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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Radio TRES
30 de octubre del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
RADIO TRES
   
     
Gerardo Oviedo    
     
a Jorge Gómez Naredo y Alejandra Hidalgo
   
     

Sigo dando especificaciones acerca de los requisitos necesarios para la instalación, operación y administración de una señal radioeléctrica para crear una estación comunitaria en la ciudad de Puebla. “Además deberán entregarse las especificaciones de: 1. Sistema radiador (elementos que lo conforman), esto es cuántos elementos tiene la antena o sistema de antenas. 2. Línea de transmisión (ganancia), se refiere al número de metros que se necesitaran de cable para conectar el transmisor con la antena. 3. Altura total del soporte estructural sobre el nivel del terreno (Torre, desde el piso a la punta). 4. Altura del lugar sobre el nivel del mar. Elevación del terreno del lugar donde se ubica la torre de transmisión sobre el nivel promedio de la altura del mar. 5. Altura del edificio. Que se mide desde el piso hasta el techo. 6. Altura del centro eléctrico. Longitud desde el piso hasta el punto medio del sistema radiador. 7. Altura total del soporte de la torre. 8. Distintivo de llamada. 9. Domicilio (calle, número interior, exterior, colonia, municipio). 10.
 
Plano de ubicación de planta transmisora. Ubicación de coordenadas en un mapa. 11. Plano de servicio. 12. Forma de recepción para mensajes especiales y cadenas nacionales (que puede ser vía telefónica o Internet). 13. Patrones de comportamiento de radiación de la antena. Es necesario que establezca la cobertura de la estación o el área en la que pretende ofrecer el servicio, en consistencia con la naturaleza y propósitos de la estación. La propuesta de cobertura de localidades debe ser congruente con la potencia que se pretende tener, pues si vamos a tener un transmisor de 100 watts no es posible tener una gran cobertura de comunidades. La cobertura debe ser consistente con los parámetros técnicos solicitados, ya que ello determinará la capacidad del transmisor y de las obras que sean necesarias llevar a cabo, lo cual será de importancia para determinar el Proyecto de inversión. En caso que la solicitud se determine como viable, la SCT determinará la frecuencia o canal que resulte más conveniente para el caso o seleccionará la frecuencia que el solicitante haya pedido.” Extra: Este miércoles estaré en SICOM radio a las 4 pm. Hablando acerca de literatura. Próximo domingo en el sindicato de Telmex hablaré de la propuesta radiofónica para una estación comunitaria en la ciudad de Puebla en el marco de la visita de Alejandro Encinas. 12 pm. Y el lunes 5 de noviembre: Ponencia en el auditorio Elena Garro de la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP, a las 2 pm. Además no olvides que AMLO viene a la ciudad este domingo 4 a las 4. Zócalo de la ciudad. Verbena popular desde la 1 pm. Ahí nos vemos.
 
TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Existen dos maneras de ser feliz en esta vida,
una es hacerse el idiota y la otra serlo”
 Sigmund Freud
PARTE 22

