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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Segunda Convención Nacional Democrática
21 de marzo del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
SEGUNDA CONVENCIÓN NACIONAL DEMOCRÁTICA    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     
a todos los hombres y mujeres libres del mundo que tienen
la dignidad tatuada en sus venas para jamás vivir de rodillas
   
     
     
“Por el bien de todos, primero los pobres”
AMLO
   
     
     

La segunda Convención Nacional Democrática da inicio el día de hoy 21 de marzo y finalizará el próximo 25 de este mismo mes. Máximo instrumento de la resistencia civil pacífica y el mayor movimiento ciudadano desde la revolución mexicana. La CND contará con seis mesas de trabajo: Derecho a la felicidad (El estado de bienestar). La patria no se vende (Patrimonio nacional). Que se oiga la voz de todos (Derecho a la información). México es de todos (Lucha contra la corrupción). Un país mejor es posible (Transformación de las instituciones). Primero es el campo (Sin maíz no hay país).  Y es indispensable la participación de todos los ciudadanos que tengan un compromiso con la justicia, la democracia y la libertad. El domingo 25 de marzo una mega marcha desde el Ángel de la Independencia hacia el zócalo del DF a las 10 de la mañana.

Además, el derecho a la información se está cumpliendo por parte de la ciudadanía: radioamlo inaugura su primera señal en FM durante la Convención Nacional Democrática: Ars longa, vita brevi. ¡Enhorabuena!
 

