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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Radio siete
27 de noviembre del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
RADIO SIETE
   
     
Gerardo Oviedo    
     
a Verónica Alexanderson
   
     
     

Última parte para solicitar el permiso para instalar, operar y administrar una estación comunitaria en la ciudad de Puebla, con todo y costos. “En caso de que la solicitud sea viable, la SCT otorgará el título de permiso y deberán pagarse los derechos por expedición del título de permiso de conformidad a los artículos 124, fracción I, inciso c) (radio) o 125, fracción I, inciso c) (televisión) y 130 de la Ley Federal de Derechos. ($3,748.00). Una vez que se otorgue el permiso, en el título correspondiente se establecen los derechos y obligaciones que le correspondan al permisionado, entre otros las obligaciones que debe cumplir para iniciar operaciones, que para el caso de estaciones de FM y TV, comprende lo siguiente: a) Estudio de predicción de áreas de servicio. b) Plano de ubicación. c) Características técnicas de la estación. d) Croquis de operación múltiple, de ser el caso. e) Acreditación del legal del uso del predio en que se instalará la estación. f) Acreditación del legal uso del equipo transmisor, y g) Pago de los derechos, por concepto de estudio de la documentación con motivo de la expedición del permiso, de conformidad a los artículos 124, fracción I, inciso d) (radio) o 125, fracción I, inciso d) (televisión) y 130 de la Ley Federal de Derechos correspondientes. Así mismo, las pruebas de comportamiento del equipo transmisor, y una vez que se hayan concluido los trabajos de instalación de la emisora, deberá de darse aviso por escrito de dicha conclusión y solicitar la primera inspección para que la SCT haga la verificación de que se cumple con las especificaciones técnicas marcadas en el expediente y la NOM, el costo de este trámite es de casi $4,497.00. Ejercicio de costos totales. Poniendo como ejemplo la cobertura de una emisora de 200 watts: Concepto Costo: Compra equipo mínimo de cabina (consola, computadora, micrófonos, disco compacto) $40,000.00. Transmisor de 200 watts $38,000.00. Líneas de transmisión, torre, antena, kit de partes para instalación de transmisor $20,000.00. Equipo de medición $60,000.00. Pago al Perito de documentación técnica $40,000.00. Pago a notario público para el acta constitutiva y copias notariadas: $ 5,000. 00. Pago por instalación de transmisor y antena 15% del costo de la instalación total de la radio. Pago por estudio del expediente $ 2,010.00. Pago expedición del título de permiso $ 3,748.00. Pago por las pruebas de comportamiento a perito $ 4000.00. Pago por primera inspección $4,497.00. Pago de gastos operativos anuales (sin sueldos) $ 40,000.00. Pago de gastos de mantenimiento anuales $ 30,000.00. Gastos por mobiliario $ 20,000.00. Gastos para adecuación de cabinas $ 20,000.00. Gastos de abogados $ 50,000.00. Gastos de gestión (viajes, llamadas telefónicas, copias etc.) $ 15,000.00. Total $ 392, 255.00. Aproximado dependiendo de la variación en algunos costos y tarifas.” EXTRA: Ya viste Fraude: México 2006. ¿Qué esperas? Además, el 30 a las 7 pm y el 1ero a las 12 hrs en la UDLAP, a los que gustan de la Ópera, “El niño” de Ravel. Ahí nos vemos. No faltes.
 


