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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Radioamlo
27 de febrero del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
RADIOAMLO    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

"No estoy de acuerdo con lo que usted dice,
pero lucharé hasta la muerte para que tenga el derecho de decirlo."
Voltaire.

   
     

“Bajo el principio: “La ciudadanía tiene el derecho a la información veraz y oportuna” y, atendiendo el ordenamiento de certeza, legalidad y transparencia, se presenta el siguiente proyecto para lanzar la señal de RADIO AMLO con el objeto de mantener una pluralidad y equilibrio en lo referente a medios de comunicación electrónicos, ya que la cerrazón por parte de los grupos que controlan estos medios ha sido sistemática en contra del Proyecto Alternativo de Nación encabezado por el Presidente legitimo Andrés Manuel López Obrador y que se dio con mayor virulencia a partir del fraude electoral desde las más altas esferas políticas, económicas y de comunicación. Todo ello en detrimento de la calidad informativa y en un contundente ataque hacia el movimiento de resistencia civil pacífica.
Por tal motivo se concluye con carácter de urgente y de rápida resolución el siguiente punto: Es necesario buscar y abrir todos los espacios, canales, medios de información para que la ciudadanía mexicana cuente con la otra versión de los hechos y, necesariamente, para que el nuevo gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador no sea silenciado por los medios de comunicación. México D. F. 20 de septiembre de 2006”

 

