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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
¡Viva México, cabrones!
18 de septiembre del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
¡VIVA MÉXICO, CABRONES!    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     

a mi abuelita Josefina, que ya está muy viejita
pero la quiero como si estuviera nuevecita

   
     
     

México es un país dividido. Fracturado por un proceso electoral desaseado que fue la gota que derramó el vaso entre tanta ceguera política. Polarización social y estancamiento económico llevan a que miles de personas se manifiesten en contra de los causales que los oprimen. Justicia y libertad se avizoran tan sólo como una utopía entre ricos y pobres. Durante la celebración 197 de la Independencia mexicana, y en lo que se vio y vivió en el zócalo del Distrito Federal este 15 de septiembre, se pudo constatar el avance destructivo del tejido social. Miles de convocados se dieron cita para repudiar lo que, con legitimidad, consideran espurio, falso, impuesto. El mundo no es mejor que antes, se lanza como hipótesis, pero México sería distinto si las fuerzas políticas en el poder hubieran consentido en el recuento total de los sufragios emitidos el 2 de julio del año pasado. La concordia tal vez reinaría y, eso que en el discurso se denomina unidad, podía llevarse a cabo con decoro y en paz. Pero aquellos que sólo velan por sus intereses, en especial Fecal, viven en su burbuja de cristal y, como muestra, él considera que vistiéndose de militar alcanza el grado de legitimidad como un exorcismo a través del verde olivo. Pero un axioma maquiavélico revela la insigne mente de Calderón: “Es preferible ser temido que ser amado”. Tal vez por eso vistió a sus hijos de soldados allanando el camino para que la revolución de conciencias siga su inexorable paso por las mentes libres y soberanas de los ciudadanos. El ¡Viva México! ahora se aplica en dos naciones que ocupan un mismo territorio con una ubicuidad trascendental y revolucionaria para la historia futura. Un México calderonista depredado hasta el cansancio por la corrupción, la transa y el compadrazgo y el otro, aquel que los políticos venales imprecan en sus discursos pero que obvian en la práctica de sus políticas económicas, sociales y de bienestar general: El México verdadero, sumido en la pobreza, marginado, carente de los mínimos indispensables para subsistir, pero que levanta, patrióticamente la voz al grito de: ¡Viva México, cabrones! Y que lleva en su grito la consigna implícita de una patria mejor para todos. Pero aún así me pregunto: ¿En verdad la independencia mexicana no es una dictadura disfrazada de fuegos artificiales que sólo brillan para unos pocos?
 