FRANK WATSON (PARTE 22)
Pero las amistades no cuentan cuando se trata de dinero. Y eso lo supo el pequeño Frankie cuando su padre amaneció con un tiro en la cabeza recostado sobre el tablero del camión que manejaba. Todo el mundo dijo que había sido un asalto, ya que las puertas traseras se encontraban de par en par y la mercancía se había esfumado. Vlad abrazó al pequeño Frankie y le prometió, mientras el cuerpo de su padre aún era velado en una funeraria de Rosarito street, que movería mar y cielo para dar con los responsables. Organizó una cacería pegando carteles con una recompensa de 15,000 dólares a quien diera pistas de los asesinos. Pero ni con todo esto al pequeño Frankie se le pasó la tristeza, o no tan rápido como todo mundo esperaría. Ni a pesar que se fue a vivir con el abuelo Vlad, ni que éste lo consintiera en todo lo que supuestamente debería querer un niño, lograban sacar a Frankie de su tristeza. Alguien reflexionaba con el viejo Vlad que un papá o, por lo menos el papá del niño, era insustituible.  Que el amor de un hijo no se puede comprar, le dijeron otra vez. Pero la insistencia y el tiempo, contrarreplicaba el viejo Vlad, afloja hasta a los más duros de pelar. El bendito tiempo es una máquina maravillosa para borrar las heridas.
                —El niño va a llevar esa tristeza durante toda su vida. Va a morir siendo triste —auguraban a las espaldas del viejo Vlad, al verlo esmerarse en tantos detalles con el niño.
                —Si yo fuera su hijo —dijo con ironía uno de sus trabajadores de “Marketing Home”—. Le pagaría mucho peor.
                —Pues que te adopte, que por lo idiota que te comportas, parece que todavía estás en edad —y soltaron a reír todos hasta que las costillas les comenzaron a doler.
                Pero el pequeño Frankie ocupaba sus ratos de tristeza para subir al techo de “Marketing Home”. Sentarse al borde y contemplar los atardeceres sobre el mar de California. Sobre ese Pacífico azul lleno de gaviotas, pelícanos y algunos barcos. Ponía las manos debajo de su barbilla y una melancolía rojiza entraba por sus ojos mientras veía ocultarse el sol en el horizonte y la regurgitaba en forma de lágrimas que los vientos alisios se encargaban de ir secando. Muchas veces se quedó hasta entrada la noche, cuando los faros golpeaban en la tierra y las estrellas en lo alto.  No escuchaba o ponía oídos sordos a los llamados del abuelo Vlad, quien algunas veces tenía que subir por las escaleras metálicas para bajar al pequeño Frankie de la azotea.
                —Ya se le pasará. Todo en esta vida se olvida, hasta los muertos —argumentaba el viejo Vlad. Pero él sabía que su argumentación era un sofisma de dientes para afuera, sino, ¿por qué durante muchos años soñaba con el rostro de Tadeuzs y de Malke Wislawa y despertaba arañando el espacio vacío de su cama como si un rencor inmenso lo orillara a la punta del abismo?  ¿Se creía en verdad que los muertos se lograban olvidar con tanta facilidad como se olvida el periódico sobre la mesa de algún café?
                —¡Frankie! —gritaba el viejo Vlad—. ¡Baja ya! ¿Me escuchaste, hijo?
*
Por el bien de todos, primero los negocios. Y esto era tan simple. A través de “V&V” Internacional, iban a traficar 1500 toneladas mensuales de lo que produjeran los mexicanos. Y esto era un superávit en las finanzas para Frank Watson. Mil doscientos millones de dólares era una suma nada despreciable aunque podía pedir cuando menos el doble. Había hecho negocios similares en Taiwán y en Singapur, pero con la entrega de Hong Kong a los Chinos, los negocios se habían vuelto difíciles en aquella región asiática. Intentó con los rusos, pero estos eran peores que los chinos. Una gélida desconfianza había imperado en todos sus encuentros en Moscú. Además que siempre las grandes trasnacionales como la suya eran blanco de ataques por parte de los nuevos ricos. Cada quien quería crecer a su modo y a su circunstancia. Él lo sabía y por eso intuía algo que los demás parecían desconocer: El malhechor del futuro debía ser de bajo perfil y no andar exhibiéndose como amo y señor de las cosas. Sólo así se explicaba Frank que hubiera podido sobrevivir tantos años en el anonimato y con la carga de un consorcio internacional aposentado en Nueva York y con filiales en varias partes del mundo. Ahora tocaba la globalización total para México y esta era una oportunidad de oro que rara vez se repetían dos veces.
                —¿Y cómo podemos estar seguros de que ya cumplió su parte, mister Smith? —preguntó el señor Hernández.
                Frank sonrió y no dijo nada. Se limitó a observar a la señora de los párpados a medias que ya caminaba balanceándose más de la cuenta recargada en uno de los meseros.
                —¿Le gustan los tigres del Norte?
                El señor Hernández alzó las cejas al tiempo que lanzó una escrutadora mirada para saber si el gringo le había lanzado un mensaje cifrado.
                Frank tomó su celular y marcó.
                —Bob, ¿lo tienes?   —le dijo a su asistente Robert Green, luego le pasó el celular a mister Hernández.
                Mister Hernández miró un par de minutos la pantalla donde aparecía una secuencia de un hombre que estaba siendo degollado. Las imágenes de la ejecución parecían haber sido tomadas con otro celular.
