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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
¡A trabajar!
12 de junio del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
¡A TRABAJAR!    
     
Gerardo Oviedo    
     
     
a los integrantes del IMACP
por su apoyo
   
   
     
     

La política es el arte de inflamar el hígado a través del discurso. En noviembre próximo se llevarán acabo elecciones para renovar el congreso local. Divide y vencerás es otra máxima que se aplica para conquistar territorios políticos.  Y todo (en subjuntivo) pareciera indicar que la izquierda en Puebla está siendo rebasada por su propia torpeza discursiva para llevar a buen puerto unas elecciones que se tornan cada vez más complicadas. Pareciera que el terreno está siendo abonado para que otras ideologías políticas echen raíz y florezcan. Después del efecto AMLO en el estado, lo más conveniente hubiera sido empezar a trabajar por la unidad de todos los grupos de izquierda, de sus corrientes y, por encima de sus diferencias, para que se lograran candidaturas seleccionadas con pulcritud, democracia y pluralidad. Candidatos y candidatas con un perfil alto tanto en honradez como capacidad para el buen desempeño de sus funciones. Candidatos que tuvieran el conocimiento de causa y la suficiente inteligencia para unir más que para dividir. Pero aún no se logra un solo consenso entre todos estos actores políticos.  Por ello se vaticina que noviembre podrá tornarse negro si es que partidos políticos, organizaciones ciudadanas, sindicales, gremios de asociaciones, redes ciudadanas,  FAP, CND  y demás no se unen por un mismo fin: Evitar el avance de la derecha y el de la corrupción que es el fin primigenio por el que luchan todos. ¡A trabajar señoras y señores! ¡Simplemente a trabajar, que con eso se conquista el derecho a pertenecer a la historia!
 
 
TODA LA RABIA DEL MUNDO

"La única revolución es intentar mejorar uno mismo
esperando que los demás también lo hagan."
George Brassens

PARTE 3
7.
Cuando era pequeño tenía la certeza que yo sería cazador de monos gigantes en alguna isla desierta como los cazadores de King Kong. Lo de salvar a la chica que estaba atada para el sacrificio me tenía sin cuidado y no me importaba. Yo lo único que quería era usar un rifle y darle al gigante peludo. Tiempo después, cuando pasó mi euforia por las aventuras silvestres, pensé que sería un caballero Jedi y, con un palo de escoba en la mano, defendía mi galaxia entera de Darth Vader, que en este caso era mi hermana mayor Clara y el emperador era mi madre. Clara si asumía el papel de malvada en mis historias, mientras que mi madre, quizás por tantas cosas que tenía que hacer, como era trabajar fuera y lavar platos dentro, nunca se dio cuenta de su sitio de honor en el lado oscuro de la fuerza. También pasé por amarrarme al cuello todo tipo de trapos que encontraba y elegir al superhéroe del momento, así que por primera vez en la historia Supermán fue Batman en menos de cinco minutos. Pero todo esto se me quitó una tarde en que Clara me obligó a vestirme de un súper héroe que no había pasado por mi lista de los súper amigos. Me vistió de mujer maravilla y hasta me dio el lazo con el que me había amarrado antes para que yo aceptara su oferta. El calzón azul era una pantaleta de ella y el corpiño era una pañoleta roja que mi madre guardaba en el segundo cajón de su ropero. La corona dorada era una diadema de Anaís. Ahora lucha, me dijo cuando acabó de torcerme el brazo para que no me moviera mientras me arreglaba el peinado. Yo luché con todas mis fuerzas, pero volvió a hacerme manita de cochino y terminó de apalearme mientras Anaís andaba en la azotea cazando bichos. He de decir que Clara me lleva tres años y que a esa edad son años luz de distancia entre hermanos. Cuando yo iba a entrar al kinder Clara iba a entrar a la primaria. Cuando yo apenas iba a entrar a la secundaria, Clara acababa de entrar a la preparatoria. Cuando yo iba a entrar a la preparatoria, Clara ya había salido. Con Anaís es distinto, a ella sólo le llevo dos años y alguna vez también le hice manita de cochino y no recuerdo ni para qué. Supongo que algún día tendré que leer alguno de sus horribles poemas para saber todas las cosas malas que le hice de niño.
 