TODA LA RABIA DEL MUNDO
“El amor no existe y sí la esquizofrenia”
PARTE 17

47.
¿Estás segura que no te ha bajado, carajo?, repetí a mi novia Karla con la indecencia de tener las venas inyectadas de furia. Ahí comenzaría a entender que la bajada o la subida sólo pueden comprenderse si uno va o viene. Mi novia Karla dictaminó a ojo de buen cubero que ella iba en picada y yo en ascenso, porque inmediatamente hipó tres veces: ¿Por qué eres así conmigo,  mi amor? hip, si yo te amo tanto, hip, pero te juro que no te voy a molestar nunca más, hip. Pero en vez de colgar quedó esperando mi respuesta, porque nadie es tan duro como para despedirse a la primera: ¡Está bien! ¡Hasta aquí llegamos!, le dije y colgué el teléfono. No habían pasado ni tres segundos cuando volvió a llamar para desbarrancarse aún más hacia el despeñadero. Levanté la bocina e inmediatamente escuché su voz: ¡Perdóname! ¡No lo vuelvo a hacer! ¡Te amo mucho, mi amor!, snif. Hip. Entonces no me quedó más remedio que ensañarme con ella gritándole: ¡No que no me ibas a molestar nunca más, Karla! Ella permaneció en silencio. Sólo se oía su respiración entrecortada como el viento que se cuela entre los árboles haciendo tintinear las hojas: ¿Estás enojado conmigo, bebé, snif?, preguntó después de este breviario bucólico cuando ya no quedaba más silencio por derramar. ¿Cómo quieres que no esté encabronado si me sales con estas chingaderas? ¿Qué es eso de que no te baja? ¡Ya ni chingas, Karla! ¡Ponte a brincar aunque sea! ¿Puedo ir a tu casa, mi amor?, me preguntó como si no hubiera oído mis palabras y mi saltarina solución para que su periodo regresara al cauce de 28 días. No, porque estoy muy ocupado, le respondí. Está bien, snif, te extraño, te quiero mucho, mucho, mi amor. Sí, sí, sí, adiós, y le colgué de nuevo. Yo regresé a mi postura oficial de la weba dilatada sobre el sillón panza para arriba. Pero no pude volver a concentrarme en la inmortalidad del cangrejo, sino que comencé a darle vueltas a lo que me había dicho. ¿Embarazada? ¿Hijos a mí?, sonaba tan inverosímil y tenebroso como que una roca pudiera engendrar piedritas a partir del contacto con otras rocas. Pero poco a poco me fui diluyendo en el sueño hasta que me despertó el timbre de la puerta tal y como sonó el timbre que sacó de su ensoñación a mi madre años antes, cuando ella, tirada al desconsuelo y en una tarde en que no esperaba a nadie, el timbre sonó con insistencia. Ella se levantó del marasmo en que estaba parada mientras contemplaba un frágil punto suspendido a la mitad de un sartén y fue a abrir. Pero para su desgracia, no era mi hermana Anís quien llamaba, sino su amiga pictotabernera. Aquella que esculpía en sus uñas obras maestras del claroscuro. A mi madre se le encendieron los poros de las mejillas. Intuí que se le iría a golpes para tratar de sacarle alguna noticia de la hija desaparecida, pero en vez de eso, sólo se le quedó mirando, pasmada. Parecía una estatua cincelada por ondas violentas: ¿Qué quiere?, dijo por fin mi madre conteniendo las manos para no darle un derechazo a la recién llegada. Pero la chica no respondió, seguía catatónica en la entrada de la puerta. Llevaba un pantalón de mezclilla y sus uñas, otrora el orgullo de un Rembrantd posmoderno, estaban carcomidas por lo que parecerían unos dientes de roedor. ¿Qué quiere?, repitió mi madre la pregunta. La chica dio un paso atrás y parecía que iría a salir huyendo, pero en vez de eso, tomó impulso y se abrazó a mi madre soltándose a llorar. Ella, que esperaba todo menos eso, lo único que pudo hacer fue abrazarla y, después de unos segundos de incertidumbre y azoro, también se tiró a chillar junto con ella como un par de plañideras tras el cortejo fúnebre. Ahí supimos que Ángela, como se llamaba la mesera, andaba desesperada también buscando a mi hermana Anaís por tierra, mar y cielo. Ella argumentó que le debía dinero, que le había vaciado su casa robándole todas sus cosas, y que debía hallarla a como diera lugar, pero aquellas lágrimas que brotaban de la mesera no eran por el dinero de las propinas ni por los muebles, sino por el saqueo a su corazón. Mi madre se sintió aliviada de saber que no era nada más ella la que sufría por su hija. Y cuando se despidió de la chava, le dio el mejor de los consejos pragmáticos: Haz como yo, mi hija Anaís ya no existe para mí, así, ¡plin! y ¡listo! ¡Desapareció!, pero lo dijo con tanta inseguridad que otra vez las dos terminaron abrazadas y llorando a moco tendido. Cuando el esposo de mi hermana mayor Clara se enteró del suceso, sólo torció los labios mientras su decorosa esposa lanzaba a los cuatro vientos su emblemático prejuicio sobre relaciones infaustas: Todas son unas pirujas. Y el timbre seguía sonando.
 
