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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Radio SEIS
20 de noviembre del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
RADIO SEIS
   
     
Gerardo Oviedo    
     
a los miles de ciudadanos de la CND
   
     
     

Más datos acerca de los requisitos para instalar, operar y administrar una estación de radio comunitaria en la ciudad de Puebla: 9. Comprobante de pago de derechos: A nombre del solicitante, por concepto de estudio de la solicitud y de documentación inherente a la misma, por cada una de las frecuencias o canales solicitados, de conformidad a los artículos 124, fracción I, inciso a) (radio) o 125, fracción I, inciso a) (televisión) y 130 de la Ley Federal de Derechos. ($2,010.00). El pago mencionado, podrá cubrirse en la Subdirección de Comunicaciones del Centro SCT de cualquier entidad federativa, o bien, en la Dirección de Administración de la Dirección General de Sistemas de Radio y Televisión, sita en Av. Eugenia No. 197, 1er. Piso, Col. Narvarte, Delegación Benito Juárez, C. P. 03020, México, D. F. La solicitud que no venga acompañada del comprobante del pago de derechos señalado, no entrará al estudio de la misma, de conformidad a lo establecido en los artículos 1, 2, Y 3, de la Ley Federal de Derechos. Es conveniente aclarar que de conformidad con el proyecto en particular de que se trate, la Secretaria de Comunicaciones y Transportes podrá solicitar mayor información; de igual forma, la presentación de los requisitos mencionados, no implica el otorgamiento del permiso para instalar y operar una estación de radiodifusión, toda vez que los mismos serán evaluados para determinar su viabilidad de conformidad con las disposiciones técnicas, legales y administrativas aplicables, incluyendo el hecho que la solicitud está sujeta a la opinión que emita la Secretaría de Gobernación, en términos de los artículos 36, fracción III de la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal y 12 del Reglamento de la Ley Federal de Radio y Televisión en Materia de Concesiones, Permisos y Contenido de las Transmisiones de Radio y Televisión. Es decir, se tiene que hacer el pago para que la SCT estudie el expediente completo.” EXTRA: Este fin de semana pasado se llevó a cabo la 3era Convención Nacional Democrática. Hombres y mujeres libres y soberanos buscando un solo fin: Patria para todos. Desde el aire la imagen es elocuente: Miles estamos cansados de lo mismo de siempre: corrupción, políticos vende patrias, venales, y compadrazgos espurios . ¡Enhorabuena por la 3era CND que defenderá a capa y espada el Petróleo Mexicano! Además, el fin de semana se estrenó la película de Luis Mandoki: “Fraude: México 2006”. Hay que ir a verla y, sobre todo, deben ir aquellos que tienen telarañas en los ojos y en el cerebro porque no hay peor sordo que aquel que no quiere oír. Posdata: por cierto, esta columna se escribirá en breve desde La Palma, Almoloya o Puente Grande o a donde me lleve el viento represor.
 

TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Los experimentos en política significan revoluciones”
Benjamin Disraeli
PARTE 25
63.

