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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Toda la rabia del mundo
11 de junio del 2008
Columna del escritor Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
Gerardo Oviedo    
     
TODA LA RABIA DEL MUNDO
   
     
     
a tod@s mis amig@s el día de mi cumpleaños
¡se aceptan felicitaciones!
   
     

Hace más de una año que he estado, semana tras semana, entregando esta serie de textos que titulé: “Toda la rabia del mundo”. Escritos la víspera o el mismo día de entrega para su publicación., porque debía tomar una lectura de los acontecimientos más importantes del mundo y entremezclarlos para contar una historia. Ese era el propósito. Porque para novelar hay que aprender a leer.  Un homenaje al siglo del caos como dije aquel 29 de mayo de 2007. 80 mil palabras publicadas por el periódico Cambio, que se atrevió, en una época avasallada por la rapidez, el insomnio y la popularidad de escritores extranjeros y políticas sumisas, a sacarla a la luz. Demostrando que las plumas de primer nivel se dan en cualquier parte y Puebla, no puede ser la excepción. Mi agradecimiento entero a sus directivos pasados y presentes: Mario Alberto Mejía y Arturo Rueda, a Paulina, la editora, a quien hice sufrir por tantos kilos de palabras por centímetro cuadrado que le entregaba los martes a más tardar a las 7 de la noche y que jamás me cortó nada, ni cambió una sola coma, dando a entender que la responsabilidad absoluta de esta novela por entregas es de quien esto escribe. Además, quiero dejar constancia que cuando se cierra un ciclo, otro se abre, con esta entrega termino mis zagas noveladas en el periódico Cambio para avocarme sólo en la columna política en este mismo diario (por supuesto más corta).  Aquí te dejo, querido lector (a) el final de “Toda la rabia del mundo”. Disfrútala.

 

TODA LA RABIA DEL MUNDO

PARTE ÚLTIMA

El día está transparentemente azul en este jardín de fiestas. Casi no hace calor. Es un clima perfecto para el silencio mientras que el aire luce las tonalidades de un viento tranquilo. Yo estoy sentado en una mesa con gardenias encima contemplando como las personas van llegando una a una, armadas hasta los dientes con sus mejores ropas. Yo también llevo corbata, zapatos de vestir, un muñón en una mano, mientras que en la otra un recorte de periódico. Es la boda de Goliath. Mi hermana Anaís había avisado que vendría, pero que llegaría retrasada por culpa del avión que hizo escala en Miami (donde la detuvieron por culpa de su perro chihuahua, que cargaba algunas pulgas de más y no llevaba su visa en regla), sospecho que mi hermana traerá un nuevo engendro literario bajo el brazo: Sus obras completas, ¿cómo es posible que esa vieja a su edad tenga obras completas? Es más, ¿cómo llamarle a sus engendros “obras”? Si sólo son letras esparcidas sin ton ni son sobre sus páginas como las cucarachas se esparcen sobre la basura. Ni siquiera el caos es tan desordenado como sus ponzoñosos prafsas. Mi madre y Clara dijeron que no iban a venir con un rotundo: No: Mi madre porque no tiene nada que ver con su antigua comadre (la madre de Goliath) al señalar que no hay amistad que dure cien años ni amiga que lo aguante y como mi madre, cuando se enoja con alguien se enoja para toda la vida, pues dijo que no iba a venir ni muerta, en tanto Clara dijo que no está bien que la decente esposa de un senador de la república esté en una boda tan cochina como ésta, a la que llamó la de los tres Gayos en orgía siniestra: Goliath, Joana y Brenda. Y mejor se fueron ella y su esposo al Caribe a pasar el fin de semana entre cocos, cocteles y corucos. También espero que venga el Perlotas, aunque