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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Tanquetas contra la razón
28 de noviembre del 2006
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
TANQUETAS CONTRA LA RAZÓN    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

“¿Y yo por qué?”
Vicente Fox
en su dislate sexenal
 

a Jesús Blanco Ornelas
in memoriam

   
     

 

 

Este viernes 1° de diciembre es un día sombrío para la historia de México. Felipe el espurio hará todo lo posible por tomar protesta como presidente de la república en el Congreso de la Unión. Tanquetas de la PFP y grupos paramilitares vestidos de senadores y diputados del PAN resguardarán el recinto legislativo demostrando que la ley del más fuerte prevalece sobre la razón y los intereses de la mayoría del pueblo mexicano. Ahora sí, las inteligencias que votaron por el fascismo estarán solazándose y, en caso de represión, aplaudirán esa contundente firmeza para acallar el fraude electoral del 2 de julio. Les parecerá que ahora sí, México será otro en la medida en que los peligrosos ciudadanos del voto x voto, casilla x casilla sean exterminados como se ha visto que están siendo ultimados ciudadanos que alzaron su voz para pedir justicia en ese laboratorio político llamado Oaxaca. Fecal ha comenzado a teñir sus manos limpias de rojo y México jamás lo absolverá. Así como Fox ya es candidato a ocupar un lugar preponderante en el basurero de la historia.
 

(PARTE 7)
LÁZARO
Se es tan fácil morir que la muerte es lo de menos, el problema es el cómo se muere. La muerte del segundo hermano fue más lenta y dolorosa que la del primero. Le bajaron los pantalones a pesar que se resistió con todas sus fuerzas; lo abrieron de piernas y, con tres navajazos de cirujano, le cortaron los genitales. Después lo obligaron a comerse sus testículos para finalmente sodomizarlo. Luego le cortaron la cabeza y la pusieron frente al último hermano:
                —¿Tú si vas a cantar? ¿Verdad, gallito? —dijo el Tatuado.
                El último hermano hizo de tripas corazón y sólo hasta ese momento asintió con un gemido:
                —Pero sin dolor... sin dolor, señor.
                El Tatuado sonrió y comenzó con el interrogatorio:
                —¿Quién es tu contacto?
—Diego...
—Eso ya lo sé —interrumpió casi amablemente el Tatuado—. Quiero otros nombres... de más arriba.
—Hay un hombre... no lo conozco... se hace llamar el Tigre.
—¿Y de dónde es?
—No sé, pero es de arriba.
—¿Dónde está su “oficina”?
—No sé... Sinaloa... creo.
—¿Y cuándo es la cita?
—El 28 en Nuevo Laredo.
—¿De este mes?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el bar Las Callejeras.
—¿A qué hora?
—1:30 de la tarde.
—¿Tienen que confirmar el encuentro?
—No, ya está hecho.
El Tatuado se alisó el cabello hacia atrás. Después le ordenó al Loco:
—Que se persigne y luego le das un tiro sin que le duela, ¿eh?
—Sí, mi comandante —respondió con firmeza el Loco.
El Tatuado se fue hacia la puerta y la abrió. Antes de salir miró por última vez al hermano menor que estaba temblando sobre los plásticos negros y le dijo:
—Lo prometido es deuda, hijo, sin dolor —y salió cerrando la puerta tras de sí.

Pero las promesas se cumplen en la otra vida y no en ésta, como le dijo el Mochilas al Loco una vez que el Tatuado salió.
                —Nomás déjame echarme a este, no que los otros estaban rete guangos.
                El hermano menor los miró con estupor. Había hecho un trato ¿y así lo cumplían? Intentó grita; llamar al Tatuado para pedirle que cumpliera su palabra, pero el Loco le tapó la boca mientras el Mochilas terminaba lo que había empezado con el primer cuerpo.  Uno... dos... uno, dos, uno dos, unodos, unodosunodos, unodosunodosunodos... tres.
                —Te debo una —le dijo por fin el Mochilas al Loco limpiándose el semen con una mano mientras que con la otra se subía el pantalón—. ¿Te lo quieres chingar?
                El Loco miró al muchacho que yacía semiinconsciente junto a los cadáveres de sus hermanos.
                —No. Mátalo mientras voy al baño —caminó unos pasos hacia la salida—. Pero apúrale que los tenemos que ir a tirar.
                El Mochilas terminó de fajarse bien el pantalón y la camisa al tiempo que el Loco salía hacia el baño. Tomó su pistola y se acercó al muchacho. Lo giró con un puntapié para que quedara boca arriba. Se acuclilló a un lado, le puso el cañón justo en la mitad de la frente.
                —Nos vemos, corazón —y disparó. La bala entró atravesando milimétricamente entre los dos hemisferios cerebrales del muchacho sin tocarlos y salió yéndose a incrustar en el suelo a través de las bolsas de plástico negro.
                —Como querías, pendejito, que belleza, ni una puta gota de sangre.
                —Vámonos —apuró el Loco cuando salió del baño. Había escuchado la detonación y lo mejor era darse prisa antes que amaneciera.