La forma más usual y rápida para enfrentar cualquier problema es correr con toda la velocidad de la angustia. Huir como la presa huye del depredador para salvaguardar la integridad de su vida. Y después, con el tiempo, tal vez olvidar. Pero aquí, mientras iba corriendo, huyendo de Karla y su embarazo forzado (y que en mi hipótesis suponía era una medida extrema que ella había planificado con todo cuidado para atraparme y encarcelarme en sus redes amatorias de obsesión y deseo) iba pensando más que en el derrumbamiento de mi mundo como lo era: Casarme, tener hijos, destruirme la vida mutuamente en una relación de pareja, iba simplemente pensando en el dolor de mis piernas y en el sudor que corría congelado por mi frente. Y aunque mi madre era una mujer de refranes y citas a cada rato, hoy podría aplicar una que con frecuencia solía decir: Podrás darle mil veces la vuelta a la Tierra, pero todo tarde o temprano te alcanzará y al final morderás el polvo. Como ella, que años antes perdió por un momento el piso de ser madre mientras iba persiguiendo a mi hermana Anaís al otro lado del planeta. Cuando su camino fue enfilado hacia Venecia por la mentira de mi hermana Anaís, la poeta anacoreta, quien ya iba en camino hacia la India acompañada de Jacques y su tripulación y no hacia Europa. Mi madre envío una serie de cartas que individualmente, en algunas frases, no decían nada, pero que ya en su conjunto denotaban que mi madre también buscaba ser feliz, pero a nuestros ojos de hijos pródigos, ella no tenía ese derecho, precisamente por ser madre abnegada. Primera carta de sospecha: “Aquí no está mi hija Anaís. De seguro me engañaste o conociéndote de seguro no tomaste bien el recado y ella anda por otro lado. ¿Ya pagaste el gas? ¿La luz? No quiero encontrar percudida la taza del baño. No se te olvide jalarle a la cadena y levantar el asiento para orinar, webón.” Una semana y media después recibí otra carta, la cual no abrí de primera intención, ya que imaginaba que podría tener ojos dentro del sobre y mirar que, efectivamente con su ausencia de madre abnegada, la mugre se estaba acumulando en el fondo del retrete. Hasta ya muy noche, cuando la culpa por no ser limpio y ordenado había menguado lo suficiente, abrí el sobre: “¿Tienes alguna noticia de tu hermana Anaís? Que ya me quiero ir, a pesar que me ha ayudado un señor muy atento y amable, aquí huele horrible. Parece tu cuarto cuando no te has bañando ni cambiado de calcetines. Espero que no se paren solos de tan tiesos como los dejas. Lava la estufa por lo menos una vez al día y no se te olvide regar las plantas. Tu madre.” Cuatro o cinco días después, recibí otra carta que sólo decía: “Te voy a hablar el próximo jueves 12, a las 7 de la noche. Estate pendiente. Y dime si ha escrito Anaís.” Esta diferencia de sólo haber puesto Anaís, sin el consabido “mi hija”, me hizo sospechar a la primera, además que en la segunda carta había escrito “tu hermana” y en la tercera sólo Anaís. Por un lado mi madre estaba en un país extraño y lleno de agua en las calles y caracterizado en la mitología mundial como la ciudad de los amantes, y por el otro, había mencionado a un hombre que era muy atento y amable con ella. La primera pregunta que me surgió, después de una sesuda noche de darle una y mil vueltas al asunto mientras me chillaba la panza de hambre y la cabeza de insomnio fue: ¿Quién se creía ella para intentar ser feliz a esas alturas de su vida con alguien que era atento y amable? y pregunta dos: ¿Dónde dice que las madres tienen derecho a ser felices después del matrimonio y por qué algunas son tan desalmadas que abandonan a sus hijitos para que se mueran de hambre? Mi madre era viuda, era cierto, pero nos tenía a nosotros y no debía buscar nada más. Así debía ser, por los siglos de los siglos, amén. En tanto mi hermana Anaís había salido hacia Calcuta, yo en ese momento no lo sabía sino que me enteraría tiempo después con otra nueva postal, pero mientras, cuando el jueves esperé y esperé la llamada de mi madre y ésta no se produjo, sospeché aún más. Imaginé que ella había sido raptada por ese gentilhombre, amable y atento y obligada a trabajar como esclava sexual en algún burdel italiano. Y cuando le comenté este asunto a Goliath, simplemente me descalificó con un argumento que aún hoy me da risa: Se me hace que a ti te gustan las chichonas, y que tienes un complejo de Edipo, cabrón, manito, ¡let it be! Pero evidentemente eso no podía ser cierto, ya que Sofía no tenía el volumen mamario suficiente como para desear ser yo un lactante y aprovecharme de la aureola rosada que suponía debía llevar en la punta de los pechos como una margarita lleva un botón amarillo para ser deshojado por los labios y los dedos, así que sólo le contesté a Goliath: Seeee, putito, me gusta tu jefa.
 

