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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
Desde Tijuana
26 de marzo del 2008
Columna de Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
     
     
     
DESDE TIJUANA
   
a mi tía Lucha y Agapito
por su extraordinaria generosidad
   
     
     
Gerardo Oviedo    
     
     

“Cuando visito un país,
me preocupa menos conocer cuales son sus leyes
que saber si se aplican”
 Montesquieu

 
Eliot Spitzer no es Eliot Ness pero Mario Marín sí, Intocable. El primero encumbrado como gobernador del estado de Nueva York, después de una meteórica carrera como fiscal general en ese estado, renunció a su puesto en tan sólo tres días después que el periódico The New York Times publicara un informe donde se le implicaba como el “Cliente 9” por contratar prostitutas VIP. Menos de una semana duró su calvario mediático, donde pidió perdón a su familia, a sus hijos, a los ciudadanos que lo eligieron y a todos aquellos que se sintieran ofendidos. Sólo por contratar servicios de acompañantes sexuales, donde según los informes, gastó su dinero y no el del erario público. Aquí en México, el 14 de febrero de 2006, paradójicamente día del amor, salieron publicadas en el periódico La Jornada, grabaciones que implicaban al Gobernador de Puebla Mario Marín Torres con el rey de la Mezclilla, Kamel Nacif Borge, donde se confirmaba que la aprehensión de la periodista Lydia Cacho Ribeiro, que escribiera un libro donde denunciaba redes de pederastia y pornografía infantil en México, había sido planificada desde las más altas esferas de la política poblana y ejecutada usando un tráfico de influencias a todas luces visible. Y dos años después, Mario Marín Torres, como Eliot Ness el Intocable, sigue en el puesto de gobernador en un caso que fue por años luz, mucho más grave que el que asoló a Eliot Spitzer. Pero la diferencia estriba en que Puebla queda dentro de México. EXTRA UNO: Este texto lo estoy escribiendo en Tijuana después de haber visto hace un momento las cruces simbólicas que dividen la frontera entre México y Estados Unidos. Cruces de miles de migrantes muertos en su intento por alcanzar el sueño americano.  Conversando por estos rumbos, parece que la candidatura de Barack Obama también ha prendido de este lado de la frontera. Después del apoyo del gobernador latino de Nuevo México, Bill Richardson, los latinos están convencidos que puede haber una mejoría con respecto a su condición de migrante, y que las cruces mortuorias podrían quedar en le pasado como un mero simbolismo al llegar a un acuerdo entre los dos países. Además, aquí hay un común denominador: Bush ha sido el peor presidente de toda la historia americana (y eso ya es decir bastante) por su obcecación de mantener una guerra que ha demostrado ser contraproducente para su economía y no como había sido planificada desde un principio por sus plutócratas estrategas (la conquista del petróleo iraquí) y por la creación del muro de la vergüenza, como ya se le conoce por la dureza del gobierno norteamericano por criminalizar a los trabajadores ilegales. En tanto, la comunidad latina ve en Obama un presidente que podría unificar un país dividido desde su fundación, concluyendo con una separación racial y finiquitando al mismo tiempo un desastre internacional como ha sido la guerra en Irak y Afganistán. EXTRA DOS: La semana pasada estuve en el DF durante el mitin de Amlo en el Zócalo Capitalino, donde las mujeres fueron puestas al frente para reducir a la mínima expresión la violencia represiva que pudiera desatarse durante la defensa del petróleo. Amlo está consciente que la perdida de capital político será inmediata al momento de cerrar carreteras o parar aeropuertos. Costo político que miles de seguidores piensan pagar por una causa mucho más elevada y sustancial que su propia vida: La defensa de la patria. Sólo espero que al final el barril de petróleo no sea más caro que el barril de sangre derramada. Porque como se ha visto: Atenco, Oaxaca, Chiapas, Puebla y demás están dentro de un país donde no pasa nada, salvo la represión fascista del PRIAN.

 

TODA LA RABIA DEL MUNDO
“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano.”
Henry Miller
PARTE 38
 