después de lo que pasó en la misa que se hizo en memoria de Jaime Barcelona, dudo que la italiana Francesca lo saque a pasear. Así es: El Perlotas se separó de Rebeca Galindo porque el padre le demostró al hijo que la más buenota y perreada chica de la preparatoria donde estudiábamos, sólo lo quería por su dinero. El Perlotas sufrió por partida doble con sus monosílabos y sus monólogos perrunos interiores y exteriores. Le tuvieron que aplicar un tratamiento de pastillas lobotómicas, choques eléctricos, toques de mota y hasta la  ley del hielo para que se le pasara su síndrome de Estocolmo que se había traducido en una búsqueda compulsiva de correas para perros y ladridos desaforados por las noches: Arf, arf, arf. Pero después de su tratamiento antidepresivo fue en busca de la italiana Francesca, quien de inmediato dejó el mundo alocado de Heidi y de la chica sonrisas para volverse seria, y la llevó a la misa del Barcelona. Supongo que la buscó porque el amor a madrazos es el único verdadero, quizás, porque ahí, cuando se le acercó Rebeca Galindo para intentar convencerlo de qué lo amaba a él y no a su dinero, que la perdonara por no haber puesto más de su parte durante su secuestro y, junto con Raquel Braile (quien se largó con el dinero del seguro que le otorgaron por la muerte de su marido), se negaron a pagar un centavo por sus maridos, la italiana le soltó un derechazo que la mandó de nalgas a la duela de la iglesia con toda la nariz sangrando. Casi a los pies de la fotografía gigante del Barcelona que se adornaba con flores para muertos. Por cierto, nadie había ganado la apuesta acerca de la muerte del Barcelona, tal vez si yo hubiera bajado la edad de su asesinato hubiera ganado y hoy sería rico, porque el Barcelona no había llegado a los 30 años. Mi ex novia Karla siempre me decía que yo estaba loco al hacer una apuesta así. Tenía razón, las apuestas sólo se deben hacer cuando uno está seguro de ganar, si no, todo lo demás es desperdicio. Digo mi ex novia Karla, porque ella tampoco fue a visitarme al hospital cuando yo estaba internado. Ni una sola vez la vi ni recibí noticias suyas. Le pregunté a mi madre en alguna ocasión el por qué no la había visto, si le habían avisado de mi situación y ella sólo se encogió de hombros y continuó masajeando mi muñón adormecido. Ahí supe que después de una situación límite todos salimos perdiendo, y este secuestro había puesto a prueba todo lo que somos: A algunos les cortan el alma, a otros, parte del cuerpo o la vida misma. A mí me habían cercenado mi mano izquierda y había perdido a Karla para siempre. La mano debido a la infección que se había convertido en una gangrena gaseosa que podía extenderse por todo el cuerpo y, en menos de lo que canta un gallo como dijo el doctor, yo habría muerto, ahí supe la verdadera envergadura de “cortar por lo sano”. Me explicaron que yo era un caso rarísimo de infección viral, que tal vez había tocado una extraña planta que se daba en las regiones donde me habían secuestrado o que mi genética estaba predispuesta a ese tipo de reacción alérgica. A Karla la perdí cuando salí manco y maltrecho del hospital siguiendo el mismo instinto de los que han sido abandonados y la fui a buscar a su departamento. Más que curiosidad me sentía ultrajado al no verla aparecer con un ramo de flores ninguno de todos los días que estuve en terapia intensiva. ¡Quién se creía para abandonarme de ese modo! Sin ninguna flor como la que me mandara a mi casa días después de conocernos y que era un patrimonio universal de mi recuerdo. Ni un arreglo floral de: “New Flowers On The Road”. Cuando Karla abrió la puerta, la vi igual que siempre, espigada y sin la panza que yo esperaba ver. Sin