrió todos los eventos importantes de este movimiento ciudadano, así como la toma de protesta de AMLO como presidente legítimo de México el día 20 de noviembre de 2006. Ha cubierto e informado sobre las tres etapas de la Convención Nacional Democrática, así como los eventos ocurridos en Oaxaca y el movimiento magisterial y de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO).
 
Actualmente conforma la principal estación ciudadana que da información acerca del gobierno legítimo encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Así como las giras de AMLO por los 2500 municipios de México y todo lo referente a movimientos sociales y sindicales.”*
*Texto tomado de Wikipedia. http://es.wikipedia.org/wiki/Radioamlo

 

TODA LA RABIA DEL MUNDO

“Las revoluciones son grandes épocas de la humanidad justamente porque en ellas y a través de ellas se suscitan en masa estos rápidos movimientos ascendentes de las capacidades humanas”
Georg Lukács


PARTE 10
 
28.
Morder el polvo es la tormenta del que está abajo, tirado, humillado por las mordidas del polvo. Ahora sí, cabrón, verás de qué cuero salen más correas, me amenazó el granadero mientras me arrancaba el pasamontañas llevándose con él un manojo de mis pelos. Ahí vi que yo no era el único que había sido sometido por la fuerza de los gases lacrimógenos, los toletes y las patadas voladoras. Carajo, pensaría tiempo después, y hasta me había peinado a conciencia para ir a ver a Sofía y entregarle mi cartita amorosa producto del desvelo por sus ojos abismales. Pero en ese momento mis folículos capilares habían sido arrancados de tajo como las zanahorias son cosechadas por los granjeros y sólo me quedaba un ardor en la coronilla que no me permitía pensar en nada, sólo en rascarme. Resiste, compañero, ni un paso atrás, hasta la victoria siempre, oí una voz llena de coraje, salpicada de bilis y que al igual que yo estaba panza arriba, como un insecto después del insecticida. Giré el rostro y vi al chavo que me había tomado la foto hacía una semana, el Sangrías. El granadero también la oyó e inmediatamente le dio un puntapié en el rostro: ¿La victoria?, ¡mis huevos! No sé si sería mi imaginación, o alguna alucinación que me desdoblaba esa realidad que estaba viviendo, pero vi con claridad como los dientes del fotógrafo salieron volando de sus encías y se convirtieron en palomas rojas que echaron a volar hacia el cielo. Y a ti también te va a llevar la chingada si no cooperas, se dirigió a mí. Entonces, para no convertir mis dientes en petirrojos, me preparé con todo mi valor, inamovible, para cantar en el tono que fueran tocando: Pío, pío, pío y ni modo, como cuando uno suelta la sopa nomás le preguntan el nombre y en dónde vive. Porque yo estaba ahí buscando el amor y no otra cosa. Andaba tratando de capturar el corazón de Sofía con mis mejores frases, piándole una tonada. Tal y como mi hermana Clara cantó toda una noche de invierno mientras le contaba a mi madre que había regresado a casa nada más para invitarnos a su boda de princesa, porque había conocido al verdadero amor de su vida: Filadelfo Ramírez, allá por Zipolite y que no fuéramos a espantárselo y ella se quedara sin el premio mayor de sus andanzas nudistas. Clara era un mujer hermosa, y eso ya es bastante decir en boca de un hermano, quien veía a su hermana no como mujer, sino como un accesorios de la casa que siempre andaba pintándose la cara por todas partes: Las cejas en la cocina, enchinándose las pestañas en el comedor, poniéndose polvos, perfumes y cremas por aquí y por allá.  Viéndose en el espejo del baño para intentar descubrir el menor ápice de grasa mal acomodada en sus nalgas, vientre o pechos. Anaís por el contrario, sólo usaba vestiditos blancos con holanes que le caían debajo de la rodilla y sólo se veía frente al espejo cuando se lavaba los dientes porque ahí estaba. Clara continuó ese día: Además es empresario y está buscando dirigir el club de industriales. Y lo amo, madre, me entiendes, ¿verdad? Pero eso no es amor, dijo Anaís en voz baja, quien iba hacia la cocina llevando los platos sucios, ya que mi madre le había hecho un recibimiento de embajadores a Clara y, como si fuera una princesa, le había servido unos huevos estrellados en su mejor vajilla. Cállate, idiota, replicó Clara, tú estás loca. Y ni siquiera has terminado de crecer, continuó mi madre en contra de Anaís, y no conoces de estas cosas, tú a lo tuyo y que quede bien limpia la cocina, luego se volvió hacia Clara: ¿Y para cuando es la boda?, preguntó con ojos encendidos al entender que verdaderamente Filadelfo se llamaba así y no  Hugo, Paco y Luis o cualquier otro nombre de los fulanos que merodeaban la casa en busca del néctar de Clara. Para primavera, explotó de emoción Clara, porque queremos hacerla en grande. Con muchas flores y música. Con meseros y con todas sus amistades. Que los adornos sean cisnes de alcatraz y los centros de mesa estén cubiertos de orquídeas, tulipanes y rosas, pero ustedes me van a tener que ayudar para todo esto. ¿En qué te ayudamos?, preguntó mi madre con la firme convicción de ceder en lo que fuera con tal de ver a su primogénita vestida de blanco y en el altar de sus súplicas a dios. Clara tomó un respiro profundo y exhaló como si hubiera sido derrotada de antemano: ¡Van a tener que cambiar y portarse como gente decente! Mi madre no dijo ni pío en nuestra defensa, al contrario, sólo inclinó la cabeza en señal afirmativa y le tiró un coscorrón a Anaís quien pasaba con otro bonche de platos: ¡Ya oíste a tu hermana! ¡De hoy en adelante vas a ser normal! ¿Entendido? ¿Entendido?, el granadero me seguía mirando con ojos fúricos desde sus alturas como los halcones miran su presa desde la montaña. Pío, intenté contestarle, pero en ese momento el fotógrafo salió de su letargo impuesto a punta de patines y se abalanzó sobre las botas lustrosas del granadero:  ¡Madito, hijo de peda, te voy a matad! El granadero intentó dar un paso hacia atrás al sentir la amenaza sanguinolenta que reptaba mordiendo el suelo, pero con el abrazo del fotógrafo sobre sus piernas trastabilló y se desplomó sobre la espalda con toda la furia de la gravedad terrestre. El fotógrafo me miró por un instante mientras tiraba mordidas sobre las partes blandas del granadero y, como si yo fuera un imbécil, me ordenó: ¡Code, coooode!
 