FRANK WATSON (PARTE 19)
Frank Watson llegó en taxi a las puertas de hotel Four Season. La ciudad de México le había parecido monstruosamente fea pero con mucho potencial. Se parecía a Taiwán o a Singapur nada más que sin los rascacielos y sin la modernidad pujante de algunas ciudades asiáticas en donde había concretado algunos negocios multimillonarios. Su recorrido por las calles había durado un par de horas. Tiempo en el cual había pagado sólo cien miserables dólares y que le habían dado una nueva perspectiva del negocio: no era un país de 1, 200 millones de dólares los que podía negociar sino cuando menos el doble. Se bajó del taxi y entró al lobby del hotel donde ya lo estaba esperando su asistente Robert Green.
                —Me voy a duchar —dijo en inglés antes de que tuviera tiempo de decir nada.
                Robert Green avanzó primero hacia el elevador para conducir a su jefe a la habitación en el último piso.
El baño constituía para Frank el único modo de calibrar sus planes. Algo así como limpiarse de todos los pensamientos viejos para sacar conclusiones frescas e indudablemente brillantes, según él, amén de que en verdad se sentía un poco sucio y cansado después de toda esa travesía mexicana y del vuelo de Nueva York a la ciudad de México. Puso todos los hechos en su memoria mientras se metía al jacuzzi. Sabía quién era el hombre a vencer. Lo había estudiado durante los últimos dos meses tanto en papel como en video y sólo dos veces en persona cuando el mexicano lo visitó en las Vegas para divertirse un rato. ¿Pero cómo negociar con un hombre así? ¿Cuál era su mayor debilidad? Sabía de la frialdad que podía tener en momentos de alta tensión. Lo sabía por un aliado que operaba desde dentro. La reunión había sido pactada para el jueves a las 3 de la tarde. Eso hacía que solo tuviera menos de 24 horas para negociar con amigos y enemigos. Cuando Frank terminó de hacer una lista mental de todas las prioridades, se sumergió en la tina para no pensar en nada más. Por la noche tendría que estar en la embajada norteamericana para ejecutar su plan con todos los sentidos alerta.
*
Miss Clairol supo que el hombre estaba muerto. Lo supo desde el primer momento en que le vio una enorme tajada en el cuello y de que ella misma estaba empapada con su sangre. Sin pensarlo dos veces se empezó a limpiar frenéticamente con la toalla con que había salido la noche anterior de la regadera. Aún estaba desnuda y su cuerpo adquiría las líneas y el color de alguna pintura cubista de Picasso mientras se restregaba la piel. El hombre le parecía conocido pero no era con quien había tenido relaciones sexuales. El hombre de la noche anterior había sido: JUAN. El paisano Juan. “Lo que usted quiera, estamos para servirle”, le había dicho ella. Y él aceptó. “Usted”, ordenó el paisano. Miss Clairol respingó la nariz. Cuando subieron a la camioneta el hombre ni siquiera miró a Channel y a Victoria, las dos hermosas jovencitas que le había llevado como presente de bienvenida. “Usted”, le dijo por tercera vez el paquete envuelto de paisano y ella tuvo que aceptar de mala gana. Entonces Juan ordenó ir a un motel en la colonia Del Valle llamado “Isabel”. Luego la poseyó como un energúmeno para después mandarla a bañar. Miss Clairol se baño a conciencia. No quería dejar rastro de las manazas de aquel paisano que la había tocado hasta por debajo de la lengua y besado atrás de las orejas y el rabo. Pero ahora, con la sangre de otro fulano, miss Clairol recogió su ropa y se visitó a toda prisa para salir de ese cuarto cuanto antes. Lo único que no encontró fue su teléfono celular con el número del Negro para decirle que se la habían cogido y que los horóscopos tenían razón: Virgo: Puras mamadas, infinidad de madrazos y sobre todo, hoy te levantaste de la chingada.
*
Frank Watson había estudiado economía financiera en la universidad de California, además poseía una maestría en administración por parte de Harvard y un doctorado en Yale como doctor en ciencias corporativas. Todo esto a la insólita edad de 25 años. Había sido un niño prodigio. Una calculadora humana, como lo presumía su padre frente a sus amigos del trabajo para después seguir bebiendo cerveza. Frank vivía en un barrio pobre de los Ángeles donde los hispanos eran mayoría. Su padre, Víctor Watson, obrero metalúrgico, se quedó sin trabajo cuando la fábrica anunció que cerraba sus puertas para trasladar sus operaciones a Corea. Le dieron una liquidación de 10 mil dólares y lo mandaron a volar. Para ese entonces Frank tenía 9 años y hacía cuatro que había fallecido Michelle Watson, su madre. Víctor intentó conseguir empleo en diferentes ocasiones para mantener a su hijo, pero sus conocimientos sólo llegaban de la planta de soldar a la soldadura. Pidió trabajo en un restaurante de comida rápida pero no lo consiguió bajo el cargo y la acusación sumaria de que ya tenía demasiada edad como para ese tipo de empleo. ¿Qué hacer entonces? El dinero pronto se acabaría y a los cuarenta años empezar de nuevo era como volver a nacer pero sin futuro. De los 10 mil dólares de la liquidación ahora sólo le quedaban 4 mil 500.
                —No puedo más, no puedo. Ya no sé qué hacer ¿me entiendes? ¿Me entiendes? —dijo Víctor medio ebrio un viernes en el bar donde tiempo atrás solía acudir con sus antiguos amigos metalúrgicos después del trabajo. El cantinero lo miró, hacía rato que no lo veía por ese lugar y sintió lástima por el hombre que parecía que comenzaba a sollozar.
                —A berrear a otro lado, amigo —dijo el cantinero seguro de que esa era la mejor estrategia para contener el llanto de un hombre desesperado—. Aquí no queremos maricas.