TODA LA RABIA DEL MUNDO
“La juventud, aun cuando nadie la combata,
halla en sí misma su propio enemigo.”
William Shakespeare.
PARTE 26
65.
El departamento de Karla es tan limpio y ordenado que tengo miedo de respirar para no contaminarlo con mis bichos: con mis bacterias y virus. Así que mi nariz, como un gran escudo defensivo ante tanta limpieza y orden, comienza a trabajar a todo vapor y en un abrir y cerrar de ojos estornudo sin taparme la boca: ¿Te va a dar gripita, bebé?, me dice Karla mientras me conduce de la mano a su inmaculada recámara. En ese momento yo me siento como un cordero que está siendo llevado al altar para provocarle un holocausto. En nombre de Dios, acuéstate, vuelve a estornudar y muere. Pero los planes de Karla son diferentes, ella quiere primero, como en toda película cursi y barata, tomar un poco de vino antes del sacrificio. Me deja sentado al borde de la cama mientras ella retorna a su cocina para regresar con un par de copas y un vino alemán de botella azul. Y pensar que hace un momento, a dos calles de la casa de Goliath y en medio de una corrediza que me propinó, le había dicho que no quería volver a verla, que no quería saber nada de ella por el resto de mi vida, que me asfixiaba, que su amor era una piedra alrededor de mi cuello, pero debo intuir, mientras descorcha el vino, que el rompimiento de parejas no se da a la primera, sino cuando menos unas cuatro o cinco veces antes de que sea el final final de una relación amorosa. Karla me sirve el vino y luego alza la copa: ¡Por ti, mi amor! ¡Por nosotros! ¡Y por nuestro grandioso futuro! Y bebe de un solo trago todo el contenido. Yo estoy perplejo, si esta es nuestra primera gran crisis, sospecho que habrá otras mucho peores y, lo peor de todo, es que faltan días, semanas o quizás meses o años para que en verdad logremos romper todo vínculo emocional. Así que sin esperar a probar el alcohol que yace en el fondo de mi copa, le pregunto a bocajarro para intentar psicoanalizarme yo mismo (ya que los profesionales salen de mi presupuesto y quiero saber si lo que había dicho el maldito Goliath sobre mi complejo de Edipo podría ser cierto): ¿Eres chichona, Karla? Pero Karla interpreta mi pregunta como una invitación sexual y comienza a levantarse la blusa: ¡No sé!, dice con ojos medio bizcos intentando parecer provocativa y sensual, ¿Por qué no lo compruebas, corazón? Pero yo estoy dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias y así, antes que ella logre darme un beso, salto del borde de la cama hacia su cómoda y abro el primer cajón: ¿Dónde demonios están tus brasieres, Karla?, le digo mientras comienzo a revolotear entre lo que parecen unas tangas rosas y medias negras. ¿Quieres que me ponga uno ahorita?, replica con los ojos todavía chuecos y enseñándome que bajo su blusa no lleva nada. Cierro ese cajón y abro el siguiente: ¡Dime por favor qué copa eres!, pero ella ya ha llenado su copa con más vino y lo ha bebido de un solo trago. Yo sigo buscando un solo corpiño que pueda darme luz sobre mi entendimiento. ¡La única copa que conozco es esta!, dice Karla cuando yo ya he llegado al penúltimo cajón y ella a la cuarta copa. ¡Ven, bebé, y tócame las chichas!, me dice Karla cuando por fin cierro, derrotado, el último cajón y ella termina, victoriosa, su quinta copa. Un momento después, ya desnudo, sigo buscando la medida de sus pechos con mis manos. Hago memoria de las chicas a las que les he tocado los pechos a lo largo de mi vida para intentar compararlos con los de Karla. Ummm, creo que se parecen a los de la chica sonrisas, pero no lo sé, ¿esos estaban más chicos, o será que me han crecido las manos? Sigo meditando mientras Karla se revuelve sobre mi regazo con mis toqueteos sobre sus pechos. Entonces, casi a punto de dar con la respuesta, cierro los ojos y veo a Sofía envuelta en luz, completamente vestida y señalándome que sus pechos son estándar, quizá debido a que su ideología igualitaria no le permitía tener pechos más grandes ni más chicos que las demás. Y exploto como una burbuja de jabón tal y como años antes explotara nuestro armamento en la casa de estudiantes guerrilleros. ¿Listos?, pregunta nuestra comandanta Sofía. Nosotros ya estamos formados, embarrados de grasa negra para zapatos en la cara, es casi la media noche y nos hemos preparado a conciencia para el ataque. Sofía había planificado empezar con la guerra de guerrillas para demostrar que nosotros también tenemos fuerza y que, según sus deducciones, el pueblo nos seguirá una vez que conozcan nuestra causa justa: Luchar por un país para todos y todas, y, además, argumenta Sofía, porque ya basta de tantas marchas que no hacen efecto, ya basta que no nos tomen en cuenta, ya basta del mal gobierno, ya basta de morirnos de hambre, ya basta de reclamar al aire sin una sola respuesta, ya basta de hacer huelgas de hambre que solo producen anemia, ya basta de tantos muertos. ¡Listos, comandanta, estamos listos!, gritamos al unísono. Entonces da la orden de salida y nosotros, con el poder de la noche en nuestras manos y nuestro armamento casero en los bolsillos, salimos a nuestra primera misión histórica para derrocar al imperio.
 
