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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Radio CINCO
13 de noviembre del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
RADIO CINCO
   
     
Gerardo Oviedo    
     
a Luis Mandoki, por su contribución a la verdad
   
     
     

Sigo dando más información para la instalación, administración y operación de una estación comunitaria en la ciudad de Puebla, para que se sumen a este proyecto ciudadano. “7. Programa de Inversión. Es necesario que identifique y justifique los gastos y costos que deriven tanto de la instalación y operación, como del mantenimiento de la estación, éste último en forma anual, en consistencia con lo propuesto en los incisos a), c), d), e) y f) de la solicitud ante la SCT. El programa de inversión tiene por objeto hacer una proyección de los gastos totales que se requerirán para la instalación de la emisora, entre más desglosados estén es mucho mejor, para ello, es mejor dividirlo en tres rubros principales: a) Gastos por equipamiento de transmisión y cabina (incluyendo el equipo de medición marcado por la NOM) b) Gastos de operación (renta de local, luz, agua, teléfono, internet, personal, etc.) c) Gastos de mantenimiento (pago a técnicos, mantenimiento del equipo de transmisión) Hay que recordar que este programa de inversión debe ser congruente con la capacidad financiera, pues si planteamos que vamos a invertir un millón de pesos y sólo tenemos capacidad para obtener medio millón, nuestro programa no resulta real. 8. Capacidad financiera. Debe identificar y documentar las fuentes de ingresos para el financiamiento de la estación para llevar a cabo el programa de inversión propuesto y, comprobar el origen de los recursos con que se garantizará la viabilidad financiera de la estación, esto es, debe ser consistente con el programa de inversión y la naturaleza y propósitos propuestos. Deberá garantizarse que se cuenta con los recursos necesarios para la instalación, operación y mantenimiento de la estación de conformidad con lo establecido en la ley y la norma oficial mexicana aplicable. Asimismo, especificará la forma en que se obtendrán recursos para garantizar la continuidad del servicio con eficacia, exactitud y regularidad, de conformidad con lo establecido en la Ley Federal de Radio y Televisión y su Reglamento. Deberá desglosarse cuanto dinero se obtendrá y de qué manera, que puede ser por: Apoyos institucionales, por desarrollo de proyectos financiados por instituciones federales, estatales o municipales. Ingresos por aportaciones económicas de la audiencia. Cobro por servicios tales como producciones a terceros, capacitación, asesorías a organizaciones. Becas para los integrantes de la radio. Ingresos por la organización de eventos culturales y artísticos. Para comprobar que se cuentan con esos apoyos deberán integrarse cartas de las instituciones, agencias, organizaciones o personas físicas o morales que se comprometen a apoyar la emisora.”. EXTRA: El domingo pasado hubo elecciones aquí en Puebla, y, la gran derrotada fue la democracia. No puede existir democracia real con un nivel tan bajo de participación, pero una cosa es segura, a ese 60 ó 70% de abstemios electorales no les interesa su país.  Quien no haya ejercido su derecho a votar porque no quiso y no porque no pudo, no tiene derecho a quejarse después. ¡Qué vergüenza, poblanos y poblanas!


TODA LA RABIA DEL MUNDO
“¡Que fácil es empujar a la gente...!
Pero que difícil guiarla.”
Rabindranath Tagore
PARTE 24
 
