Literator, literatura contemporánea
Novelas, prosa, cuentos, poemas, ensayos, libros,
artículos periódisticos, columnas, blogs, talleres de literatura

Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Principio y fin
21 de noviembre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
PRINCIPIO Y FIN    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
“Los poderosos se imponen con el dinero, el prejuicio racista y clasista,
las injusticias, la ilegalidad y la manipulación de muchos
medios de comunicación.
Trabajan contra los intereses populares y, para no ir más lejos,
allí están los aumentos de la leche, el diesel y la gasolina.”
Andrés Manuel López Obrador
20 de noviembre de 2006
Toma de protesta como presidente legítimo de México
   

   
     
     

El 20 de noviembre se celebrará por partida doble en la historia de México: 1) Como fin del concepto priista de revolución Mexicana, el cual la clase política gobernante institucionalizó durante más de 71 años y que por esa herencia política momificante, llevó a su fallecimiento como práctica revolucionaria para atender los intereses del pueblo de México y 2) Como el día de la toma de protesta popular como presidente legítimo de Andrés Manuel López Obrador en el zócalo del DF. Eventos coyunturales que demuestran que el significado de nación única, indivisible y de un sólo México se ha ido perdiendo; resquebrajado por el deterioro de las condiciones sociales en que vive la mayoría de los mexicanos. Batalla campal entre el México bárbaro, bronco y humillado y el México pudiente, intolerante y antidemocrático. División creada a partir de intereses mezquinos por parte de la propia derecha yunquista, corrupta y, que en un intento por mantener los privilegios de siempre, han abusado de la paciencia de las clases populares más desprotegidas. “Es un peligro para México” significa hoy haber abierto las puertas de la Pandora por parte de Fecal y sus huestes en pos de ganar votantes crédulos; pero al mismo tiempo es alegría para millones de ciudadanos libres y soberanos que ven por fin como un gobierno electo por la mayoría intentará velar por sus legítimos intereses con lo que pueda, como pueda y hasta donde pueda. 20 de noviembre: día del nacimiento de la verdadera República en contraposición de la simulada y espuria del 1° de diciembre.

 
(PARTE 6)
LÁZARO
La ciudad más grande del mundo era un monstruo de más de 20 millones de cabezas. Competida en todos los sentidos, sus habitantes generalmente caminaban mirando hacia el suelo o volteando de vez en cuando hacia atrás para asegurarse que nadie los seguía. Con sus multitudes arremolinadas en el metro, en el microbús, en los puestos de comida callejera, en las banquetas, en los cruceros, en el zócalo, en Coyoacán, en Indios Verdes, en San Cristóbal, en Coacalco, en Tultitlán, Villa de las flores, en Álvaro Obregón, en Benito Juárez, en Miguel Hidalgo, en la Cuauthémoc, en la del Valle, en la Nápoles, en la Zona Rosa, en la Agrícola Oriental, en la Portales, en San Antonio Abad, en Xochimilco, en Tepito, en Insurgentes, en la Lagunilla, en Izazaga, en Ciudad Universitaria, en San Cosme, en Tlatelolco, en Martín Carrera, en Plaza de Santo Domingo, en el Monumento a la Revolución, en División del Norte, en Bellas Artes, en el Pedregal, en la Merced, en Lomas de Chapultepec, en la Ignacio Zaragoza, en Mixcoac, en Patriotismo, en la Condesa, en todas partes, a todas horas. En el cine, en la oficina, en los restaurantes, en el mercado, museos, en el parque hundido, en el España y en el México, en los puentes, debajo de la tierra, en los aeropuertos, en la central camionera, por decreto oficial, por violación a las leyes, en la televisión, en la radio, en los periódicos, en las revistas, en libros y almanaques, en los autos, a sol y a sombra, callados o con ruidos, con asaltos, sin ellos, con vendedores ambulantes, con negocios millonarios de trasnacionales, con droga, con muertos a diario, con prostitutas, con niños, niñas, jóvenes, adultos, ancianos, viejas, viejos, feos, hermosas, con sus choques y sus barreras, con topes y semáforos, en los ojos, en el alma, porque dios así lo quiso, porque el diablo estaba en todas partes, en fin, para siempre, eternamente, en la ciudad de México, águila que nunca vuela y está como muerta, sólo bulléndole los gusanos por dentro, que están vivos, en movimiento.

