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Escritor - Literato  
Gerardo Oviedo  
correo: ge-o@literator.de
 
 
¿Guerra sucia contra Barack Obama
En los límites de la química?
28 de mayo del 2008
Columna del escritor Gerardo Oviedo
El sonido y la furia
publicada en el periódico El Cambio
     
Gerardo Oviedo    
     
¿GUERRA SUCIA CONTRA BARACK OBAMA
EN LOS LÍMITES DE LA QUÍMICA?
   
     
     
a mi amiga Martha Echevarría,
en estos momentos tan dolorosos
por la pérdida de su señora madre.
Un abrazo entrañable.
Verso libre de unas coplas antiguas:
La muerte llega, ¡quien lo dijera!
desde el fondo de la pena
tan ruidosa
Porque callarla, como si fuera
cosa de adultos,
es vergüenza
propia y ajena.
Como el placer se queda
y a nuestro parecer
estando vivos
cualquier tiempo futuro
es mejor.
   
   
     

A 531 años de Jorge Manrique, cuando todavía no se descubría América y Puebla, por supuesto, no existía.

Del periódico La Jornada: (27 de Mayo de 2008) “Fidel Castro dijo hoy que Barack Obama es “desde el punto de vista social y humano, el más avanzado candidato” presidencial en Estados Unidos, pero rechazó la mayor parte de la política hacia la isla del aspirante demócrata y omitió referirse a la propuesta del propio senador por Illinois de conversar con La Habana “sin precondiciones”. En un artículo de cuidadosos matices, Castro declaró que si defendiera a Obama “haría un enorme favor a sus adversarios”; lo consideró un “fuerte candidato” y le reconoció su “aguda inteligencia… su capacidad polémica y su espíritu de trabajo”, entre otras cualidades.” Pero hay preocupación, ¿se podrá cometer fraude electoral como el que sucedió en México en 2006? ¿Se repetirá su fraude electoral cuando Bush ganó por un poco más de 500 votos la presidencia de EU frente a Al Gore auspiciado en la Florida por su nano hermano Jeb Bush? ¿La guerra sucia está empezando en contra de Barack Obama, cuando se le menciona como aliado del Terrorismo? ¿El senador por Illinois será puesto en los medios de comunicación como un Peligro para Estados Unidos por grupos similares a los de México? Una cosa es cierta: la derecha es igual en todas partes y siempre anteponen sus intereses a cualquier precio, aunque ese precio sea perder toda legitimidad democrática. EXTRA 1: Miércoles 28 de mayo, 19.00 horas. Presentación de la novela “Fisuras en el continente literario” de Federico Vite. En Profética, Casa de la Lectura. Ahí nos vemos. EXTRA 2: El comité organizador del Cineclub de la Escuela de Escritores de Sogem "Jaime Casillas", se honra en invitarlos a participar del homenaje que se realizará el próximo sábado 31 de mayo, a las 17:30 horas, en recuerdo de nuestro querido maestro Jaime Casillas, director, productor, guionista y Presidente de la Asociación de Directores Cinematográficos, fallecido el pasado 2 de abril de este año.  EXTRA 3: Foro estatal sobre diversidad cultural y discriminación social en Puebla, en la Universidad Pedagógica Nacional 30 y 31 de Mayo de 2008. Prolongación 3 sur y 121 A poniente. Col. San Bartolo Coatepec. Puebla. ¡Ahí estaré! EXTRA 4: Ve a la feria del libro en el 3er patio del Carolino. Una de mis novelas editadas por la Buap, Colección Alejandro Meneses: “Bajo el peso de nuestro propio fuego” está a 30 pesos. Aprovecha la oferta: Son 475 páginas: a 0.06 centavos por hoja.
 