                —En un momento regreso —y fue a charlar con un colombiano y con un puertorriqueño, dejándolo solo. Ese hombre ya era un hombre muerto y, si todo salía a pedir de boca, un hombre desprestigiado. Fue en ese momento en que salió a uno de los accesos y lo encontró el embajador norteamericano medio ebrio quien le habló de aquellos maravillosos años en la España del Partido Popular y el franquismo.
*
Pero recordar no es vivir de nuevo, porque a Frank se le entumecía la razón con la nostalgia y eso era un pecado mortal para él. Como el día en que fue su graduación universitaria. Insólitamente los maestros lo aprobaban al menor pestañeo. Parecía que tenía el don de cambiar la opinión de los docentes nada más aparecía en clase. Pero el día en que ya vestido de toga y birrete vio a su abuelo en un pasillo entregándole un sobre al rector, comenzó a sospechar que había gato encerrado en ese asunto de su genialidad. ¿A los 25 años y ya era todo un doctor? ¡Quién se podía tragar ese cuento! Entonces sintió cólera. Una cólera que le inflamaba todo el costado derecho, precisamente donde tenía el hígado, porque en realidad se consideraba bastante listo y eso suponía que cualquier trampa era un insulto para su inteligencia. Recibió su diploma con los ojos esponjados y las manos temblorosas. Todos pensaron que debía ser la emoción que un graduado siente al finalizar sus estudios. Incluso el viejo Vlad se levantó con trabajo de su butaca y comenzó a aplaudir mientras el pequeño Frankie bajaba los escalones hacia las gradas. El anciano dejó escapar un suspiro. Pero Frankie ¿qué debía hacer? Gritarle a todo el mundo lo que acababa de descubrir, ¿qué la traición era imperdonable?
Mejor quedó callado y espero a subirse al automóvil.
                —Ayúdame, hijo —dijo el viejo Vlad con entusiasmo al tiempo que apoyaba su bastón a un lado para subirse al vehículo.
                Frank lo miró con recelo y no dijo nada. El viejo Vlad terminó de acomodarse en el asiento dejando recargado su bastón sobre la portezuela.
                —¡Vaya día! —volvió la mirada hacia Frankie, que permanecía malhumorado sumido en su asiento. De pronto el viejo Vlad pareció acordarse de algo—. ¿Qué no te he felicitado ya?
                Frank no despegaba la mirada del parabrisas mientras el auto comenzaba a rodar por la calle.
                —Felicidades, hijo —continuó hablando el viejo Vlad, pero al ver que no recibía respuesta, preguntó—: ¿Te sucede algo? —esperó la respuesta, pero al ver que nada sucedía, el viejo Vlad prefirió guardar silencio un par de calles hasta que empezó a murmurar mientras también tenía clavada la mirada en el camino:
                —Sabes. Jamás hubiera creído que llegaría a ver este momento. No sabes como se me ha llenado el corazón. Debe ser que me estoy poniendo demasiado viejo o no sé, pero me ha costado trabajo no soltarme a llorar como un estúpido. Pero que digo. Eso no es nada. ¿Verdad, Frankie?
                Sin retirar la vista de la ventana, Frank masculló entre dientes:
                —No soy Frankie. Soy Frank. Frank
                El viejo Vlad pareció no escucharlo. Él seguía enfrascado en su discurso:
                —Pareciera que fue ayer, ¿te acuerdas? Ah... cómo se pasa el tiempo y con él la vida. Apenas entrando a la escuela y saliendo ya convertido en todo un hombrecito. ¡Quién pudiera imaginarlo! ¡Un hombrecito!
                Y de pronto se quedó silencioso.  Parecía que el viejo Vlad si podía volver a vivir con los recuerdos:
                —Mi pequeño Tadeuzs. Sabes... —dijo con voz abotagada como si lo estuviera ahorcando una emoción muy fuerte—. ¿Nunca te hablé de Malke? ¡Claro que sí! Debí hacerlo. Tenía los ojos tan profundamente azules que parecía que en cualquier momento yo zozobraría en ellos. ¿Qué estarán mirando? —y miró por la ventanilla hacia el cielo—, el camino... ¿Te conté de aquella tarde en que los vi por última vez? ¿Que año era? ¿el 41 ó 42? La ciudad estaba cubierta de nieve. Iba a ser el peor invierno del que yo tuviera memoria pero nos dábamos lo suficiente como para no necesitar salir de nuestro tapanco. Había yo logrado conseguir provisiones para unos cuantos meses, pero el frío te hace comer de más. Si yo hubiera sabido que esa sería la última vez que los vería, les habría dicho otra cosa y no que mi amigo Hanss Jürgen podía ayudarnos como en otras ocasiones. ¡Hablar de un pintor cuando se esta por partir para no volver a ver a Malke ni a Tadeuzs! ¿Cómo saber cual es el último día en que verás a las personas que quieres?  ¿Cuándo?
                “Ese día salí cuando ya era tan de noche que el frío se había escondido en todas partes en forma de nieve. Hanss Jürgen me arrojó por su ventana un par de frazadas y un pan de centeno, advirtiéndome que ya era muy peligroso que lo visitara de nuevo. Adiós, le dije a Hanss. Pero supongo que él ya no me escuchó porque había cerrado la ventana. ¿Puedes creerlo, Frankie? Despedirme de un extraño como lo era Hanss y no de Malke y Tadeuzs.
                —No soy un hombrecito —interrumpió Frank,. quien llevaba ya varios minutos tratando de serenarse—. Soy Frank. Frank. ¿Me oyes, viejo?
                El viejo Vlad entrecerró los ojos y pareció entrar a dormitar sin hacerle caso, después de todo, minutos antes el viejo Vlad le había dicho que lo quería mucho y que, por si pasaba cualquier cosa, le decía adiós para no quedarse nunca más con esas palabras en el corazón.
*

(Continuará)

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