ese embarazo del que me había hecho partícipe para atarme a su vida para siempre: ¿No qué estabas embarazada, pinche Karla?, le dije nada más abrió la puerta. Ella me miró con ojos sorprendidos, pero me invitó a pasar. Entramos casi como a una sepultura, a un mausoleo que era su departamento aséptico y perfectamente ordenado: ¡Ya no puedo estar contigo, bebé!, me dijo cuando me senté en la sala de su casa. Lo confieso, yo no supe que otra cosa responder que: ¿No qué estabas embarazada, pinche Karla? Karla se levantó del sillón y se dirigió hacia su habitación hipoalergénica al tiempo que decía: ¡Te quiero devolver todas tus cosas, bebé! Yo me quedé alelado mirando la pata de la mesa de centro. Seguí las líneas hasta que Karla regresó, no como cualquiera supondría que vendría, con una caja inmensa, ¡no!, volvió con una bolsita y me la extendió: ¡Aquí están todas tus cosas! Yo, por supuesto, no las quise tomar, sino que la dejé con el brazo extendido. A fin de cuentas tenía que demostrar quién era el que mandaba en esa relación y ya bastaba de hacerle tanto al teatro: ¿Es porque me cortaron la mano por lo que ya no me quieres, verdad, Karla? ¿Por eso me abandonas? Karla depositó la bolsita a un lado y se pasó la mano por las puntas del cabello: No seas tan dramático, eso no tiene nada que ver. ¿Entonces?, le pregunté con cara de perro apaleado. Karla suspiró largo y entrecerró los ojos: Cómo no sabía si te volvería a ver, como no lo sabía, en verdad, bebé, quise... quise evitarle a nuestro hijo el dolor y sufrimiento de que jamás conociera a su padre, así que lo aborté. Yo me quedé con cara de what!: ¿Qué abortaste qué? Karla dio media vuelta y se dirigió hacia su recámara como una avestruz que huye de la luz solar: Yo necesito estabilidad emocional, bebé, y tú nunca vas a cambiar, así que no te quiero volver a ver jamás en mi vida, y azotó la puerta. Ya de regreso a mi casa, tiré la bolsa en un basurero con mis cosas que me había dado: Un peine, un rasurador, mi cepillo dental y un par de fotos de Karla besándome en el cuello. Suponía que el amor era tan perecedero que duraba menos, mucho menos, que una lata abierta de sardinas a la intemperie.

 
Sigo estrujando el recorte de periódico con mi mano derecha. Las personas ya están llegando y se han acomodado como dios les da a entender. Un grupo musical amenaza la entrada de los invitados con piezas suaves, tranquilas y monótonas. Una pareja de gays monógamos se han sentado con sus plumas alrededor del cuello en la tercera mesa, parecen burócratas de cuello rosa. A lo lejos descubro a mi viejísimo amigo Juan Pablo Jurado, quien me saluda con la mano y luego como que le da pena el ver mi muñón que también lo saluda y va a sentarse con su horrible esposa a las antípodas de donde estoy. Me imagino que ahora ya no vende zapatos para señoras emperifolladas totalmente palacio, sino que posiblemente ahora vende enseres domésticos en Woolworth o en Sears, porque los zapatos de su mujer parecen de abuelita y se ve que siguen sin tener sexo porque se cruzan de brazos y de piernas sin dirigirse ni una palabra, ni una mirada. También veo llegar a varias amigas locas de Goliath, que son del club deportivo donde va a diario para hacer ejercicio y hacer crecer el rabo y disminir la cintura a punta de sentadillas y abdominales. De este lado descubro a la madre de Goliath riendo junto con sus otras dos consuegras. Parecen un trío de gallinas a punto de parir un huevo. ¡Qué difícil relación aquella, dos suegras en vez de una! Veo que por fin llega el Perlotas del brazo de la italiana Francesca y eso me hace recordarlo como cuando los paramilitares lo sacaban a pasear encadenado. Nunca supe como la