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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Crónica de un naufragio anunciado
10 de julio del 2007
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
CRÓNICA DE UN NAUFRAGIO ANUNCIADO    
     
     
a Lorena Ivette por tu ayuda y un bexo
   
     
     

El siguiente texto es parte de una crónica que escribí el 4 de agosto de 2006 en los campamentos de resistencia civil pacífica instalados en el Distrito Federal para el periódico La Jornada de Oriente. Y hoy sirve para recordar que en el PRD poblano los golpes se dan a la orden del día y, con ello, se imposibilita el triunfo electoral durante los próximos comicios de noviembre por parte de la izquierda, así como el fortaleciendo de los grupos de la derecha poblana y del PRI. Léase mi crónica como una historia del porvenir y, si todavía hay ganas y tiempo, corregir el rumbo de la nave para renovar ese instituto político que naufraga.

“Pero no todo es fiesta carnavalesca ni alegría dentro de la resistencia civil pacífica, cuando la responsable del campamento poblano (quien jamás se presentó como tal, sino que los que estaban ahí tuvieron que averiguar de quien se trataba: Irma Ramos Galindo, secretaria general del PRD poblano) informa que ella está en contacto con la coordinación nacional, muchos entrecejos se fruncen: ¿Y ella quien es? ¿Quién la nombro? Si ni siquiera no ha preguntado si necesitamos algo ni nos saluda. Y parece como si todo el día estuviera enojada, se comenta entre varios de los asistentes. Porque el anuncio oficial desde el templete el día 30 de julio había sido que los responsables de los campamentos de los estados serían los candidatos electos por la coalición, pero como en Puebla ningún candidato a diputado o senador ganó su elección, entonces se nombró a los dirigentes del PRD y de Convergencia como coordinadores: Maria Elena Cruz Gutiérrez y José Juan Espinosa Torres, respectivamente. Pero a ellos raramente se les ve por el rumbo, “tal ves estén planeado la revolufia y nos manden a nosotros como carne de cañón”, bromea Carlos, proveniente de una de las redes ciudadanas de Puebla. Y es que la información dentro del campamento es escasa: ¡Ni siquiera tenemos una pinche tele para ver sus pinches mentiras!”, se queja Raimundo. Pero tienes a La Jornada, le responde su vecino, “y además la están vendiendo a 5 pesos junto al templete principal y hay que aprovechar ahora que está barata”, finaliza una maestra. Y esta falta de información genera rispidez y encono cuando se convoca por la noche a una asamblea dentro del campamento: “Y se lo digo de frente a la dirigente del PRD”, dice con el megáfono encendido Norberto Calva Cano, miembro de las bases magisteriales de Puebla, sección 23, “que no se vale que no nos informen y nada más nos utilicen”.  Y es que para la mayoría la información fluye a cuentagotas, por ejemplo, hasta esta noche muchos no sabían cuales eran las actividades para el día siguiente sino que se informó mucho tiempo después: “Mañana el tribunal resuelve si se cuentan todos los votos o nada más hacen un recuento parcial y las órdenes son esperar aquí en el campamento para saber como vamos a actuar”. Y al día siguiente (5 de agosto) con la misma lluvia quebrando gota a gota el cielo, el tribunal ha decidido sólo contar parcialmente los votos, 11 mil casillas. Y entonces, dentro del campamento poblano, y en general de toda la gente convocada, se muestran unos ojos encendidos que ni toda la lluvia que caiga durante muchos años podrán apagar.”
 
 
TODA LA RABIA DEL MUNDO
"En el seno de la revolución no debemos permitir discriminación, persecución ni exclusión de nadie. Si procediéramos de esa forma, seríamos indignos de ostentar la confianza del pueblo."
Fidel Castro