64.
Y mientras corría como loco escuché que alguien corría detrás de mí: ¡No me dejes! ¡Te amo! ¡No me dejes! ¡Te amoooooooo! Implorando. Gritando. Imprecando a la noche y al frío un pedazo de compasión. Era Karla. Sabía que en las películas siempre se perseguía al ladrón, al asesino, al sospechoso como fuera y por donde fuera, brincando tejados, saltando bardas, cruzando calles llenas de personas, saltando puentes, subiéndose por las paredes. Deteniendo y brincando automóviles. Pero jamás había visto una cinta donde se le persiguiera al personaje como fuera y a toda velocidad para decirle que se le amaba. Supongo que es un caso inédito en las relaciones amorosas. Yo corriendo y Karla detrás de mí tratando de alcanzarme. Como yo lo intenté años antes con Sofía. ¿Por qué uno se obsesionaba con lo más difícil? ¿Con aquello que parecía imposible? ¿Sería acaso que la posibilidad de lograr algo en el terreno amoroso desbarataba el deseo, el amor, la propiedad corporal, intelectual y el sexo? Sofía seguía en esos tiempos con su planes de formar un verdadero ejército guerrillero para transformar el mundo y nosotros, sus lacayos, sometidos a sus feromonas dispuestos a seguirla al fin de la Tierra con tal de respirar el mismo aire que ella respiraba. Durante esos entrenamientos para ser un guerrillero profesional yo había aprendido muchas cosas, como por ejemplo, que para bajar por las paredes amarrado de un cable para tender ropa era necesario amarrarse unos trapos en las rodillas y en los codos para no dejar pedazos de pellejos en ellas. También aprendí un poco de yoga, ya que el idiota encargado de traer un maestro karateka para que nos enseñara defensa personal se había equivocado y empezamos nuestro entrenamiento, en medio de una simulada batalla campal entre los granaderos y nosotros, haciendo flor de loto, hasta que al chavo cacarizo y flaco se le ocurrió preguntar si esa era una forma de defensa. Defensa no, respondió el maestro, pero se les estirarán los tendones y los músculos tanto que verán que es muy rico después de algunos meses de práctica. Y como no teníamos corte marcial ni nada, al wey que se había equivocado sólo lo sometimos a pamba china para que no confundiera gimnasia con magnesia o karate con yoga. Así un día llegó Sofía mientras nosotros estábamos haciendo las cuentas de lo que habíamos recaudado de limpiar parabrisas y con nuestras primeras ventas de bolsitas de chicles y casi listos para otro entrenamiento.  Hoy vamos a aprender a construir armamento para que nuestra lucha sea equitativa, equilibrada, compañeros y compañeras. ¿Entendieron? Sí, comandanta, sí. ¿Qué se les ocurre?, preguntó. Resorteras, contestó uno que estaba al fondo (escuincle que también fue pasado por el paredón de la pamba china, por estúpido y gracioso), hasta que la comandanta Sofía sacó de una bolsa que llevaba un montón de cohetes y algunos tubitos de cobre. Haremos granadas caseras, dijo desplegando un gran papel donde se mostraba la forma, paso a paso, para construir el armamento. Aaaaah, fue lo único que pudimos babear todos los demás, ahí comprobábamos, milímetro a milímetro que nuestra líder era extraordinaria y verdaderamente suprema y por eso caíamos a sus pies como moscas ante la miel: a) Sacar pólvora de los cohetes. b) Extraer mecha de cohetes. c) Doblar una punta del tubo de cobre de modo que sirva como recipiente. d) Con un clavo hacer un agujero a la mitad del tubo para meter ahí la mecha. e) Meter mecha de modo que salga por dentro del tubo f) Llenar el tubo con 3� de pólvora, y el resto con balines, clavos y tornillos. g) Cerrar el otro extremo del tubo mediante un doblez. h) Encender mecha y comprobar poder destructivo. Atención: Sólo para mayores de 18 años. Durante un par de horas estuve rompiendo los cohetes por mitad para sacarles la pólvora mientras otros compañeros doblaban los tubos y le hacían los agujeros por mitad con los clavos. Después de lograr un botecito con pólvora hice una mezcla con clavos, balines y tornillos en la misma proporción que decía. Otros compañeros estaban poniendo las mechas. Llenamos el primer tubito y lo cerramos, luego el segundo y así sucesivamente hasta un total de 8 granadas caseras. Y, como en toda batalla histórica, a cada una de las granadas las rotulamos con: ¡Democracia! ¡Libertad! ¡Justicia! y toda aquella palabra que se iban ocurriendo sobre la marcha. Yo sólo rotulé una sola granada con un pequeño corazoncito y las iniciales de Sofía y la mía dentro. ¡Y ahora vamos a probar una!, dijo la comandanta Sofía.  Nos fuimos a la azotea de la casa de estudiantes guerrilleros y, mientras todos permanecíamos atrás de los tinacos de agua, el chavo cacarizo fue el encargado de hacer la detonación. ¡Toma estos cerillos, lo prendes y te echas a correr,  mi estimado!, le dijo la comandanta Sofía. El chavo prendió la mecha y se echó a correr como un conejo asustado, pero no pasó nada. Después probamos con otra granada casera y sólo logramos sacar un poco de humo. ¿Seguros que lo hicimos bien?, nos preguntábamos. Por fortuna cuando íbamos a probar la número siete, esta sí hizo explosión, o medio estalló demasiado rápido. El chavo cacarizo sólo dijo antes de echarse a llorar con todo el trasero lleno de clavitos: Ay, mis nalgas. Y yo, mientras todavía no se acababa de disolver el humo de mi propia guerra, pensaba por dentro: ¡ja, ja, ja, otro más que muerde el polvo! Y cuando Karla me alcanzó, debido a que es más atleta que yo y que ella hace aeróbicos en el gimnasio todas las mañanas, sólo pude dejarme conducir completamente sofocado hacia sus pechos enormes y lácteos mordiendo por enésima vez el polvo que tarde o temprano te alcanza.
 

(Continuará el próximo miércoles)
 

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