61.
Pero las mujeres no se dan por vencidas tan fácilmente cuando el rechazo se instala entre lo que desean y sus impulsos. Mi novia Karla salió disparada del décimo piso del edificio de Goliath a la velocidad de la luz. Yo iba caminando con las manos en los bolsillos, calando el frío con el vaho que despedía mi respiración. Karla me alcanzó antes de cruzar la segunda avenida. La noche citadina revolvía las tonalidades del alumbrado público junto con los almacenes y comercios que aún permanecían abiertos. En ese momento, no sé por qué, pero comencé a pensar no en el embarazo de mi novia Karla y como la había dejado plantada afuera del ascensor con mi contundente y fraudulento: “Soy estéril”, ni tampoco en el maldito Goliath y su mentira de suicida falso, sino en Sofía, dónde a ella jamás le había dicho que su juventud, sus ojos y sus feromonas eran lo que me habían enamorado y que ella, a fin de cuentas, no era responsable de mi perdición. Porque de la belleza fisiológica nadie es responsable salvo un óvulo curvilíneo y un esperma gladiador y esto se da por casualidad. Karla me tomó del brazo con fuerza y me dio la vuelta: No me dejes así, mi amor. Sus lágrimas, que estaban a punto de estallar cuando cerré la puerta del ascensor, ahora se habían convertido en lagrimones del cuarto diluvio en medio de la acera: No me dejes así, bebé, te juro por lo que más quieras que no me he acostado con nadie, agregó mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para mantener mi brazo sujetado. Con fuerza lancé mi antebrazo al frente pero no pude liberarme de sus garras: Tú estás loca. Y si te embarazaste fue por idiota, le dije, pero tiempo después supondría que Karla no escuchaba en esos momentos, porque frente a la desesperación los oídos se vuelven sordos como la desconexión de las neuronas son el filtro para una muerte tranquila, sin sobresalto. La angustia de Karla se palpaba tanto en el aire que casi se había vuelto de concreto y una pareja que pasó a nuestro lado se detuvo un momento al ver nuestra escena y después, como huyendo de la peste, de estrellarse contra esa barda concreta, comenzaron a caminar más rápido para no contaminarse con el virus de nuestra guerra. Karla me miró, supongo que con rabia, y, como ese depredador al que siempre había temido, se me abalanzó y me rodeó con sus brazos dándome un beso en la yugular: No me abandones, mi amor, no me dejes así, no ves que yo te amo mucho, y siguió besándome como yo hubiera querido hacerlo con Sofía, muchos años antes, cuando ella nos seguía entrenando para ser una especie de boinas verdes de la guerrilla ambulante. Cuando iba yo bajando las escaleras a toda prisa para ver al gordito que habíamos lanzado desde la azotea, y sólo pensaba en que era un adversario amoroso menos, cuando llegué a ras de suelo, el gordito parecía un pedazo de gelatina desparramado entre las plantas: ¡Oink!, mis piernas, fue lo primero que dijo cuando le di una cachetada para saber si estaba vivo: ¡Oink!, me duelen mucho mis piernas. Entonces, para informar de la situación, grité a Sofía y a los que permanecían asomados por el borde de la azotea, cuatro pisos arriba: ¡El marrano está vivo! ¡Pero no volverá a caminar! Los de arriba quedaron mundos, azorados, incrédulos de que un bólido mantecoso estuviera vivo después de semejante lanzamiento, sólo Sofía, nuestra comandanta suprema de las feromonas rebeldes consiguió lanzar una célebre frase que delimitaría la zona entre los héroes y los pelmazos: ¡Eso que yace ahí abajo, estimados camaradas, es un hombre de verdad! ¿Quién sigue? Unos minutos después estábamos más de la mitad de chavos lesionados con luxaciones, desgarres, fracturas, esguinces y alguno que otro descalabrado, porque el paso entre el héroe y el cobarde estaba a 4 pisos de distancia entre el piso y la azotea. Esa vez yo sólo salí con raspones en las rodillas y en los codos, porque mi caída no fue libre, sino que fui dejando pedazos a lo largo del recorrido, alfombrando con mi piel las paredes para convertirme en un hombre de verdad ante los ojos de mi amada Sofía. Porque el arte de la conquista amorosa es jamás parecer un pelmazo y el heroísmo, aquel pedestal que se idealiza, siempre es el mayor atributo para conseguir la victoria. Esa noche, ya de regreso, en la casa de estudiantes guerrilleros, nuestra comandanta pasó a nuestro dormitorio, y entre vendajes y curitas, nos dio a cada uno un beso en la frente: ¡Tú por ser un héroe!, le dijo al gordo y le dio un beso, ¡Tu por nuestra patria!, y dio otro a uno que cayó de cabeza sobre una gramínea, a los otros: ¡Por la justicia!, ¡Por la democracia! ¡Por la libertad! y así por el estilo. Cuando llegó por fin a mi lado, a Sofía se le habían acabado las frases canónicas de cualquier lucha en cualquier parte del mundo, entonces sólo dijo: ¡A ti por tus codos y rodillas que este día se han cubierto de gloria! y me besó.
 