29.
El Barcelona y el Perlotas me dejaron en casa pasadas las doce de la noche. Yo no quería saber ya nada y no me interesaba si el Perlotas en vez de llevarle el mandado a su mujer, le llevaba de regalo una nariz hecha pinole envuelta en un par de servilletas. Esta indiferencia era como una castración del espíritu, cualquier cosa que esto significara, pero que hacía sentirme aún con sangre en la venas, palpitando de un extremo al otro de mi cuerpo como una pertenencia de oscuridad cuajada. Entré a casa y vi la luz encendida del cuarto de mi madre. Hubiera querido que estuviera apagada y así sentir aún más mi indiferencia en solitario, porque una luz encendida siempre daba la esperanza de alguien al otro lado de la puerta. Ya llegué, dije cuando ella asomó la nariz. Te habló Karla, respondió en automático, casi con saña, me preguntó si ya habías encontrado trabajo y le dije que te habías largado con tus amigotes a emborracharte. Mi madre tenía ese don para lograr ponerme de malas apenas cruzábamos palabra. Pareciera que su misión era hacerme sentir lo más mal posible y restregarme en la cara todos mis fracasos y errores hasta hacerme sangrar. Sí, ya conseguí trabajo, le mentí con la misma saña, mañana comienzo. Y me lancé directo a mi habitación para sulfurarme con el techo pintado de blanco. Anaís tenía rato que ya no vivía con nosotros. Se había mudado apenas se había sacado una especie de beca de no sé qué y no sé para qué. El dinero que le entregaba el estado no era mucho pero encontró el aliciente suficiente para romper con el canibalismo que llevábamos como familia. Su departamento estaba en el centro de la ciudad. Vivía con una amiga que por las noches trabajaba como mandil en una taberna y por los días pintaba obras maestras en la punta se sus uñas largas. Anaís había terminado la universidad de puro milagro. Milagro por lo poco que le dio mi madre en esos años, que en pocas palabras eran tres: comida, casa y punto. Ella se empecinó tanto en meterse a una carrera que no tenía futuro que casi logra que todos la desheredáramos: Letras. ¿Qué carajos es eso?, preguntó Clara cuando se enteró de la canallada de su hermana menor para estudiar algo que no merecía la pena ni siquiera el esfuerzo por discutir y entender. Clara creía que Letras se refería a repasar una y mil veces el abecedario y, como examen final para lograr la licenciatura, recitar el abecedario de atrás para adelante: de la z a la a a la mayor velocidad posible. Mejor que se consiga un novio y deje de andar pendejeando por la vida, concluyó Clara. Y eché a correr. El gas lacrimógeno aún pululaba por la calle, y las llaves chinas la seguían aplicando los granaderos junto con la quebradora. Supongo que ahí fue cuando batí mi record personal en los 100, 200, 300 y 400 metros planos en desbandada. Sí Goliath hubiera competido ese día contra mí, seguro se hubiera quedado como el coyote frente al correcaminos. Pero Goliath estaba en esa época en otro universo, viajando de Marte a Venus a la velocidad de la luz.
 
