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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
 
Novela de Gerardo Oviedo Toda la rabia del mundo publicación
viernes 15 de febrero de 2008
(Esto sólo es la quinta parte de la novela)
     
     
     
     
TODA LA RABIA DEL MUNDO    
     
     
Gerardo Oviedo    
Constructor de Novelas    
     
“El revolucionario más radical
se convertirá en un conservador
el día después de la revolución.”
Hannah Arendt
   
     

Karla dice que si no cambio, pronto va a dejarme porque no puede estar al lado de alguien como yo. Sospecho que la estoy matando poco a poco.  Ella piensa en cosas mucho más serias e importantes. Eso lo sé porque también pasé por esa etapa de esterilidad mental cuando amaba a Sofía: hasta quise casarme con ella para obtener todo lo que todo mundo quiere tener, la felicidad traducida en bienes materiales: casa, coche, televisor y un maldito perro. Pero el amor, y aquí va una de las frases que a menudo dice Goliath: El amor de los hombres hacia las mujeres sólo tiene cara de culo. Y esto es verdad porque yo me enamoré como un imbécil de Sofía y de todas sus curvas. Pero el amor, y aquí viene una frase que odiaba que me dijera la propia Sofía mientras estaba conmigo: El amor de las mujeres hacia los hombres sólo tiene cara de cara y no de cruz. Porque Sofía no creía en el sexo. Sólo en el amor. Y esto lo supo cuando descubrió que era increíblemente hermosa en la misma proporción en que era intensamente frígida. Y más cuando yo quería derraparme por todas sus circunferencias y tatuarle mis huellas digitales sobre su piel, ella sólo se enconchaba como esos insectos que se hacen pelota y me dejaba babeando como un adolescente. En esa época éramos tan jóvenes y tan serios. En cambio mi relación con Karla es diferente, ella explota al menor contacto de mis manos con su epidermis y esto me preocupa, porque me hace pensar que a mi edad ya necesito esas pastillitas azules de viagra que desafían la ley de la gravedad al lanzar el deseo hacia el infinito, ya que por más que me concentro para conseguir un orgasmo cuando tengo sexo con Karla, apenas lo alcanzo si pienso en Sofía. Lo confieso, mea culpa, con Karla jamás he tenido un orgasmo sincero. Entonces a veces me da miedo tocarla, porque ando pensando en otras cosas y a Karla la veo como a un animal depredador que salta sobre su presa para seguir viviendo a costillas de la carne del conejillo de indias, que en este caso soy yo y mis fuerzas de pollo. Supongo que es porque siempre hacemos el amor a oscuras y, como me dice Goliath: En la noche todos los orgasmos son pardos y puedes hacer el amor con la persona que en ese momento más te convenga. Y tiene muchísima razón, he usado en mi mente a Sofía para tener sexo con Karla tantas veces que ya no sé en realidad con quien hago el amor y, lo peor de todo, es que Karla no se ha dado cuenta de todos mis engaños cuando cierro los ojos.

 
Goliath es el único amigo gay que tengo. Todos los demás son perfectamente heterosexuales, casados y muy frustrados. Como Juan Pablo Jurado, mi amigo de parrandas, ex compañero en la secundaria y hoy vendedor emérito de zapatos para señoras emperifolladas totalmente palacio y quien lleva una vida marital que se conoce, desde el pasillo de ropa casual hasta donde venden televisores de pantalla plana, como el de la era del hielo: Su vida sexual es un témpano con mamuts y pingüinos incluidos. O como Jaime Barcelona, el idiota que se pelea con todos cuando anda borracho y todas las pierde. La última vez tuvimos que terminar de festejarle su cumpleaños en el hospital con su nariz rota y una costilla fracturada. Y hasta hemos apostado a sus espaldas la edad en que va a morir asesinado, porque esto es lo más seguro que suceda según una encuesta levantada entre todos sus amigos. Yo digo que no va a llegar a los cuarenta años. Goliath, que es mucho más indulgente que yo, ha apostado a que asesinan a Jaime pasados los cincuenta y, según su hipótesis, es porque a los cincuenta el Barcelona entrará en la peor de todas sus crisis de mujeriego y esto, irremediablemente: Lo llevará a buscar sexo con mayor vehemencia y encabezará el top ten de infidelidades conyugales por noche, entonces va a ser asesinado en la madrugada a las afueras de un table dance por los guardias de seguridad, por una amante enojada o, en su defecto, por su esposa Raquel que ya no lo soporta. Así se imagina Goliath el fin de Jaime Barcelona. Yo lo contradigo y le digo que es un romántico de porquería: El Barcelona será ejecutado sin pena ni gloria por un monje franciscano cuando vuelva a insultar a Jesús, a la virgen María, a José y a toda su parentela en medio de un bautizo, una boda o unos quince años. Porque Jaime es ateo, iconoclasta y hereje cuando anda borracho aunque no tenga la menor idea qué signifique eso. Karla dice que estoy chiflado al hacer una apuesta de ese tamaño, tal vez tenga razón y aumente la apuesta al mismo tiempo que baje la edad del asesinato del Barcelona, porque ahora que lo pienso, no creo que llegue ni siquiera a los 30 años. Pobre Jaime, por lo menos debería aprender a pelear para morir con dignidad. Pero como la compasión nunca ha sido uno de mis mejores atributos espero ganar la apuesta cueste lo que cueste. En tanto el macuarro del Perlotas masculla entre dientes que Jaime morirá asesinado en un accidente automovilístico a los 45 años y no argumenta más. El Perlotas en realidad se llama Rubén Bolaños, pero su sobrenombre se le quedó una noche de noviembre cuando todavía íbamos en preparatoria y decidió fumar un churro de marihuana y le entró una extroversión a su carácter tímido y apocado que lo convirtió, después de tres toques de mota, en un nudista compulsivo que tuvimos que noquear cuando corría literalmente en pelotas sobre la avenida principal para que nuestros vecinos no nos acusaran de ser, aparte de marihuanos, unos pervertidos de primera. Este Perlotas es el más raro de toda aquella camada de amigos que aún me quedan de la preparatoria. Jamás habla en público y cuando lo hace, no se le entiende un carajo, porque generalmente usa puros monosílabos o palabras entrecortadas. Todos los que lo conocen por primera vez piensan que es tartamudo, pero nosotros que llevamos más tiempo de conocerlo sabemos que no es tartamudo sino que sólo es medio pendejo. Pero así con todo y su retraso logró casarse saliendo de la escuela con Rebeca Galindo, la chava más perreada de la escuela. No sabemos si fue su extrañísimo carácter lo que hizo que Rebeca se fijara en el Perlotas o que este imbécil tuviera más lana que toda la escuela junta. Su padre tiene como hobbie ser el dueño nada menos que del equipo de béisbol de la ciudad.  Y pensar que su hijo ni picha ni cacha ni deja batear. Pobre del padre del Perlotas, con tanto dinero que tiene y fue castigado con un hijo como el Perlotas.

 
Y hablando de familia yo también tengo una. Una hermana mayor llamada Clara que es ninfómana y una menor que está loca. La mayor se aprovechaba de mí cuando éramos niños y a la menor ninguno de los dos la fumamos nunca. Clara es ahora una honorable señora de alta sociedad, casada con Filadelfo Ramírez, senador de la república y ex presidente del club de industriales. Mi hermana menor Anaís es todo lo contrario, dice que es poeta y por eso siempre anda prendiendo inciensos por todas partes. De niña se la pasaba torturando lagartijas a las que les abría la panza con una navajita gillette y luego las quemaba como si fueran herejes durante la santa inquisición española. Incluso la última vez estuvo a punto de provocar un incendio en su cuarto cuando ató una lagartija a un palito y con un algodón empapado con alcohol quiso simular una gran pira funeraria. De esa tarde todavía le quedan tres cicatrices. Una en la mano izquierda cuando se le prendió el algodón por accidente, la otra cicatriz en la mano derecha cuando intentó apagar el fuego de la cama a manotazo limpio. Ella dijo que fue un error de cálculo lanzar el algodón a la cama y no hacia el suelo cuando se estaba quemando, pero mi madre no entendió razones y la tundió tanto a golpes que hasta a Clara y a mí nos dolió su paliza. De ahí, en la ceja izquierda, tiene la tercera cicatriz producto de un derechazo de mi madre. De esa experiencia volátil Anaís sólo se quedó con el humo de sus inciensos y sus anotaciones infantiles en una libreta morada que llevaba a todas partes. Alguna vez puede hojearla en un descuido de su autora: “Las lagartijas mueren a los cinco minutos y se doran a los quince. A la media hora ya casi se han convertido en cenizas. ¿Nosotros en cuánto tiempo nos haremos polvo?” Anaís tenía en ese entonces 9 años y no jugaba con Clara ni conmigo.

"Para ser un revolucionario hay que ser pesimista."
Jorge Oteiza

Y es un hecho, nadie escoge la familia donde uno va a nacer. Pero que ideota de mi madre engendrarnos cuando mi padre siempre andaba borracho. Eso debió actuar para que tal vez saliera una falla en algún cromosoma de mis hermanas y yo. Imagino a mi padre con una botella en la mano haciendo el amor con mi madre y en vez de decirle te amo, tal vez le decía: ¡saluuuud! Creo que por eso son cada vez más frecuentes mis pensamientos sobre el fin del mundo y ese gran cataclismo que vendrá. Entonces me pregunto: ¿vale la pena hacer algo si todo tarde o temprano se va a acabar? Incluso al sol se le acabará el combustible en unos millones de años y todos acabaremos fritos. Digo todos porque me incluyo al final de la película cuando el sol se convierta en una supernova y explote dando al traste con la vida en este planeta, acabando en ese gran y a la vez espantoso final: La humanidad ha muerto. Fin de la película. Y para colmo sin los créditos de todos los seres humanos que hemos poblado la Tierra desde el principio de la historia. Pero esto sólo lo he pensado a últimas fechas cuando bebo alcohol y tengo pesadillas. Por otra parte el tiempo libre que me sobra lo ocupo en pensar otras barbaridades mucho más cercanas y tangibles como lo es mi vida y el impacto diario que tiene sobre los demás, porque soy limosnero y con garrote. Vivo en casa de mi madre y soy desempleado desde hace más de un año. Y como me dice Goliath, quien realmente cree que soy un verdadero parásito de mierda: ¿quién como tú? ¿Cómo le haces, eh? ¿Viviendo de a gratis? ¡Che lapa! Pero como les he intentado explicar desde hace tiempo a todos, yo no tengo la culpa de esto. Simple y sencillamente la vida me agarró en curva y ya no pude enderezar el camino para no estrellarme. Aunque mi madre me compre todos los libros de superación personal y me recite la misma cantaleta a todas las horas que me ve y que invariablemente comienza así: A ver si hoy buscas trabajo, webón, que ahí echado nunca vas a hacer nada, webón. Todo es inútil, esta apatía que me cargo la desarrollé en mi genética desde que Sofía se fue para siempre de mi vida y no hay modo de parar mi evolución hacia lo que próximamente será el primer huevo humano con dos patas y dos brazos. Y en esta maldita selección de las especies, estoy condenado a extinguirme y no me importa. Porque como me dijo Sofía la última vez que la vi: El amor es una chingadera que nos jode la vida para siempre. Y yo no entendí el mensaje.