conquistó. Tal vez es cierto que uno sólo tiene dos idiomas para darse a entender en el amor: el hablado y el mudo, o tal vez se dejó golpear de nuevo en la nariz. Eso no lo sé. La italiana lo lleva hacia una de las mesas principales. Veo que el Perlotas se deja conducir como un perro faldero, pero mientras me distraigo con un parpadeo sobre las plumas de los gays, creo ver que el Perlotas saca la lengua como un san bernardo y le huele el cuello a Francesca, pero sé que es una alucinación, el Perlotas no es un perro, sino es el Perlotas, el hijo del hombre más rico de la ciudad y alrededores. Entonces pienso en Rebeca Galindo y la comparo con la italiana. Rebeca era mucho más hermosa pero ahora la italiana es mucho más joven, y ese es un atributo que sale a flote a primera vista siempre. Uno tiene fecha de caducidad y, como me dijera alguna vez Sofía, yo quiero igualdad entre hombres y mujeres, por eso hablo siempre así, porque sé que nosotras nos echamos a perder mucho antes que nosotros, ¿me entiendes, maestro? ¿Por eso haces pipi de pie, Sofía? Así es, mi estimado, así es. El padre del Perlotas sólo envió, y eso lo sé porque me lo enseñó Goliath, un pase triple para toda la temporada de béisbol: Me hubiera dado a su hermano, pinche tacaño, se quejó Goliath, aunque si no fuera por ese cabrón, ahora estarías muerto, manito, y se guardó los boletos en el escote de su vestido de novia. Goliath había pospuesto durante las cuatro primeras semanas a mi secuestro su boda, pero después, bajo la urgencia del amor apremiante, había decidido celebrarla a como diera lugar, con padrino o sin él. Durante mi recuperación en el hospital me había contado todo el sufrimiento que había pasado, no por mí, claro (me dijo que de vez en cuando se acordaba de mí), sino por su propia boda, su calvario romántico: He pasado las de Caín, manito, me dijo sentado a un lado de mi cama del hospital, pinches curas, no saben nada de la vida. Imagínate que fui a unas pláticas prematrimoniales y el sacerdote que nos atendió a Joana y a Brenda, nos dijo qué posiciones sexuales estaban permitidas a los ojos de dios y cuales no: imagínate, el capirucho con salto mortal hacia el frente no se puede emplear porque es pecaminoso, ¿lo puedes creer? Por supuesto yo no quería ni siquiera imaginar de qué diablos me estaba hablando Goliath. La sola imagen de su circo sexual hizo revolverme el estómago: Y además, continuó Goliath, les parecía “anormal” una boda así. ¡toda boda es anormal!, le dije para quitarme la imagen del Goliath saltando en cueros sobre un pulpo enorme con muchos brazos y piernas. ¿Y entonces no se van a casar?, le pregunté. ¡Claro que sí!, pero no con esa religión pendeja, sino que Joana, Brenda y yo decidimos cambiarnos de religión las tres a una que nos aceptara tal y como somos, pero que crees, encontramos una donde los pecados no existen y sí el amor, pero de todas maneras quieren el triple de dinero por casarnos. Te digo, todos son unos gandayas convenencieros, la boda es igual que si fueran dos personas. Pero según dice el pastor, es porque tiene que pasar tres almas al cielo y no dos. Pero como me dice Brenda, el amor no tiene precio y hay que pagarlo a como dé lugar. Después Goliath me enseñó unas fotos en su teléfono de sus vestidos de novias, porque los tres weyes iban a casarse vestidas. ¿No están lindos? Y la tela es importada de Francia y no china como todas las malditas cosas de este país. Pero mira este bordado, ¿a poco no es divino? En ese instante pensé que Goliath por fin había dejado de ser Goliath, como si el sueño de una boda de verano le hubiera taponado todos los conductos del cerebro y sólo le quedara el instinto de la cursilería en las venas.