TODA LA RABIA DEL MUNDO
“A los que corren en un laberinto,
su misma velocidad los confunde.”
Séneca
PARTE 47
106.
Pío, pío, pío. Abrí primero el registro sonoro de mi oído interno (que es lo primero que se abre a menos que la sordera esté instalada en la fisiología de la vibración, luego vendrá el color, y al último el movimiento). Los pájaros ya estaban cuchicheando cuando llegó el día y el hueco de la roca, donde había pasado la noche, estaba listo para parirme con un adormecimiento de mis extremidades: millones de hormigas caminando por debajo de la piel de mis piernas que habían quedado dobladas y sin suficiente circulación sanguínea. También regresó la sed a mi garganta pero, por increíble que parezca, había pasado la noche entera a la intemperie y aparentemente sin ningún daño colateral, claro, había dormido como si me hubieran metido cientos de inyecciones de barbitúricos o, en su defecto, que me hubiera atropellado un camión. Mi hermana menor Anaís pensaba, cuando era niña, que la llegada del otro día podía ser el inicio de tiempos mejores. Algunas veces la descubrí mirando por la ventana, sobre todo, después del incidente de la lagartija y el incendio donde mi madre le dio un derechazo de boxeadora. Anaís tocaba la mañana con los dedos sobre el cristal y luego se preparaba para irse a la escuela poniendo la mesa para desayunar, pensando tal vez, que la mañana era el principio para cambiar de vida y borrar todas las cicatrices, en especial, la de la ceja izquierda. A millones de segundos de distancia de esos recuerdos, abrí por fin los ojos después de escuchar los pájaros y descubrí una maraña de árboles salvajes que me apretaron la mirada. ¡Mamá, prepárame el desayuno!, intenté llamar, como si quisiera sentir el amor caníbal de mi casa, pero de inmediato recordé que estaba escapando de los paramilitares y no había tiempo que perder. Intenté levantarme como un lugar común cualquiera: impulsado por el resorte de mi voluntad, pero las fuerzas físicas no llegan con sólo pensarlo. Las piernas no me respondieron. Los calambres comenzaron a reptar por mis terminaciones nerviosas hasta que descubrí lo que la arteriosclerosis puede provocarle a mis venas por tanto huevo duro que me daban de comer los mal nacidos paramilitares. ¡Carajo!, pensé, esos ojetes lo tienen todo perfectamente calculado, la guerra química, para que mis articulaciones se vuelvan de piedra si algún día quería escapar o que me diera un infarto al miocardio por tanto colesterol en las arterias. Me recliné como pude y comencé a masajear mis piernas con mi mano sana (la otra mano ya había dejado de sangrar y ahora se notaba una cicatriz enorme parecida a un ciempiés muerto). Ay, pío, ay, pío, ay, pío, se me doblaba y confundía la voz con los gorjeos de los pajarracos mientras la sangre regresaba a su caudal de venas constipadas. Un par de masajes después, tres o cuatro bostezos, dos estiradas y un largo y sucio tallón de ojos, pude levantarme para continuar con mi huida de los malditos paramilitares, quienes seguramente ya debían estar sobre mis pasos. Empecé a caminar por uno de los laterales de esas rocas gigantes. El entorno me parecía distinto al que recordaba de la víspera.  No creía haber visto esos promontorios ni esa hondonada. ¿Para dónde debía seguir? ¿Derecha, izquierda, de frente, para atrás? Era como una revolución ideológica nada más que sin dirección, sólo pragmatismo puro y lógico: Lo primero que debía hacer era encontrar agua para calmar mi revolución interna. Recordaba que los náufragos morían, entre tanta agua de mar, por deshidratación. Y ahora yo me sentía uno de ellos, navegando entre árboles inmensos y tierra seca. Tomé un par de hojas de un árbol enano y las comencé a masticar. Su sabor era horrible, pero me hacían salivar un poco. Seguí de frente por espacio de varias horas, hasta que el sol estuvo en el cenit y ya no sudaba agua, sino polvo.  Me tiré a descansar a un lado, intentando razonar lo que quedaba de mi plan maestro de escape: Todo iba sobre la marcha hasta que me había perdido. Recordaba que en los periódicos se mencionaba la existencia de grupos paramilitares al sur del país, por ello, y según mis cálculos, yo debía viajar hacia el norte, para encontrar la primera señal de civilización. Hubiera traído al Perlotas para que olfateara alguna pista o para que de a perdida me cargara, pensé, ¿qué será de él? ¿Seguirá aullando tras la puerta de la prisión? ¿Levantará la pata al orinar en las esquinas? ¿Lo habrán fusilado como venganza por mi escape? ¿Se estarán cagando del coraje los paramilitares por haberme perdido de vista? ¿El Sangrías estará verde del entripado y habrá mandado fusilar a algún empleado subnormal? ¡Putos pájaros!, grité de pronto cuando una parvada de aves negras llegaron estrepitosamente a un árbol raquítico, infestándolo de cientos de picos naranjas, ¿no saben dónde queda el puto norte?
 