 
Porque entender algunas cosas a veces me resulta bastante complicado. Sobre todo cuando me empecino en una idea y de ahí no hay nadie que pueda moverme. A veces me han dicho que soy un imbécil absoluto y que no entiendo que las cosas se mueven por sí solas, con toda la relatividad de su entropía. Como por ejemplo el día en que discutía con Goliath sobre la importancia de la inmortalidad del cangrejo en la felicidad de las personas. Yo le decía que ese era el mejor momento de la vida del ser humano, cuando uno entra en contacto con la nada. Con la mente en blanco, mirando el vacío, uno se vuelve ingrávido, feliz, y le dije que el cangrejo era el sinónimo más cercano a Dios. Goliath me respondió que eso era una mamada y que la inmortalidad del cangrejo sólo sirve para hacer pendejas a las neuronas, y se echó a reír. Luego concluyó con una contundencia tal que yo pensé que se me iban a freír los sesos: Yo creo, mano, que tú tienes un tumor en el cerebro y debes aprender a vivir con eso. Y tú un hoyo en el culo, pendejo, le respondí enojado. Entonces Goliath me desarmó con su lasciva respuesta: Ojalá y tuviera dos, me cai, y se echó una carcajada más fuerte. Pinche Goliath tan cuzco. Quien lo viera enfundado en sus trajes sastres y llevando por debajo medias con ligueros y tangas. Aunque en su casa siempre anda vestido de loca, pero ser burócrata para un gay como Goliath en esta época es vestirse de zapatos y corbata y no de zapatillas y corpiño, aunque sé que Goliath anda promoviendo por debajo del agua que se legalice el uso de lápiz labial y rimel para los burócratas que quieran hacerlo. Incluso el año pasado se fue al carnaval de río con sus compañeros de oficina Joana y Brenda y regresó con un piercing en el ombligo y un montón de fotos de él bailando samba con unas pestañas tan largas y una faldita tan corta que de lejos sí daba el gatazo de ser una chica sensacional. Todo el mundo piensa que es metrosexual, y por eso tiene esa cinturita de lavadero y se depila todo el cuerpo y siempre anda oliendo rico, pero los que lo conocemos de toda la vida sabemos que es la mejor amiga que uno puede tener. Lástima que no fuma y no bebe alcohol si no tendría el doble o triple de enamorados. Porque siempre anda con su botella de agua pura, sus vitaminas y antioxidantes. Maldito Goliath, él sí va a estar sano cuando llegue a vieja.

 
La casa donde vivo es la misma que cuando era niño. En aquellos años tenía recámaras y pasillos enormes. Un jardín que yo creía que era un bosque o una selva con toda la fauna imaginaria de mi niñez, pero con el paso de los años esa casa se ha ido encogiendo como las personas se encogen cuando llegan a ancianas. El gran bosque ahora es un montón de macetas mal acomodadas y con plantas sucias y feas. En mi cuarto, el mismo de siempre y que era mi territorio infranqueable, apenas cabe una cama, un escritorio, una silla y yo. El techo, que de niño me parecía altísimo, ahora, si me paro de puntas y estiro la mano puedo arañarlo. Sólo el color de las paredes es lo único que ha ido cambiando a lo largo de los años. Hoy son amarillas y grises. Hará un par de años eran blancas y cuando Clara jugaba conmigo a desnudarme y jugar con mis partes privadas “en mi territorio infranqueable”, las paredes eran azules con rayas anaranjadas. En el cuarto de junto dormía ella con Anaís y sus paredes eran rosas y lilas. La sala era azul claro y la cocina era blanca con pequeños rombos rojos. La recámara de mis padres era también azul pero con el techo blanco. Ahora esa habitación es color óxido y nadie sabe como llegó ese tinte a sus paredes. Es un enigma que se llevará mi madre a la tumba como mi padre se llevó a la tumba el secreto de si nos quería. Y, cuando Anaís andaba de viaje por su cerebro conociendo su mundo interior y escribiendo largos textos que nadie leía y Clara se había ido a Oaxaca para cumplir sus sueños eróticos (le perdimos la pista en la playa nudista de Zipolite desde dónde mandó su última postal con una sola frase: “Saludos. Yupiiii. No me esperen”) murió papá. Yo estaba comenzando mi primer año en la universidad. Clara no había querido seguir estudiando después de concluir la preparatoria. Argumentaba que no lo necesitaba y que ya tenía para toda la vida con los maestros. Además iba a ser rica y famosa porque estaba “bien buena”. Y esto era motivo suficiente para largarse en medio de la noche con Hugo o con Paco, o con Luis, nunca supimos con quién se fue. Pero esa noche tomó una maleta y se trepó a la oscuridad en una moto. Al día siguiente amaneció su cama vacía. Mi madre le preguntó a Anaís sobre Clara. Ella dijo que no había visto ni oído nada. Mi madre ya no podía pegarle como lo hacía cuando éramos niños, pero de todas maneras le pegó otro opercout. Además de aplicarle la ley del hielo durante un tiempo. Luego se fue al hospital donde mi padre estaba internado por problemas hepáticos.  De ese tiempo es uno de los tantos poemas que escribió Anaís y que precisamente se llamaba “Cama vacía”. Yo lo leí, pero era tan malo que juzgué a su autora como una demente. Sólo recuerdo que comenzaba así: “Las lagartijas boxean con los ojos/y es como volver al principio del tiempo/mi madre deambula por la casa mordiendo las paredes/y se cuelga de la lámpara esperando encontrar luz...” Mi hermana Anaís tenía 16 años y aún no superaba su etapa de reptil.

"La única revolución es intentar mejorar uno mismo
esperando que los demás también lo hagan."
George Brassens

Cuando era pequeño tenía la certeza que yo sería cazador de monos gigantes en alguna isla desierta como los cazadores de King Kong. Lo de salvar a la chica que estaba atada para el sacrificio me tenía sin cuidado y no me importaba. Yo lo único que quería era usar un rifle y darle al gigante peludo. Tiempo después, cuando pasó mi euforia por las aventuras silvestres, pensé que sería un caballero Jedi y, con un palo de escoba en la mano, defendía mi galaxia entera de Darth Vader, que en este caso era mi hermana mayor Clara y el emperador era mi madre. Clara si asumía el papel de malvada en mis historias, mientras que mi madre, quizás por tantas cosas que tenía que hacer, como era trabajar fuera y lavar platos dentro, nunca se dio cuenta de su sitio de honor en el lado oscuro de la fuerza. También pasé por amarrarme al cuello todo tipo de trapos que encontraba y elegir al superhéroe del momento, así que por primera vez en la historia Supermán fue Batman en menos de cinco minutos. Pero todo esto se me quitó una tarde en que Clara me obligó a vestirme de un súper héroe que no había pasado por mi lista de los súper amigos. Me vistió de mujer maravilla y hasta me dio el lazo con el que me había amarrado antes para que yo aceptara su oferta. El calzón azul era una pantaleta de ella y el corpiño era una pañoleta roja que mi madre guardaba en el segundo cajón de su ropero. La corona dorada era una diadema de Anaís. Ahora lucha, me dijo cuando acabó de torcerme el brazo para que no me moviera mientras me arreglaba el peinado. Yo luché con todas mis fuerzas, pero volvió a hacerme manita de cochino y terminó de apalearme mientras Anaís andaba en la azotea cazando bichos. He de decir que Clara me lleva tres años y que a esa edad son años luz de distancia entre hermanos. Cuando yo iba a entrar al kinder Clara iba a entrar a la primaria. Cuando yo apenas iba a entrar a la secundaria, Clara acababa de entrar a la preparatoria. Cuando yo iba a entrar a la preparatoria, Clara ya había salido. Con Anaís es distinto, a ella sólo le llevo dos años y alguna vez también le hice manita de cochino y no recuerdo ni para qué. Supongo que algún día tendré que leer alguno de sus horribles poemas para saber todas las cosas malas que le hice de niño.

 
Karla me acaba de hablar por teléfono desde su trabajo para saber como estoy. Yo estaba recordando a papá y a Anaís entre las grietas de mi techo. Desde pequeño siempre creí ver caras en todas las figuras que veía. Siempre encontraba ojos, bocas y narices en cada falla arquitectónica. En cada cuarteadura, o, cuando ya estaba más grave, hasta en una hoja en blanco. Una vez se lo platiqué a Goliath y me mandó directo al carajo diciéndome que yo estaba loco. Que mis ojos a lo mejor estaban sucios, que tal vez estaban sembrados de granos de polvo y que necesitaba unas gotas de colirio para quitarme la locura. Yo le dije marica, y esa fue una de las pocas veces en que se marchó enfurecido de mi casa y no lo vi durante un par de semanas.  Ahí decidí no contarle a nadie sobre estas perversidades de mis ojos con las paredes blancas y, por supuesto, jamás volverle a decir marica a Goliath aunque lo fuera. No por conmiseración, sino porque era mi amigo de toda la vida. Crecimos juntos. Nuestras madres eran casi como hermanas. Ellas se hicieron comadres y nosotros cosas muy distintas de lo que pronosticaban en sus charlas de café y galletas sobre nuestro futuro: Goliath se hizo gay y yo, según sus palabras, un misántropo de primera. Aunque mi madre pensaba que de adulto yo llegaría a ser feliz fuese lo que fuese, aún como misántropo.  Como Karla que me pregunta sobre si me encuentro bien hoy. Si he tomado un poco de sol y he repuesto energías con un gran vaso de jugo de naranja. Yo le cuelgo el teléfono a Karla con la promesa que hoy saldré a buscar empleo. Me hizo prometerlo engatusado por su voz tibia. Además que cuando hablo con ella por teléfono parezco autista. Más que escuchar su voz escucho su respiración. Como se entrecortan las palabras al momento de pronunciar las letras y como toma aire para continuar con la siguiente frase. Pareciera que ella es un monólogo interior, es decir, que sólo habla para sí misma a una velocidad de más de cien palabras por minuto. Pero antes no era así. Antes yo abarcaba más de 100 palabras con una sola respiración. Ahora con esa misma respiración apenas puedo sostener tres o cuatro: Sí, no, no sé, tal vez, que son los cuatro puntos cardinales de mi actual brújula existencial.  El nudo en mi cerebro ahora se ha bajado a mi garganta. Entonces, con toda la pesadez del mundo, intento levantarme con la intención de darme un regaderazo. Las promesas siempre son como una soga alrededor del cuello esperando que uno caiga del banco para cerrarse para siempre.