 

Oye, ¿tú no fuiste el que salió en televisión el otro día al que le cortaron la mano lo guerrilleros? Me preguntó un adolescente que me acababa de tocar el hombro y no dejaba de mirar el muñón de mi brazo. Había llegado con lo que parecían ser sus padres y se habían sentado a mis espaldas.  Su padre me miró y luego a mi muñón e inmediatamente reprendió a su hijo: Carajo, Víctor, te dije que dejaras de molestar a las personas, ¿qué no entiendes? El muchacho resopló y de inmediato se volvió hacia su mesa apoyando los dos codos sobre el mantel. La madre intervino en ese momento con tono conciliador: ¿Por qué nunca le haces caso a tu padre, hijo? Las mesas ya casi estaban ocupadas al tope. Goliath había invitado a medio mundo para su boda, como había remarcado en las invitaciones: Joana, Brenda y Goliath te invitamos a que celebres junto con nosotras esta unión de amor. Un mesero se me acercó: ¿Desea beber algo, señor? ¿Tienes cianuro en las rocas?, le pregunté. El mesero estiró los ojos al tiempo que replicaba: No, señor, pero tenemos ginebra, ron, vodka y tequila. ¿Le ofrezco algo, señor? Tráeme un vaso con agua. El mesero se alejó. Volví la cabeza y vi al Perlotas que ahora olfateaba el mantel en dirección hacia los arreglos florales de su mesa. Cuando el mesero regresó con mi agua hicieron su aparición el Goliath y sus dos weyes. Los tres vestidos de novias con largas colas que arrastraban y maquillados hasta el tuétano. Todos aplaudieron. Lanzaron vivas al aire. Los músicos elevaron los decibles. Luego el maestro de ceremonia hizo una breve introducción  hasta dejar todo en manos del promotor religioso: El pastor, un hombre gordo, de lentes, con cara de no haber tenido sexo más que con su mano, se acomodó hasta el frente de la parte donde estaban las sillas acomodadas, le extendieron el micrófono inalámbrico y empezó:  Bueno... bueno... ejem... bueno... bienvenidos sean todos ustedes a esta celebración, ejem... al principio de esta maravillosa historia de amor. A este día en que veremos como florece la primavera en estos tres hijos de dios. ¡Hijas de dios!, corrigió Goliath, lo que provocó algunas risas. El pastor continuó: Porque dios, con su infinita misericordia, es amor. Con su infinita paciencia y gracia, todo lo perdona. Porque dios, quiere la paz y la felicidad entre todos los hombres y mujeres. ¡Y gays!, volvió a corregir Goliath al pastor. Yo miraba desde mi asiento como se desarrollaba la boda. El adolescente ya se había levantado de su silla y se paseaba encabronado por donde unos árboles crecían al fondo del jardín. Unos minutos después, cuando el pastor comenzó a oficiar el sacramento matrimonial con toda la pompa y circunstancia del caso, hizo su aparición mi hermana Anaís. Al principio no la reconocí, tal vez por lo años que habían pasado, tal vez porque sólo la recordaba con una cola larga como las lagartijas y los ojos saltones. Pero quien apareció era una mujer de gafas oscuras, pañoleta envolviéndole la cabeza y un perro chihuahua en brazos. No se escurrió como cualquiera lo hubiera hecho al llegar tarde a una boda, como una lagartija asustada, sino que entró muy lento y se dirigió hacia el altar improvisado. El pastor interrumpió su discurso al verla acercarse. Mi hermana besó en las dos mejillas a los futuros esposos y esposas y luego les dijo: Siento llegar tarde, Goliath, pero aquí les regalo un poema para que sean felices para siempre: “prafsa solar, sale y va/el amor emprafsado volverá/cuando los labios besen con dulzura la luz universal”. Y los volvió a besar. Nadie dijo nada. El pastor pestañeaba con ojos de ratón asustado. Pero después de un instante incómodo comenzó a oírse un aplauso, hasta que los aplausos crecieron de tono y todos terminaron en una ovación de pie. ¡Bellísimo!, dijo el pastor al micrófono. La mujer detrás de mí empezó a sollozar en el hombro de su esposo: Ya, ya, mujer, cálmate, dios es tan grande, le decía el hombre abrazándola.  