El camino de terracería estaba oscurísimo. La camioneta avanzaba casi a tientas dando tumbos cada vez que saltaban una piedra o se hundían en un bache. Los tres hermanos estaban apilados en la cajuela envueltos como capullos en los plásticos negros. Uno a uno los habían subido. Esta era la parte más engorrosa de todo el trabajo. Matar era fácil, pensaba el Loco mientras conducía, lo difícil era deshacerse de los cadáveres. Y sobre todo en un lugar donde había tanta gente. Por eso habían salido a la carretera y se habían internado por un camino hacia el Ajusco. No podían dejarlos encajuelados en alguna colonia de la ciudad de México porque ahora no contaban con un vehículo robado. Hubiera sido más fácil, sólo se estaciona el auto y se baja uno. Pero esto era más complicado: subirlos, llevarlos y luego bajarlos. Eso si les daba verdadera flojera. Cuando llegaron lo más lejos que la camioneta pudo, el Loco apagó las luces y se bajó seguido del Mochilas. Sin decirse una sola palabra bajaron los cuerpos y los arrojaron a una pequeña cuneta. Luego se volvieron a subir y dieron marcha atrás hasta que el vehículo se perdió a lo lejos entre los vericuetos de la noche.

A la mañana siguiente Lázaro intentó abrir los ojos pero no pudo. Le dolía tanto la cabeza que parecía que de un momento a otro le iría a estallar. Se intentó llevar una mano a la sien pero se dio cuenta que tampoco le respondían los brazos. ¿Había tenido un mal sueño? ¿Por qué se sentía tan cansado? ¿Estaría todavía dormido? No, no podía estar dormido. Tenía tantas cosas por hacer. Sabía que ya era de día porque un calor hiriente le pegaba en el cuerpo. Quiso salir de entre las cobijas para respirar pero no podía moverse. Se sentía incapaz de cualquier acto voluntario. Los labios estaban ya resecos. En verdad tenía que levantarse para ir a la cocina por un poco de agua. La sed lo estaba ahogando. Nunca había sido muy listo, pero ahora se sentía extraño. Trató de hacer memoria de que es lo que había pasado la noche anterior. Ah, sí, intentaba recordar, ¿había bebido cantidades industriales de alcohol para celebrar...? ¡Para celebrar...! ¿Para celebrar qué? ¿Alguien había cumplido años? ¿Era el 10 de mayo? ¿Había ido a una fiesta? ¿Estaba todavía borracho y debido a eso no se acordaba? ¿O ya estaría crudo y por eso el dolor de cabeza le golpeaba por dentro? ¿Qué había sucedido en realidad? Intentó respirar normalmente pero se sentía asfixiado en esa cama tan incómoda, tan aguada por un lado y tan dura por otro, ya tendría que haberla cambiado desde hacía mucho tiempo. Retornó la sed, tenía sed, mucha sed, se quemaba como si un fuego se le hubiera disparado hacia todos los rincones del cuerpo. De repente le vino el primer recuerdo en la forma de un fogonazo, luego otro y otro, y otro más. Todas las emociones juntas se le agolparon en un instante en el corazón y, con toda la rabia del mundo, abrió los ojos desgarrando las bolsas negras como una serpiente que muda de piel.
(Continuará)

Hoy miércoles 29 a las 5 pm presentaré mi más reciente libro: “Bajo el peso de nuestro propio fuego” en la Casa del Escritor. 5 oriente casi esquina con 2 sur. Ahí nos vemos.  Y no dejes de sintonizar
 
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