 
Cuando era pequeño el baño no me gustaba. Era una especie de tortura china que aplicaban mis padres para quitarme las costras de mugre que se me pegaban detrás de las orejas. Con el paso de los años bañarme se convirtió en el lugar más exquisito donde yo podía encontrarme conmigo mismo para quitarme toda la mugre con mis manos. Bajo el chorro de agua caliente mis pensamientos sobre mí se limpiaban. En esos momentos era cuando podía pasar de ser un simple mortal a todo lo que yo quisiera. Me veía ganando premios y mucho reconocimiento. No sabía bien en qué. Bien podía ser ganando un maratón, o en un concurso de eructos. Alguna vez hasta imaginé que podía escribir un libro y ganar mucho dinero, fama y fortuna. Esta idea me vino tal vez porque miraba el empecinamiento que mi hermana Anaís ponía todas las tardes después que llegaba de la escuela y se sentaba a divagar sobre su libreta pendejada y media. Podía estar horas enteras sentada con la pluma entre los dedos. Mi madre algunas veces le decía que se levantara de ahí y se pusiera a hacer algo de provecho, como era lavar los trastes o barrer y trapear la casa. Pero Anaís era tan terca que por un oído le entraba lo que por el otro lado le salía. Clara era mucho más contundente con Anaís. Cuando llegaba de la escuela invariablemente le daba un zape en la cabeza diciéndole:  So, bruta, ponte a lavar los trastes. Anaís agachaba la cabeza como todos los hermanos menores agachan la cabeza frente a la brutalidad fraternal. Incluso yo también llegue a darle unos cuantos coscorrones a Anaís, tal vez pensaba que así se le reactivarían las neuronas o por lo menos se le movería un poco el cerebro para que pudiera pensar y dejara de escribir tanta estupidez. Pero la mera verdad le daba sus golpes porque me gustaba escuchar el sonido de mis nudillos cuando chocaban con su cráneo.  Y bajo la regadera imaginaba que también podía ser un campeón en coscorrones y que yo podía ser el hombre más fuerte del mundo y por ello podía ser muy famoso y muy rico. Porque siempre creí que a través de la riqueza era la única forma de encontrar la felicidad. Entonces, enjuagándome el jabón de la cabeza, imaginaba que yo era el hombre más rico del planeta. Que había empezado mis negocios a partir de nada y, en menos de lo que canta un gallo, tenía empresas, aviones y barcos. Uta, y de ahí pasaba a ser el hombre más poderoso del planeta, porque tenía suficiente dinero como para comprar países enteros, comprar el mundo para usarlo como una canica a la hora del recreo. Supongo que el agua caliente me dilataba los poros y la megalomanía. Porque cuando salía de bañarme, al aire frío, a la templanza de mi cuarto, apenas podía reconocer algo de lo que había pensado. Y volvía a lo cotidiano, como siempre, a la mugre de la vida diaria.

"No puede haber una revolución total,
sino una revolución permanente.
Como el amor, es el goce fundamental de la vida."
Max Ernst

Antes de entrar a la regadera me miro frente al espejo y me doy asco. Mi cara y los pelos parados me dicen que los años se van quién sabe a dónde y lo único que queda son las arrugas.  Ayer precisamente estaba pensando sobre el futuro en los libros, y esto porque estaba hojeando una revista que traía los horóscopos mientras me rascaba la panza con desparpajo echado en cama. ¿Un libro puede predecir el futuro? Yo sostengo que los libros siempre quedarán viejos y no hay nada que se pueda hacer. Los libros siempre viajan en pasado y los horóscopos sólo sirven para intentar liberarnos de nuestros errores al pensar que la culpa es de los astros, de los números, de los gatos negros y de los espejos rotos y no de nosotros y nuestras decisiones o indecisiones. Que no sirven para prever el futuro, aunque lo que acabo de decir sea una verdadera estupidez. Jamás he creído en los horóscopos ni en los libros. Pienso que un libro sólo serviría si tuviera las páginas en blanco. Ahí tal vez entenderíamos que Sócrates estaba en lo cierto: Yo sólo sé, lo que no leo.  Lo demás es basura. Pero al emerger de la regadera comienzo a pensar que las cosas no son tan fáciles como para salir de mi casa y enfrentarme al mundo real al buscar trabajo como le prometí a mi novia Karla. Carajo, repito antes de ir de nuevo ante el retrete y vomitar un poco de jugos gástricos. Entonces aún mojado, regreso a mi cuarto y me tumbo sobre la cama. Si habla Karla le diré que anduve buscando trabajo y si no me cree, pues ni modo, sólo le recriminaré su falta de confianza en mí. Después de todo, para esos son las mentiras. Como las mentiras que soltaba mi hermana Anaís. Aquellas en que inventaba palabras nuevas para usarlas y que nadie le entendía, como la que susurraba para referirse a sus visiones locas sobre la suerte y que aún sigue usando: prafsa, decía, hay un prafsa en alguna parte y será la pasión de ustedes dos para siempre, hermana. Y tú estás demente, le dijo Clara el día en que se casó con Filadelfo Ramírez y Anaís los abrazo para desearles toda la suerte del mundo, nosotros no necesitamos tus prafsamamadas. Porque a decir verdad, mi hermana Clara y Filadelfo no necesitaban suerte, ni prafsas, ni nada para tener una vida sin sobresaltos. Tenían mucho dinero a sus pies. Así que podían prescindir de la suerte y elegir la enfermedad que mejor les gustara. Clara se separó del abrazo de Anaís y volvió a repetirle aún con su vestido blanco de novia: Estás completamente loca, Anaís. Ojalá tus pendejadas no te aplasten algún día. Y dio media vuelta porque tenían que tomar el avión rumbo al mediterráneo para empezar su historia allá, en Europa, y no aquí, en este país de miseria y abandono. Anaís no entendió lo que le había dicho Clara, pero entre los tragos de alcohol que yo llevaba, supongo que comenzó a chillar, porque la vi escribiendo en unas servilletas desechables su mundo interior, alejada de la pista de baile, lejos, muy lejos mientras todos nos divertíamos por la felicidad de los recién casados y luego creo haberla visto masticando y tragándose esas mismas servilletas, pero de esto no estoy muy seguro. Pero debe ser cierto, ya que ella se cree poeta y los poetas están locos.

 
No pasan más de dos horas de inocua contemplación de mi pírrica victoria sobre mi voluntad, que en este caso es una derrota para mí, cuando recibo otra llamada: ¿Ya estás listo, cabrón? Es Jaime Barcelona, el wey que se pelea con todos cuando anda borracho. Me había olvidado por completo de él y del Perlotas. Había quedado de ver el juego de béisbol con ellos para después ir a tomar unas cervezas. Mi desánimo es tal que lo único que se me ocurre contestarle al Barcelona es que ya estoy listo y pueden pasar por mí en cualquier momento, total, para este suicidio cotidiano cualquier día es bueno para emborracharse. Entonces le marco a Goliath para invitarlo al juego de pelota: No, wey, hoy voy a salir con Brenda y con Joana. Pero si no hay tos, quizás los vea en el bar más tarde. ¿Te late? Cuelgo el teléfono con la sensación que hoy será un día difícil. Pero aún tengo tiempo de cambiar el rumbo y no ir a ninguna parte con nadie. Pero ahora me pesan tanto los dedos sobre el teclado del teléfono que lo único que logro hacer es esperar el claxon de la camioneta del Barcelona: Por favor una camilla para este moribundo que va a salir a divertirse esta noche. Oh, dios, es espantosa esta sensación de levantarse de la cama dejando el alma dormida entre las sábanas. Jaime Barcelona y el Perlotas pasan por mí a las 6 de la tarde. Entonces pienso que alguien en algún lado podría hacerse millonario con los suicidios ajenos: Te compro tu muerte a cambio de que te eches encima mis culpas.

 
En el camino voy pensando que el auto es un remedo cristalino para suicidar la mirada. El Perlotas ya ha mascullado una docena de monosílabos, todos ellos referidos a lo mal que lo trata su esposa y el juego de pelota. No tiene mucha relación una idea con la otra pero el Perlotas, dentro de su estupidez monosilábica, conjuga perfectamente el ta madr... de lo que tiene que llevar a su casa con el  a que la ching... sobre el clima y que, a lo que puedo entender, intenta comunicar que tiene encargos que llevarle a su esposa Rebeca Galindo y que probablemente lloverá y, a pesar que tenemos el palco principal del estadio, tal vez suspendan el juego y él tenga que regresar temprano a casa con el mandado. El Barcelona en cambio anda misterioso. Desde la última vez que le rompieron la nariz como que le falta el aire e ineludiblemente se lleva el dedo índice a la nariz para tratar de destrabarse los mocos que se le han quedado atorados en sus laberínticas fosas nasales. Miro entonces a través de la ventanilla, hay un poste, un pedazo de banqueta, allá hay unos chavos, del otro lado va un ciclista, pasamos una tienda de abarrotes, un auto sale de esa casa de portón negro. Regreso la mirada hacia este lado, los chavos ya han quedado atrás, ahora son sustituidos por unos anuncios que ya están iluminados, pasa una pareja y supongo que han discutido, no lo sé, pero ahora toda pareja que veo la imagino en el peor de los escenarios como si el amor fuera un ring donde gana el que se haya extirpado primero el corazón. Después pasa un perro y eso me confirma que ese animal es el mejor amigo del hombre ya que sólo tiene que ladrarnos para comprenderlo.  ¿Entonces que pedo? ¿Va a haber tres gallinitas? ¿Te vas a animar esta vez?, oigo que dice de pronto el Barcelona. Por ir mirando hacia la calle no me he enterado que es lo que sucedía dentro de la camioneta, así que sólo se me ocurre contestarle al Barcelona: Ta cabrón, we. En ese mismo momento reparo que debe haber algún virus del Perlotas flotando en el ambiente y me estoy contagiando con sus monosílabos, pero no tengo manera de vacunarme a tiempo así que continúo: No mames, we. Carajo, pienso, ya estoy infectado y ahora a lo mejor ya voy a hablar como los ches msj d los tel cel. Carajo, vuelvo a pensar, ahora hasta estoy pensando como los ches msj dl tel cel. Pero afortunadamente antes de continuar con estos pensamientos ridículos veo que llegamos al acceso privado que utiliza el padre del Perlotas en el estadio de béisbol y que por herencia también usa su hijo. El guardia nos marca el alto, pero el Perlotas ya ha bajado su cristal y suelta: Ya, ca, tate camino, we. Esa frase entrecortada termina por inflamar mi cerebro. Che Perlotas, ca, debería andar con un cubre bocas pa’ que no salpique su catarro mental.  