8.
Karla me acaba de hablar por teléfono desde su trabajo para saber como estoy. Yo estaba recordando a papá y a Anaís entre las grietas de mi techo. Desde pequeño siempre creí ver caras en todas las figuras que veía. Siempre encontraba ojos, bocas y narices en cada falla arquitectónica. En cada cuarteadura, o, cuando ya estaba más grave, hasta en una hoja en blanco. Una vez se lo platiqué a Goliath y me mandó directo al carajo diciéndome que yo estaba loco. Que mis ojos a lo mejor estaban sucios, que tal vez estaban sembrados de granos de polvo y que necesitaba unas gotas de colirio para quitarme la locura. Yo le dije marica, y esa fue una de las pocas veces en que se marchó enfurecido de mi casa y no lo vi durante un par de semanas.  Ahí decidí no contarle a nadie sobre estas perversidades de mis ojos con las paredes blancas y, por supuesto, jamás volverle a decir marica a Goliath aunque lo fuera. No por conmiseración, sino porque era mi amigo de toda la vida. Crecimos juntos. Nuestras madres eran casi como hermanas. Ellas se hicieron comadres y nosotros cosas muy distintas de lo que pronosticaban en sus charlas de café y galletas sobre nuestro futuro: Goliath se hizo gay y yo, según sus palabras, un misántropo de primera. Aunque mi madre pensaba que de adulto yo llegaría a ser feliz fuese lo que fuese, aún como misántropo.  Como Karla que me pregunta sobre si me encuentro bien hoy. Si he tomado un poco de sol y he repuesto energías con un gran vaso de jugo de naranja. Yo le cuelgo el teléfono a Karla con la promesa que hoy saldré a buscar empleo. Me hizo prometerlo engatusado por su voz tibia. Además que cuando hablo con ella por teléfono parezco autista. Más que escuchar su voz escucho su respiración. Como se entrecortan las palabras al momento de pronunciar las letras y como toma aire para continuar con la siguiente frase. Pareciera que ella es un monólogo interior, es decir, que sólo habla para sí misma a una velocidad de más de cien palabras por minuto. Pero antes no era así. Antes yo abarcaba más de 100 palabras con una sola respiración. Ahora con esa misma respiración apenas puedo sostener tres o cuatro: Sí, no, no sé, tal vez, que son los cuatro puntos cardinales de mi actual brújula existencialista.  El nudo en mi cerebro ahora se ha bajado a mi garganta. Entonces, con toda la pesadez del mundo, intento levantarme con la intención de darme un regaderazo. Las promesas siempre son como una soga alrededor del cuello esperando que uno caiga del banco para cerrarse para siempre.
 
9.
Cuando era pequeño el baño no me gustaba. Era una especie de tortura china que aplicaban mis padres para quitarme las costras de mugre que se me pegaban detrás de las orejas. Con el paso de los años bañarme se convirtió en el lugar más exquisito donde yo podía encontrarme conmigo mismo para quitarme toda la mugre con mis manos. Bajo el chorro de agua caliente mis pensamientos sobre mí se limpiaban. En esos momentos era cuando podía pasar de ser un simple mortal a todo lo que yo quisiera. Me veía ganando premios y mucho reconocimiento. No sabía bien en qué. Bien podía ser ganando un maratón, o en un concurso de eructos. Alguna vez hasta imaginé que podía escribir un libro y ganar mucho dinero, fama y fortuna. Esta idea me vino tal vez porque miraba el empecinamiento que mi hermana Anaís ponía todas las tardes después que llegaba de la escuela y se sentaba a divagar sobre su libreta pendejada y media. Podía estar horas enteras sentada con la pluma entre los dedos. Mi madre algunas veces le decía que se levantara de ahí y se pusiera a hacer algo de provecho, como era lavar los trastes o barrer y trapear la casa. Pero Anaís era tan terca que por un oído le entraba lo que por el otro lado le salía. Clara era mucho más contundente con Anaís. Cuando llegaba de la escuela invariablemente le daba un zape en la cabeza diciéndole:  So, bruta, ponte a lavar los trastes. Anaís agachaba la cabeza como todos los hermanos menores agachan la cabeza frente a la brutalidad fraternal. Incluso yo también llegue a darle unos cuantos coscorrones a Anaís, tal vez pensaba que así se le reactivarían las neuronas o por lo menos se le movería un poco el cerebro para que pudiera pensar y dejara de escribir tanta estupidez. Pero la mera verdad le daba sus golpes porque me gustaba escuchar el sonido de mis nudillos cuando chocaban con su cráneo.  Y bajo la regadera imaginaba que también podía ser un campeón en coscorrones y que yo podía ser el hombre más fuerte del mundo y por ello podía ser muy famoso y muy rico. Porque siempre creí que a través de la riqueza era la única forma de encontrar la felicidad. Entonces, enjuagándome el jabón de la cabeza, imaginaba que yo era el hombre más rico del planeta. Que había empezado mis negocios a partir de nada y, en menos de lo que canta un gallo, tenía empresas, aviones y barcos. Uta, y de ahí pasaba a ser el hombre más poderoso del planeta, porque tenía suficiente dinero como para comprar países enteros, comprar el mundo para usarlo como una canica a la hora del recreo. Supongo que el agua caliente me dilataba los poros y la megalomanía. Porque cuando salía de bañarme, al aire frío, a la templanza de mi cuarto, apenas podía reconocer algo de lo que había pensado. Y volvía a lo cotidiano, como siempre. A la mugre de la vida diaria.
 
(Continuará el próximo miércoles)
 
Escucha de lunes a viernes de 11 a 1 p. m., el programa: “El arte científico de la política”, con don Renato y tu servidor, a través de www.radioamlo.org Y muchas gracias a todos los lectores de esta columna que me acompañaron durante la presentación de mi novela el día viernes 8 de junio y después a la celebración mi cumpleaños.  

   
     
     


   
   
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