57.
¿Estás loco o qué?, repitió Goliath mientras mi mano derecha comenzaba a inflamarse por el puñetazo que había estrellado contra la pared, con toda la terminología del exabrupto: la locura es un testamento diario que nos divide por mitad dejándonos ociosos y perplejos. Erasmo de Rótterdam le cantaba elogios mientras que Freud la volvía sexo. La locura es esa línea extravagante clavada en el agua que puede hacer tormentas en un vaso y ahogar todo rastro de cordura. Goliath me había telefoneado porque se iba a suicidar, y, cuando yo intenté golpearlo para que lo hiciera con dignidad afuera de su departamento, el muy cretino se quitaba. Goliath trabajaba en la burocracia gubernamental y se había enamorado de sus dos compañeros de oficina: Brenda y Joana: Joaquín y Braulio y supuestamente ellos habían rechazado su propuesta matrimonial de tres en uno. Pero en este momento Goliath me miraba con cara de estúpida desde la puerta de su departamento. ¿Estás loco o qué?, ¡santo madrazo que te acabas de poner!, remarcó, después hizo una pausa y continuó mientras se rascaba la barbilla con el cigarro apagado: pero tómalo con calma, manito, con filosofía, es mejor golpear paredes que personas. En verdad en ese instante Goliath tenía todos los atributos para sacarme de mis casillas, así que sin pensarlo dos veces, le solté ahora un zurdazo con toda mi cólera apelmazada en mis nudillos, volado que de nueva cuenta se fue a estrellar contra la pared debido a sus reflejos de gata y mi poca puntería. ¡Aaaay, madito Goliath!, le grité cuando sentí que mi mano izquierda ya empezaba a hincharse como la derecha, ¡estate quieto, no seas cabrón, por lo menos déjate pegar una sola vez!  Y me empecé a sobar las manos ya amoratadas y despellejadas. Como años antes estaban nuestras uñas y dedos debido a uno de esos entrenamientos en la casa de estudiantes guerrilleros, cuando nuestra comandanta Sofía nos ordenó ponernos a punto de turrón para poder enfrentarnos al enemigo en cualquier circunstancia y ambiente: Quiero que escalen las paredes y lleguen al techo de este cuarto, nos dijo con la voz más sexy que hubiera oído después que regresamos de nuestra acostumbrada jornada laboral de recaudación de fondos para nuestra lucha, que en boca de todos, era la lucha de un pueblo entero que comenzaba limpiando parabrisas y terminaba en la casa de estudiantes: ¿Y cómo la escalamos?, dijo el gordo, quien ya empezaba a sudar como marrano al ver que la habitación era completamente lisa y del techo colgaba sólo un foco pelón de 100 watts a unos 4 metros de altura. Sofía se le quedó mirando y, acercándosele hasta casi rozarle los labios con los suyos, le dijo con suavidad: El enemigo te pondrá cosas mucho más difíciles, maestro. Esto no es nada. ¿Entendiste, mi estimado? El gordo, que para ese entonces ya comenzaba a presentar el primer síntoma de erección debido a la proximidad de la comandanta y a sus pantalones de carpa de circo, sólo asintió y fue el primero en irse a desparramar contra la pared y, como un roedor gigante, empezar a arañar y morder las paredes. Paredes que quedaron, al cabo de un par de horas, llenas de nuestra sangre revuelta con uñas y dientes. Y aunque ni siquiera llegamos a tocar ese día el techo, Sofía se levantó del sillón donde nos miraba eufórica y delirante: Creo que por hoy ha sido suficiente, mañana escalaremos un edificio de verdad. Yo estaba molido como si me hubieran pasado las manos por una trituradora. Pero como mi responsabilidad era salvaguardar la virginidad de nuestra comandanta suprema, líder indiscutible de la Liga de Guerrilleros Ambulantes y anexas, tuve que reponerme tan rápido que aún hoy me quedan cicatrices mal curadas de aquellos días de aquellos años.  Cuando llegué con Sofía a su madriguera e intenté saber el por qué nos había puesto un trabajo que era, además de sangriento, completamente imposible. Sofía me miró y me dijo con sus ojos tan claros como la luna de octubre: Mire, subcomandante, si no duele, no sirve, ¿entendido? Luego dio media vuelta y se retiró a su cama mientras yo quedaba afuera de su cuarto, haciendo guardia y velando por ella tal y como el silencio vela por los muertos cuando dejan de hacer ruido. ¡Aaaay, miiis maaaaanos, lloroooonaaa!
 