                Víctor se limpió los mocos con el dorso de la mano y luego se echó el siguiente trago de un solo golpe. Llevaba en la mano una fotografía de su hijo, que la había sacado de su cartera para enseñársela a quien quisiera verla. Ya no le importaba nada. Ni que lo llamaran marica ni que lo crucificaran. Sólo estaba preocupado por su pequeño Frankie. ¿Qué iba a ser de él? El seguro de desempleo que le tenía que dar el estado había sido detenido debido a un error de una de las supervisoras. Intentó corregirlo varias veces pero siempre lo traían a la vuelta y vuelta y no había recibido ni un céntimo durante un año completo. ¿Y si sacara un seguro de vida y después muriera, por ejemplo en una autopista bajo un trailer? ¿Lograría el pequeño Frankie cobrar el seguro a pesar de que no lo reconocieran por estar hecho tortilla bajo las llantas? Sí, el suicidio parecía una buena herramienta para dejarle un futuro a su hijo. ¿Cuánto costaría ponerle precio a su cabeza? Tenía 4,500 dólares, con eso tal vez le alcanzara para comprar una póliza de unos 50 a 60 mil dólares, no más. Pero ahora, ¿cuál sería la forma menos sospechosa de morir sin que la aseguradora jamás supiera que él lo había inventado todo? Porque sabía de casos donde a pesar de ser una muerte accidental, la compañía de seguros ponía tal cantidad de reparos en pagarle a los deudos debido a que el fallecido no había muerto como especificaban las normas y los reglamentos escritos en letra pequeña.
                —Oye —se le acercó un hombre de unos sesenta años con sombrero y un abrigo negro y que llevaba un ejemplar del Washington Post bajo el brazo, el periódico más leído y respetado de esa época después del asunto de Watergate—. No pude evitar escuchar lo que le estaba diciendo al cantinero. ¿Me puedo sentar con usted un momento?
                Y sin esperar respuesta, el hombre se sentó a un lado de Víctor quitándose el sombrero y depositándolo sobre la barra:
                —Otra ronda de lo mismo que está bebiendo —ordenó al cantinero para que se marchara y los dejara solos. Luego fue directo al grano mientras le arrebataba la fotografía de su hijo y la miraba con cuidado—. ¿Es cierto eso de que estaría dispuesto a matarse para salvar a su hijo de la miseria?
                Víctor lo miró entre nubarrones etílicos. Estaba ebrio pero dijo la verdad:
                —Sí. Completamente.
                El hombre sonrió:
                —¡Que interesante! —dijo el hombre mayor. Víctor lo miró y frunció el entrecejo—. Oh, disculpe. No nos hemos presentado —dijo mientras el cantinero regresaba con la bebida—: Mi nombre es Vladimir Spencer, pero todos me dicen el viejo Vlad, el conde. Cómo en las viejas películas de terror ¿Se acuerda? Esa de Bela Lugosi, que esas sí eran buenas, no como el vampiro moderno de ahora... como se llama... a sí... Christopher Lee, que le falta elegancia y categoría.  ¿Y usted, mi estimado amigo, cómo se llama?
                —Víctor... Víctor Watson, nacido en Maryland. Y en todas partes me llaman “Papanatas bueno para nada”.
                —Ja, ja, ja. Eso se puede solucionar —dijo Vlad pescando al vuelo la ironía de Víctor—. Yo le ofrezco un trabajo para que no tenga que dejar huérfano a su hijo tan pronto y sin sentido —Vlad sacó una pequeña tarjeta de presentación y se la ofreció a Víctor, quien sólo la miró sin tomarla—. Vamos, hombre, no tiene nada que perder. Tómela.
                Víctor tomó la tarjeta y leyó: “Marketing Home” Beach street 4500. Santa Mónica, California. 2222099601
                —¿Pero esta empresa no se va a ir del país? —preguntó burlón Víctor.
                Vlad se extrañó, pero suponiendo la intención, contestó:
                —No, mi estimado Víctor, mi empresa no puede irse a otra parte. Es indispensable para la economía de este país —luego tomó su sombrero y se dispuso a marcharse dejando un billete de 10 dólares sobre la barra.
                —Eh, mi foto —dijo Víctor.
                —Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad... eso me agrada... hábleme mañana, cuando esté sobrio, Víctor —devolvió la foto de Frankie y salió dejando a Víctor con la tarjeta sobre la barra. Ya con el tiempo se acuñaría el nuevo nombre de la empresa años más tarde, situación que dio la oportunidad de mandar al pequeño Frank a la universidad con todos los gastos pagados: Vlad and Vic o como señalaba el logotipo en casi todas las tarjetas de presentación: V&V., Inc.
*
Frank abrió los ojos. Su cuerpo comenzaba a arrugarse, ¿cuánto tiempo había pasado dentro de la tina del jacuzzi? Las yemas de sus dedos ahora semejaban pasas albinas. Se incorporó y salió del agua.
                —¿Ya tienen al hombre? —preguntó una vez que se hubo vestido con un esmoquin que había comprado en bloomingdales de Nueva York.
                Robert Green contestó desde el otro lado de la habitación frente a una computadora portátil:
                —En unos minutos, jefe.
*
Miss Clairol no traía un centavo pero eso no le importó al abordar un taxi en Viaducto e Insurgentes.
                —¿Le sucede algo, señorita? —preguntó el taxista al ver que su pasajera castañeaba los dientes y no dejaba de mirar hacia atrás mientras circulaban con dirección al periférico. No contestó y el chofer no volvió a preguntar más. Todo lo que ella recordaba lo tenía tan vago como si unas salpicaduras de humo le hubieran caído sobre la memoria. Recordaba entre niebla al hombre con el que se había acostado; recordaba su sexo duro que había tenido que soportar durante tres orgasmos del tipo; recordaba que el Negro los había dejado en un motel de colonia del Valle siguiendo la misma orden y se había llevado a Channel y a Victoria a la “oficina”; recordaba que le había dicho que no pasara por ella sino hasta que le llamara, pero lo que no recordaba era el número telefónico del Negro, ni donde había dejado su saquito color crema ni que había pasado con su celular.
                —¿Aquí está bien, señorita? —preguntó el taxista cuando llegaron a la dirección que ella le había indicado.
                Afuera de la oficina había una ambulancia del servicio médico forense y algunas patrullas que iluminaban las cabezas de muchos curiosos con luz roja y azul. Miss Clairol percibió el peligro de bajarse.
                —No, me equivoqué de dirección.
                —¿Y entonces, señorita?
                —¿Sabe llegar a Puebla?
                —Pero eso le va a salir caro, está bien lejos.
                —No importa... vámonos —el auto aceleró dejando atrás el ular y la luz de aquella calle. Parecía que Puebla era la distancia más cercana al olvido.
(Continuará)

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