"El intelectual portador de los valores eternos
 de la revolución se terminó."
 Jorge Semprún

Ya estamos en el estadio y pienso que el béisbol es un juego rudo. Todos le quieren pegar con un palo a una pelota manoseada. Alguna vez escuché que éste era el rey de los deportes a un comentarista que me supongo era impotente. Nada como pasarse de listo con algo tan indefenso como un pedazo de cuero. Pero la compasión no existe en el juego ni en el amor, ya que ambos son una guerra y la guerra siempre es no dejar nada en pie, el fair play es sólo un espejismo cuando jugamos a desollarnos vivos. El equipo de la ciudad iba a enfrentarse contra los Cangrejos del Pacífico. En teoría iba a ser un encuentro equilibrado, de poder a poder.  Cada uno de ellos armado hasta los dientes con sus trajes ajustados, sus cachuchas y un centenar de palos y pelotas. Los lanzadores preparaban sus misiles para derribar cualquier oportunidad que los bateadores conectaran un hit. Yo estaba en el palco junto con el Perlotas, el Barcelona y otras tres chicas que habían invitado y que ya nos estaban esperando justo antes de atravesar el pasillo VIP del estadio, según el Barcelona, para que saliéramos todos del caparazón y comenzáramos a mirar continentes nuevos, o en palabras del mismo Barcelona, gallinitas ponedoras: Te presento a Heidi, dijo el Barcelona antes de comenzar el juego. En tanto el Perlotas se hacía añicos en tratar de explicarle algo a una chica escurrida que lo miraba como si le entendiera algo. Se llama Francesca y es italiana, me dio un codazo el Barcelona al ver que yo la miraba.  Y la que viene para acá es un cuero, me señaló a una chava que llevaba una minifalda anaranjada, zapatillas doradas y que estaba acercándose a nosotros, ¿a poco no está de lujo? Yo seguí la línea de su talle hasta que mis ojos se posaron en el piercing que llevaba en su nariz. Entonces imaginé que también llevaría uno clavado en mitad de la lengua y uno en el ombligo. Y como la curiosidad siempre ha sido el habitáculo del desposeído, esperé a que pronunciara su nombre para comprobar si mi teoría era correcta y verle la lengua atravesada como los vampiros son atravesados por las estacas, pero ella sólo esbozó una sonrisa cuando el Barcelona comentó: Este wey es casi como mi hermano, así que aguas y trátalo bien. Pero ella no abre la boca. Sólo pasea su mirada entre el Barcelona y Heidi. Y lo primero que se me ocurre pronunciar es el camino más rápido para que me tomara como un estúpido: Parece que va a llover, digo. Pero para sorpresa mía ella vuelve a sonreír, pero no dice nada. Entonces dentro de mi catálogo de personas la clasifico como la chica sonrisas. Podré parecer superfluo en mi primera apreciación de la gente, incluso autoritario con mis juicios, pero hasta que ella no haga otra cosa, esa será mi interpretación. Heidi y el Barcelona se van hacia uno de los extremos del palco y se sientan en unas butacas de piel. El juego está por comenzar. Las nubes devuelven hacia la tierra una grisura que hacen que se sienta mucho más tarde de lo que es. ¿Y entonces te llamas Sonrisas?, le pregunto a la chica para intentar saber si tiene el piercing en la lengua. Ella asiente y vuelve a sonreír sin abrir la boca.

 
¿Cual es la receta que uno busca para entablar un diálogo con las personas? Pareciera que uno habla y nadie escucha, ni siquiera el propio de la voz que habla. Y entonces es cuando uno se asusta y piensa que en verdad estamos más solos de lo que pensamos. La chica sonrisas se sienta entre Francesca y yo. El perlotas ha quedado relegado hasta la esquina, al igual que el Barcelona. Hace años habría dicho que me había tocado un lugar privilegiado en medio de dos mujeres jóvenes y bien armadas con sus cuerpos. Calibradas para el deseo. Pero cuando el juego comienza y el pitcher lanza su primera bola rápida, truena un relámpago y en cosa de segundos comienza a caer un aguacero terrible. A ver si le dices a tu jefe, grita burlonamente el Barcelona entre los relámpagos que truenan y las toneladas de agua que caen, que no chingue y que ya le ponga un techo al estadio. El Perlotas se intenta defender más con uñas que con palabras: Tu ma ca hi de puta, y las tres chicas echan una carcajada burlona. Burlona como cuando Sofía me conoció en el centro de la ciudad, al lado de unos granaderos que habían cerrado la calle porque venía una manifestación para reclamar por el aumento a las tortillas. ¿Y tú por qué estás aquí?, me preguntó con su grabadora a un palmo de mi nariz. No lo sé, vengo a comprar unas cosas al centro y me topé con este desmadre. Entonces Sofía apagó su grabadora y, entre los manifestantes y los granaderos, me dijo: Eres guapo, pero eres un imbécil. Y echó una carcajada burlona para luego dar media vuelta y perderse entre la bola de manifestantes y granaderos con su grabadora en la mano. Yo la seguí con la mirada. En ese momento mis conexiones neuronales sólo se habían fijado en la sonrisa de esa chava y sus ojos gatunos. Y yo con mi pinche lista del mandado en el bolsillo. ¡Yo no lo sabía!, grité para intentar disculparme como si el desconocimiento, la ignorancia, la indolencia fuera lo mejor para librarse de la culpa de estar en un lugar equivocado. ¿Y en qué trabajas?, la chica sonrisas abre la boca mientras sigue lloviendo en el estadio. Giro rápido la cabeza para intentar ver su lengua, pero es demasiado tarde. Sus fauces se han vuelto a cerrar, entonces pienso, ¿por qué todos deben conjeturar que uno debe trabajar en algo? ¿La adultez en este mundo debe significar vida laboral? Soy empresario, le miento a la chica sonrisas. Ella entreabre un poco la boca, así que continúo: Mi empresa fabrica alas. Alas para todo tipo de vehículo volador, ya sabes, aviones, aeroplanos, palomas, ángeles, moscas, mosquitos. La chica sonrisas ha quedado pasmada. Entonces me asomo a su boca y veo que, efectivamente, un pequeño piercing está clavado a la mitad de su lengua. He dado en el clavo. Así que regreso a mi plática con ella: Pero ahora estoy en quiebra y no me importa si me muero de hambre. La chica cierra de golpe su mandíbula y me pregunta como cuando alguien dispara una pistola a quemarropa: ¿Entonces ya no eres rico? Y puedo notar, mientras sigue cayendo la lluvia, como el brillo azulado de sus ojos se va apagando en la misma proporción en que el cielo chisporrotea.

 
La riqueza es el arte de exhibir lo que se tiene de dos maneras: 1) Con toda la brutalidad del mundo para que los de junto, los de enfrente, los de atrás y los de abajo se enteren que se posee un mercedes, un armani y un penthouse en Nueva York. Decir, por ejemplo, que todos los días uno ve las noticias por CNN antes de ir al gym ubicado en el monte olimpo para luego pasar a una playa privada y terminar de cenar en algún restaurante exclusivo en alguna ciudad de primer mundo, ó 2) con desprecio hacia lo que se tiene (el mismo mercedes, el armani y el penthouse en Nueva York) y, en esa burla, ufanarse que uno no necesita nada sabiendo que se tiene todo. Y, para ser honestos, esta es la más peligrosa de todas las exhibiciones de poder y riqueza porque es hipócrita. Entonces es ahí cuando surge la manzana de la discordia. La venganza para quien no tienen nada y que es desquitarse de lo que le ha pasado con las personas más cercanas: No es cierto, le digo a la chica ex sonrisa, estoy bromeando. No soy pobre. Pero en realidad no me importa la riqueza. ¡En verdad! Es más, quiero vender un penthouse que tengo en Central Park en unos tres millones de dólares y donar todo eso a alguna institución de caridad, ¿conoces Nueva York? ¿Verdad? La chica vuelve a sonreír, pero esta vez se nota nerviosa. ¿Tres millones de dólares? ¿Donarlo?, pregunta con los ojos hechos un plato. Yo repito mi pregunta sin hacerle caso: ¿Conoces Nueva York, verdad...? Se hace una pausa incómoda mientras yo disfruto ver como cae la lluvia allá afuera y se moja la gente. Bueno, de conocer New York... no, pero he visto muchas fotos por internet. Además vi esa película donde destruyen la ciudad. ¿La de Fahrenheit 9/11, de Michael Moore? la interrumpo cuando creo vislumbrar algo interesante, pero parece que ella se queda de a seis. Y antes que caiga otro rayo la chica sonrisas suelta de pronto: No, la película que te digo es la de los extraterrestres que lanzan rayos azules y acaban hasta con la casa blanca, ya te acordaste... esa donde sale Güil Esmit? Con su respuesta me desconecta dos o tres cables del cerebro y comienza a patinarme el coco: Ta ma... ches mjs ojéis ke me dblan. Pero no ha terminado, el Barcelona ya ha adelantado las cervezas que iba a tomar en el bar y exclama: ¡Puto ampayer, a ver si dejas de jugar, pendejo y reinicias el juego que no llueve mucho, pendejo! Ahí es cuando la chica sonrisas echa una carcajada al tiempo que voltea a verme: No creo que vayas a malgastar 3 millones de dólares en una tontería tan grande como esa. En ese momento me veo parado muchos años antes mirando hacia donde Sofía se ha perdido entre los manifestantes y los granaderos y, sin saber por qué, me lanzo tras ella, armado sólo con mi lista del mandado bajo el brazo, al fondo de ese abismo de cascos, toletes y gritos.