107.
La última noticia que había tenido de mi hermana Anaís era un paquete que llegó días antes de ir al partido de béisbol con el Sangrías y el Barcelona. Días antes de que mi novia Karla me dijera que si no cambiaba me abandonaría. Que buscara trabajo a cómo diera lugar para así poder mantener a flote una relación que hacía agua por todas partes, y supongo con toda seguridad, que esa amenaza fue porque ella ya sabía que estaba embarazada y quería asegurar un futuro a la medida de su panza. Por el contrario, el paquete embarazado de Anaís contenía una postal, una carta, unos recortes periodísticos y su más reciente libro publicado. La postal era una fotografía de Londres donde había ido a pasar una temporada, según explicaba en la carta, después de hacer un periplo vikingo por el mar Báltico, visitando Alemania, Dinamarca, Finlandia, Noruega hasta aterrizar en Bretaña con Martin Cunningham, un escritor belga bisexual que escribía tanto en esperanto como en inglés odas a la masturbación. Este era el quinto libro publicado por Anaís y con él había merecido tanto reconocimiento y premios que hasta los rusos y los chinos lo habían traducido a sus lenguas. “27 idiomas, hermanito, ¿lo puedes creer? ¿No te da gusto?”, se ufanaba la muy cretina dentro de su carta. Mi madre ya había apilado los otros cuatro libros en la alacena para que se llenaran de polvo y hormigas. Ya no había emoción en ninguno de sus textos. Era como si el exceso de orgasmos produjera sólo dolor de cabeza. Publicar tanto sólo llevaba a la indiferencia. Nadie en casa volvió a leerla (digo leerla, porque nadie le entendía absolutamente nada y todo parecía un eterno retorno de la misma cantaleta: “Fiuuuu, faaaaaaa, ah-dios, la a-hora del día/nona fiuuuu faaaaa, Ya-ga...”). El título estaba en inglés: “The art of losing the head” y era porque lo había escrito en esa lengua. Después de perder al marinero francés Jacques en la India, Anaís había pasado por una etapa de esterilidad amatoria. Su relación más febril y frecuente fue cuando se compró un chihuahueño al que adoraba más que a sus esperpentos literarios (cuando me lo contó en una carta yo pensé que en breve lo destriparía con una navajita gillette para ver que tenía dentro, al fin y al cabo, el refrán sustentaba mi pensamiento: Mata un solo perro en la vida y te dirán para siempre: mataperros). El nombre de la bestia enana era, por supuesto: Prafsa. En una carta muy anterior al último paquete, había mandado una foto de “su único y verdadero amor”, fotografiado con un mameluco rosa con estrellitas en la cola. Ahí deduje que la maternidad volvía locos hasta a los más locos y que el rosa, era el peor color del arco iris, porque representaba sólo la superficie de la piel y no la profundidad de los pelos. Cuando el perro cumplió algunos años y ya se había convertido en un objeto cotidiano dentro de la vida de Anaís, esta vieja loca descubrió los ojos de Martin Cunningham durante una velada poética en la “Avenue des Champs-Élysées” en París. Y ahí decidieron leerse juntos, comer juntos, dormir juntos y, supongo como hacen todos los esquizofrénicos como Romeo y Julieta, morir juntos. Con Martin, Anaís recorrió la mayor parte de Europa.  Fueron a los pirineos a esquiar, luego a los Alpes y entre el hombre de las nieves de limón y el frío abrasador que los consumía, destruían su literatura a punta de besos. ¡Qué asco! Los recortes de periódico eran secciones culturales donde se veía a Anaís recibiendo algún trofeo o reconocimiento por su labor endemoniadamente culta a favor de la poesía mundial. “L'enfant terrible” se había convertido en “Le monstre horrible.” Pero así era Francia con todos los escritores que llegaban a sus suburbios: Escribe un poema y échate a dormir. Cuando abrí de nuevo los ojos, la sed en mi garganta era insoportable. El sol ya había declinado sus rayos produciendo las mismas sombras asesinas de los árboles salvajes que el día anterior. Me levanté como zombi y seguí arrastrando los pies por la misma ruta esperando encontrar la salvación.
 
(Continuará la próxima semana)
 


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