Los tres hermanos permanecían sentados sobre unos plásticos negros. Esposados por la espalda parecía que rezaban sin decir nada. Tenían los ojos vidriosos debido a los trancazos. Sangre seca manchando sus camisas. Uno de ellos tenía un ojo hinchado y casi no lo podía abrir. El otro masticaba un pedazo de su lengua que había sido parcialmente cortada por sus propios dientes a la hora de recibir un puñetazo. El tercer hermano traía un tajo en la cabeza cuando le dieron un cachazo con la pistola para que se metiera en la cajuela del automóvil cuando fueron levantados. Entre ellos se conocían bien, habían visto tantas cosas desde pequeños. Su madre los quería y abrazaba tanto. Incluso hasta se habían vuelto compadres cuando les tocó el turno de tener hijos y se habían convertido en mucho más que hermanos en alguna boda donde terminaron borrachísimos trenzados los tres con la mismísima novia. Pero ahora era distinto, sentían vergüenza de mirarse a la cara, de mirarse a los ojos porque cada uno de ellos sabía que en esa circunstancia no habría clemencia alguna. No existía el perdón. Ya no habría mañana.
                —Los plásticos son porque al jefe no le gusta que dejemos un reguero, ¿verdad, Loco? —volvió a hablar el hombre que tenía un tatuaje de una cobra en el brazo derecho y jugaba distraídamente con una pistola 9 milímetros—. Pero ahora que sabe que los tenemos, yo creo que hasta podríamos embarrar las paredes con ustedes y no se enojaría, ja, ja, ja.
                El Loco sólo esbozó una tenue mueca a modo de sonrisa. Al principio le había parecido gracioso ese chiste, incluso con un humor bastante ácido e inteligente, pero escucharlo a cada rato en que tenían que ejecutar a alguien ya se le hacía monótono y aburrido, pero bien sabía que tenía que fingir que le gustaba para no terminar él mismo esposado sobre los plásticos negros escuchando ese mal chiste por última vez.
                —Bueno, niños... —dijo de repente con aire solemne el Tatuado—, ¿quién quiere ser el primero en cantar?
                Los hermanos no se movieron. La mirada la tenían clavada en el suelo. Ya ni siquiera sudaban agua; sudaban aceite. Estaban fritos y lo sabían.
                El Tatuado continuó:
                —No soy loquero, nenes, pero sé que el dolor de adentro es más duro que el de afuera, ¿me entienden? ¿No? Así que cómo ustedes quieran quiero. A ver tú, Mochilas, ¿Cuál te gusta?
                El Mochilas, un hombre flaco y ojeroso,  dio unos pasos delante de los hermanos y clavó su mirada en el hombre que tenía la lengua mordida.
                —Pues pa’ comenzar este, ¿no?
                —Ta bueno. ¿Cómo lo quieres tomar: frío o caliente?
                —Como usted quiera, comandante.
                —Veamos... son un trío, tsssssss... pero de un trío se puede sacar un dueto, ja, ja, ja —celebró su ocurrencia el Tatuado.
                El Mochilas no dijo ni si ni no, sólo se quedó parado con la mente en blanco repitiendo automáticamente:
                —Como usted quiera, comandante.
                —Bueno, conste que te di a escoger: que sea frío pa’ que no le duela, ja, ja, ja. Vas Loco —le ordenó al otro hombre mientras le extendía la pistola con la que jugaba. El Loco, un hombre rapado y con casaca azul marino tomó el arma y se acercó para apuntar en medio de los ojos al hombre que había seleccionado el Mochilas.
                —En la cara no, pendejo —interrumpió el Tatuado—. No ves que si no luego no los podremos reconocer. Dale de ladito, por la nuca.
                Los tres hermanos tragaron saliva al mismo tiempo. Sabían desde el principio que el poder tenía todas las ventajas del mundo y que solamente tenía una desventaja y ésta era precisamente perderlo.
                El Loco dio un paso hacia atrás y buscó un lugar en la cabeza del hombre donde poder dispararle para que no se le fuera a desfigurar el rostro.
                —¿Aquí está bien, comandante? —preguntó indeciso el Loco.
                —Un poquito más atrás de la oreja —corrigió el Tatuado—. Porque ahí le va a salir el tiro por los ojos.
                El Loco siguió la orden del Tatuado. Cargó cartucho. En ese momento el hermano que iba a ser ejecutado dijo con su lengua mordida:
                —Nos vemos luego, carnales.
                El Loco disparó y la bala entró por un costado de la cabeza haciendo un agujero del tamaño de una moneda. El hermano inmediatamente cayó de bruces, un flujo de sangre empezó a empapar las bolsas de plástico negro.
                Los dos hermanos restantes estaban pálidos, uno de ellos se había orinado. El Loco se acercó al cuerpo del hermano muerto y comenzó a bajarle los pantalones:
                —Este no se cagó como el güero del otro día —dijo el Loco al ver los calzones limpios del muerto.
—Pues como vas, Mochilas —ordenó el Tatuado—, ahorita que no está tan frío.
Entre el Mochilas y el Loco acomodaron el cuerpo semidesnudo del muerto enfrente de los otros dos hermanos.
—Órale, sostenlo —ordenó el Mochilas al Loco.
El Loco cargó al muerto por la cadera y lo empinó mientras el Mochilas se bajaba los pantalones. Un momento después sodomizaba el cuerpo aún tibio del hombre muerto ante los ojos estupefactos de sus hermanos.
—Hijos de la chingada, putos, culeros —reaccionó el hermano que tenía el ojo hinchado—. Ya está muerto, déjenlo, déjenlo en paz. ¡Cabrones!
El Tatuado interrumpió lacónicamente los gritos del hombre:
—¿Vas a cantar, gallo? Si vas a cantar lo dejamos en paz ¿Qué dices?
—Muérete hijo de tu recontra chingada puta madre.
—Como quieras quiero, gallito: frío o caliente te va a tocar a ti también, mejor cántale y te prometo que sólo te vamos a matar sin hacerte daño. Lo juro.
—Chinga tu madre, chinga tu madre, chinga tu madre... —comenzó a repetir el hermano como tarabilla.
El Tatuado con evidente desesperación ordenó a sus sicarios:
—Ya párenle, muchachos.
—Pero todavía no acabo... —replicó el Mochilas con un gemido y los ojos en blanco.
—Chinga, te dije que le pares, cabrón, Párale porque quiero que a este otro le corten los tenates en caliente y se lo cojan frío.

(Continuará)

www.radioamlo.org El canal de información vía internet  

   
     


   
   
© Todos los derechos inclusive los de autor recaen en los autores
   


Literator http://www.literator.de
Literatura contemporánea Sugerencias, comentarios...a:
http://literator.de contacto-literat@literator.de
   
  © 2004-2010 Literator.
Todos los derechos reservados. All rights reserved