62.
Ese día estaba en casa preparando una sopa instantánea y listo para abrir un paquetito de galletas saladas, cuando llegó mi hermana Clara y después de un breviario de noticias familiares: preguntas y respuestas sistemáticas, ella intentó zarandearme por los hombros: ¡Cómo que se fue mamá a buscar a esa estúpida lesbiana! ¿Por qué no se lo impediste? ¿Estás imbécil o qué? ¿Por qué no me llamaste? ¡Si le pasa algo es tu culpa, idiota! ¡Entendiste, idiota! ¡Tu culpa! Pero como yo ya había crecido, ahora no era tan fácil que me doblegara como lo hacía cuando éramos niños, ni que me hiciera manita de cochino y yo dijera que sí a todo lo que ella quería, así que sin pensarlo le di un empujón que la mandó a sentarse en una de las sillas de la cocina. ¡Cálmate o te madreo!, le dije con voz cavernosa y enseñando los dientes. Pero antes que pudiéramos comprobar si yo era capaz de cumplir lo que había dicho, Clara salió despavorida de la casa. Esa misma tarde le escribí un telegrama a mi hermana Anaís donde yo suponía que debía estar: “No te muevas de donde estás. Madre cerca. Te está buscando.”, y tampoco sé el por qué, antes de entregarlo a la ventanilla del telégrafo, escribí al final del texto: “Cuidado estúpida.” Y así lo mandé a Siria. Al paso de un par de días me llegó otra postal de Anaís escrita con letras casi microscópicas donde aparecía una góndola y al fondo una calle acuática de Venecia. “Estando lejos la distancia es una espada/que mutila los recuerdos malos y a todos los vuelve buenos/el sol se recuerda de otro color en la retina/y todos los colores se vuelven espuma de olas que van/y no regresan a ser jamás ni agua ni sal/estando lejos la memoria es una trampa/donde mis manos atrapan lo fugaz/y entre los dedos como el agua/todo se va. Hola, hermanito. Estoy feliz de que me hayas escrito. Dile a mamá que vamos para Venecia, dice Jacques que es una ciudad muy bella. Encontró esta postal entre sus cosas y me la dio para que mamá viaje y conozca la Plaza de San Marcos. No te puedo decir hacia donde vamos en realidad pero será un viaje muy largo. Jacques me ha dicho que en esa parte del mundo los colores son de otro color y las estrellas están a nuestro favor. A veces creo que él sueña despierto. Y eso me gusta. Otras veces sólo sueña y ronca. He aprendido a confundir el mar con sus ronquidos. Cuando estamos en tierra cierro los ojos e imagino que estamos navegando. A la tripulación se ha sumado un joven que también ronca. Espero poder dormir porque su camarote está junto al mío. Pero me entretengo leyendo mucho, porque Jacques me ha comprado más libros. Dice que es una forma de viajar estando quietos. Me ha obligado a preparar una compilación de lo que escribo y que lleva bajo el brazo a todas partes y se lo muestra a todos sus amigos que encuentra en diferentes partes. Me imagino que está enloqueciendo un poco, pero ¿quién en este mundo no está loco? Te quiero mucho, Anaís. Posdata: Ahora que estás sólo en casa, busca en los rincones las forma de la luz.”  Tres días después de esa postal llegó a casa Filadelfo Ramírez con un par de gorilas, uno me tomó del cuello mientras el otro me hacía manita de cochino: No quiero que vuelvas a tocar a Clara ni con el pétalo de un a rosa, me dijo en tono un poco cursi y jactancioso, luego ordenó a sus hombres que me soltaran: Este es el primer aviso, cuñado, luego no habrá otro, ¿me entendiste,? Y yo dije que sí, que sí entendía, porque la fuerza siempre se impone en la familia caníbal, aquella que en nombre del amor fraternal te come las vísceras. Cuando esa semana mi madre habló por teléfono a casa para tratar de comprobar que no la había incendiado, le dije que Anaís estaba en Venecia y si quería encontrarla que fuera a una plaza llamada San Marcos. Mi madre colgó con su habitual: ¡Pórtate bien y trabaja, webón! Años después, cuando Karla me besaba y me llenaba de baba el cuello en medio de la calle, pude saber que los científicos tenían razón: A toda acción hay una reacción: ¿Quieres hacer el amor, bebé?, me preguntó Karla. ¡No!, le contesté. Ya no quiero nada de ti. Me asfixias. ¿No lo entiendes? ¿No me has entendido nunca? Pero a Karla no le importó, así que continuó: Vamos a mi casa. Te invito a cenar. ¿Y la fiesta de Goliath?, le dije al ver que sus palabras eran como telarañas que me estaban envolviendo: ¡El puto de Goliath puede esperar!, contestó con suficiente fuerza como para que la noche se volviera más negra, profunda y fría. Pero antes de ceder a su maquiavélico plan de ofrecer sexo para encontrar amor, logré desbaratar su abrazo y, con toda la firmeza del mundo, exclamé: ¡No te quiero volver a ver en mi vida, Karla!, y me eché a correr como loco tal y como había corrido muchos años antes cuando los granaderos nos estaban dando una paliza en la plaza de armas del centro de la ciudad y Sofía todavía era Sofía y no la comandanta suprema que nos embriagaba a todos con sus feromonas cada vez que pasaba a nuestro lado para tratar de cambiar el mundo como el sol cambia la luz de las estrellas.

 
(Continuará el próximo miércoles)
 
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