"Los que hacen imposible una revolución pacífica
harán inevitable una revolución violenta."
John F. Kennedy

Y me madrean: Sofía con sus ojos grandes, marítimos, profundos. Los fascistas con sus toletes, cascos y gritos. Sofía intenta curarme el tajo de la cabeza que no ha parado de sangrarme. Un granadero me dio un toletazo a unos cuantos centímetros de alcanzarla mientras la chica sonrisas, años después en el palco del estadio de béisbol y bajo un aguacero que no para, me dice que donar tres millones de dólares ficticios a una causa altruista es la tontería más grande del mundo y que nadie sería tan estúpido como para hacerlo. En tanto Sofía sigue apretando con fuerza la cortada haciendo hemostasia para que no me desangre y, casi en sentido literal, no se me caiga la cara roja de vergüenza.  Los granaderos siguen atacando a unos cuantos muchachos que se han atrincherado en un callejoncito, que para variar, no tiene salida. Están arrojando lo que encuentran a mano: piedras, todo su odio, botes vacíos de refresco, mucha impotencia, pedazos de banqueta, consignas contra el gobierno, contra el fascismo, la intolerancia, incluso uno ha tomado un palo y comienza a practicar esgrima con el tolete de un granadero: Además de imbécil eres muy lento de reflejos, mi estimado, me dice Sofía mientras sigue presionando con un pedazo de camisa que me arrancaron entre tanto jaloneo. En eso se acerca a nosotros otro sujeto: No se la cierres, Chofi, que haya pruebas. Si no luego qué presentamos ante los de derechos humanos, ¿eh? Hay que tomarle fotos, ¿ya lo vio el Sangrías? Sofía hace más presión sobre mi herida: ¡Llámalo pronto!, ordena Sofía al chavo, quien sale disparado hacia uno de los laterales. El granadero ya ha desarmado al muchacho del palo y ahora él, junto con tres de sus compañeros, lo arrastran hacía una de las furgonetas que se han provisto como cárceles ambulantes. Aquí está, llega el chavo medio sofocado seguido de otro que lleva una cámara fotográfica y los pelos alborotados que le caen sobre la frente: ¡Pero ponlo en el piso y que se vea harta sangre!, le ordena a Sofía. Ella deja de presionar sobre mi herida y le da un pequeño zape. En eso siento como mi sangre comienza a brotar de nuevo al correr por mi frente y por la nuca: Ahora tírate ahí, hermano, me ordena el de la cámara, pero rápido antes que se vayan los granaderos y no podamos tomarlos como fondo. Pero yo sólo venía comprar el mandado, intento defenderme, pero Sofía ya me ha empujado y me acomoda en el pavimento con la cara hacia el suelo: Ahora haz como si estuvieras muerto, carnal, me indica el otro chavo: ¡Pero no saques tanto la lengua, wey!, me dice el de la cámara, que así nadie te la va a cree. Entonces meto mi lengua en mi boca y sólo cierro los ojos, es cuando comienzo a sentir el concreto que está siendo abrasado por el sol mientras escucho gritos a lo lejos.

 
Pero cerrar los ojos no dura tanto más que cuando uno esté muerto. Así lo veo muchos años después, cuando la chica sonrisas me intenta convencer que las causas altruistas no valen la pena y que uno sólo se debe preocupar por uno mismo mientras el Barcelona intenta meter mano debajo de la blusa de Heidi y ella se resiste con el argumento que apenas si se conocen y sus pechos sólo podrán ser tocados después de tres o cuatro citas. El Perlotas mejor se ha quedado callado frente a Francesca porque intuye que entre sus balbuceos y el italiano, en vez de sexo, habrá guerra, como si vislumbrara por chiripa que la torre de babel no es un mito. Esto lo digo porque en un abrir y cerrar de ojos el pasado se ha convertido en presente y mi mundo, aquel insano lugar donde era feliz se ha derrumbado. Sofía me dijo, cuando las fotos ya habían sido tomadas y ya estaba de pie: Ves, así es el mundo, esos weyes son unos cabrones que no piensan, son como máquinas asesinas. Luego me llevó a su guarida para seguir presionando sobre mi cabeza. Mundos que se derrumban como cuando se le derrumbó el mundo al padre de Goliath el día de su cumpleaños: Hola, dijo Goliath antes que su padre apagara las velas, pide tres deseos papá, y entre ellos pide uno para mí, para que sea feliz porque soy gay. El padre de Goliath no entendió de primer momento lo que le quería decir su hijo, y esto todos lo suponemos porque exclamó: Ese es mi rey, chingao, y sopló con fuerza para apagar todas las velitas. Después cortó un pedazo de pastel y, cuando Goliath repitió: No, papá, no rey, sino gay. El padre de Goliath se sumió en un silencio que sólo fue roto cuando clavó el cuchillo sobre la mesa y no probó pastel, ni fiesta ni regalos. Ahí fue cuando Goliath decidió no decirle a nadie más lo que hacía tiempo él ya sabía. Su padre dejó de hablarle hasta que ya estaba muy enfermo, más de una década después. Su madre en cambio fue mucho más benevolente: Ay, mijito, conozco un doctor que cura de todo, desde cáncer hasta la caída del cabello y juanetes, voy a sacar una cita para mañana mismo. Pero después de probar desde pastillas homeopáticas, jarabe de uña de gato, sábila asada y hasta inyecciones de vitamina C, Goliath siguió siendo Goliath como las rosas son rosas por su perfume aunque cambien de color.

 
La guarida de Sofía era una casa de estudiantes que sólo contaba con tres habitaciones, una mesa que le faltaba una pata y que estaba en un rincón, muchos postres en la pared, dos sillas y un catre donde se apilaba un montón de periódicos, revistas y volantes revolucionarios. Dentro de su habitación había una repisa con libros y un par de casetes para grabadora. La cabeza comenzó a zumbarme de nuevo. Acuéstate aquí, me dijo para que me tirara sobre una colchoneta raída y sucia, voy por un poco de alcohol. Salió y yo me quedé mirando una manta que estaba colgada en la pared: “Quien a los 20 años no es socialista, no tiene corazón, pero quien a los 40 años no es revolucionario no tiene madre”. ¿Te gusta?, dijo Sofía cuando entró, ¡Yo la hice! Luego me extendió un vaso: Aquí está el alcohol. ¿No me lo vas a poner tú?, le pregunté: No seas tonto, y echó una carcajada donde pude ver sus dientes blancos perfectamente alineados, es para que te lo tomes y a ver si así se te olvida el madrazo. Sólo con esa palabra me di cuenta de la ropa que Sofía llevaba puesta, parecía como si su belleza me hubiera cancelado mis otros pensamientos. Sus ojos, su nariz y su boca eran el triángulo de las bermudas para mis ojos navegantes. Sofía vestía un pantalón acampanado de mezclilla y roto por los costados donde se le notaba la piel. Llevaba una blusa blanca con un bordado en letras que decía: “Todos somos uno”. Y en las muñecas cientos de pulseras de todo tipo: ¿Eres terrorista?, le pregunté una vez acabé de un trago con todo el alcohol del vaso. Recuerdo que ella me miró tan profundo que lo único que yo pude hacer fue bajar la mirada y contemplar sus botas negras. Como en este momento en que contemplo las zapatillas doradas de la chica sonrisas en el palco del estadio de béisbol, sus piernas son perfectas para esa minifalda anaranjada. Ella me sigue hablando mientras el Barcelona ya le ha tocado el pecho izquierdo a Heidi y ella lo está besando en el cuello anulando su argumentación pasada. El Perlotas ha arrinconado a la italiana hacia uno de los costados del palco e intenta seducirla parando la trompa. Unas botellas de cerveza vacía se apilan sobre la mesa. De pronto la chica sonrisas se incorpora y, con una agilidad felina, se monta sobre mi regazo, toma mis manos y, con una fuerza inusitada, las pone sobre sus nalgas: ¡Deja de pensar pendejadas y mejor hazme el amor!

"En el seno de la revolución no debemos permitir discriminación, persecución ni exclusión de nadie. Si procediéramos de esa forma, seríamos indignos de ostentar la confianza del pueblo."

Fidel Castro

Pero hacer el amor cuando uno tiene tanto silencio dentro sólo puede llevar a una cosa: Un acto escandalosamente mecánico de movimientos repetitivos, como si la repetición fuera centro del placer infinito. Un eterno retorno de volver, volver, volver una y otra vez. La costumbre como fortaleza del amor: Hacer el amor siempre es igual con cualquier mujer a menos que se esté enamorado. Una fuga que no escapa de ningún sitio. ¡Hazme el amor!, repite la chica sonrisas en el palco del estadio de béisbol, entonces cierro los ojos e intento hacer ruido por dentro. La lluvia ya está calmando su estrépito mientras intuyo que el Barcelona por fin se ha apoderado de Heidi y se han vuelto dos gemidos entre el agua que cae y los gritos de los aficionados que corren afuera. Del Perlotas y la italiana Francesca ni sus luces. La chica sonrisas extiende sus labios como dos hachas que me cercenan el cuello: ¡Hazme el amor!, repite con furia tiránica, y sus manos se desatan alrededor de mi cuerpo como una emancipación de sus derechos fundamentales: Hasta no tocar, no excitar, ya que sin este último atributo no hay posibilidades de triunfo dentro del amor.  Y ahí, sin embargo, casi como una profecía galileica, el universo se mueve, crece, se inflama mientras que la chica sonrisas con el piercing que lleva atravesado en la lengua me escribe su deseo lengüetada a lengüetada. Entonces, con los ojos cerrados, Sofía aparece enfundada en sus pantalones de mezclilla y sus botas negras muchos años antes: ¿Eres terrorista?, repito mi pregunta en su casa de estudiantes mientras ella suelta una carcajada y contesta: Tú estás orate, mi estimado, creo que el madrazo en la cabeza te mató millones de neuronas... y luego con todo el vaso de alcohol que te acabas de echar, más... Yo la miro como si no entendiera nada, y, en verdad, no entiendo: No, no soy terrorista, simplemente defiendo lo que yo creo, continúa mientras se va hacia la manta que ella misma pintó y abre una pequeña ventanita que estaba oculta detrás de la sábana: ¿Entonces no eres terrorista ni guerrillera?, le insisto a Sofía para tratar de menguar el dolor que me punza en el tajo de la cabeza: Si defender mis convicciones se llama ser terrorista..., y me mira de nuevo, con esa profundidad de abismo azul, ¡sí!, ¡soy terrorista, guerrillera o lo que tú quieras y te voy a matar...! En ese momento Sofía se abalanza sobre mí en la habitación de su guarida y, con toda la violencia cursi del caso, me da un beso en la frente. Y por insólito que parezca, sus labios gruesos me curan la migraña y sólo siento su humedad caliente bañándome por dentro. Sofía es hermosísima pero está del lado equivocado de las cosas. Aquí no hay posibilidad de triunfo para ella, ni una sola, intentaría pensar en ese momento, pero aún soy muy joven y sólo la miro. Mi razón se doblega siempre ante la belleza de una mujer y me aturde: Gracias por dejarte tomar las fotos, me dice una vez que retira sus labios de mi frente, son importantes porque así demostraremos todas las chingaderas que hace el gobierno y toda la maldita represión que hacen sus esbirros.  