66.
La noche se balancea suspendida en las farolas que bordean la calle.  Nuestro objetivo es hacer explotar una estatua del presidente que fue instalada hace un par de años a un costado de la plaza de armas. Su cuerpo, robusto y el gran bigote de bronce que le cuelga del labio semejante a los viejos caudillos revolucionarios, lo hacen aún más imponente y siniestro. Su efigie se alza cuatro metros sobre la base del pedestal. El color verde oscuro, siempre lustroso, se vislumbra como una sombra calada a la luz de cuarzo de los tres reflectores que lo alumbran. Alrededor del monumento se ciñen como una corona de espinas cientos de flores y arbustos perfectamente recortados. Más abajo está una placa que difunde el poder del gobernante con una frase que ha usado recurrentemente para mostrar el éxito ficticio de su gobierno ante el mundo entero: “Todos somos triunfadores”, como si con esa frase, al incluir y maximizar la expresión, uno pudiera salir victorioso en la vida con sólo decirla. La comandanta Sofía es la primera en llegar a los pies de la estatua una vez que se subió apoyada por el borde de una jardinera. Sigo yo. Me golpeo en una rodilla, pero he venido preparado con unos trapos amarrados alrededor de los codos y las rodillas. Después uno a uno, mis demás rivales amorosos, se van trepando hasta quedar todos alrededor de la estatua como los enanos de Blancanieves. ¡Primero hay que cortar!, ordena Sofía, sabiendo que el bronce no es igual que las nalgas del chavo cacarizo y al que hubo que desclavarle todos los clavitos del trasero. Uno de mis rivales saca un arco con segueta y se pone en cuclillas: ¡Córtale en la parte más delgada!, le ordena Sofía casi en un suspiro. El chavo comienza a trabajar, pero antes que el ruido del metal al ser cortado aparezca, la segueta se rompe. ¡Con más cuidado, ponle otra!, ordena de nueva cuenta Sofía. El muchacho saca de una mochila guerrillera otra segueta y reinicia su labor. Empieza a cortar pero el ruido que produce es tan fuerte, que de una esquina vemos como se prende la luz interior de uno de los balcones. ¡Silencio!, dice en voz baja Sofía. Todos quedamos callados. Aguardamos. ¡Tú!, y señala a otro chavo, ¡apaga esos reflectores como puedas para que no nos vayan a ver! Vemos como el chavo se baja del pedestal y, a hurtadillas, se dirige hacia donde está ubicado el primero de los reflectores. A lo lejos vemos como le da una patada. Patada que luego se soba. Pero el reflector sigue prendido, alumbrándonos. Cuado termina de sobarse los callos, vemos que saca un martillo y le da el primer golpe que suena como si las campanas de la catedral convocaran a misa. ¡No hagas tanto ruido, pendejo!, le grita el chavo que estaba serrando los tobillos del presidente. ¡No grites, maestro!, le dice a su vez Sofía. Todos quedamos de nueva cuenta callados. El chavo encargado de apagar la luz nos voltea a ver y se encoge de hombros. Sofía le hace una seña con la mano atravesando su cuello mientras musita: ¡Apágala! ¡Apágala ya!, el chavo reacciona y, como si se le prendiera el foco, se quita la sudadera que lleva puesta y la coloca sobre la luminaria. Luego a hurtadillas corre hacia el otro reflector y se quita los pantalones que coloca sobre la luz, sólo falta uno. Regresa con nosotros castañeándole los dientes. ¡Ya se me acabó la ropa, mi comandanta! ¡Dale tu sudadera!, me ordena señalándome. ¡Pero tengo frío!, intento defenderme, pero en la batalla no hay peros que valgan. ¡Ahora!, ordena con contundencia mi comandanta. Me quito la sudadera y se la entrego al chavo, quien se retira tiritando hacia la tercera luminaria. Cuando todo ha quedado oscuro, esperamos un momento más para ver si la luz del balcón se apaga o aparece alguien asomado. Pero nada. ¡Síguele cortando!, ordena Sofía después de unos minutos ¡Y ustedes vayan instalando la carga a un lado! Yo ya estoy temblando de frío, pero no importa, coloco mi carga explosiva atrás de los zapatos de la estatua mientras que mis otros rivales hacen lo suyo. Sofía saca un bote de pintura roja en aerosol y, con una maestría grafitera, dibuja una V de la victoria sobre la espinilla del presidente. ¡No corta nada, mi comandanta!, dice el chavo al cabo de 5 minutos de estar tratando de seguetear el metal. ¡Tú sigue!, le ordena. Pero ya es demasiado tarde, las ropas que estaban sobre los reflectores comienzan a echar humo y en menos de un abrir y cerrar de ojos se chamuscan. En eso se oyen las sirenas y algunas luces de  patrullas que van doblando unas calles a lo lejos hacia nosotros. ¡Préndanle fuego a las cargas y vámonos ya!, ordena Sofía. Yo sacó un encendedor: ¡Todos juntos a la de tres!, dice Sofía. Una, dos y córranle grita Sofía, al ver que un wey ha prendido antes de tiempo la mecha. Entonces, el frío se conjuga con el sudor sobre mi piel desnuda cuando las piernas me dictan que si me agarra la policía me lleva la chingada. Frío y sudor. Como el frío que sentía mientras tenía relaciones sexuales con Karla aquella noche en que ella acabó borracha de amor y yo, explotando con los ojos cerrados pensando en las copas de Sofía. Al día siguiente apareció en una pequeña nota en interiores de la sección de policía: “Vándalos corren desnudos por el zócalo. Delincuentes juveniles protagonizan orgías macabras” Pero de nuestro atentado guerrillero en contra de la oligarquía imperial, nada. Sólo Sofía y yo estuvimos contentos, ella al pronunciar su discurso: Ya lo ven, compañeros y compañeras, cuando al gobierno le afecta algo, lo hace desaparecer como si no hubiera pasado nada. Elimina a los disidentes con la no información de sus actos. Recuerden que los medios son tan corruptos como ellos. Esta es una gran victoria, ahora a prepararnos para lo que viene, y regresó a sus mapas escolares y soldaditos de plástico para planear nuestra siguiente misión patriótica. Al tiempo que mi alegría se desbordaba en silencio porque otro rival más, eliminado en esta competencia por la esencia de mi amada Sofía, había caído en cama producto de una pulmonía marca diablo. ¡Otro wey menos! Y sonreí antes de estornudar como si me fuera a dar gripa.

(Continuará el próximo miércoles)

 
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