30.
Un par de días después recibí una llamada de Sofía: Me tienes que ayudar a encontrarlo, me dijo austera, aunque casi podría jurar que notaba un leve temblor en su mentón a través de la línea, pero no podría asegurarlo a ciencia cierta. Nadie sabe dónde está. El chino me dijo que te vio por última vez con él y queremos encontrarlo, ya fuimos a todas partes. Nadie sabe nada. ¡POR FAVOR! ¡Por favor!, por favor, su voz se hacía cada vez más chiquita, débil, fugaz. Yo estaba encabronado contra todos, contra Sofía por tener unos ojos endemoniados, contra el fotógrafo, contra los granaderos, contra la luz solar, contra la pinche cartita que no le había entregado, con mi hueco en la cabeza donde deberían estar creciendo pelos. Estaba encabronado por haberme dejado llevar como un borrego ante el altar del sacrificio si oponer resistencia, pero, sobre todo, como si el enojo fuera el sustituto legal para librarme de mi debilidad, estaba encabronado conmigo mismo por mi cobardía y eso no tenía perdón de dios. Apenas había roto todas las marcas mundiales y cronometrado lo imposible después de recibir la orden de correr por parte del fotógrafo, que me había ido directo a mi casa para encerrarme en el baño un par de horas y chillar a gusto mis triunfos atléticos, sin más testigos que el propio chillón, y que por vergüenza ni siquiera me miraba frente al espejo para no delatarme ante mi mismo. ¡Te ves como un gargajo triste!, me dijo Goliath al día siguiente de la marcha cuando fue a casa a recoger un par de discos que me había prestado hacia varias semanas. ¡Se ve que te dieron hasta por debajo de la lengua! ¡Vete a la mierda!, le contesté. No te me sulfures, manito, traes unos chichones que hasta ya quisiera yo. Y se largó riendo con sus discos bajo el brazo. ¡No sé de qué me hablas!, le dije a Sofía fingiendo amnesia. Te hablo del Sangrías, no lo encontramos por ninguna parte. Ya interpusimos una queja en la comisión de derechos humanos, necesitamos que nos ayudes, que digas algo. Pero yo no entendía de razones, así que lo único que hice fue contestarle con puras preguntas encabronadas: ¿Por qué no me buscaron antes? ¿Qué tal que me hubieran desaparecido a mí, eh? ¿No que estoy muerto? ¿Qué me importa tu pinche movimiento? ¿Te puedo ver hoy? Y no sé como fue que caí. Sofía me dijo que si me vería en su casa de estudiantes, pero con la condición que llevara todo el ímpetu gladiador que mostré en la batalla campal contra los granaderos, cuando esquivaba a diestra y siniestra todas las manos que me querían atrapar.
 

(Continuará el próximo miércoles)  

   
     
     


   
   
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