PARTE 7
 
19.
Hacer el amor cuando uno tiene tanto silencio dentro sólo puede llevar a una cosa: Un acto escandalosamente mecánico de movimientos repetitivos, como si la repetición fuera centro del placer infinito. Un eterno retorno de volver, volver, volver una y otra vez. La costumbre como fortaleza del amor: Hacer el amor siempre es igual con cualquier mujer a menos que se esté enamorado. Una fuga que no escapa de ningún sitio. ¡Hazme el amor!, repite la chica sonrisas en el palco del estadio de béisbol, entonces cierro los ojos e intento hacer ruido por dentro. La lluvia ya está calmando su estrépito mientras intuyo que el Barcelona por fin se ha apoderado de Heidi y se han vuelto dos gemidos entre el agua que cae y los gritos de los aficionados que corren afuera. Del Perlotas y la italiana Francesca ni sus luces. La chica sonrisas extiende sus labios como dos hachas que me cercenan el cuello: ¡Hazme el amor!, repite con furia tiránica, y sus manos se desatan alrededor de mi cuerpo como una emancipación de sus derechos fundamentales: Hasta no tocar, no excitar, ya que sin este último atributo no hay posibilidades de triunfo dentro del amor.  Y ahí, sin embargo, casi como una profecía galileica, el universo se mueve, crece, se inflama mientras que la chica sonrisas con el piercing que lleva atravesado en la lengua me escribe su deseo lengüetada a lengüetada. Entonces, con los ojos cerrados, Sofía aparece enfundada en sus pantalones de mezclilla y sus botas negras muchos años antes: ¿Eres terrorista?, repito mi pregunta en su casa de estudiantes mientras ella suelta una carcajada y contesta: Tú estás orate, mi estimado, creo que el madrazo en la cabeza te mató millones de neuronas... y luego con todo el vaso de alcohol que te acabas de echar, más... Yo la miro como si no entendiera nada, y, en verdad, no entiendo: No, no soy terrorista, simplemente defiendo lo que yo creo, continúa mientras se va hacia la manta que ella misma pintó y abre una pequeña ventanita que estaba oculta detrás de la sábana: ¿Entonces no eres terrorista ni guerrillera?, le insisto a Sofía para tratar de menguar el dolor que me punza en el tajo de la cabeza: Si defender mis convicciones se llama ser terrorista..., y me mira de nuevo, con esa profundidad de abismo azul, ¡sí!, ¡soy terrorista, guerrillera o lo que tú quieras y te voy a matar...! En ese momento Sofía se abalanza sobre mí en la habitación de su guarida y, con toda la violencia cursi del caso, me da un beso en la frente. Y por insólito que parezca, sus labios gruesos me curan la migraña y sólo siento su humedad caliente bañándome por dentro. Sofía es hermosísima pero está del lado equivocado de las cosas. Aquí no hay posibilidad de triunfo para ella, ni una sola, intentaría pensar en ese momento, pero aún soy muy joven y sólo la miro. Mi razón se doblega siempre ante la belleza de una mujer y me aturde: Gracias por dejarte tomar las fotos, me dice una vez que retira sus labios de mi frente, son importantes porque así demostraremos todas las chingaderas que hace el gobierno y toda la maldita represión que hacen sus esbirros.  
 
20.
¿Esbirros?, esa palabra la había escuchado alguna vez en voz de mi hermana menor, la poeta anacoreta, Anaís. Fue un 10 de mayo, día de la madre. En la primaria que íbamos Anaís y yo (porque mi hermana mayor Clara ya había salido), con semanas de anticipación a esta celebración, los profesores nos decían que debíamos demostrar en el templete del patio algún talento oculto que tuviéramos para que nuestras madres estuvieran orgullosas de nosotros, sus hijos. Yo, por supuesto, intenté ponerme una toalla roja como capa y demostrar mi talento como súper héroe. Pero a la maestra Paula no le pareció divertida mi hazaña de querer tirarme de la azotea para demostrar mis súper poderes, así que lo único que pude demostrarle a mi madre fue un penoso eructo mientras intentaba declamar la poesía tradicional de ese día: El brindis del bohemio. Años después, en una reflexión etílica con mis cuates, deduje que el bohemio debió estar borracho para componer estrofas tan cursis y embriagadoras, y que a la postre me llevó a eructar de esa manera sin haber probado una sola gota de alcohol. Mi hermana Anaís, por el contrario, leyó uno de sus horribles poemas sin decirle a nadie que era de su autoría. Pero yo sí lo supe, y precisamente llevaba el título de esbirros: “Mamá, decía el poema, la soledad es un vestido que tú bordas/y que te pone la gente cuando se pone necia./Mamá, veo como sufres cuando lavas los trastes/y cuando discutes con papá por el gasto de la casa./Mamá, mis ojos se vuelven palomitas que estallan si tú estás triste/y que vuelan hacia el cielo si estás contenta./Mamá, no importa si no nos entiendes,/ nosotros si te entendemos./Pero por favor, mamá,/no me hagas comer esos berros,/que como esbirros hacen una guerra dentro de mi cuerpo.” No hace falta decir que cuando Anaís terminó de leer su horrible poema en el templete de patio, el director de la escuela se le acercó a mi madre y le dijo: Señora, o corrige a sus hijos, o me veré en la penosa necesidad de expulsarlos del colegio. Mi castigo fue mucho menor que el de Anaís. Sólo tuve que poner cara de perro apaleado y escribir mil veces: No debo eructar el 10 de mayo frente al micrófono de la escuela, mientras que Anaís fue obligada durante el resto de su infancia a comer sopa de berros, berros capeados, berros al mojo de ajo, berros en su tinta, berros crudos, berros hervidos, berros en salmuera, licuados, escaldados y berros, para colmo, rellenos de berros. Ahí supe que la venganza de los padres nunca se deja esperar, pero Anaís lo tomó con estoicismo y jamás volvimos a oírle un poema suyo en ningún lado. Supongo que sacrificó mucho, pero nosotros ni por enterados. Anaís iba en quinto año de primaria y yo en sexto. Años después le contaría está anécdota a Sofía y ella sólo atinaría a reírse como loca: En verdad tu hermana es especial, pero tú, tú eres de lo peor. Alguna vez quise volver al tema con Sofía para saber a qué se refería con que Anaís era especial y yo era de lo peor. Pero ella era tan pragmática que olvidaba las conversaciones y los recuerdos que no le iban a servir nunca. Y cuando le volví a contar la misma anécdota, tiempo después, cuando las cosas ya estaban muy complicadas, sólo esbozó una ligera sonrisa y se dedicó a seguir planeando su propia revolución.
 