 
¿Esbirros?, esa palabra la había escuchado alguna vez en voz de mi hermana menor, la poeta anacoreta, Anaís. Fue un 10 de mayo, día de la madre. En la primaria que íbamos Anaís y yo (porque mi hermana mayor Clara ya había salido), con semanas de anticipación a esta celebración, los profesores nos decían que debíamos demostrar en el templete del patio algún talento oculto que tuviéramos para que nuestras madres estuvieran orgullosas de nosotros, sus hijos. Yo, por supuesto, intenté ponerme una toalla roja como capa y demostrar mi talento como súper héroe. Pero a la maestra Paula no le pareció divertida mi hazaña de querer tirarme de la azotea para demostrar mis súper poderes, así que lo único que pude demostrarle a mi madre fue un penoso eructo mientras intentaba declamar la poesía tradicional de ese día: El brindis del bohemio. Años después, en una reflexión etílica con mis cuates, deduje que el bohemio debió estar borracho para componer estrofas tan cursis y embriagadoras, y que a la postre me llevó a eructar de esa manera sin haber probado una sola gota de alcohol. Mi hermana Anaís, por el contrario, leyó uno de sus horribles poemas sin decirle a nadie que era de su autoría. Pero yo sí lo supe, y precisamente llevaba el título de esbirros: “Mamá, decía el poema, la soledad es un vestido que tú bordas/y que te pone la gente cuando se pone necia./Mamá, veo como sufres cuando lavas los trastes/y cuando discutes con papá por el gasto de la casa./Mamá, mis ojos se vuelven palomitas que estallan si tú estás triste/y que vuelan hacia el cielo si estás contenta./Mamá, no importa si no nos entiendes,/ nosotros si te entendemos./Pero por favor, mamá,/no me hagas comer esos berros,/que como esbirros hacen una guerra dentro de mi cuerpo.” No hace falta decir que cuando Anaís terminó de leer su horrible poema en el templete de patio, el director de la escuela se le acercó a mi madre y le dijo: Señora, o corrige a sus hijos, o me veré en la penosa necesidad de expulsarlos del colegio. Mi castigo fue mucho menor que el de Anaís. Sólo tuve que poner cara de perro apaleado y escribir mil veces: No debo eructar el 10 de mayo frente al micrófono de la escuela, mientras que Anaís fue obligada durante el resto de su infancia a comer sopa de berros, berros capeados, berros al mojo de ajo, berros en su tinta, berros crudos, berros hervidos, berros en salmuera, licuados, escaldados y berros, para colmo, rellenos de berros. Ahí supe que la venganza de los padres nunca se deja esperar, pero Anaís lo tomó con estoicismo y jamás volvimos a oírle un poema suyo en ningún lado. Supongo que sacrificó mucho, pero nosotros ni por enterados. Anaís iba en quinto año de primaria y yo en sexto. Años después le contaría está anécdota a Sofía y ella sólo atinaría a reírse como loca: En verdad tu hermana es especial, pero tú, tú eres de lo peor. Alguna vez quise volver al tema con Sofía para saber a qué se refería con que Anaís era especial y yo era de lo peor. Pero ella era tan pragmática que olvidaba las conversaciones y los recuerdos que no le iban a servir nunca. Y cuando le volví a contar la misma anécdota, tiempo después, cuando las cosas ya estaban muy complicadas, sólo esbozó una ligera sonrisa y se dedicó a seguir planeando su propia revolución.

 
¡Pero entonces no vas a donar tus tres millones, verdad! ¡Mejor quédate con el departamento en New York y podemos ir de vacaciones allá, así sirve que conozco la ciudad!, me vuelve a insistir por enésima vez la chica sonrisas antes de retirarse de mi regazo y acomodarse su ropa interior y su falda. Asiento con la cabeza como si fuera un desmayo y me acomodó al mismo tiempo el pantalón para borrar toda la humedad que su sexo me arrojó encima. Ya casi he cumplido con el ciclo vital de ese momento: Chupar, coger y, ahora, sólo me falta descansar. El Barcelona se ha quedado dormido tres segundos después de iniciar una pelea con Heidi porque parece que se les había roto el condón que estaban usando. El Perlotas sigue extraviado y yo supongo que ha de estar hablándole en esperanto a la italiana Francesca para poder llevársela a la cama, que en este caso sería sólo hacerle el amor en el sillón del palco principal del estadio de béisbol. ¿Y cuándo te puedo volver a ver?, continúa con su interrogatorio la chica sonrisas. ¿Y cuándo te puedo volver a ver?, le pregunto a Sofía una vez que he comprobado que no es terrorista ni guerrillera, tal vez un poco gitana y con los labios más bellos que he visto en mi vida y que me han besado la frente. Ella gruñe y se sienta a mi lado: No creo que sea buena idea que nos volvamos a ver, dice calladamente y un escalofrío comienza a reptarme por toda la espalda. ¿Por qué?, intento preguntar, pero ella ha leído mi pensamiento: Si presentamos tus fotos ante los de derechos humanos, se supone que tú estás muerto y te han desaparecido los esbirros. Por eso no creo que sea buena idea que nos volvamos a ver, ¿me entiendes, verdad? Entonces, como si fuera un condenado a muerte esperando en el paredón y que lo único que se tenga que perder sea precisamente la vida, que de todas maneras se perderá, le grito a Sofía: ¡Todos ustedes están locos! ¡Completamente locos! ¡Ustedes son como los mismos cabrones que critican! Se oye un ruido de gente que corre. Se abre de golpe la puerta y aparece el sujeto que me tomó la fotografía momentos antes: ¿Qué te pasa, carnal? ¿Tienes algún problema? ¿Buscas bronca? Y aparecen más y más chavos que se asoman por la puerta, Sofía se levanta y grita mucho más fuerte que yo: ¡Fuera de aquí!, y los empuja cerrando la puerta con fuerza. Luego regresa y se pone en cuclillas delante de mí: Si quieres volver a verme, tendrás que cambiar, maestro.  Dejar de ser imbécil y ponerte listo. Y no, no somos iguales que ellos. Ellos son mucho peores, concluye Sofía. Ahí descubro, mientras zozobro como un barquito entre sus ojos azules, que tal vez el amor pueda ser posible. Y entonces aparece el Perlotas con la nariz rota y la boca sangrando: Che vieja taliana, hide pu, ya me rompió el hocico, y por increíble que parezca, está vez si le entiendo al Perlotas lo que ha dicho y lo que ha intentado hacer con la italiana Francesca, entonces me volteo hacia la chica sonrisas y contesto su pregunta: No voy a donar mis tres millones de dólares a nadie y tampoco voy a vender el departamento de Central Park. Así que mañana podemos volver a vernos. Mañana.

"No hay cincuenta maneras de combatir, sólo hay una: vencer.
Ni la revolución ni la guerra consisten en auto compadecerse."
André Malraux

Y miento sin sentir culpa, casi como decir que mañana será un día mejor que hoy, sin entender que es una apuesta para la incertidumbre. El Perlotas continúa sangrando mientras el Barcelona ronca borracho. La chica sonrisas acaba de salir con Heidi en busca de la italiana Francesca para ver si se encuentra bien. El juego de béisbol está en la novena entrada y yo no sé quién está destruyendo a quien. Pareciera que los estadios se llenan para expiar todos los pecados de la realidad al igual que los puños se llena de violencia cuando los oídos se vuelven sordos. Sofía cargaba en su historia un hálito de utopías después de haber leído algunos libros marxistas, leninistas, maoístas y, como base medular de su discurso, los comunicados del subcomandante Marcos escritos desde la selva lacandona: Todo para todos, nada para nosotros. Servir sirviendo desde abajo y a la izquierda. Así me lo dijo al día siguiente cuando la fui a visitar a la facultad de ciencias políticas donde ella estudiaba: Tienes que leer esto para que comiences a dejar tanta estupidez de lado, mi estimado. Yo tomé el fajo de libros que me había preparado en una bolsa de Aurrerá y le entregué lo que yo consideraba el regalo ideal para la conquista de cualquier chica: Un paquete de chocolates y un oso de peluche. En verdad vas a ser un caso muy difícil de arreglar, me dijo mientras rechazaba mis generosos chocolates y al plantígrado peludo: tú no entiendes. En verdad estás perdido. Esto que haces es consumismo puro impuesto por las oligarquías para idiotizar a la gente, y remarcó la palabra consumismo y oligarquía para que mi cerebro se concentrara en el sacrilegio mortal que acababa de cometer y no en sus ojos. ¿Y entonces qué se regala?, le pregunté tan espontáneamente que ella no tuvo tiempo de reír, sólo exclamó: ¡Eres un idiota! Es un idiota, es un idiota, es un idiota, exclamó la italiana Francesca cuando regresó al palco del brazo de Heidi y la chica sonrisas. El Perlotas se levantó del sillón e intentó explicar algo, pero con la nariz sangrando y el labio ya comenzando a hincharse sólo pudo hacer unas burbujitas de saliva y salpicar de rojo el piso. Las tres chicas se fueron a sentar a un lado donde estaba durmiendo el Barcelona. Francesca comenzó a llorar con mayor ahínco en el hombro de Heidi mientras la chica sonrisas le acariciaba el pelo: Che, cabrón, le dije al Perlotas mientras le extendía otra servilleta para que continuara limpiándose la sangre, ¿qué le hiciste, we? El Perlotas me miró desde su cortina roja y sólo atinó a encogerse de hombros. ¡Esto te va a salir muy caro, idiota!, gritó de pronto la italiana despertando por un momento al Barcelona, quien miró amodorrado a las chicas que se abrazaban y sólo pudo articular entre dientes: ¿Ya empezó la orgía?

