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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
El crítico - Tercera y última parte
7 de noviembre del 2008
Columna del escritor Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
Gerardo Oviedo    
     
EL CRÍTICO
   
     
     
a mis alumn@s de novela
   
     
     

TERCERA Y ÚLTIMA PARTE

 

—¿Qué pasará con los cangrejos? —preguntó uno de ustedes.

—Han de estar tramando algo los marrulleros —respondió el de junto.

—Ya ven que son unos ladinos. Nada más esperan el momento oportuno para picar como los alacranes —continuó el de enfrente.

—Son traicioneros —finalizó el primero en hablar.

Y volvieron a beber a la salud de su nueva conquista filosófica sentados alrededor de la mesa del café. Brindando porque pensaban que habían derrotado a esos que se creían tanto.

 
Meses después comenzaron de verdad a preocuparse. ¿Qué había sucedido con los cangrejos?

—A mí se me hace que están enfermos —comentaron una tarde frente a un tarro de cerveza.

—Porque ni siquiera han sacado nada nuevo desde octubre —continuaste tú.

—¿Habrán muerto? —pregunté yo.

 
El café comenzó a vaciarse. Las mesas, otrora poderosas por tantas teorías estéticas derramadas sobre ellas, fueron apolillándose hasta que el dueño empezó a retirarlas poco a poco, conforme pasaban los días, las semanas, los meses.

Una tarde llegó uno y exclamó con sobrada melancolía.

—Vi a uno de los cangrejos caminando la semana pasada.

—¿Iba solo? —preguntó el de enfrente.

—No. Iba con una mujer y un niño.

Todos ustedes quedaron callados. Sin saberlo a ciencia cierta, intuían que las cosas no volverían a ser como antes. Hablaron entonces de Jorge Manrique y en su como se nos va la vida, como se nos viene la muerte, tan callando. Esa tarde bebieron más que de costumbre y ya, en la madrugada, se pusieron a cantar canciones de mariachis.

 
No había pasado más de una semana cuando volvieron a reunirse, se les había ocurrido una estrategia para hacerlos salir de su escondite.

—Ya sé —dijo él—. Vamos a elaborar una tesis que no tenga parangón con ninguna hasta este día elaborada. Vamos a construir la mejor teoría de toda la historia de la humanidad en contra de ellos.

—Pero hoy me siento vacío —dijiste tú, quizás porque la ausencia siempre afecta más.

—¿Y cómo qué? —preguntamos todos.

 
Tres semanas estuvimos cavilando. Tejiendo y destejiendo cada frase, bordando sobre telas nuevas frases ya viejas. No encontrábamos una que satisficiera todos nuestros puntos de vista. Entonces comenzaron los problemas.

—Esa idea que dices tú me parece absurda —dijo el de enfrente.

—Pues tú no te quedas atrás, imbécil —reviró el de junto.

—Pendejo.

—La tuya, cabrón.

—Calma, compañeros —dijo el que siempre hablaba al último—. Algo se nos ocurrirá pronto.

 
Pero nada se les ocurría. La idea les hacía temblorosas las manos. Incluso alguna vez en que volvieron tarde del café, se encontraron tartamudeando alguna canción de José Alfredo Jiménez de atrás hacia delante. Otra nada más se quedaban con la vista fija sobre el lugar donde deberían estar sus enemigos.

—Ya sé —dijiste tú, un día en que estabas menos borracho—. Escuchen esto, compañeros. La mejor hipótesis de todos los tiempos —aclaraste la voz y comenzaste—: Todos los cangrejos son putos.

—Excelente, buenísimo, ¡bravo! —prorrumpió en aplausos el que se creía menos inteligente—. El mejor teorema que haya escuchado. ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí?

—Es que estabas tan enfrascado en la dialéctica del conocimiento —di mi opinión—. Que no te diste cuenta que la solución generalmente se encuentra a un palmo de narices. Que siempre es la más sencilla.

—¡Eureka, compañeros!

Luego volvimos a brindar y, al otro día, aún con el cuerpo cortado por tanto alcohol, publicamos nuestro hallazgo en el periódico cultural.

No falta decir el escarnio público al que fuimos sometidos, nos dijeron de todo: Bola de patanes, renacuajos sin escrúpulos, víboras, homofóbicos, locos,  y demás epítetos transacuáticos y aquaflotantes.

—Son unos envidiosos, animales rastreros —nos gritaban cuando nos veían por la calle—. ¡Cucarachas!

—Lacayos del poder. Miserables. Vergüenza debía darles haber nacido.

—Mafiosos derechistas.

Entonces, ante ese tsunami inmenso de odio, decidimos hacer lo que ningún crítico hace: Pedimos perdón.
Pero al salir a la calle, nos gritaron cosas peores:

—Son unos hipócritas... Sólo lo hacen para salvar el pellejo y la poca honra que les queda.

—Malparidos de mierda.

—Jamás van a volver a publicar, porque todo tiene un límite.

Fue en es época cuando nos prohibieron entrar al café. Deambulábamos de cantina en cantina como apestados. Todos nos huían. Nos abominaban. Nos convertimos en parias. Ya no podíamos publicar en ningún periódico. Apenas llegábamos y nos cerraban las puertas.

Tiempo después, al quedar desamparados de casi todos nuestros rincones de discusión, comenzamos a beber en solitario. Cada cual en su casa. Con la copa siempre lista sobre el buró de la recámara, o en el baño, o dentro de la bolsa del saco. Nuestro grupo comenzó a palidecer. Dejamos de frecuentarnos. De salir a cantar canciones de mariachis y de reírnos de la vida. Dejamos de elucubrar sobre las posibilidades del universo. A veces, incluso, cuando creíamos ver a alguno de nosotros en la calle, nos escondíamos o alegábamos demencia y pasábamos de largo sin volver la mirada.

Luego, con el paso de los años, nos fuimos olvidando de los rostros y sólo nuestros nombres aparecían de vez en cuando en alguna revista especializada sobre la crítica en Puebla. Pero siempre, como una maldición, aparecía en todas partes el último párrafo del grupo que nos exterminó para siempre: “Quien ama el arte por el arte mismo es un sanguinario. Quien lo hace por amor al arte es un estúpido. Pero quien envidia el arte ajeno, es un crítico pendejo”.

Recordé esta mañana que en esa época quisimos vengarnos de los cangrejos pero, al contrario que ellos, nosotros nos fuimos caminando hacia atrás con paso lento pero seguro. Quisimos dar patadas de ahogado, manoteando para tratar de aferrarnos al porvenir, pero ya era demasiado tarde, ellos, los creadores, los artistas, habían ganado la historia y nosotros, sus críticos, no, que desaparecimos una vez nos fuimos muriendo.
 
 

EXTRA: «Rosa se sentó para que Martin pudiera marchar; Martin marchó para que Obama pudiera correr; y Obama corrió para que nuestros hijos puedan volar.» 4 de noviembre de 2008. Pero el mundo no es justo en todas partes. En México los que caen del cielo reciben funerales de estado y homenajes con toda pompa y circunstancia de la aristocracia mexicana encabezada por el rey de sangre azul, mientras que los que estaban en tierra, a ras de suelo, son lo olvidados de siempre. La muerte no es igual para todos, qué vergüenza, por eso desde aquí 24 salvas de honor para ellos, que también eran mexicanos.  

   


   
   
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