21.
¡Pero entonces no vas a donar tus tres millones, verdad! ¡Mejor quédate con el departamento en New York y podemos ir de vacaciones allá, así sirve que conozco la ciudad!, me vuelve a insistir por enésima vez la chica sonrisas antes de retirarse de mi regazo y acomodarse su ropa interior y su falda. Asiento con la cabeza como si fuera un desmayo y me acomodó al mismo tiempo el pantalón para borrar toda la humedad que su sexo me arrojó encima. Ya casi he cumplido con el ciclo vital de ese momento: Chupar, coger y, ahora, sólo me falta descansar. El Barcelona se ha quedado dormido tres segundos después de iniciar una pelea con Heidi porque parece que se les había roto el condón que estaban usando. El Perlotas sigue extraviado y yo supongo que ha de estar hablándole en esperanto a la italiana Francesca para poder llevársela a la cama, que en este caso sería sólo hacerle el amor en el sillón del palco principal del estadio de béisbol. ¿Y cuándo te puedo volver a ver?, continúa con su interrogatorio la chica sonrisas. ¿Y cuándo te puedo volver a ver?, le pregunto a Sofía una vez que he comprobado que no es terrorista ni guerrillera, tal vez un poco gitana y con los labios más bellos que he visto en mi vida y que me han besado la frente. Ella gruñe y se sienta a mi lado: No creo que sea buena idea que nos volvamos a ver, dice calladamente y un escalofrío comienza a reptarme por toda la espalda. ¿Por qué?, intento preguntar, pero ella ha leído mi pensamiento: Si presentamos tus fotos ante los de derechos humanos, se supone que tú estás muerto y te han desaparecido los esbirros. Por eso no creo que sea buena idea que nos volvamos a ver, ¿me entiendes, verdad? Entonces, como si fuera un condenado a muerte esperando en el paredón y que lo único que se tenga que perder sea precisamente la vida, que de todas maneras se perderá, le grito a Sofía: ¡Todos ustedes están locos! ¡Completamente locos! ¡Ustedes son como los mismos cabrones que critican! Se oye un ruido de gente que corre. Se abre de golpe la puerta y aparece el sujeto que me tomó la fotografía momentos antes: ¿Qué te pasa, carnal? ¿Tienes algún problema? ¿Buscas bronca? Y aparecen más y más chavos que se asoman por la puerta, Sofía se levanta y grita mucho más fuerte que yo: ¡Fuera de aquí!, y los empuja cerrando la puerta con fuerza. Luego regresa y se pone en cuclillas delante de mí: Si quieres volver a verme, tendrás que cambiar, maestro.  Dejar de ser imbécil y ponerte listo. Y no, no somos iguales que ellos. Ellos son mucho peores, concluye Sofía. Ahí descubro, mientras zozobro como un barquito entre sus ojos azules, que tal vez el amor pueda ser posible. Y entonces aparece el Perlotas con la nariz rota y la boca sangrando: Che vieja taliana, hide pu, ya me rompió el hocico, y por increíble que parezca, está vez si le entiendo al Perlotas lo que ha dicho y lo que ha intentado hacer con la italiana Francesca, entonces me volteo hacia la chica sonrisas y contesto su pregunta: No voy a donar mis tres millones de dólares a nadie y tampoco voy a vender el departamento de Central Park. Así que mañana podemos volver a vernos. Mañana.
 
(Continuará el próximo miércoles)
 
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