 
¿Qué le podré regalar a Sofía?, fue lo que estaba pensando mientras volvía a casa. ¿Qué se le puede regalar a una chica revolucionaria? Seguía pensando cuando ya estaba sentado en mi cama mordisqueando las orejas del oso de peluche. Los chocolates y los muñecos estaban descartados, eran una mala estrategia de conquista aunque siempre funcionaban con mi hermana mayor Clara. Ella, cuando era adolescente, tenía tapizada su pared de todo tipo de peluches que sus admiradores le regalaban para conquistar su corazón, aunque en realidad querían conquistar sus labios, sus caderas y sus pechos. Clara salía los 14 de febrero con una bolsa grande de plástico para recaudar todos sus regalos y regresaba a casa convertida en santa. En cambio, Anaís llegaba en esa misma fecha sólo con una rosa que el director regalaba a todas las niñas de la escuela. A Clara le obsequiaban pensamientos escritos y probados en tarjetitas que vendían en centros comerciales, esos que doblegaban incluso a la mujer más fría: Quiero decirte un secretito... ¡ssssh!, cambio de hoja: ¡Eres maravillosa! Anaís no esperaba nada, que nadie le regalara nada, al contrario, ella hacía sus propias tarjetas para obsequiar. Las flores que se encontraba en el camino las recogía y las acomodaba entre las páginas de algunos de los libros más grandes que teníamos en casa. Así por ejemplo, a veces buscábamos en el diccionario el significado de alguna palabra rara y salía, literalmente, deshojada alguna margarita, algún helecho o cualquier otra planta. Anaís doblaba un cartoncillo y con sumo cuidado, como si estuviera desactivando una bomba, las iba pegando una a una hasta que formaba sus desquiciados dibujos. Después agregaba de su puño algunos versos. Y así lo hacía para todas las ocasiones que ella consideraba importantes. Un día en que hacía mucho frío y no había nada en especial que celebrar, Anaís llegó a mi cuarto con una de sus creaciones y me la entregó: ¡Ten, por ser el mejor hermano del mundo!, me dijo. Yo estaba estudiando para uno de mis exámenes semestrales y las cuentas no me salían, así que lo único que se me ocurrió para no perder la concentración fue gritarle: ¡Lárgate de aquí estúpida! Anaís dio media vuelta y desapareció tras la puerta. Su mejor hermano, carajo, soy su único hermano, che vieja loca. Pero jamás supe que decía esa tarjetita, porque en ese mismo momento la hice pedazos arrojándola al cesto de basura. Clara era mucho más práctica: No regalaba nada. Si acaso un abrazo. Ahora podría llamarle que ella era una economista graduada en materia amorosa, sacando siempre diez. Con el paso de los años, y cuando ya estaba casada con el magnate Filadelfo Ramírez, senador de la república, Clara cambió sus abrazos por licuadoras, planchas, cubiertos, vajillas y, en última instancia, cuadros comunes con paisajes de montañas y lagos y bodegones de naturalezas muertas. ¿Pero qué le regalo?, fue lo que le pregunté a Goliath esa misma noche cuando le hablé por teléfono ya que mi cerebro sufría un golpe de estado que acallaba toda neurona revolucionaria, ¿se te ocurre algo? Goliath replicó: Me dices que te gusta esta niña pero está chiflada, ¿no? ¿Por qué no le regalas un libro?, Eso siempre funciona con cuerdos o con locos, me dices que le gusta leer, ¿no? ¿Alguna sugerencia?, le pregunté al ver que me había puesto en un verdadero predicamento. Ni idea, contestó, pero por qué no pruebas con ese extraordinario libro... como se llama... Jumentud en éxtasis, sí, Jumentud en éxtasis. ¿Ya lo leíste, Goliath...?, le pregunté con toda la inocencia del inculto. ¡Ni muerto!, y se echó una carcajada para luego agregar: ¡Estás frito, mano, jajajajaj! y colgó el muy cretino. Ahí fue cuando recordé la bolsa con los libros que me había prestado Sofía para que yo los leyera. Abrí la bolsa Aurrerá y saqué cinco libros desgastados por las orillas y sucios, como si hubieran pasado por muchas manos o, en su defecto, que hubieran barrido el suelo con ellos: Tres eran de política, economía y ciencias sociales: Althusser, Foucault, Ardent, gente que en mi vida había oído nombrar. Los dos últimos me parecieron más conocidos, pero no estaba muy seguro: Cien años de soledad y uno de un wey que creí haber oído nombrar alguna vez y me parecía que era corredor de autos de carreras: Mario Benedetti.

 
¡Les va a salir muy caro, idiotas!, gritó de nuevo la italiana Francesca pero ahora incluyéndonos a todos. Era como una democratización de la culpa y su futuro pago. Nos cortaba a todos con la misma tijera. Intenté decirle que no todos éramos iguales, sino que existíamos unos peores. Pero mejor opté por quedarme callado y destapar otra cerveza. Afuera el ampayer dio por finalizado el juego de béisbol. Miré el marcador y vi que los locales habían perdido ante los Cangrejos del Pacífico por seis carreras contra uno. Pero eso no importaba, el mundo externo era lo de menos. ¿A mí en qué me afectaba si ganaban o perdían? ¿Qué me importaba quién era campeón de qué en el mundo? ¿Qué si la sangre del Perlotas era azul o roja? ¿O que la selección jugara como nunca y perdiera como siempre? ¡Qué me importaba el maldito deporte! Di un trago a la cerveza para que coagulara ese sabor amargo que me empezaba en la boca del estómago y me escalaba hasta la lengua. Sofía solía decir que ese dolor que me apretaba las vísceras era la transformación de mi pensamiento, y ponía un ejemplo sencillo para que lo entendiera más rápido: Eres como un gusano que está a punto de transformarse en ser humano. Karla, por otra parte, me decía que ese dolor era principio de gastritis y que debía tener siempre a la mano pastillas de leche de magnesia para cualquier emergencia. Mi madre, cuando yo era pequeño, simplemente decía que de seguro tendría lombrices y necesitaba un buen trago de aceite de ricino para que por fin dejara de dar lata. Pero el dolor en vez de menguar crecía, era como estar enamorado pero sin amor, sólo las mariposas desgarrando con sus alas las paredes del estómago. El fin de semana siguiente volví a ver a Sofía en el parque 21: Ya leí uno de los libros que me prestaste, le dije con elocuencia. ¿Y...? me preguntó más con sus ojos que con la voz, su nariz respingada parecía querer adivinar mi respuesta, olerla. Nada, le dije, no entendí nada de nada, pero ya lo leí y eso es bueno, ¿no? Sofía se sentó en una de las banquitas por donde estábamos caminando. La tarde bordeaba los pocos árboles de ese parque en el centro de la ciudad: ¿Te gusta la poesía?, me dijo por fin cuando sus ojos se volvieron a encontrar con los mis ojos. ¿Que qué? ¿Qué si te gusta la poesía, tonto? ¿Qué si me gusta la poesía?, repetí su pregunta alelado para confirmar que había escuchado bien, qué contestar, que decirle, que hermosos ojos de gata tiene: Claro que sí me gusta la poesía, es más... me encanta. Sofía se echó el cabello hacia atrás, luego cruzó las piernas para sonreírme: ¿De verdad? ¿Qué poesía conoces?, me disparo a bocajarro, sin aviso ni amenaza. Mi cerebro empezó a hurgar en el archivo muerto y encontró ahí, apelmazado, el brindis del bohemio, pero de él sólo recordaba la vergüenza ante el micrófono de la escuela y mi castigo: Estímulo—respuesta, eructo—dolor de muñeca, así que sin pensarlo le dije: No recuerdo ahorita ninguno, pero a veces escribo cosas. A ver dime una que hayas escrito y que te acuerdes. Quedé un rato en silencio contemplando las botas negras de Sofía, tiempo en el cual, como un chispazo, por primera vez en mi vida me volví loco, tomé impulso y salté al vacío, después de todo por amor se cometen las peores tonterías del mundo: ¿Quieres ser mi novia? Porque me gustas tanto y haces que me derrita por ti... Pero antes de continuar, Sofía me paró en seco: Eres muy mal poeta, puros lugares comunes, mi estimado. A ver si escribes algo que valga la pena y me lo regalas, eso es lo que se debe regalar, poesía buena y no barata. ¡Les va a salir muy caro!, finalizó con un grito la italiana Francesca antes de largarse apresurada del palco acompañada de Heidi y de la chica sonrisas mientras el Barcelona lanzaba al aire sus brazos y mascullaba: ¡Orgía, orgía! Uta madre, pensé ahí sentado junto a Sofía en aquel parque de árboles rasurados, me lleva la chingada. En el estadio de béisbol, me daba igual lo que había pasado entre el Perlotas y la italiana Francesca, entre el Barcelona y Heidi, entre la chica sonrisas y yo y entre el equipo del padre del Perlotas y los Cangrejos del Pacífico. Entonces de un trago terminé la cerveza para eructar por enésima vez todas las mariposas que me revoloteaban dentro.