Cuando pasó la euforia, mi hermana fue a sentarse a una de las mesas principales, dónde se quitó los lentes y la pañoleta. Yo seguía encogido lo más que pude en mi silla para que la loca no me viera. Jalé el adorno floral y lo puse delante de mí como un camuflaje. El sacerdote retomó su discurso: ¡En verdad extraordinario! Por estas palabras tan bellas, podemos comprobar la existencia de dios, hermanos y hermanas. ¡Dios es poesía!, imprecó levantando los brazos al cielo. Pinche wey loco, pensé, por eso tal vez el Barcelona era ateo, iconoclasta y hereje cuando andaba borracho, entendía que todas las religiones debían estar dirigidas por weyes locos como éste.  Luego continuó la boda, sin mayores sobresaltos, hasta que el pastor preguntó: ¿Hay alguien entre los presentes que se oponga al enlace matrimonial entre Joana, Brenda y Goliath? Yo hubiera querido pararme y decirles: Yo me opongo a todo, porque el amor no existe y sí la esquizofrenia como ustedes pudieron ver con lo que dijo mi hermana loca. Ustedes están locos y por eso van a ser muy infelices. El amor es lo peor que existe, se los juro por toda mi familia, por todos mis amigos, por todos los besos que he dado y que he dejado de dar. Por las relaciones sexuales que no he terminado. Lo juro por dios, por el diablo, por la luna y las estrellas. El amor es solo un fantasma que aúlla para espantarnos el sueño. Que es una chingadera que nos jode la vida para siempre, y si no entienden el mensaje, estarán fritos. Y si existiera, el amor sólo es un cascarón para meter dentro todo lo inservible de la vida. ¿Me entienden todos? ¿Me entiendes, Goliath? ¡Por dios, las prafsas no existen, son sólo mamadas de una loca!, pero no me levanté ni dije nada, sólo me sobé el muñón y me enconché como un insecto. Sólo uno de los gays que estaban sentados hasta atrás gritó con voz fingida y melosa: ¡Te amo, mi vida, no te cases porque chillo, buaaaaa! lo que provocó más risa: ¡Cállate, pinche Beluga!, respondió Goliath haciéndole una señal sexual con la mano. El pastor continuó: Cómo no hay impedimento, continuamos: pidió que se levantaran todos para orar, y todos se levantaron, luego les pidió que se sentaran, y todos se volvieron a sentar, luego otra vez que se pusieran de pie y que otra vez volvieran a sentar y así sucesivamente. La religión parecía como el juego del subibaja, supongo que hacían ese ejercicio para mantener despiertos a los feligreses durante el sermón y que no se les durmieran las nalgas. Después de un rato el pastor pidió los anillos de compromiso. Todos quedaron expectantes. Los anillos, por favor, repitió. De inmediato arrugué el recorte de periódico y me levanté apresurado con dolores en las rodillas por tanto pararme y sentarme y me dirigí hacia el altar: Aquí están, dije al sacar los anillos que esa mañana me entregara Goliath para que yo fuera su padrino de anillos (cosa curiosa, si algún día decidía casarme no tendría dedos donde me colocaran el anillo de