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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
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Votos fuera de la ley
3 de abril del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
VOTO FUERA DE LA LEY    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     
a Gabo, por 40 años de colitas de cochino
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento,
el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota
en que su padre lo llevó a conocer el hielo”
Gabriel García Márquez
   
     
     
Severas y desastrosas han sido las votaciones en el senado de la república y la cámara de diputados por parte del PRIAN: El fobaproa, el desafuero contra Andrés Manuel López Obrador, la ley televisa, la modificación a diversos artículos de la constitución mexicana (como la que le dio a Fox el beneficio de postularse como candidato a la presidencia de la república con las consecuencias ya conocidas por todos) entre otras, y hoy se suma la ley del ISSSTE, que corrobora como el empleado del estado debe trabajar hasta la muerte para percibir una pensión ínfima que lo encarcelará a vivir en las peores condiciones que se tenga memoria (a diferencia de las millonarias pensiones vitalicias de los ex presidentes de México). Con sátrapas como Elba Esther Gordillo defendiendo los intereses de los trabajadores del sector educativo, ¿para qué se quieren enemigos? Y una más: El PRD en Puebla se puede caer a pedazos si no democratiza la selección de sus candidaturas para las elecciones de noviembre próximo a través de elecciones libres y no por “dedazo”. Ese instituto político tendría que replantearse nuevas estrategias si quiere seguir con vida dentro de la intención de voto de los ciudadanos poblanos. Habrá que esperar que la inteligencia se imponga ante el cacicazgo
.

LÁZARO (PARTE 24)
Siete meses después de haberse acostado con los tres hermanos, la Polla daba a luz un hijo varón y que si uno se fijaba bien, tenía la nariz de Elías, la boca de Augusto y los ojos de Lázaro, pero a ciencia cierta, ella jamás supo quién había sido el padre de la criatura, aunque tal vez se imaginaba que el semen mezclado era una especie de espíritu santo convertido en la santísima trinidad y que por ese motivo su hijo era especial (en tanto la abuela, la madre de los muchachos, le recetó una frase que a ella le dolería por mucho tiempo pero que se tragó sin hacer pucheros: “Hijos de las hijas, nietos, hijos de mis hijos y más contigo, ¿¡quién sabe!?”). Ella escogió el nombre para bautizarlo en todas partes: mi rey, mi nene, mi bebé, mi pollito. Pero en realidad el niño había nacido con un severo trastorno mental que tiempo después le impediría hablar, dejar de babear por todas partes y arrastrarse como un gusano. Ahí fue también el tiempo cuando Lázaro entró de lleno a trabajar de “todólogo” con sus hermanos en la alcaldía municipal y dejó de haraganear por el pueblo de Xintola.
Pero dos veranos después Lázaro comunicó a sus hermanos que pensaba trasladarse con la Polla y su pollito a Villahermosa, capital del estado de Tabasco, para buscar un mejor médico para su niño loco. Los dos hermanos se opusieron con tal vehemencia que Lázaro se quedó a vivir otros tres años en Xintola hasta que Elías, su hermano mayor, anunció que una vez que dejara la alcaldía municipal se trasladarían no a la capital del estado, sino a la capital del país. Después de todo ya tenían asegurados los suficientes contactos políticos como para empezar a crear una familia respetable.  Y no chingaderas, como finalizó el segundo hermano.