58.
Mejor pásale y deja de andar pegándole a las paredes que te puedes hacer daño, contestó Goliath al ver que mis manos empezaban a quedar como manos de artrítico. Con el coraje todavía acumulado en el hígado le respondí: Está bien... tendrás alguna pomada por ahí. Goliath se echó una carcajada dejándome fulminado: Por ahí no tengo nada, pero te puedo dar un analgésico para que se te deshinchen tus patas de elefante y un poco de hielo.  Ahí fue cuando noté algo extraño en el carácter de Goliath, además que en el interior de su departamento estaba sonando música y se oían voces, era muy diferente su voz a la voz que había usado por el teléfono en su llamada de auxilio: ¿No que te ibas a suicidar, hijo de la chingada?, le dije antes de poner un pie dentro: ¿Quién? ¿Yo?, dijo aún con la carcajada a medio gañote. No inventes, manito, ni que estuviera loco. Hoy es mi despedida de soltera y por eso te llamé por teléfono para que vinieras, y creo que funcionó mi bromita, ¿verdad? Maldito Goliath, volví a gritar con un renacido coraje, ahora me cumples o me dejas como estaba, y le intenté dar una patada (porque apretarle el pescuezo estaba más difícil ya que mis manos eran dos bisteces crudos y aguados), pero esta vez la pensé mejor, ya estaba bastante lastimado como para también terminar cojeando, así que sólo di media vuelta para irme hacia el ascensor: Chinga tu madre, le dije. Pero Goliath se apresuró a alcanzarme: ¿O sea que estás furioso porque no me suicidé? ¿Le das más importancia al hecho que no era verdad, y que hubiera sido desastroso para todos, incluido yo? ¿Con las muñecas escurriendo sangre o con la panza llena de pastillas? ¿No te alegra que todo haya sido una falsa alarma? ¿Qué esa mentira haya sido para sacarte de tu agujero y vinieras a mi fiesta? ¿Hubieras preferido encontrarme muerto adentro de mi departamento? Giré la cabeza al mismo tiempo que la puerta del ascensor se abría: Sí, contesté. Eso hubiera sido mejor. Y me subí al ascensor con mis manos de elefante apaleado. Goliath me miró antes que se cerrara la puerta y gritó: No te vayas, manito, o me suicido, ja, ja, ja. Luego ya no pude escuchar su risa de vieja loca mientras el ascensor iba de bajada. Como la bajada en caída libre en que viajaba mi madre por su hija Anaís y sin red de protección. Al ver que no recibía respuesta a sus cartas, a mi madre se le ocurrió la más chiflada de las soluciones. Un día la encontré preparando las viejas maletas que papá usaba cuando salía a vender o comprar cosas: ¡Voy a irla a buscar!, dijo mientras metía un par de frascos con especies (laurel, tomillo, clavo, pimienta negra, orégano, chile seco, epazote, hierbabuena, manzanilla), un par de hojas de sábila y un kilo de tortillas. Tal vez pensaba que su querida hija estaría pasando hambre y que en los lugares donde estuviera, al otro lado del mundo, no había el mismo sabor maternal que en casa: ¡Pero no sabes en donde está!, fue mi respuesta más lógica a sus desvaríos. ¡Ni siquiera ha vuelto a escribir para saber por dónde anda! ¿Qué tal que ande ahora por China o por África? ¡No te puedes ir así nada más porque sí! Mi madre me miró y, por primera vez, casi como una condenada a la hoguera, y con lágrimas en los ojos me dijo: Ahí está un poco de dinero. Compra comida para toda la semana. No seas webón y ponte a trabajar. Luego tomó las maletas mientras llegaba el taxi a casa: No quiero encontrar la casa hecha un desmadre, ¿me entiendes? Pero antes de responderle, le pregunté para intentar ganar tiempo: ¿Y tu pasaporte? ¿Y tus documentos para salir del país? ¿Y tu boleto de avión? Mi madre sacó de su bolso un legajo de papeles: Los saqué desde hace varios meses. Cinco minutos después, mientras yo continuaba en shock, ella tomó sus maletas, subió al taxi y ordenó que la llevaran al aeropuerto hacia quien sabe donde chingados, un instante después le grité: ¿Y quien me va a cuidar ahora? Pero el coche ya estaba dando vuelta a la esquina de mi casa mientras la ciudad se hacía pelotas en el horizonte.
 
(Continuará el próximo miércoles)  

   
     
     


   
   
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