91.
La orden había sido dada por el fotógrafo: ¡Prepárenlo para el fusilamiento!, un joven vestido de militar, subalterno del Sangrías, contestó: ¡Sí, señor! Yo recordaba nuestros juicios guerrilleros en aquellos años en que la casa de estudiantes era el punto de partida para la transformación total de la sociedad y la reivindicación absoluta de las causas populares, la lucha por los ideales, ese fruto sagrado que, al final, daríamos al futuro como única herencia de nuestra juventud y como prueba de nuestro paso por la Tierra., como nos lo repetía Sofía enfundada en esos ojos azules que nos embriagaba a todos. También recordé cómo habíamos pasado por las armas a nuestros camaradas que se habían quedado dormidos por causa de mi plan amoroso de conquista sobre la propia comandanta Sofía y las gotitas de cloroformo que había vertido en sus bebidas para deshacerme de ellos durante el robo del cañón. Cómo la pamba china había funcionado como pelotón de fusilamiento y un zape en la frente fue nuestro tiro de gracia, pero aquí, en el sector 3 paramilitar, contrarrevolucionario, enclavado en alguna serranía del país, las cosas parecían muy distintas. Aquí las armas eran de verdad y estas balas, con toda la velocidad de la pólvora y del gatillo, asesinaban gente. Yo me quedé mirando al joven paramilitar a los ojos tratando de auscultarlo a través de las pupilas (al fin se decía que los ojos eran la ventana del alma), pero no vi nada, sólo unos iris pardos que miraban con indiferencia los míos. Ahí me pregunté qué se necesitaba para preparar a alguien para fusilarlo: ¿Me irían a vestir de colores llamativos como una naranja fluorescente, un verde chíngame la retina o un rojo mírame a webo para que el pelotón de fusilamiento no fallara a la hora de dispararme? ¿Me pintarían un tiro al blanco a la altura del corazón y se llevaría cien puntos el que le pegara en el mero centro? ¿Me cazarían como un conejo para luego despellejarme y venderme en pedazos en la carnicería más próxima? ¿Y una vez que el pelotón hubiera descargado su metralla sobre mí, el capitán se me acercaría y me pondría una pistola en la frente para volar todos mis recuerdos en mil pedacitos rojos llenos de materia gris? ¿Y después qué? ¿Me quemarían con gasolina como salía en los periódicos sobre el asesinato de campesinos alzados por parte de la contrainsurgencia? ¿Me cortarían la cabeza y la arrojarían en algún poblado con un mensaje para espantar a la gente y demostrar quien era dios y quien tenía el control real sobre la vida y la muerte de los mortales: “Esto les pasa a los pendejos”? ¿Me sacarían el corazón (en caso de que tuviera) y lo venderían en el mercado negro como carne de cañón? ¿Y además tenía algo que decir antes de todo esto o me esperaría hasta el final para exhalar mis últimas palabras? ¿Me quejaría a la hora en que las balas fueran penetrando mi carne entrando por el lado de la vida y salieran por el otro lado, el de la muerte? ¿O acaso era mucho más cruel la espera y todo lo demás sería fácil? ¿Tenía algo que perder después de haber vivido como lo había hecho? ¿Me importaba? Despiértese y levántese, señor, me dijo el joven paramilitar sin desviar la mirada de mis ojos, que al rato va a morir. ¡Ni madres!, le dije más con indiferencia que con rencor y me recosté sobre el camastro para volverme a tapar con la manta hasta la cabeza, después de todo, si la muerte me iba a llevar, prefería no estar presente. ¡Cómo chingados no!, replicó el joven paramilitar y me jaló la cobija hasta quitármela, fue entonces cuando comencé a tener frío de verdad.
 

92.
Y cuando mi cuñado Filadelfo Ramírez terminó de limpiar su nombre a través de sobornos y pagos por debajo del agua a personajes clave de la impartición de justicia, volvió a la vida pública. No como presidente del club de industriales (cargo que había usufructuado durante muchos años), sino con un cargo mucho mejor y más lucrativo, según le brillarían los ojos a mi hermana mayor Clara: Era candidato a senador de la república por parte del partido en el poder, y eso, era como echarse un volado con una moneda que tuviera una sola cara: iba a ganar porque no había de otra sopa. Así que mi hermana mayor Clara desapareció de la casa de mi madre a mitad de la noche tal y como había llegado, de repente y sin aviso. El cuarto donde dormía quedó de pronto vacío y con la cama destendida. Mi madre me preguntó al día siguiente si la había visto, yo sólo le dije que había escuchado el ruido de un motor en la madrugada pero que no sabía qué había sido. En ese mismo momento vi como se le llenaba de rabia los puños tal y como años antes lo hubiera hecho con Anaís cuando Clara dejó la casa por primera vez y me intentó dar un derechazo, pero no era lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después, su mano se fue a estrellar contra el marco de la puerta donde yo le había abierto y sólo gritó: Ay, mi mano... no te quites webón malagradecido, y se fue chillando como un marrano hacia su recámara. Yo volví a cerrar la puerta de mi habitación y me tumbé sobre la cama para continuar releyendo uno de los últimos libros que Sofía me había prestado muchos años antes y que por más leídas que le daba, seguía sin entender de qué trataba. Como también me costaba trabajo entender las cartas cada vez menos frecuentes de mi hermana Anaís, quien estaba ya radicando entre París, Londres y Nueva York, el triángulo de “prafsas imperfecto” como le llamaba en sus cartas: “Querido hermanito: Perdona que no te hubiera escrito hace tiempo, pero es que he andando ocupada con la escritura de mi siguiente libro y con presentaciones del anterior por la mayor parte de Europa. Dicen que soy una “joven terrible” dentro de la poesía. Sé que es un honor estúpido, porque para ser verdaderamente un “enfant terrible” tendría que haber nacido hombre y llamarme Rimbaud aunque hubo alguna vez una mujer llamada Francoise. Me invitan a cada rato a sus tertulias literarias y a veces me piden con mucha vehemencia que lea uno de mis “prafsas” para luego quedarse mirando el techo “emprafsados”. Yo preferiría no asistir a esos lugares pero la editorial dice que hay compromisos ineludibles que hay que cumplir porque hay que vender todo lo que se pueda mientras mi nombre está en el cenit del universo. Parto la semana siguiente hacia Estados Unidos, el país de la anti poesía a presentar mi libro. Dice la publicista, madame Catherine, que hay que abarcar todos los mercados y mi introducción al mundo anglosajón será como una bomba, con bombo y platillo. Yo no lo sé, preferiría quedarme en casa escribiendo y mirar por la ventana como cae la lluvia sobre París. Te mando miles de besos. Dale un abrazo a mamá y otro a Clara, diles que las quiero y los recuerdo mucho.” Ahí pensé que por fin habían comprendido los franceses que mi hermana menor Anaís era terrible y no sólo eso, sino que era una loca desquiciada y si no la echaban pronto, terminarían París incendiado como Roma bajo un poeta loco llamado Nerón.

 
(Continuará la próxima semana)
 
 
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