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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
XXXVII Congreso Internacional del IILI
25 de junio del 2008
Columna del escritor Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
Gerardo Oviedo    
     
XXXVII Congreso Internacional del IILI
   
     
para Diana Hernández Juárez
por las facilidades, gracias
   
     
   
     

Lo más interesante que ha sucedido en el ámbito literario de los últimos tiempos en Puebla, está sucediendo en este momento (el pasado, como los consejos, son una melancólica mirada a lo que fue): El congreso de literatura iberoamericana, coordinado por el director de la Facultad de Filosofía y Letras, el doctor Alejandro Palma Castro y un sinfín de colegas suyos. Y aunque no están todos los que son ni son todos los que están, que es lo que usualmente sucede, sus ponentes gozan de cabal salud académica, es decir, es una delicia estar en un evento de tal magnitud por la calidad de los congresistas. Por lo menos en una de las ponencias a la cual asistí, dictada por la doctora Myrna Solotorevsky, de la Universidad Hebrea de Jerusalén: “Plasmación del modelo policial en La pista de hielo, Amberes y 2666 de Roberto Bolaño” me dejó gratamente impresionado. Y como esta columna casi nunca se ocupa de placeres de la dialéctica estética y sí acerca de la política ecuménica, dictaré un breve ensayo cuentístico para su estudio a posteriori, cuando sea famoso y me inviten a participar en el panteón de los novelistas salvajes: “Sí los políticos leyeran lo que dicen haber leído, Platón tendría razón al afirmar que los filósofos, y no otros, serían los mejores gobernantes de los hombres —ironizó el doctor Günther Petroff con acento eslavo mientras tamborileaba los dedos sobre la mesa del estrado. A su lado, la moderadora balanceó el lapicero, en un ritual —que siempre hacía cuando la invitaban a presentar a los conferenciantes— para disimular su nerviosismo, ya que en el fondo, no tenía la menor idea de quién era el sujeto que hablaba, pero ella era la seleccionada por su voz melódica, tatuada a temperatura ambiente, que siempre hacía juego con los adornos del salón universitario para estos eventos académicos. Por ejemplo, aquí en su ciudad poblana, ustedes tienen el artificio mayúsculo para sentirse poseídos por la ficción, un gobernante orangután y decenas de siervos que ni el realismo mágico pudo haber imaginado, continuó matizando el doctor Petroff. Un murmullo se esparció sobre las mayólicas del salón. Un reacomodo de posturas aderezado con ojos expectantes. A su izquierda, la doctora colombiana Cecilia Oyarzabal se revolvió incómoda, sabía, por experiencia de un vecino suyo, que en México se aplicaba un artículo decimonónico que establecía la no ingerencia de extranjeros en política interna. Y ella estaba planeando pedir asilo a la casa del escritor, pues tenía un libro inédito bajo el brazo y quería, con el argumento del exilio voluntario, volverse famosa en Cartagena. Latinoamérica, continuó el doctor Petroff, está plagada de orangutanes que se someten al imperio del poder, y lo puedo traducir a la literatura: Escritor que no vende, escritor que no es conocido y esa es la muestra de que hoy sólo estudiamos a los muertos porque los demás están sometidos a la fuerza de las grandes editoriales. En la tercera fila, Jaime esbozó una tenue sonrisa. El doctor acababa de clarificarle su proyecto literario: Quería primero ser famoso y después escribir bien, aunque no le seducía la idea de estar muerto, pero bien podía fingir su propia muerte para ver cómo sus amigos y seres queridos le lloraban durante el funeral. Con esa idea volvió a enseñar los dientes mientras la moderadora clavaba en él sus ojos y seguía jugando con el lapicero. Para la doctora rusa, Nadia Mirkova, el comentario del doctor Petroff pasó sin pena ni gloria. Ella estaba pensando que en la Cordillera Verjoyansk en ese momento debía estar nevando y por eso se acordaba de su amante Boris, que tuvo que dejar mientras migraba a París, y sus ojos le recordaban un poco los del cuarto hombre que estaba sentado a la vera del doctor Petroff. Un hombre joven de corbata rayada, quien apuntaba todo en una libreta azul y se dedicaba a fisgar de un lado para otro. Hombre al cual no se le entendían muy bien sus pensamientos, pero supongo que andaba de vez en cuando mirándole la pantorrilla a la jovencita que cruzaba y descruzaba la pierna en la primera fila, y que para más señas, trabajaba en la Secretaría de Gobernación y había sido encargada de monitorear el encuentro de académicos con una grabadora, un radio de onda corta y una minifalda, bajo la orden expresa de su jefe: Todos los intelectuales son peligrosos, nena. Ve, escúchalos y lánzate con el reporte de volada para acá, ¿entendido? El doctor Petroff dejó de tamborilear los dedos cuando terminó su disertación: “La literatura como vanguardia política en Latinoamérica” para dar sólo con el índice en tres ocasiones más: La primera cuando dijo: La literatura no le sirve al muerto de hambre, a esos más de 4 mil millones que viven en pobreza extrema en el mundo. Aquí el joven Jaime pensó que mejor debía volverse cantante, porque así sería más famoso, y la literatura, por lo que había expuesto el doctor Petroff, no le alcanzaría a pagar todo su ego. La segunda vez que pegó el doctor con el índice sobre la mesa fue cuando reiteró el autoritarismo político literario de un lugar que no era el suyo y al que había estudiado con ahínco durante su doctorado en la universidad de Varsovia antes de la caída del muro de Berlín en el 89, situación que provocó una rápida llamada de la joven señorita y la pronta retirada de la escritora colombiana, para que no la señalaran como cómplice irreverente de un polaco y la tercera que dio con el índice fue cuando los agentes del instituto de migración, llamados por la señorita de la minifalda,  intentaron detener al doctor Petroff y éste argumentaba con el dedo apoyado sobre el escritorio, que no era nada personal, sino sólo cuestión de literatura y ya, “camaradas”. Sólo la moderadora fue la única que quedó en el estrado balanceando el lapicero como un péndulo y, con voz grandilocuente y temperada, llamó a la siguiente ronda de académicos (El hombre sin pensamientos y la rusa suspirante salieron cada uno por su lado cuando oyeron los gritos, pero se encontraron en la cafetería y de ahí establecieron una nueva teoría literaria mientras comían galletas: Empezaron hablando de Roberto Bolaño y terminaron a besos salvajes atrás del edificio Carolino).”
 

EXTRA: No te pierdas este Congreso de Literatura Iberoamericana, del 24 al 28 de junio de 2008. Facultad de Filosofía y Letras de la Buap. Ahí nos vemos. Y no dejes de participar en el concurso de cuento breve que www.ciudadcultura.com.mx y tu servidor invitan: http://taller-de-novela-de-gerardo-oviedo.blogspot.com  

   


   
   
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