*
¿Dónde andas, pollito?, preguntó la Polla mientras lo buscaba atrás de un tambo para agua en el patio de la casa. Ya sé, volvió a piar la mamá gallina, estás... ¡aquí! Y dio un brinco para tratar de sorprender a su hijo al otro lado del cilindro. Tampoco estaba. Fue hacia la puerta del zaguán donde había un montón de maderas, se asomó por cada uno de los huecos. Nada, el niño no estaba. Ya lo había buscado dentro de la casa y parecía no estar por ningún lado. A veces su pollito se escondía entre las maderas o bajo el lavadero, pero ya había revisado. Regresó a la casa, sabía que su hijo era especial, pero era suyo. Casi siempre había estado acostumbrada a resolver por sí misma todos sus problemas pero esta vez no sabía por dónde comenzar.  Llamó a gritos una vez más antes de tomar el teléfono y marcar. El licenciado no está, dijo cortante la secretaria.  No, no sé cuando volverá. Y le colgó. La Polla se llevó el cable telefónico a la boca y comenzó a morderlo. Luego fue hacia el piso superior y sintió en ese momento que su hijo piaba desde un lugar oscuro y estaba sufriendo. ¿Dónde estás bebé? ¡Pollitoooo! Pero hay misterios tan fáciles de resolver que no necesitan mayor explicación: el pollo apareció ahogado en el fondo de un pozo cercano, cuya tapadera había sido removida por alguno de los tres hermanos un día en que pensaron que nadie podía salir lastimado y se olvidaron de taparlo. Esto fue el fin de la Polla pues nunca perdonó ese descuido accidental. Y cómo no supo a ciencia cierta a quien culpar, comenzó por culparlos a todos, y a cultivar un rencor sobre los tres hermanos, a uno por no querer irse cuando tuvieron tiempo, a los otros dos por no dejarlos marchar, y a los tres porque se parecían tanto entre ellos. Ese fue el principio del fin de los hermanos Sánchez Gut. Porque años más tarde, cuando el rencor se había transformado en un odio que había germinado lo suficiente, la Polla fue la encargada de dar el pitazo al Tatuado para que fueran ajusticiados. Porque en verdad ella creía que no merecía ser feliz, ¿pero que culpa tenía mi bebé? ¿Qué culpa tienen los niños de las pendejadas adultas? ¡Mi pollito!
*
Lázaro llegó a Xintola a la hora en que no había nadie por las calles. Parecía un pueblo fantasma, anegado de sol y mosquitos. El agujero en su cabeza ya estaba cicatrizando y sólo se le notaba una verruga semejante a un cráter en miniatura, un tercer ojo cerrado. ¿Por dónde empezar a buscar? No era la venganza el motivo, en verdad lo creía firmemente, sino tal vez sólo quería conocer los hechos.
La vieja casa que ocupara años atrás cuando su hermano era alcalde municipal se mantenía de pie. Las calles aparecían del mismo modo que en sus recuerdos. El tiempo en los pueblos parecía que no tenía tiempo de nada, ni siquiera de avanzar. La plazoleta aún conservaba las mismas tres bancas y, a sus ojos, lo único que parecía que cambiaba las cosas de lugar era el viento, porque arrastraba un poco de basura calle abajo. Caminó hasta la entrada. No había candado ni chapa que la resguardara, pero la puerta tenía su truco para abrir. Jaló duro hacia arriba y luego hacia la izquierda para empujarla con el pie. La puerta cedió y se abrió de par en par. Lázaro entró y ahí fue, en medio de los cuartos vacíos y de paredes descacarachadas, donde lloró como un bebé hasta quedarse dormido.