48.
Me levanté para abrir la puerta todavía somnoliento. Me parecía que recién acababa de colgar con Karla, pero la oscuridad en las ventanas ya estaba palpitando como las alas de una mosca. Abrí con cuidado y con la cadena puesta. Pensaba que si Karla quería entrar a la fuerza, todavía tendría tiempo para saltar por la ventana que da al patio del vecino, huir a toda prisa hacia el aeropuerto, tomar un avión, luego bajarme en alguna ciudad con mar, abordar un barco, cruzar dos o tres océanos y todavía a caballo, burro o camello, perderme entre un laberinto de árboles, sabanas o desiertos. Pero para mi buena suerte no era ella, sino Rebeca Galindo, la esposa del Perlotas. ¡Por qué no me has llamado!, dijo exasperada nada más vio el pedazo de mi nariz que asomaba por la rendija de la puerta. ¡En verdad estoy desesperada! ¡Su padre no está en la ciudad y no sé qué hacer ni a quien buscar! ¡Tú eres su mejor amigo y debes hacer algo para encontrarlo! ¡Debes hacer algo! En ese momento tuve la intención de hacer lo mismo que había pensado hacer con Karla, saltar por la ventana, ir a aeropuerto, tomar un avión, luego bajarme en alguna ciudad con mar, abordar un barco, cruzar dos o tres océanos y todavía a caballo, burro o camello, perderme entre un laberinto de árboles, sabanas o desiertos. Pero cuando intenté abrir la ventana que da al patio del vecino, me di cuenta que mis fuerzas de pollo no eran suficientes para despegar el óxido que unía el marco con la ventana, así que mejor quité la cadena de la puerta, pensando en comprar algún día afloja todo en caso que llegara Karla por mí, sabiendo que los sueños de fuga sólo son eso, un manojo de buenas intenciones. Rebeca Galindo entró. Y apenas puso un pie, se echó a llorar, parecía que la puerta era el mejor lugar para comenzar a sembrar tristeza y mocos en el interior de la casa. ¡Creo que lo han secuestrado! ¡Lo han secuestrado! Y eso se llama: Privación ilegal de la libertad, dijo Sofía cuando estaba ya instalado el consejo estudiantil del comité clandestino de estudiantes de la facultad de ciencias políticas y asociados, adherente a todas las manifestaciones de libertad justicia y dignidad en el mundo y del manifiesto protorrevolucionario del ciudadano que no tiene voz ni voto. Así que, de acuerdo con esta declaración de principios, se declara ilegal al gobierno que nos gobierna. Asumimos como propia toda iniciativa que se destine a cambiar el mundo en otra cosa menos en lo que es. Para ese entonces, además de soldaditos de plástico, Sofía había comprado una bolsita con unos pequeños cañones y, como no tenía caballería, yo le había llevado un par de caballitos que mi madre utilizaba para el nacimiento en navidad, además un par de borregos, unas gallinas y unos cactus y nopales, por si quería darle mayor realismo a sus planes de trasformar la sociedad en algo viable. Ella me recibió con una sonrisa, pero después de un par de minutos, pude ver que mis muñequitos no estaban ni siquiera contemplados para perder o ganar una batalla de a mentiritas. Pero ahí fue donde Sofía verdaderamente comenzó a mirar sobre su hombro y el de los demás: Y los quiero aquí mañana a todos y todas vestidos y vestidas de verde y con pintura negra para zapatos. ¿Me entendieron? Porque vamos a encontrar al Sangrías sea donde sea. Nosotros asentimos y salimos de aquella casa de estudiantes más enamorados y, sobre todo, más decididos a conquistar el mundo de Sofía, costara lo que costara, cayera quien cayera. Y Rebeca Galindo seguía llorando como si ese mismo mundo, aquel de los hechos consumados a través de un matrimonio de muchos años más tarde, se estuviera derrumbando con la desaparición de su esposo. No te preocupes, le dije cuando se sentó en el sillón con las manos entre las piernas, sumida en la contemplación de las patas de la mesa de centro, ¿quién querría secuestrar al hijo de un multimillonario que no sabe pronunciar ni la “o” por lo redondo? ¿Eh?
 
(Continuará el próximo miércoles)
 
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