matrimonio, en vez de eso, tal vez alrededor de mi muñón me pondrían un grillete como señal de amor divino). El pastor los tomó sin darme las gracias y continuó: Repitan conmigo, hermanos y hermanas: Yo, Brenda, los acepto a ustedes dos en las buenas y en las malas. Con ustedes seré feliz hasta que la muerte nos separe: Y le entregó dos anillos para que se los pusiera a Joana y a Goliath en los dedos. Luego hizo lo mismo con Joana: Yo, Joana, los acepto a ustedes dos en las buenas y en las malas. Con ustedes seré feliz hasta que la muerte nos separe. Y al final con Goliath: Yo, Goliath, los acepto a ustedes dos en las buenas y en las malas. Con ustedes seré feliz hasta que la muerte nos separe. Cuando cada uno hubo quedado con un anillo en cada mano, el pastor levantó sus brazos y exclamó: ¡Por el poder que dios me ha conferido, los declaro maridos y mujeres! ¡Qué dios los bendiga, hermanas! ¡Amén! Todos los presentes se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar. Hubo vivas. Hubo gritos. Alharaca, Bulla. El grupo musical comenzó a tocar mientras todos gritaban: ¡Beso! ¡Beso! ¡Beso! Goliath no se hizo del rogar, levantó el velo blanco de Joana y la besó, luego siguió con Brenda. Brenda imitó a Goliath y besó a Joana. Era como un menaje a trois en vivo. La música volvió a explotar en fanfarrias. Goliath me miró y, sin decirme nada, se me abalanzó como un energúmeno. Yo comencé a sudar como un cochino marrano, pensé que me iría a besar como lo había hecho con sus dos esposas y me preparé con la trompa parada y los ojos cerrados dispuesto al sacrificio, pero Goliath sólo dijo: Quita esa cara de pendejo, manito, que a ti no te voy a besar, luego agregó: Ahorita soy la más feliz sobre la tierra, y me abrazó con más fuerza. Luego se despegó y fue con sus recién contraídas esposas. Mientras lo miraba como se alejaba hacia la mesa de honor. Sentí un jalón en el hombro, pensé que era el adolescente que quería saber la historia mediática sobre mi secuestro y toda la bulla que se generó durante esos días cuando yo insistía en una versión distinta que no cuadraba con la versión oficial, incluso me acusaron de ver fantasmas, porque según el registro civil, no había existido jamás un hombre que se llamara El Sangrías y, como estábamos en un país moderno, los fantasmas y los ovnis sólo existían para vender periódicos de quinta (así me llegaron varias invitaciones para hablar sobre fantasmas y eventos paranormales, pero yo declinaba las entrevistas con un preciso chinguen a su madre, culeros), pero al final, nadie me creyó y terminé siendo una pobre víctima más de la guerrilla, así que cuando sentí la presión sobre mi hombro burbujeé un rápido: Sí, soy yo el de la tele. ¿Algún problema?, pero mi sorpresa fue encontrarme de frente con mi hermana Anaís y su bestia salvaje entre los brazos, como si fuera su más reciente esperpento literario, quien emitió unos maullidos en francés. Nos quedamos estáticos mirándonos a los ojos, el tiempo se detuvo, ella intentaba buscar algo que yo no sabía, así que despacio preguntó: Mamá no vino, ¿verdad? Yo me encogí de hombros. Luego ella continuó dirigiéndose al perro: Mira, prafsa, te presento a mi hermanito preferido, el mejor hermano del mundo, y que ha sufrido tanto durante toda su vida, mi amor. Y besó entre las orejas a su chihuahua. Ahí comprobé que mi hermana Anaís era la misma de siempre y sus lentes oscuros y su mascada, eran sólo artificios para defenderse de sí misma.