"Un ideal fijo es condición para toda clase de revoluciones."
Gilbert K. Chesterton

Te invito a una marcha, me dijo Sofía cuando apenas estaba asimilando su juicio sumario sobre mis palabras amorosas. Es para el sábado que entra y va a ser para protestar por la madriza que nos pusieron los polis en la marcha de hace una semana. Van a estar todos los compañeros y compañeras de diferentes organizaciones. ¿Te late? Yo seguía alelado por el comentario estético que había hecho cuando le declaré mi amor y ella, sin pelos en la lengua y en una banca del parque 21, me había tildado de poeta maleta y cursi, situación que a la postre me daría risa al recordar ese episodio, pues yo no era poeta y por ende no podía ser ni cursi ni maleta. ¿A qué hora es? A las 12 del día. Pero vas a tener que usar este pasamontañas, porque tú ya estás muerto y no deben reconocerte los malditos. Me extendió la prenda que había sacado de su morralito de lana. Oye, ¡pero esto está lleno de sangre! Le dije horrorizado al tomar el pasamontañas negro todo ensangrentado por donde debían ir las orejas. No es sangre, tonto, es pintura que resalta el poder brutal del gobierno. Es como una metáfora del fascismo. Tú ya lo viviste en carne propia con esa alcancía que te hicieron en la cabeza.  Ah..., quedé mirando los brochazos rojos dados a diestra y siniestra, ¿de veras? ¿y en dónde va a ser?, le pregunté todavía perplejo al tratar de racionalizar que me acababa de batear como años después los Cangrejos del Pacífico batearon al equipo del padre del Perlotas por 6 carreras contra 1, o como la italiana Francesca había bateado al Perlotas con un uppercut sumario a la nariz. Será en el parque central y marcharemos hacia la plaza de armas. Exigiremos todas las compañeras y los compañeros la liberación inmediata de todos los detenidos y las detenidas. Sofía tenía una extrañísima manera de utilizar el lenguaje, casi a todo quería encontrarle el lado femenino para equilibrar el machismo recalcitrante que creía ver en todos los que fuéramos hombres, así por ejemplo, siempre se refería a amigos y amigas, compañeros y compañeras, vecinos y vecinas, ciudadanos y ciudadanas, decía el género humano y humana en vez de el hombre. Incluso algunas veces la descubrí hablando de pepinos y pepinas, pero jamás la oí hablar de zanahorios, o de lechugos. ¿Entonces qué, sí vas a la marcha, maestro? ¿Me van a golpear de nuevo?, pensé en ese instante, pero no quise decírselo, no podía caer ante sus ojos a la condición de gallino que era el término más apropiado para mí. Claro, ahí estaré sin falta, le dije. En ese momento Sofía tomó el pasamontañas que sostenía entre mis manos y lo volvió a guardar en su morralito. Ok, te lo entrego allá, ¿vale? Claro, ahí estaré sin falta. Ahí estaré sin falta era mi frase preferida para evitar el futuro. Para no llegar a las citas. Muchas veces había prometido estar sin falta en algún lugar y, simplemente, la abulia o la apatía me desconectaban de mis promesas, mi madre me decía que yo era el hombre del mañana: Mañana lo hago, mañana lo intento, mañana. Bueno, nos vemos ahí, adiós. Sofía se levantó de la banca del parque y echó a andar hacia la parada del autobús. ¿La sigo o no la sigo? ¿Hoy o mañana? Pero antes de decidir, Sofía se volvió hacia mí: Ah, y no se te olvide que me vas a escribir algo, ¡eh!

 
Una promesa es un mal augurio sobre nuestras capacidades, sobre nuestras deficiencias para responder ante la palabra empeñada. Las promesas sólo se cumplen cuando no hay nada en juego. Escribir, por ejemplo, es el acto abominable por excelencia para afilar nuestras mentiras y romper todas las promesas. Escribir para uno posiblemente era menos difícil que escribir para los demás, aunque jamás lo hubiera hecho. A mí qué me importaba la poesía, o la literatura, o que el mundo se estuviera cayendo a pedazos o que la historia pasara ante mis ojos sin que yo la viera. Sofía regresó a su guarida de estudiantes guerrilleros mientras que yo lo hice hacia mi casa como una polilla que revolotea muchas veces ante el fuego para después caer calcinada por su propio deseo, en su búsqueda de luz: Tenía que escribir algo que no fuera como ella había juzgado y condenado: palabras amorosas, cursis, baratas. Sofía estudiaba ciencias políticas y estaba a mitad del tercer semestre. Había migrado a la ciudad después que en su aldea sólo encontrara para progresar macramé y bordado al concluir la escuela secundaria. Alguna vez me dijo que su estúpido pueblo sólo servía para exportar hormigas e importar polvo. Pero aquella noche en que rondaba por mi cabeza la idea de seducirla con palabras propias sólo atinaba a tamborilear los dedos sobre una maldita hoja en blanco y pensaba que no entendía nada de marchas ni de lucha y que sólo entendía el abismo de sus ojos. Cuando mis dedos se cansaron de bailar sobre el escritorio, deseché la idea de continuar papando moscas y mejor tomé otro de los libros que me había prestado y comencé a leer sin entender absolutamente nada. Cuando iba en la página 89, donde hablaba de una conciencia violenta que afloraba cuando los movimientos sociales no encontraban salida para sus demandas y otras mamadas ininteligibles que citaban a otro wey llamado Nietzche, me vino una idea que podía echar a andar: Mi hermana Anaís estaba en su cuarto cavilando sus pendejadas. Oye, le dije con todo el cariño del mundo para que me indicara el camino a seguir, la dirección que debía encontrar: ¿no sabes donde está la caja que dejó Clara antes de irse? Anaís despegó la mirada de lo que estaba escribiendo: ¿Qué caja? La caja esa donde guarda todas sus cosas personales. ¿La rosa? Esa. No sé, creo que está en el cuarto de mamá. Se llevó sus cosas porque no quería que yo las esculcara. Luego bajó la mirada y continuó garabateando palabra tras palabras sus locuras.  Fui al cuarto de mi madre y empecé a revolotear los cajones de su armario. Nada por aquí, nada por allá.  Abrí el closet y nada, sólo cajas que contenían las pertenencias de mi hermana Clara. Parecía que mi madre era la hormiga que importaba a su recámara todo lo que le recordaba a su hija fugada con quién sabe quién y que se echaba todos los polvos posibles antes de convertirse en polvo. Pero no encontré nada. Regresé a mi habitación para rumiar mi plan frustrado. Unos minutos después entró Anaís con la caja rosa de mi hermana mayor Clara: ¡Ten, estaba en uno de los cajones de hasta arriba! Sin darle las gracias la tomé y vacié su contenido sobre mi cama. Anaís quedó parada un momento, pero supongo que comprendió que su función había terminado así que se escabulló como una lagartija tras el hueco de una grieta. Entre los papeles doblados había unos que estaban reunidos con ligas. Entonces comencé a leer una por una todas sus cartitas de amor que le mandaban sus enamorados desde que teníamos memoria. Unas malas, y otras, verdaderamente horrendas, pero que funcionaban a la perfección con ella: “Quiero lenguetiarte los pezones para luego penetrarte y hacerte gritar como loca de placer, mi reina.”

 
Oye, wey, te invito a una marcha para mañana, le dije a Goliath. ¿Qué van a dar? No tengo la menor idea. Entonces ni madres, finalizó Goliath el tema por teléfono. Cuando íbamos en secundaria, Goliath era afeminado pero era un ropero. Siempre ganaba en las competencias escolares en carrera de velocidad. Y cuando alguien intentaba burlarse de su amaneramiento, terminaba con la cara contra el suelo o con los mocos llenos de sangre. Tiempo después se le quitaría la costumbre de golpear con el puño cerrado y sólo se quedaría con las cachetadas guajoloteras, que de todas formas hacían estragos en el oponente. Se me había ocurrido la idea que en caso de trifulca durante la marcha, Goliath podía quedarse a entretener a los gorilas mientras nosotros salíamos por piernas, pero el coyón no quiso. Che Goliath gacho. La semana había transcurrido y yo estaba perfectamente pertrechado con una verdadera obra maestra para la seducción. Después de leer todo el material amoroso, sexual, pornográfico de mi hermana Clara, tomando una palabra de aquí, otra de allá como supuse hacen los escritores para escribir tanta locura, había logrado construir una increíble carta de amor. Sólo así había logrado convencerme que el ahí estaré sin falta, debía aplicarse y no dejarme vencer por esa apatía hacia el futuro. Total, Sofía ya me había catalogado como el poeta más cursi y barato de la historia y no podía haber otra cosa peor. Así que llegué el sábado al parque central con un poco de anticipación, porque quería reconocer el campo de batalla antes de iniciarse la guerra. ¿Qué bueno que llegaste?, oí a mi espalda, ¡creí que no vendrías! Sofía iba enfundada en un overol de mezclilla y con una pequeña boina café. Te dije que estaría aquí, remarqué mi afirmación con una mueca que indicaba: No mames, ¿cómo es posible que no me hayas creído? Pero Sofía no se dio por enterada así que continuó: Sí, pero imaginé que no vendrías después de lo que pasó y pensé que ya no te volvería a ver. Y como no te notabas muy convencido, pues pensé que no querías volver a verme ni querías saber nada de nosotros ni de nosotras... Pero en fin, ya estás aquí, ¿estás listo? dijo al tiempo que sacaba el pasamontañas ensangrentado de pintura y me lo entregaba. Póntelo para ver como te queda. Yo hice caso porque ante su mirada sólo quedaba obedecer. Te queda bien ahora vete para allá y fórmate delante de ellos y ellas, me señaló a un grupo de chavos y chavas vestidas de negro. Me cuesta trabajo respirar y aquí adentro hace mucho calor, pensé minutos después cuando ya estábamos alineados bajo el sol para comenzar mi primera marcha hacia quién sabe dónde y donde yo iba a la cabeza enfundado en un pasamontañas ensangrentado de pintura roja lanzando consignas quién sabe por qué. Sólo esperaba que eso se acabara para poder entregarle mi carta amorosa a Sofía y conquistar su corazón rebelde. Pero como dije, las promesas son un mal augurio para todos. Dos calles antes de llegar a la plaza de armas, un contingente de granaderos nos rodeó rociándonos con gas pimienta y hasta sospecho que con ajos, con cebollas y con flatulencias, luego nos dieron de toletazos en todo el cuerpo y, finalmente,  a mí me agarraron todavía con el pasamontañas puesto como calzón sobre la cara, el cual me había evitado huir al no ver absolutamente nada cuando me lo estiraron como un condón sobre mi cuerpo: Ajá, oí una maraña de voces que se confundían con el griterío, otro pinche revoltoso que muerde el polvo.

   
     
     


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