*
—¿Y no sabe nada de la Polla? —preguntó Lázaro al hombre que manejaba el burdel.  El hombre tenía cara de espanto. Las noticias sobre el asesinato de sus hermanos habían corrido como reguero de pólvora. Incluso hasta se había oficiado una misa por parte del sacerdote del pueblo. Pero fuera de eso, todo quedaba en puro chisme. Que a los hermanos los habían matado porque eran bien cabrones, no te acuerdas. Sí, y eran unos hijos de puta. Y culeros. Turuntuneando de aquí para allá hasta se acostaban con la misma puta. Sí, y eran tremendos, no sé como pudimos tenerlos tanto tiempo aquí. El pueblo tiene el gobierno que se merece. Sí, pero no hay derecho, uno que culpa. La culpa la tenemos todos, por pendejos. Tienes razón, pero lo bueno es que ya están bien muertos.
                Pero cuando Lázaro llegó reclamando información al hombre del burdel, éste sólo atinó a decir:
                —Se fue para el norte, patrón, se lo juro.
                Lázaro apretó aún más el revólver sobre la sien del sujeto.
                —Eso no me dice nada.
                El hombre empezó a chillar como marrano. En verdad no era venganza, pero a veces, pensaba Lázaro, para obtener un poco de verdad había que apretar los huevos..
                —Está bien. Está bien —chilló el marrano—: Se fue a Tamaulipas. Aquí tengo la dirección.
                Cuando Lázaro obtuvo lo que quería disparó sin rencor.
*
Lázaro tardó un par de días en llegar a la dirección que le diera el hombre del burdel. Tamaulipas era semejante a Tabasco pero sin los mosquitos, sólo el calor y mucho polvo. Cuando llegó, la Polla parecía una mujer distinta. Llevaba una pañoleta que le recogía el cabello hacia atrás y un pantalón acampanado de mezclilla con chanclas. Se veía mucho más vieja que cuando la había visto por última vez, como si la vejez la hubiera tomado por sorpresa. Parecía que estaba lavando o haciendo limpieza, porque salió con una escoba en la mano y regresó llevando un pequeño recogedor. Lázaro esperó hasta que la calle estuvo lo suficientemente desierta. Caminó hacia un pequeño corredor lleno de macetas y sábilas. Dio vuelta y se encontró con una ventana entreabierta, ya que el calor en esta zona era sinónimo de ventanas abiertas y ventiladores encendidos. Lázaro metió una mano y destrabó el pestillo con facilidad y, antes que pasara una pareja trasnochada de amantes por la calle, Lázaro ya estaba dentro.  Llegó a la habitación de la Polla y ahí se quedó mirándola. En verdad se veía vieja. ¿Qué habían sido de todos aquellos años en que supuestamente había sido tan feliz? ¡Demonios!
                —Buenos días —dijo Lázaro cuando vio que los párpados de la Polla se despegaban.
                Ella no dijo ni pío. Pero la culpa le afloraba en un perceptible temblor en la barbilla que comenzó a temblarle.
                —¡Eras tan hermosa! —continuó Lázaro.
                —Amor —intento decir la Polla, pero su voz estaba partida por mitad. Resquebrajada por la sorpresa y la culpa.
                —¡Y yo era tan joven! —continuó Lázaro sin hacerle caso.
                La Polla se intentó levantar pero fue empujada por un movimiento rápido de Lázaro. Entonces ella se dejó llevar: ¿Qué caso tenía oponerse a lo que consideraba su fatal destino?
                —Quiero oír toda la historia.
                Y como si le dieran cuerda, la Polla pió lo que restaba de la madrugada hasta que Lázaro, avergonzado, le disparó por debajo de la barbilla, de tal manera que la bala salió por la cresta de la Polla, dejándola con los ojos inyectados de sangre y mirando inútilmente el techo, donde al igual que muchos años atrás, en Xintola, se mecía una telaraña auspiciada por el viento.
Con ese acto comenzó el tiempo del redentor. Lázaro se levantó de la cama y, como un hombre generoso, cerró lo párpados de la Polla con una mano al tiempo que decía en voz alta: “Hasta que la muerte nos separe”. Después salió.

*
Unos días después, el 19 de agosto, aparecía en las noticias que en Nuevo Laredo habían capturado al líder del cártel del centro: don Roberto Neri Abed, alias el Tigre. A Lázaro no le importó que por su traición hubieran capturado al cerebro. Al fin se sentía exculpado de cualquier traición. Ya había muerto lo suficiente como para sentirse culpable. Lázaro dobló el periódico y echó a andar hacia uno de los andenes. Ya sabía que es lo que tenía que hacer. Entregó el boleto al cobrador y abordó el autobús. Recargó la cabeza en el cristal de la ventanilla esperando que el viaje a la Ciudad de México durara lo mismo que su sueño.
Lázaro llegó a la Ciudad de México a las 11:40 de la noche. Con suficiente tiempo para trasladarse de la Central del Norte hacia  Periférico Sur.  La ciudad la conocía casi de cabo a rabo, y eso que nada más había pasado unos cuantos años en ella. El trayecto iba a ser largo, así que pidió un taxi de la misma central.
                El taxista lo miró por el espejo retrovisor cuando abordó pero no dijo nada. Un par de minutos más adelante el taxista no se pudo aguantar más:
                —Disculpe que se lo diga, pero tiene manchada la... —e hizo una señal en dirección a la parte superior de las cejas.
                Lázaro se llevó una mano a la frente y percibió que un líquido pegajoso manaba de la costra que tenía en medio.
                —Dobla en esa calle —ordenó Lázaro.
                El taxista obedeció. Se internaron por un pequeño callejón alumbrado por dos farolas.
                —¿Tienes papel que me regales?
                El taxista detuvo el vehículo y se inclinó hacia atrás para sacar un paquete de pañuelos desechables de su bolsa trasera del pantalón, pero en ese momento Lázaro lo tomó por el cuello y con un movimiento endemoniadamente giratorio lo desnucó como a un pollo. Lázaro se bajó de la parte trasera para pasarse al asiento del conductor. Empujo el cuerpo del taxista muerto que cayó sobre el alfombrado del taxi. Arrancó y dobló de nueva cuenta hasta encontrarse con calzada de Tlalpan. Cuando llegó a la calle que buscaba era casi la una de la mañana. No había luna y el lugar estaba atiborrado de oscuridad. Lázaro se levantó del asiento del taxi y echo a andar con el arma entre los dedos.
 
(Continuará)
 
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