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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Campañas de basura histórica
11 de septiembre del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
CAMPAÑAS DE BASURA HISTÓRICA
   
     
Gerardo Oviedo    
     
     
     
     
     
a José Luis Escalera
http://pueblasinanuncios.blogspot.com
   
   
     
     

Las campañas electorales se construyen con recursos económicos que nosotros, los ciudadanos, pagamos a través de los impuestos. Aberración de spots televisivos, radiales, internet. Carteles, mantas, promocionales de todo tipo: volantes, calcomanías, pósters, playeras, pulseras, botones, hasta uso de programas de carácter social: despensas, bultos de cemento, dinero en efectivo, todo con el afán de comprar el voto de los electores. ¿Y las ideas? ¿Algún plan estatal de desarrollo integral? Comienzan tapando baches como si eso fuera la solución para acabar con el exorbitante índice de marginación que vive la mayoría de los poblanos. Pareciera que, en vez de atacar de fondo los problemas sustanciales que aquejan a los habitantes, sólo les interesara venderse como un producto y ¡listo! ¡Que no le digan, que no le cuenten que aquí está el candidat@ más bonit@! Los candidatos se dan baños de pureza y aparecen en cartelones por toda la ciudad, propiciando una escandalosa contaminación visual. En camiones de transporte público, en luminarias, paradas de autobús, edificios, bardas. Los pendones cuelgan intentado convencer que los políticos saben velar por los intereses de sus conciudadanos, pero el aire que los menea y la lluvia que los empapa los vuelven figuras de cartón listos para el basurero de la historia. Y la realidad demuestra la otra cara de la moneda. Cuando ganan, producto de todo el despilfarro económico de sus campañas, se olvidan de sus promesas y suben un escalón más hacia el olimpo para no codearse con los mortales.  Pero ahora vivimos otros tiempos: los ciudadanos hemos tomado conciencia que el empaque es lo de menos, y que forma y fondo, en política, están disociados como lo está el agua del el aceite. Hoy los ciudadanos no confiamos en los políticos por su exterior y sí, como se demostró desde el terremoto del 85, en los propios ciudadanos. Viejo axioma que reza: Si ves un político cerca, cuídate la cartera. El empatanamiento intelectual de los políticos es directamente proporcional a la desconfianza del electorado. Grandes abstenciones confirman que los políticos tradicionales cada vez se están quedando más y más solos.  Ahora sólo falta que los ciudadanos nos pongamos a construir, sin ese golpeteo brutal a nuestros sentidos, candidaturas ciudadanas que demuestren que en Puebla la inteligencia pasa por encima de los discursos gastados, sordos y llenos de florituras pasajeras como los perfumes.
 

TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Cuanto más conservadoras son las ideas, más revolucionarios los discursos”
Óscar Wilde

PARTE 16

46.
La furia llega cuando el amor se acaba y no puedes hacer otra cosa.  Cuando todo se comprime en una partícula de impotencia rodeada de microcosmos que chocan los unos contra los otros. Universos que se colapsan ante sí mismos y ante los demás. Y la costumbre como preámbulo de una vida insulsa y vacía. Mi novia Karla me acababa de decir por teléfono que su menstruación no le bajaba, snif. Entonces, como la retina que se cierra ante la luz, mi breve universo hizo implosión. Después de mi fantástica reacción onomatopéyica que expectoré: ¡Ay!, ella continuó clavándome alfileres como los entomólogos crucifican a los insectos en las paredes: mi amor, snif, no se qué hacer, snif, pero seremos muy felices, ¿no mi vida?, snif, ahora que ya tienes trabajo, snif, te amo, te amo, snif, snif. Y así continuó chillando como yo lo hice años antes, cuando andaba buscando al fotógrafo desaparecido y su identidad fantasmal. Sofía había dado la orden de organizar un ejército para su búsqueda: una especie de batallón de soldados púberes que obedecían las directrices precisas de aquellos ojos figurativos: ¡Van, se plantan y empiezan a gritar hasta que nos lo devuelvan! ¡Vivos se los llevaron, vivos lo queremos! ¡Ni un paso atrás! ¡Si no hay solución, habrá revolución!, coreamos esa misma tarde afuera de la delegación de policía después de haberla practicado, entonados y hasta con maracas y güiros, en la casa de estudiantes guerrilleros, pero sólo lo pudimos corear tres veces en la delegación antes que nos soltaran los perros y arrancáramos a correr como locos para que no nos mordieran los tobillos los granaderos. Yo llegué junto con otro chavo ante Sofía, que era nuestra líder indiscutible, con los ojos a media asta y enrojecidos como si hubiera fumado mota: Nos echaron gas mostaza, snif, snif, le dije casi con un puchero. Yo estaba, textualmente, ardido por todas partes y a punto de soltar todas mis lágrimas cuando vi que ella movió su cabeza en señal de desaprobación: No fue gas mostaza, mi estimado, fue gas pimienta. Si no ya estarías muerto. Hay que resistir más, mucho más. Luego regresó a su mesa y sus mapitas escolares y barrió con la mano tres filas de soldaditos que había formado con esmero, seriedad y respeto. Porque la seriedad y el respeto, dicen los que no conocen la risa, es la transformación del mundo a través de la cordura. La boca y los dientes aflorados en una carcajada son estiletes que utiliza la locura para desfigurar el rostro. Como los desfiguros que comenzó a hacer mi madre en aquellos años en que mi hermana Anaís había desaparecido. Yo supuse que mi madre debía sentirse sola porque no encontraba a quien molestar. A quien cargarle el peso de su furia, de su enojo. De todas sus tristezas y amarguras. Mi madre comenzó por hablar sola, bueno, sola sola, ¡no! Le hablaba al sartén, a la olla, a los cucharones y a los platos: Ay, dios mío, ayúdame. También la descubrí hablándole a la puerta y al ropero: ¡Ten piedad de mí! Y, cuando la demencia se había vuelto un vendaval de imprecaciones, mi madre comenzó a morder todas las fotografías de Anaís: Por las noches las rompía: ¡Maldita seas! Y por las mañanas, con esmero, las volvía a pegar con cinta plástica: ¡Bendita seas entre todas!, parecía que una lucha titánica entre el bien y el mal se hallara combatiendo a la mitad de su pecho. Mi hermana mayor Clara, con la simpleza de solucionar todos los problemas a través del fuego, llegó una tarde, tomó todos los retratos que había de Anaís en casa y, como si esta última fuera una lagartija, les prendió fuego en el fregadero. Quise entender este hecho como un ajuste de cuentas metafísico: Quien a hierro mata, a hierro muere, que en este caso eran las decenas de lagartijas que Anaís había despanzurrado y tatemado cuando era niña en su pira inquisitorial y que ahora le tocaba a ella formar parte de las cenizas. Entonces Karla volvió a preguntarme: Pero seremos felices, ¿verdad mi vida? Snif, snif. Con el teléfono aún en la mano, lo único que pude responder después de un copioso silencio fue: ¿Estás segura que no te ha bajado, carajo?

(Continuará el próximo miércoles)
 

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