La boda terminó como termina todo en mi vida, muy tarde. Algunos se pusieron borrachos, otros se fueron más temprano. Algunos más quisieron continuar en privado la diversión. Mi hermana Anaís se marchó mucho antes de lo que yo esperaba. Debía levantarse temprano porque al día siguiente tenía una cita con su editor americano. Había aprovechado el viaje de Francia para hacer unas cuantas presentaciones literarias en los recintos culturales más importantes del país. También me contó mientras yo masticaba servilletas a su lado, que había abandonado a Martin Cunningham, el escritor bisexual porque lo descubrió teniendo relaciones sexuales con una oveja londinense. Y eso, ni siquiera al más liberar le cabía en la cabeza, porque fuera animal, humano o cosa con lo que se hubiera acostado, a  eso se le llamaba traición aquí y en China. Asimismo me preguntó si me dolía no tener mano. Si tenía el síndrome de la mano vacía y sentía de vez en cuando cosquillas en un miembro que no existía. Yo estaba masticando mi octava servilleta de papel y me la había tragado con un poco de agua: ¿Te acuerdas cuando quemabas lagartijas de niña?, le pregunté. Mi hermana dejó de acariciar a su perro y me quitó la servilleta que tenía entre las manos: Yo no las quemaba, hermanito, eras tú y hasta las torturabas con navajitas gillette, ¿ya no te acuerdas? Luego se levantó porque había una pieza que le gustaba y quería bailarla, pero, dijera lo que dijera la loca de mi hermana Anaís, aún se le notaba la cicatriz en la ceja izquierda debido al derechazo de mi madre. Por otra parte, Goliath saldría al día siguiente rumbo a su luna de miel a Río de Janeiro, donde, según su propia versión, había nacido el amor por Joana y Brenda, en un carnaval hacía varios años. Estaría fuera tres semanas y de ahí harían un recorrido por América del sur. Irían a Buenos Aires, a Santiago, o a cualquier otro lugar que el viento los llevara para luego retornar a su trabajo de burócrata dentro del gobierno. Así que, una vez que habían arrojado los ramos de novia para ver quién era la próxima víctima a casarse, tomaron su limusina y se marcharon entre arroces y fanfarrias, porque su avión salía temprano y debían terminar de preparar todas sus cosas, como era la noche de bodas y sus capiruchos mortales, las maletas y descansar un poco porque eran muy sanos y las ojeras eran más difíciles de maquillar. En tanto la italiana Francesca se había llevado arrastrando al Perlotas cuando éste intentó morder las plantas de la mesa y quiso orinar levantando la pata en medio de la pista de baile. Yo había cruzado solo un par de gruñidos con el Perlotas: Guau, le dije. Arf, me respondió. Guau, Guau, Arf, Arf y luego perdí el hilo de la conversación cuando la italiana se acercó y le acarició el cabello y el Perlotas ronroneó cambiando de tema: Miau, rrrrrrrr, miau. Del otro lado, mi antiguo amigo ex vendedor emérito de zapatos y su horrible esposa se habían evaporado mientras estaban cortando el pastel de bodas, supongo que estaban hartos de tanto dulce en sus vidas. Después, uno a uno se fueron marchando todos los invitados. Sólo el adolescente, la madre y su recién ebrio padre habían quedado al final como abejorros ante un foco prendido, luego también partieron, donde la madre y el hijo llevaban jalando al padre que quería tomarse la última copa: Nooos veeeemos, manco de Lepanto, me gritó de lejos el borracho, luego se perdieron tras los setos de la entrada del jardín. Los meseros comenzaron a levantar las sillas y las mesas. Doblaban manteles y recogían la vajilla. Saqué de nuevo el recorte del periódico y, como entre una neblina comencé a sentirme mejor, incluso bien, a pesar de que ya no conocía a nadie: Un comunicado desde la selva desmentía la versión oficial de que los guerrilleros hubieran sido los secuestradores y homicidas del Barcelona: “Porque nosotros y nosotras no somos asesinos, finalizaba el documento, Con amor: C. S.” Esta vez doblé con cuidado el periódico y lo metí en mi bolsillo. Me incorporé de la silla cuando el mesero me la pidió y salí de ese jardín de fiestas rumbo a la ciudad. Las casas y los rascacielos titilaban a lo lejos dentro de la noche como racimos de luz secular. Ahora hacía frío y soplaba un viento rarísimo. Tal vez algún día tendría el valor de amar a Sofía otra vez. Tal vez perseguirla en su mundo salvaje y hacerla por fin y para siempre mía. Tal vez escribirle cartas de amor y someterme a sus ojos marinos para hacer la revolución total a su lado, al fin, no tenía nada que perder salvo el corazón, lo demás no importaba. Con mi única mano sobreviviente me levanté la solapa del saco y, tiritando en contradicciones, eché a caminar de nuevo.
FIN  
   


   
   
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